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Murmurar, difamar, calumniar
Murmurar, es hablar mal de una persona ausente, difamar, es quitar la fama al otro, calumniar es lo peor, es decir, "con mentira" cosas malas de alguien


Por: Gustavo Daniel D`Apice | Fuente: Catholic.net




Murmurar, es hablar mal de una persona ausente, pero de cosas que, el que habla y el que escucha, conocen, aunque no tienen por qué comentarlo “ponzoñosamente”.

Difamar, es quitar la fama al otro, diciendo de él, en su ausencia, cosas malas que el o los que escuchan no conocen, y que no hay por qué decirlas, aunque sean ciertas.

Calumniar es lo peor. Es decir, “con mentira”, cosas malas de alguien que no está presente, para perjudicarlo.

Es feo murmurar, y esto se da mucho en los “serpentarios” de distintas asociaciones, clubes, o grupos de personas, desde la familia hasta en reuniones ocasionales y, aún, pseudo-religiosas. Y se puede evitar: Poniendo de manifiesto lo positivo del ausente, desviando la conversación cuando se dirige a lo negativo de la persona que no está, poniendo de manifiesto sus cualidades y no sus vicios, aunque sean conocidos por todos.

Esta “tentación” es muy común, y se hace difícil sustraerse de ella, porque se habla de “cosas que son”, pero no para poner en común y así vituperar a aquel de quien se está hablando.

Después de hacerlo, si uno se da cuenta y se arrepiente, porque siempre queda un sabor amargo, conviene proponerse hablar de lo bueno del otro y no de lo malo, salvo que esto ayude al bien común y al mismo del que se habla, para corregirlo o encauzarlo.

La difamación es peor. Es la que se dice casi despacito y como al oído, al que no lo sabía: “¿Viste che…que tal persona tal cosa, que Juanita esto o Robertito aquello…?”, cuando el interlocutor desconocía el hecho. Y ahí se entera: “¡Mirá vos, no lo sabía, pero era de esperar…!”.

¿Qué hacer cuándo uno se da cuenta? La cosa también es cierta, pero no hay por qué ventilarla por ahí, más cuando no produce frutos de bondad y/o de bien para el “alcahueteado” o para la comunidad. La posible solución, para el “botón”, es callarse la boca en adelante, y si necesita hablarlo, a manera de “catarsis” o purificación, conviene hacerlo no en son de crítica ni difamación, sino como pidiendo ayuda para sí, a un amigo/a íntimo/a o a un guía espiritual. O diciéndoselo al propio interesado, si es posible, para que se corrija de ello, en vez de andar diciéndoselo a los demás. Para el que escucha, ser fuerte y no “prestar el oído” para esas cosas, que lo debilitan en la integridad de su persona.

La cumbre de seguir el susurro del diablo es la calumnia. Aquí todo es mentira.
Y si el calumniador se arrepiente de lo que hace, debe restituir la fama a aquel al que se la quitó, en público ante quien lo dijo, pidiendo perdón y disculpas por su propasación.

Y el que escucha, de darse cuenta, debe solicitar reparación a aquel que calumnió, diciéndoselo, o diciéndole que no le cree, que no piensa que sea así, y guardándose de acercar el oído cuando se está hablando mal de otro aunque, sin llegar a ser calumnia, sea difamación o murmuración. La negatividad y veneno que se nos inocula, es luego difícil de extirpar.

La guerra no se vive sólo en medio oriente, en Irak, o la propicia nadie más que Estados Unidos. La guerra la propiciamos cuando comenzamos a condenarnos y eliminarnos en lo pequeño, cuando comenzamos a murmurar, difamar y/o calumniar.

Busquemos, por lo tanto, la paz en eso que parece pequeño pero, que de seguirse, nos daría la paz en la familia, en el barrio, en el trabajo, en la provincia, en la Nación, en el continente, en el planeta.

Comentarios al autor: gusdada@uolsinectis.com.ar

 


Gustavo Daniel D`Apice
Profesor Universitario de Teología
graduado en la Pontificia Universidad Católica Argentina
adscripta a la Gregoriana de Roma.

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