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Lajas, Nuestra Señora de las
Colombia y Ecuador

Colombia y Ecuador, puesto que Nuestra Señora es prenda de paz y unión entre ambos pueblos.


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net



El Santuario de Nuestra Señora del Rosario de las Lajas es un templo y basílica para el culto cristiano católico y veneración de Nuestra Señora de las Lajas situado en Ipiales, Departamento de Nariño, sur de la República de Colombia y es destino de peregrinación y turismo desde el siglo XVIII.

Nuestra Señora apareció - alrededor del año 1750 - milagrosa y misteriosamente impresa en una piedra laja, casi en el fondo de un abismo de la cordillera de los Andes, a 2600 metros de altura en territorio hoy colombiano, hasta principios de siglo perteneciente al Ecuador, a 15 km. de la frontera actual.

No es raro que a la Virgen le guste manifestarse en parajes hermosísimos, donde luego se han erigido santuarios de gran belleza y audacia por lo escarpado y laborioso del lugar, pero en Las Lajas el sitio elegido frente a una cascada de 80 metros de caída es indescriptible y las fotografías sólo nos dan una pálida idea del mismo.


 

La historia

Decimos misteriosamente, porque a la inversa de Guadalupe no hay testigos presenciales de la formación de la imagen, y milagrosamente porque su hechura presenta elementos que superan toda racionalidad. Las primeras noticias de su descubrimiento provienen de dos fuentes que nos ubican en el siglo XVIII, alrededor de 1750.
1 ) Sitúa los hechos en 1754; Mons. Justino C. Mejía y Mejía, que ejerció su ministerio sacerdotal en Las Lajas durante casi 50 años de 1928 a 1977 los relata en dos libros que elaboró sobre este prodigio.

Las Lajas, al sur de Colombia, está situado entre dos poblaciones: Ipiales, antigua fundación española para adoctrinamiento de los lugareños, y Potosí, caserío indígena separado por el río Guáitara, al que sólo se Ilegaba por un largo tronco, rudimentario puente, cuando lo había, más aislado que comunicado por el mismo.

María Mueses de Quiñones era una potosina, empleada domestica en la familia Torresano de Ipïales y madre de una niña sordomuda, Rosita. Yendo a Ipiales por el estrecho sendero marcado a orillas del barranco, enmarañado por la densa vegetación ecuatorial, se sentó a descansar en una especie de cueva formada por una afloración de laja; allí la niña se desprendió de la madre comenzando a trepar por las rocas y de pronto comenzó a hablar diciendo:
¡Mamita, vea esa mestiza que se ha despeñado con un mesticito en los brazos y dos mestizos a los lados!´

Asombrada, pero felicísima, María cargó a la niña, mientras esta seguía diciendo:

¡Mamita, mamita, la mestiza me llama!
Sin hacer caso de las voces de la niña, volvió a Potosí dejándola en casa de sus familiares, retornando a Ipiales para contar lo sucedido a sus patrones, pero éstos no le creyeron. De regreso a su hogar, Rosita había desaparecido en pos del llamado de la enigmática mestiza. Acudió la madre a la gruta y la halló extasiada contemplando la imagen de la Virgen. Llevó la niña a Ipiales y ésta vez sus patrones le creyeron y tanto... que sin reparar en la hora, a eso de las 10 de la noche, fueron todos a golpear en la casa del párroco para informarlo y mostrarle a Rosita; el padre Gabriel Villafuerte, dominico, ya estaba durmiendo; al oír el relato y ver a la niña comenzó a tocar las campanas convocando al vecindario; acudió la gente, y todos munidos de improvisadas antorchas emprendieron el riesgoso camino, primera peregrinación nocturna llegando a eso de las 6 de la mañana del 16 de septiembre de 1754 a la laja maravillosa.

