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Los valores humanos del turismo
La calidad de la acogida se funda en la conciencia de la propia identidad


Por: S.E. Mons. Agostino MARCHETTO | Fuente: www.vatican.va



El fenómeno del turismo es apreciado, en primer lugar, como un modo de emplear el tiempo libre. Ante todo es, pues, un espacio temporal que no está sujeto a las obligaciones laborales y a los compromisos de la vida cotidiana. En un mundo en que este ámbito laboral, y las obligaciones personales, están profundamente dominadas por la técnica, el tiempo libre es considerado, pues, por la Iglesia como un medio para “recuperar el déficit de humanidad”, en expresión feliz de Juan Pablo II. Para ello se exhorta a la lectura, a la reflexión sobre la vida personal, incluso al ejercicio físico recuperador. Ocupa también un lugar importante el diálogo con las otras personas, la vida familiar, el conocimiento de otros culturas y de otras gentes. El turismo extiende el círculo de estas relaciones hacia otros Países, hacia culturas y religiones diferentes, ofreciendo con ello la oportunidad de conocer mejor el origen y el modo de ser de personas que muchas veces, por la emigración, forman ya parte de la sociedad del propio turista.

Desde esta perspectiva, el fenómeno se valora como instrumento de conocimiento y de diálogo entre las culturas y los pueblos, que abre y estimula la cooperación y la solidariedad. Para un turismo de rostro humano, es, sin embargo, primordial que en el destino esté una comunidad, con su cultura y con sus realidades sociales, y que el turista no se limite a gozar del paisaje o de los monumentos artísticos, ni mucho menos que se encierre en un mundo artificial, ajeno a la realidad que le rodea, a pesar de que esta es – preciso es reconocerlo – la tendencia dominante hoy en día.

Para ello es importante, por otra parte, que el País de acogida, la comunidad local, se haga una idea correcta de lo que para él supone el turismo, que valore bien la aportación que puede hacer a su desarrollo y los peligros que puede suponer para su identidad cultural y social. Si es preciso, la comunidad local debe hacer valer unos derechos que pueden llegar a imponer al turismo ciertas condiciones y ciertos límites.

La calidad de la acogida se funda en la conciencia de la propia identidad. Si la comunidad local, incluyendo sus autoridades, los trabajadores, la sociedad en general, actúa en plena conciencia de su cultura, de su patrimonio, de sus valores, sólo entonces está en grado de ofrecer una acogida auténtica, enriquecedora para todos.

 

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