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La credibilidad a la tarea de la Iglesia en el sector turístico
¿Cómo debe ser la Iglesia para ser creíble en su acción evangelizadora en el campo de la pastoral del turismo?


Por: Joan Bestard Comas | Fuente: www.archimadrid.es



"Apoyo" y "acompañamiento" resumen magníficamente la tarea de la Iglesia en este importante sector de la actividad humana que es el del turismo. El turismo es una industria muy singular: no trata cosas sino personas. Es una fuerza viva que interrelaciona las personas y está al servicio de la paz y de la concordia entre todos los pueblos de la tierra.

Antes de exponer lo que la Iglesia puede ofrecer a los profesionales del turismo, desearla expresar lo que ella debe ser ante éstos para que pueda ser de verdad creible.


¿Cómo debe ser la Iglesia para ser creíble en su acción evangelizadora en el campo de la pastoral del turismo?

El apoyo y el acompañamiento de la Iglesia a los profesionales del turismo será creíble y tendrá capacidad evangelizadora sí ésta se esfuerza por adoptar estas seis actitudes básicas.

Primera actitud:

La Iglesia ha de estar anclada en el mismo corazón del mundo y muy cerca de los lemas reales de la gente, a la vez que ha de estar abierta el fenómeno de la modernidad sin tomarlo como absoluto. La Iglesia ha de decir "sí" a la modernidad, pero a una modernidad redimida. La Iglesia ha de saber leer e interpretar el nuevo contexto sociocultural en el que hoy los hombres están inmersos. Ha de conocer a fondo la persona que quiere evangelizar y a su vez apreciar, defender y promocionar su historia, su cultura y su identidad. La Iglesia no ha de ser un mundo cerrado sobre si mismo, un gueto, ni ha de construir un mundo paralelo al lado del mundo real. No ha de caer en la tentación de dar respuestas rutinarias a preguntas que nadie le hace. La Iglesia es más evangélica y evangelizadora cuando se abre, cuando consigue expresarse en el lenguaje común de los hombres, cuando se hace activamente presente en los centros de creación , de la cultura, cuando acepta, sin miedo ni complejos, la noble confrontación con todas las corrientes filosóficas, culturales y religiosas en el debate político, cuando comparte, finalmente las angustias y las esperanzas de la humanidad.

Segunda actitud:

La Iglesia ha de recobrar la confianza en la fuerza humanizadora de su mensaje, en el valor liberador y humanizador de la fe. Solamente si la Iglesia es capaz de presentar a los hombres de hoy el Evangelio en todo su vigor y creatividad originales, podrá aportar un alto grado de humanización a la sociedad actual.

Tercera actitud:

La Iglesia, en el campo turístico, sobre todo a través de su doctrina social, que viene a ser como `el rostro humano de la redención", ha de salir siempre en defensa de la dignidad de la persona humana y ha de proclamar con f uerza en medio de nuestra sociedad - a la vez que intenta vivirlo coherentemente de puertas adentro - que la persona nunca ha de ser utilizada como un medio, sino siempre respetada como un f in. La persona humana, por haber sido creada a imagen y semejanza de Dios, posee una tal dignidad que es un f in en sí misma y nunca un mero medio. Dicho más llanamanete: la persona no es un objeto, sino un sujeto; no es algo, sino alguien; no tiene precio, sino dignidad. Y esta defensa clara y decidida de la dignidad de la persona humano, la Iglesia debe hacerla desde una actitud sincera de fraternidad evangélica que sea visible a través de gestos creibles y convincentes. A la Iglesia nadie deberle ganarle en humanidad, nadie deberle ganarle en la defensa y promoción de los derechos humanos, porque la fe en Jesús que ella proclama nos enseña muy claramente que no es voluntad de Dios que haya injusticias, explotación del hombre por el hombre y desigualdades económicas abismales.

No pocas veces, aturdido, me he formulado esta pregunta.- ¿por qué la lucha por la justicia en el mundo ha estado casi siempre ligada a la ideología y al programa de una radical negación de Dios? Formulada esta misma pregunta de otra manera: ¿Por qué los creyentes en Dios no hemos estado siempre en primera línea la hora de defender los grandes valores de la justicia, la igualdad, la libertad, la fraternidad?

La Iglesia y cada uno de sus miembros no podemos ser neutrales en la defensa de la justicia. No olvidemos las clarividentes palabras del Sínodo Mundial de los Obispos, del año 1971: "La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundos e nos presentan claramente como una dimensión consti tuti va de la predicación del Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia...".

La Iglesia, por encima de todo dialéctica partidista y respetando la sana autonomía de las realidades políticas, sociales y económicas, ha de salir siempre en defensa del bien común y especialmente de los más marginados de nuestro sociedad.

