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Padres ejemplares
Padres ejemplares… por amor. Las pautas que se establezcan en un hogar deben responder a la verdad y el bien objetivos, reales, no a nuestros estados de humor, preferencias, ilusiones, desganas o cansancios, etc


Por: Tomás Melendo | Fuente: www.masterenfamilias.com



A modo de introducción: Cavilaciones de una madre “de andar por casa” sobre los “padres ejemplares” (Por Marta Román)

Vaya título: “Padres ejemplares”.

Anda que no habré escuchado veces… Que si Fray Ejemplo… Que si los críos se enteran de todo…
¡Qué más quisiera yo que ser una madre ejemplar!
A mí ser madre me ha convertido en madre, pero de ahí a que me haya convertido en “ejemplar”, va un abismo. Soy más bien, “madre de andar por casa”.
Pero vamos, que no soy la única. Miro a los matrimonios amigos y son buena gente, pero de eso a “padres ejemplares”… Son más bien, “padres de andar por casa”.

Claro, que Tomás Melendo no da ningún “ejemplo de padres ejemplares”. ¿Será que no los hay? Sólo se refiere al ejemplo de cada uno para con sus hijos. A lo mejor es que ser padres ejemplares no es ser “padres técnicamente perfectos”. A lo mejor es algo al alcance de cualquier padre de andar por casa. Conociendo a Tomás, no me extrañaría.

Voy a seguir leyendo… muy buenas las citas. Me ha gustado eso de que la justicia sin misericordia se convierte en crueldad o también que lo que forma el carácter de un niño o una niña es lo que aprendieron a amar y admirar de pequeños. Me da qué pensar.

… Voy por la mitad y aún no sé cómo convertirme en madre ejemplar. Ahora encuentro unas ideas que los padres de andar por casa aplicamos sin saber que nos están convirtiendo en “ejemplares”. O sea, que no es tan difícil.

El punto 4 se titula así: “Para ser padres ejemplares”. Y en efecto, ¡aquí lo dice! No es nada grandilocuente ni aparatoso. Parece hasta fácil y, en mi caso concreto, voy a dar más de una alegría. ¡Genial!


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Padres ejemplares… por amor

Vimos en el artículo precedente El fundamento de toda acción educativaque el amor es la base de toda educación. Pretendo considerar a partir de ahora algunos de los principios que concretan y aterrizan ese fundamento. El primero de ellos: el poder del ejemplo.

1. «Primum vivere…»: más enseña la vida que cualquier teoría

Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. En concreto, jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están o parecen estar super ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.

Por todo lo anterior, escribe Javier Salinas que educar no consiste en acumular conocimientos, sino más bien en ayudar a desarrollar armónicamente las dimensiones que cualifican a la persona. Y esto supone sobre todo la presencia eficaz de auténticos educadores: de alguien a quien imitar, con quien confrontarse, y que, por su manera de vivir, ofrezca estímulos para alcanzar la meta de la educación, que es el ejercicio de la libertad y la voluntad de comprometerse con aquello que es bueno, noble y justo.

A lo que añade de inmediato: «Por otra parte, no hay que olvidar que la educación es fundamentalmente imitación, conocimiento de valores y repetición de aquellas formas de comportamiento que hacen excelente a la persona».
Afirmación que se acerca bastante a lo que aseguraba John Stuart Mill: «Lo que forma el carácter no es lo que un niño o una niña pueden repetir de memo-ria, sino lo que ellos aprendieron a amar y admirar».

Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo y, muy particularmente, con la orientación que impriman al conjunto de su existencia; en última instancia,
a) o el amor propio
b) o el amor a Dios y, en Dios y por Dios, a todos los demás

2. Coherencia eficaz…

Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de incitación, de confirmación y de ánimo:
a) No hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él.
b) E igualmente a comer de todo, a poner y quitar la mesa, el lavavajillas, a ordenar su cuarto para que los demás estén más cómodos, a ir al supermercado…
c) A mantener en el hogar un tono de corrección, en el vestir y en el hablar, pongo por caso, también para hacer más agradable la vida a los demás, que disfrutan con nuestro buen aspecto.
d) A controlar los enfados y las rabietas, a no volcar su mal humor sobre el primero que encuentre en su camino, a estar más pendiente de sus hermanos que de sí mismo, etc.

Todo esto lo aprenden los chicos, desde muy pronto, observando la manera cómo los padres se tratan entre sí y, derivadamente, el modo cómo tratan a los demás, incluidos ellos mismos (los hijos). Y según lo que vean, adoptarán un tenor de vida u otro: no sólo ni principalmente con sus padres, sino con todos aquellos con quienes se relacionen y, muy en particular, con sus hermanos más próximos.

Por eso, el test definitivo de la marcha de un hogar no es lo que un hijo esté dispuesto a hacer por sus padres —normalmente, si la familia funciona, mucho o todo o casi todo—, sino lo que cada hermano es capaz de hacer por los restantes, especialmente cuando la tarea en cuestión le tocaría a otro de sus hermanos.

Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas, despierta… y arrastra

3. O ineficacia, e incluso daño

En el extremo opuesto, junto con la falta de amor recíproco —esposo-esposa—, la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre pueden infligir a sus hijos.

Cosa que ocurre, sobre todo, a determinadas edades —la adolescencia, sin duda, pero también algunos años antes—, cuando el sentido de la “justicia” se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.

¡Produce pasmo ver hasta qué extremos puede ser feroz y despiadado el juicio de un crío o una cría! Y, no obstante, no debería asombrarnos. Como decía Tomás de Aquino, cuando falta la misericordia, la justicia se convierte en crueldad.

4. Para ser padres ejemplares

Para evitar que esto pudiera suceder, o, dicho en positivo, si queremos ser unos padres ejemplares, que enseñen y arrastren, existe un precepto cuya importancia resulta imposible exagerar y al que, por eso, acudiré más de una vez.
El mejor modo de mantener y fomentar la armonía de un hogar y el crecimiento de los hijos consiste en:
a) Reducir cuanto se pueda el número de normas por las que se rige su conducta: «tantas como sea necesario y tan pocas como sea posible», sugiere Murphy-Witt.
b) Hacer que esos criterios fundamentales respondan a la verdad y la bondad objetivas, a lo que en sí mismo es bueno o malo, y no a preferencias o caprichos de los cónyuges. Por consiguiente, esos preceptos han de cumplirlos tanto los padres como los hijos: también, para no andarme por las ramas, el empleo de la tele, del ordenador, los móviles y aparatos similares; la visión de determinados programas, el-uso-y-no-abuso de bebidas alcohólicas o de caprichos culinarios; o, con los matices imprescindibles, la hora de volver a casa y de acostarse.
c) Lograr que en todo lo demás se respete exquisitamente la libertad y la iniciativa de los chicos —igual que, antes, las del cónyuge—, aunque el modo como actúen, siempre que sea éticamente lícito, choque frontalmente con las preferencias del padre o de la madre, que, como vengo repitiendo, no deberían contar para nada.

Lo que importa es el bien del hijo, no mis caprichos ni mis satisfacciones de padre o de madre.

En resumen: unos cuantos criterios claros —muy pocos, objetivos e inamovibles— y un exquisito respeto al modo de ser de cada cual.

5. Estabilidad

Insisto ahora en que, a pesar de lo que a veces pensemos y de lo que imponen ciertas modas ya un tanto desfasadas, los niños y adolescentes —más todavía que los adultos— necesitan de forma imperiosa unos puntos de referencia estables y sólidos. De lo contrario, se tornan inseguros, vacilantes e indecisos, además de sufrir inútilmente.

Establecer esos hitos es tarea de los padres, que siempre deben determinarlos en función de la realidad: del bien y de la verdad objetivos, de lo que redunda en real beneficio de todos, porque les enseña a amar mejor, estando más atentos al bien de los demás que al propio.

De lo contrario, según recuerda Murphy-Witt, las presuntas normas fluirán continuamente, al vaivén del humor y de la mejor o peor forma en que se encuentren los padres. Y los niños nunca sabrán a qué atenerse: en lugar de contar con criterios objetivos de conducta, se verán sometidos al antojo de los adultos.

«Al fin y al cabo —advierten, aun sin pensarlo explícitamente—, son mamá y papá los que deciden».

Y lo harán incluso de forma autoritaria, cuando no tengan tiempo o ganas para enzarzarse en discusiones interminables. Entonces, el que se declaraba amigo y compañero —haciendo concesiones imprudentes y desmesuradas—, se transforma de repente en dictador, lo cual es muy difícil de entender para los niños. ¿A quién puede extrañar que se rebelen y que no respeten lo que se ha establecido sin tenerlos realmente en cuenta y sin tener tampoco en cuenta el bien y la verdad?
Como puede advertirse, también ahora el peligro deriva de estar más pendientes de nosotros mismos que de nuestros hijos y de lo que efectivamente los ayuda a ser mejores.

El resultado es una fluctuación continua entre la imposición de normas rígidas y arbitrarias, cuando nos sentimos con fuerzas y ganas de ayudarlos… y el abandono más absoluto, cuando nos puede el cansancio, el desánimo o la comodidad.
Así pues —agrega Murphy-Witt—, ¡se acabó la alternancia entre la concesión de una supuesta libertad progresista y el no inmiscuirse por comodidad!

Y concluye: «Los niños quieren que los eduquen. Para ello es necesario también que aprendan a tomar sus propias decisiones, pero en función de su edad y paso a paso, bajo la dirección paterna. Quien conduzca a su hijo cuidadosamente hacia este objetivo, podrá acabar dejando en sus manos, con plena y segura confianza, toda la libertad de decisión respecto a sus propios intereses».

Las pautas que se establezcan en un hogar deben responder a la verdad y el bien objetivos, reales, no a nuestros estados de humor, preferencias, ilusiones, desganas o cansancios, etc.


Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es

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