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Mi amiga Teresita
Mi amiga Teresita

La amistad con Teresita del Niño Jesús nos deposita en el seno del Padre Celestial.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Ediciones Dialogando



Mi amiga Teresita del Niño Jesús.

A mi amiga Teresita, Jesús le dio un signo claro de que la escuchaba, cuando llegó a sus manos un periódico que anunciaba la condena de Pranzini a muerte, un peligroso delincuente de aquella época. Aunque era impenitente y se declaraba ateo, Teresita le pidió a Jesús un signo de conversión antes de su muerte. Y he aquí que, en el momento previo a la ejecución, Pranzini besó con devoción la cruz que le aproximó el capellán.

Es característica de su espiritualidad, el tratar de reconocerse dentro del Cuerpo de Cristo en su propia vocación, y tratar de buscar qué es lo que Dios quería de ella. Anhelaba ser misionero, mártir, sacerdote... Y I Corintios le dio la respuesta: Ella quería ser el compendio de todas las vocaciones: Entonces, en el corazón de la Iglesia, que es nuestra Madre, ella decidió ser el Amor. Porque la Iglesia tiene un corazón, y por el Amor que hay en Él, dan la vida los mártires, se entregan los misioneros, los laicos son santos, los religiosos tratan de seguir más de cerca a Jesús.

Tenía una frase que es imposible vivirla, por eso en teología se la llama teolegúmeno: Una hipótesis imposible, pero que manifestaba su encendido amor por Jesús: Le decía que desearía irse al infierno, para que al menos un alma (la de ella), Lo ame desde allí.

Fue declarada Doctora de la Iglesia (la tercera, después de Santa Catalina de Siena y de Santa Teresa de Jesús) por su doctrina innovadora y su manera de vivir la infancia espiritual, como un camino que a todos nos puede ayudar para acercarnos a Dios:

Solía decir que era la pelotita de Jesús, que es tirada y pateada por el suelo (¿nos gustaría a nosotros serlo, o nuestra soberbia se rebelaría de inmediato?). Y, como hacen todos los niños con sus juguetes, la rompió “para ver lo que había dentro” (haciendo referencia a sus numerosas pruebas, enfermedades y dificultades: Si Jesús nos sacara el corazón, ¿encontraría la fidelidad y el amor incondicional a pesar de nuestros sufrimientos y decepciones?).

También utilizaba la parábola del ascensor: Decía y enseñaba a sus novicias que el hacerse como niños y abandonarse en las manos de nuestros Buen Papá Dios era el camino más rápido para llegar hasta Él, como un ascensor que nos eleva sin esfuerzo.

Algunas cosas del momento anterior a su muerte: La atendían en la enfermería del Convento, y en los momentos en que la fiebre hacía que no se diera cuenta de lo que decía para afuera de sus labios, repitió varias veces a quienes la atendían: -“Están atendiendo a una pequeña santa”. Esto consta en el proceso de canonización por el testimonio de varias hermanas que la escucharon. Cuando volvía en sí, y las hermanas le comentaban lo que había dicho, ella lo negaba...

Prometió que desde el cielo derramaría una lluvia de rosas, significando las gracias que concedería a los que se acogieran a ella para ir hacia Jesús, y por Él al Padre.

Y, aún estando en la clausura inviolable de un Convento contemplativo, fue declarada Patrona Universal de las misiones, junto a San Francisco Javier, el compañero de San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas. Y ciertamente misionó después de su partida hacia la Casa del Padre, y no sólo con su doctrina e intercesión, sino que visitó los más diversos países (incluyendo Rusia, y, por supuesto, la Argentina) con sus reliquias, paseadas en una réplica de vidrio de la Basílica construida en Lisieux, su lugar de origen, en Francia, que asemejaba un pequeño y hermoso castillo.

Yo tuve la gracia de llevarla desde la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, en Banfield, hasta el Convento carmelita de Rafael Calzada, en el sur del Gran Buenos Aires, cuando nos visitó.

Una última perlita espiritual: Si observamos sus fotos, desde que tenía 8 años hasta los 24 en que falleció víctima de la tuberculosis, vemos que, en el féretro, recobró la lozanía y luminosidad que tenía a los quince años, cuando la enfermedad todavía no había hecho su aparición.

Así mueren los santos: No hay desesperación, ni rostros desencajados, ni cosas raras: Una leve sonrisa luminosa y la tez suave y tersa para ir al encuentro del Amor de los amores, Jesús, el Dulce Señor (“My Sweet Lord”).

Si querés conocerla más, relacionate con ella, y no dejes de tener su pequeña autobiografía, “Historia de un alma” o, si te interesa profundizar más, sus Obras Completas.

Gustavo Daniel D´Apice.
Profesor de Teología.







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