Cuarta actitud:

La Iglesia ha de ser descubridora y dadora de sentido. Actualmente nuestro mundo vive una profunda crisis de proyecto de hombre y de sociedad. la moderna sociedad tecnológica y globalizada, altamente racionalizada, mirada en su conjunto, se ha vuelto irracional en múltiples aspectos. La modernidad y postomodernidad ilustradas parece que en algunos puntos se ha vuelto barbarie. Nos encontrarnos, ciertamente, ante la asfixio de un sistema y la crisis de una civilización en el ámbito planetario. Y precisamente ante esta profundo crisis cultural y moral, la Iglesia, y más en concreto las comunidades cristianas que la integran, si de verdad quieren ser evangelizadoras, deberían ser descubridoras y dadoras de sentido, procurando vivir el valor de la autenticidad en medio de una sociedad en muchos aspectos tarado por la mentira, la hipocresía y la superficialidad, el valor del saber compartir en un mundo materialista que sólo sabe conjugar el verbo "acaparar" y que se arrodilla ante los ídolos del dinero, del poder y de la comodidad; el valor del discernimiento crítico en una sociedad de consumo donde la persona no se mide por lo que es, sino por lo que tiene y donde los sutiles mecanismos de dicha sociedad hasta son capaces de domesticar y comercializar lo mismo protesta que se hace contra ello; el valor de la creatividad una sociedad cada vez más adormecida en la monotonía y la rutina; el valor de la alegría cante tanta gente "quemada", resentida y que no encuentra sentido alguno a la vida, el valor de la gratuidad en un mundo donde está todo mercantil izado; y el valor de la paz en una sociedad minada por las violencia y la guerra porque la verdad, la justicia, la libertad y la fraternidad todavía son palabras vacías de significado en muchos puntos de la tierra.

Quinta actitud:



La Iglesia ha de ser acogedora y signo eficaz de reconciliación, donde todos sepan perdonar y se sientan perdonados. La Iglesia no puede contentarse con educar para lo tolerancia, sino que ha de ser, además, parca el hombre de hoy, un espacio de acogida, de diálogo y de reconciliación. Ahora bien, acoger, dialogar y ofrecer reconciliación a todos no puede significar nunca extender un velo sobre los problemas y las injusticias para no verlos. La auténtico acogido cristiana ha de representar siempre un ofrecimiento de salvación para todos, invitándoles a una conversión sincera del corazón que se traduce en un comportamiento coherentemente cristiano desde el punto de vista ético. la Iglesia, por ejemplo, no puede acoger ni unir desde posiciones de injusticia o de explotación. Mientras los cristianos nos encontremos divididos por barreras de egoísmo y de injusticia, la reconciliación será una palabra vacía. La Iglesia, ante un mundo dividido y roto por el pecado, sobre todo por el pecado social, que es aquél que atenta contra los derechos fundamentales de la persona humana y fomenta envidias, egoísmos, divisiones e injusticias en el ámbito de nuestra sociedad, ha de ser un lugar de perdón mutuo y de reconciliación fraterna.

Dicha reconciliación es el elemento constitutivo de la Iglesia como tal y a la vez su tarea permanente, nacido de la proclamación de la Bueno nueva de Jesús.

Sexta actitud:

La Iglesia ha de ser y se ha de presentar ante el mundo como una comunidad unida y corresponsable. Si de verdad la Iglesia quiere 1 levar a cabo una nueva evangelización ha de ser y se ha de presentar ante el mundo como una comunidad unida y corresponsable. Y esto implica que nadie suplante a nadie en sus responsabilidades, que todos sepamos complementarnos y que todos estemos unidos en el servicio evangelizador. En la Iglesia todos los miembros son necesarios. Nadie sobra. Todos los miembros han de ser activos, si quieren ser coherentes con la misión recibida en los sacramentos del bautismo y de la confirmación. Y, finalmente, los miembros de la Iglesia han recibido diversos carismas, es decir, diversos dones del Espíritu Santo y, consecuentemente, ejercen distintos ministerios, servicios o funciones.

Sólo desde este carnet de identidad, expresado en esas seis actitudes básicas que acabo de explicar, la Iglesia podrá apoyar y acompañar a los profesionales del turismo. Y ¿cómo? Aquí radica el punto neurálgico de la ponencia. Confieso humildemente no poseer una varita mágico para brindaros recetas infalibles. Intentaré ofreceros unos puntos de reflexión que luego desearla ver enriquecidos en el trabajo de grupos que seguirá a esta ponencia.


Joan Bestard Comas
Sociólogo y Delegado Diocesano de Pastoral de Turismo de Mallorca




 







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