Allí todos arrebatados, contemplaron una figura bellísima de la Virgen con el Niño, ambos coronados; de la mano derecha de Nuestra Señora cuelga un rosario que entrega a Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden de los predicadores o dominicos y del otro lado el Niño con la cabecita inclinada le ofrece el cíngulo para su sayal a san Francisco de Asís, los dos mestizos que vio Rosita.

2) La otra fuente de redacción más antigua tiene como autor, a fray Juan de Santa Gertrudis Serra, franciscano, quien en 1775 publico los 4 tomos de Maravillas de la Naturaleza; en uno de ellos refiere sus andanzas por esas regiones de 1756 a 1767 incluyendo el informe que en 1759 le hizo don Ramón, sacerdote español evangelizador radicado en Pasto, cabecera de la diócesis en aquel entonces. Allí se dice que "la Señora con traje de Concepción se apareció ella misma en una laja, de donde tomó su denominación. Luego se cuenta que un penitente austero y piadoso vio como un bosquejo muy delicado de la Virgen en una laja en la otra banda del río y el paraje antes muy desolado empezó a frecuentarse hasta que un sacerdote (¿habrá sido el P. Villafuerte?) mandó poner un puente de palos con lo que aumentaron la devoción, las romerías y también los milagros.

Con estos datos Fray Juan emprendió un viaje desde Pasto hasta Las Lajas de cinco días; Ilegó hasta la cueva y más que describir a la imagen se explayó contando cómo era la oquedad, las medidas y posición de la laja con la Virgen, el tosco altar elevado y la luz de velas casi permanente a causa de las incesantes peregrinaciones. Conmovido fray Juan redactó un rótulo para la Señora, tal como hacen otros romeros:

La perla más bien pulida
que en fina concha se cuaja
es la Virgen de Las Lajas
en la Laja aparecida.



La imagen

Las dos versiones anteriores coinciden en la estampación milagrosa de la Virgen en una laja de 3,20 m. de alto por 2,03 m. de ancho ubicada en un hueco de 0,58 m. de fondo. El conjunto iconográfico tiene 1,80 m. por 1,22 m. Nuestra Señora mide 1,39 por 0,76 m., el Niño 0,40 m. por 0,20 m. incluyendo ambas coronas; los dos santos en actitud orante, 0,73 m. de altura cada uno.

La Virgen está de pie en una media luna, sobre una suave, pero visible irradiación; viste túnica grana cubierta con denso arabesco dorado, al igual que un galón para cuello y puños; el manto azul profundo que cae desde la espalda se recoge del lado izquierdo bajo el Niño también con orla dorada, pero no cubre la cabeza de larga y oscura cabellera; las facciones son delicadísimas esbozando una leve sonrisa, frente espaciosa con grandes ojos negros que miran desde cualquier ángulo, cejas bien delineadas, nariz recta, boca pequeña, cuello y manos alabastrinas.

La devoción de los fieles ha cristalizado en donativos destacando la condición real de Madre e Hijo, así desde antiguo han recibido coronas de oro y gemas preciosas cuyo diseño respeta superponiéndose los originales impresos en la laja; se han agregado además collares, gargantillas, pulseras, anillos y un cinturón de esmeraldas con hebilla, etc., pero todo esto le ha sido robado, algunas veces rescatado y otras renovado; la sexta y última sustracción ocurrió en diciembre de 1988. Para el observador curioso no hay mal que por bien no venga, de modo que despojados la Virgen y el Niño de su piadosa joyería, ha sido posible ver la imagen en estado puro, por así decirlo, sin ningún añadido y verificar el diseño desnudo de las coronas y el cinturón de Nuestra Señora como debió manifestarse su realeza antes de tanto alhajamiento. El manto presenta actualmente una veintena de estrellas de oro y plata, han llegado a ser hasta cincuenta y son las únicas alhajas que no alcanzaron a ser tocadas en el último robo.


