La sobriedad en la educación de los hijos
Por: Guillermo Urbizu | Fuente: Catholic.net

Todos los padres del mundo pensamos que lo hacemos muy bien. O por lo menos bastante bien. Que el oficio de padres es algo que para nosotros no tiene secretos, pluscuamperfectos de petulancia. Vamos, que el asunto lo tenemos dominado de principio a fin y que somos estupendos. ¡Cómo nos va a ir mal precisamente a nosotros, una familia modelo donde las haya! “¿Defectos mis hijos? ¿Pero qué me dices? Quita, quita. No hay más que verlos, si son ejemplares”. Y el cariño nos vuelve definitivamente miopes, sin admitir la posibilidad de que pudiéramos estar equivocados.
Reaccionamos con cara inhóspita y despistada a las explicaciones y teorías que los que más saben nos imparten aquí y allá, en colegios y cónclaves familiares diversos. Porque los problemas gordos deben ser siempre los de los demás, por lo visto. Así resulta que muchos padres, por ejemplo, quitan la razón al profesor delante del niño, o gritan, o dan portazo. Por un examen o por un rifirrafe cualquiera. Actuando con un excesivo proteccionismo, consintiendo cosas que perjudican sin duda el rigor de una buena educación de los chicos. Sentimental, intelectual o espiritual.
El amor más certero debiera hacernos evitar el cenagal de los caprichos, de los mimos estériles. En definitiva, que una educación fetén no admite la flojera paterna (o materna). De lo contrario pudiera ser que cuando quisiéramos poner remedio, fuera ya demasiado tarde. ¿Acaso hemos nacido doctorados en los misteriosos mecanismos de la formación de los hijos? La familia es la principal escuela, sí, pero para todos. Insisto: para todos. El orgullo paterno mal entendido -con toda la buena intención del mundo-, o una autoridad desabrida, pueden resultar fatales para el mayor negocio que llevamos entre manos. Vayamos pues con tiento.
Y en esta escuela de virtudes que es la familia, vivir la sobriedad me parece de los asuntos más cruciales. Hoy por hoy tal vez sea de las virtudes más necesarias para que las familias no perdamos del todo la cordura y el decoro, el tino y el tono, embebidos como andamos de necedad consumista. Un consumismo que tiene como primera providencia consumir nuestras almas, anular nuestra sensibilidad cristiana. ¡Qué difícil se hace sentir el estremecimiento de las cosas que realmente importan! Esas que el mundo desprecia porque no se pueden comprar con dinero, porque no se ven o no se tocan.
Estamos metidos en una rueda de la que es difícil salir. Vivir con sencillez se convierte casi -o sin casi- en un escarnio, en una afrenta social. Hay un desbordamiento de cosas que nos malcría. Tener, tener, tener. Para no pensar, para construirnos una entelequia absurda de la felicidad. Por eso es tan necesario ejercitarnos en la moderación y en la mesura. Que nuestros hijos nos vean conformes con lo que tenemos, pendientes sobre todo del estatus que se basa en el amor de Dios.
En la educación de nuestros hijos, con respecto a la virtud de la sobriedad, debemos vivir un minimalismo cristiano, donde menos es siempre más. Dice Isaías: “¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?”. Pues eso.
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