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La revitalización de un gran maestro
La revitalización de un gran maestro
Desde hace unos años estamos viviendo un acontecimiento del mayor interés cultural y religioso: la revitalización de la figura de ese pedagogo de alto estilo que fue Romano Guardini


Por: Alfonso López Quintás | Fuente: Arvo.net



Con la energía y la luz que desprendían sus clases, homilías y libros, varias generaciones se abrieron con asombro al análisis de grandes filósofos y escritores, descubrieron la emoción singular de la vida litúrgica , se adentraron maravillados en lo más hondo de la personalidad de Jesús.

Para que las nuevas generaciones puedan vivir esa experiencia transformante, se han publicado últimamente en español varias de sus obras más significativas, entre las que figuran dos póstumas: la magna Ética (BAC) y La existencia del cristiano (BAC). Es ya una fortuna que miles de personas, afanosas de ganar un nivel de excelencia espiritual, puedan leer las páginas memorables en las que Guardini nos descubre, con su admirable estilo, el sentido profundo de la alegría, el carácter ascendente de todas las etapas de la vida, incluida la senectud, la elevación espiritual que experimentan los creyentes al orar, es decir, «al ir hacia Dios con toda el alma». Pero, actualmente, ese don se incrementa sobremanera, pues conocemos la intimidad del autor –gracias a la edición póstuma de escritos autobiográficos– y podemos leer sus obras con mayor hondura intelectual y más intensidad de sentimiento.

Hoy sabemos que Guardini vivió en una continua búsqueda, y a través de dificultades de todo orden –renuncias, enfermedades, incluso abiertas persecuciones por parte del nacionalsocialismo– perfiló un estilo sobremanera persuasivo de pensar y de expresarse. Esta ejemplaridad he querido plasmarla en las obras Romano Guardini, maestro de vida (ed. Palabra) y La verdadera imagen de Romano Guardini (EUNSA), así como en las Introducciones a ocho obras de Guardini publicadas últimamente. En ellas resalta la lucidez con que el maestro de Verona, tras un breve alejamiento de la fe en la juventud, volvió a la práctica religiosa por el presentimiento de que late una grandeza sobrehumana en las páginas del Evangelio. La energía que alberga la frase –aparentemente paradójica–: «El que conserve su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la ganará» (Mt 10, 39), lo impulsó a sumergirse de lleno en el ámbito del misterio cristiano. Su vida posterior fue una afanosa búsqueda de la verdad.

La verdad de la vida humana, en todas sus facetas, sabe hacerla resplandecer en párrafos de una lúcida expresividad. «El hombre necesita de la oración para permanecer sano espiritualmente –escribe en la bellísima Introducción a la vida de oración (ed. Palabra)–. Pero la oración sólo puede brotar de una fe viva. Y la fe, a su vez, sólo puede ser viva si se ora... A la larga no se puede creer sin orar, como no se puede vivir sin respirar. Orar es detenerse a hablar con Dios para que la fuerza de Dios entre en nuestra alma».

En El Señor (ed. Cristiandad) nos hace vivir Guardini de modo impresionante el espacio de presencia abierto entre los hombres y Dios por el Espíritu Santo: «Al abandonar Jesús el ámbito de la existencia visible e histórica, se forma, en virtud del Espíritu Santo, el nuevo ámbito cristiano: la vida interior de los creyentes y de la Iglesia, mutuamente vinculados y unidos». La Ética nos ayuda a descubrir por nosotros mismos que «el conocimiento del bien es motivo de alegría», y que «la vida del espíritu se realiza en su relación con la verdad, con el bien y con lo sagrado... Sólo en la realización de la verdad alcanza la persona su sentido, porque ella está referida por naturaleza a la verdad. Existe para la verdad, como posibilidad permanente de realizarla».

En C a rtas sobre la formación de sí mis mo (ed. Palabra), Guardini nos hace ver a qué alturas puede elevarse la vida cotidiana cuando damos la debida calidad a nuestras actitudes: «Debemos intentar que nuestro corazón esté alegre. No divertido, que es otra cosa. Ser divertido es algo externo, hace ruido y desaparece rápidamente. Pero la alegría vive dentro, silenciosamente, y echa raíces profundas».

El opúsculo Quien sabe de Dios conoce al hombre (PPC) nos ofrece la clave del pensamiento antropológico de Guardini: «El hombre sabe quién es en la medida en que se comprende a partir de Dios». La meta de toda la producción de Guardini fue descubrir la grandeza que adquiere el hombre al vivir vinculado a Dios. El hombre es de veras grande cuando está inquieto hasta que repose en el Creador del que procede. Antes de entrar en coma, Guardini recitó, durante una hora, la sentencia de san Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti».

En Mundo y Persona (ed. Encuentro) expone, de forma precisa, su idea relacional de la persona. «Aquí se trata del hecho ontológico de que no puede darse una persona a solas... El hombre se halla esencialmente en diálogo... La vida espiritual se realiza esencialmente en el lenguaje». Éste no es «un medio por el cual se comunican acontecimientos; es el ámbito de sentido en el que todo hombre vive».

El contraste (BAC), la obra más académica de Guardini, marca la medida y el ritmo de todos sus escritos, pues asienta las bases de su pensamiento relacional, que tiende a ver como c o n t r a s t e s que se complementan ciertas realidades –o determinados aspectos de las mismas– que parecen opuestas cuando no se actúa de forma creativa. El secreto del carácter eminentemente positivo del pensamiento de Guardini consiste en haber descubierto tempranamente que, cuando vivimos de forma creativa, advertimos que libertad y normas, independencia y solidaridad, identidad personal y apertura al entorno... son aspectos de la vida complementarios, no contradictorios.

En La existencia del cristiano, Guardini pone de manifiesto el valor vital de los Dogmas. La descripción del sentido del paraíso terrenal sorprende por la luz que arroja sobre lo más hondo de nuestra vida. «El paraíso se perdió para siempre. No puede ser conquistado de nuevo. Este hecho reviste, por de pronto, el carácter de pérdida de una plenitud de valores a la que jamás nos resignaremos, con todo lo que lleva consigo de privación y de tristeza. Pero tiene también el carácter de culpa. El paraíso se perdió porque el hombre traicionó la confianza de Dios».

Guardini fue un testigo ejemplar de la verdad en un tiempo de especial tribulación. Su legado intelectual puede ayudarnos no poco a clarificar nuestra existencia en este momento agitado que vivimos.



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