Algunas particularidades

No todos los autores admiten la hechura milagrosa de la imagen; el P. Luis G. Moreno sostiene que es una notable pintura al óleo semejante a las de la escuela quiteña de los siglos XVI y XVII con las figuras de ambos santos añadidas posteriormente y supone que el autor pudo ser un fraile dominico pintor muy mariano del que se conocen otras imágenes de la Virgen en Quito y en otros poblados de la zona; se trataría del P. Pedro Bedón (1555-1621 ), provincial de la Orden de 1618 a 1621, caminante y viajero por esas tierras.

El P. Moreno basa el fuerte de su argumentación en que dos de las imágenes pintadas por el P. Bedón tienen a los mismos santos como acompañantes al pie de la Virgen y el Niño y que en los bordados de la túnica de la Virgen lajeña se pueden distínguir las letras mayúsculas P y B.
No puede argumentar sobre una supuesta preservación inexplicable de más de 150 años de la imagen hasta su conocimiento en 1754.

Sin embargo la convicción general de !os estudiosos es que la imagen no es de la factura humana; por caso su colorido, que es totalmente mate sin el brillo del óleo, ofrece cierta semejanza con la que presenta la Virgen de Guadalupe, ya que el polvo del ambiente no se deposita en ella, ni la dañan las eyecciones de los insectos, ni el manoseo devoto de los fieles, ni e! altísimo porcentaje de humedad del lugar (tiene la cascada de la quebrada Frontales a menos de 100 m.), ni se ha descascarado jamás, ni la ha oscurecido el humo de las velas, salvo en el borde de la laja donde ya no hay imagen ;por otra parte el color no es superficial, sino que penetra en lo hondo de la piedra cuando se la ha astillado con un pico.

Así mismo, a diferencia de la guadalupana, que aceptó retoques, ésta no admite ningún tipo de pintura, rechaza todo adhesivo, salvo la cera de las velas benditas con las que se le han adherido las joyas ahora robadas y las estrellas aun conservadas; tampoco al arrancarlas, el trozo de cera desprende pintura alguna de la imagen, por lo que Mons. Mejía y Mejía sostiene que se puede ignorar su misterioso autor, "pero el P. Bedón está muy lejos de serlo".

El P. Manuel Chamorro Guerrero, capellán del santuario en 1997, ve entre la P y la B, una e minúscula, con lo que él entiende que las tres letras significan Pax et Bonum, cifra que resume toda la evangelización.

María Delia Buisel de Sequeiros


Los cuatro templos

El primer templo, si así puede llamarse fue una modesta ermita erigida por el P. Villafuerte y alojó los primeros cultos hasta 1794. Hoy puede verse frente al santuario una reproducción de la misma cubierta de reliquias y ex votos de promesantes agradecidos.

Entre 1796 y 1853 se construyeron un segundo y un tercer templo, todos los cuales resultaron insuficientes para alojar a los millares de peregrinos que se acercaban al mismo.

En 1895 el obispo diocesano vio la necesidad de erigir un templo mayor y de unir ambas orillas del profundo barranco; su idea, magnífica, sólo se cristalizó a partir de 1915 cuando se levantaron a 30 metros sobre el abismo los dos arcos del puente sobre el río, puente que serviría de plaza y atrio de la basílica neogótica en piedra gris y blanca ampliando considerablemente los espacios para peregrinos e incluyendo en la cripta un nuevo templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús; el conjunto de laboriosa y prolongada construcción se bendijo terminado en 1948, dándole el Papa Pío XII coronación canónica a la Virgen en 1952 y al santuario el título de basílica menor en 1954.

Y cabe observar que todos los santuarios erigidos respetaron el lugar de la aparición, es decir que cada edificio nunca tuvo ni tiene fondo o ábside, ya que la construcción arranca directamente de la piedra, imponiéndose la Virgen con su sola presencia.

La atención doméstica y pastoral del santuario la llevan dos comunidades de religiosas franciscanas, una colombiana y otra ecuatoriana, puesto que Nuestra Señora de Las Lajas es prenda de paz y unión entre ambos pueblos.




 

 

 







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