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Acogida de los turistas
En este contexto adquieren una especial relevancia todos los elementos que conforman el patrimonio religioso, cultural y artístico de la comunidad del lugar


Por: Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes | Fuente: www.vatican.va



"No olvidéis la hospitalidad; gracias a ella, algunos, sin saberlo, acogieron ángeles" (Hb 13,2).[20] Estas palabras señalan bien cual es el núcleo central de la pastoral del turismo y como, en definitiva, se identifica con una de las actitudes fundamentales que deben caracterizar a toda comunidad cristiana[21]. Acoger a los turistas, acompañarles en su búsqueda de la belleza y del reposo, deriva del convencimiento de que “este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención”[22].

En la celebración eucarística, centro de toda comunidad eclesial, la acogida al visitante encuentra su expresión más profunda. En la celebración eucarística la comunidad vive su unidad con el Señor resucitado, construye su unión con los hermanos[23], ofrece el testimonio más explícito de que esta unidad va más allá de los lazos de la sangre y de la misma cultura. La universalidad de la Iglesia convocada por el Salvador resuena con fuerza especial en esta reunión de hermanos procedentes de lugares tan diversos, unidos en una oración entonada en idiomas diferentes.

Para que la celebración eucarística, en particular la celebración dominical, haga realmente visibles estas características, se adoptarán aquellos medios que hagan posible la participación de todos, turistas y residentes. Sin embargo, debe subrayarse como principio fundamental la necesidad de preservar el carácter propio de la celebración, que viene dado no sólo por su naturaleza misma, sino por la identidad de la iglesia local que la celebra. En este sentido, es oportuno introducir en la celebración el uso de las lenguas propias de los turistas, pero no de tal modo que se obstaculice la participación de la comunidad local o se distorsione el ritmo propio de la celebración. Además de las moniciones o lecturas, será oportuno distribuir hojas impresas, o disponer un tiempo de introducción, antes de la celebración, que permita a los turistas tomar parte de forma plena[24].

La celebración de la Eucaristía es el momento más frecuente del encuentro de la comunidad con los turistas, pero no debe ser el único. Todas las demás ocasiones en que la comunidad local se reúne para la celebración de su fe, en especial en los tiempos principales del año litúrgico, deben considerarse como oportunidades para invitar a los turistas y ofrecerles una ayuda fraternal para su vida de fe. Más aun, la comunidad local programará encuentros y elaborará medios informativos con los que los turistas se sientan estimulados y apoyados para aprovechar este particular tiempo.

No debe olvidarse, por otra parte, que la celebración eucarística funda la vida de la comunidad en la caridad y en la solidaridad. El turista no puede quedar excluido de esta parte esencial de la vida de la fe. Para ello, es necesario que él se interese realmente por las circunstancias en que la comunidad vive, pero es igualmente necesario que ésta le haga conocer su situación y le ofrezca cauces adecuados por los que demostrar su solidaridad.

Una especial atención se dedicará a la acogida de los visitantes miembros de otras confesiones cristianas y con esmero particular se atenderá a sus necesidades para la celebración de la fe. En no pocas ocasiones el fenómeno turístico es la motivación principal del empeño ecuménico y el medio más inmediato por el que los cristianos descubren el dolor de la separación y perciben la urgencia de orar y trabajar por la unidad. Se trata de una situación que debe entenderse como un don del Espíritu a su Iglesia y al que cabe responder con total dedicación y generosidad.

En el turismo, el cristiano, bien formando parte de una comunidad de acogida, bien como turista, es urgido a testimoniar su fe y a descubrir una oportunidad para la vocación misionera, que viene a ser la base de sus derechos y deberes como cristiano[25].

Sobre todo en aquellos lugares de fuerte concentración turística, la comunidad cristiana debe tomar conciencia de ser “misionera por su propia naturaleza”[26] y anunciar el evangelio con valentía, generosidad y respeto, denunciando las injusticias y ofreciendo caminos de esperanza, aunque el tiempo de permanencia del turista será siempre relativamente breve y su capacidad de atención condicionada por las circunstancias propias.

En este contexto adquieren una especial relevancia todos los elementos que conforman el patrimonio religioso, cultural y artístico de la comunidad del lugar. Los monumentos, las obras de arte y todas las manifestaciones culturales o propias de sus tradiciones deben ser ofrecidas de forma que quede bien visible su conexión con la vida presente de la comunidad. En este esfuerzo la comunidad misma verá crecer su propia identificación con su pasado y se sentirá animada en su propósito de avanzar hacia el futuro en la fidelidad al Señor.

Otra ocasión particularmente relevante, en que la acogida de los visitantes debe disponerse con mucha atención, se da en los lugares de sentido específicamente religioso que figuran entre las metas propuestas hoy a los turistas.

Entre ellos destacan los numerosos santuarios, meta de peregrinación cristiana, a los que acuden en gran número también los turistas, bien sea por motivos culturales, por motivos de descanso o por un impreciso atractivo religioso. En un mundo siempre más secularizado, dominado por el sentido de lo inmediato y de lo material, estas visitas pueden leerse como el signo de un deseo de retorno a Dios. A los santuarios, por tanto, les incumbe disponer de una acogida adaptada a estos visitantes, que les ayude a reconocer el sentido de su propio camino y a comprender a qué meta están llamados[27]. Por los medios utilizados, esta acogida será claramente diferenciada de aquella con que son recibidos los que acuden al santuario en el ejercicio de la peregrinación. Ahora bien, salvaguardadas las exigencias del debido respeto a la identidad del lugar, no debe darse ningún gesto de exclusión o marginación hacia los visitantes. Precisamente una información en que se exponga de manera explícita la naturaleza religiosa del lugar y del sentido de la peregrinación, será la mejor invitación que reciba el visitante para confrontar sus propios sentimientos religiosos.[28]

En otras ocasiones el lugar religioso es visitado por su marcado valor artístico o histórico, como es el caso de catedrales, iglesias, monasterios etc. La acogida proporcionada en estos lugares no puede limitarse a una esmerada información histórica o artística, sino que debe poner de manifiesto su identidad y finalidad religiosa. Será conveniente recordar, además, que para muchos turistas estas visitas constituyen la ocasión casi única de conocer la fe cristiana. Al mismo tiempo, debe evitarse perturbar el normal desarrollo de las celebraciones religiosas, programando las visitas de los turistas de acuerdo con las exigencias del culto.

Los responsables pastorales del lugar exhortarán y prepararán a los fieles a la acogida de los visitantes. Para ello deben estimular a la cooperación de todos, proporcionando a los interesados una preparación no sólo técnica, sino también espiritual, que les ayude a descubrir en este servicio un medio para vivir y testimoniar su propia fe[29].

La acogida de los visitantes debe ser tenida en cuenta, además, en ocasión de otras manifestaciones de la fe, que atraen a gran número de turistas por su raigambre tradicional y popular. La atención pastoral está llamada a acoger la religiosidad que anima estas visitas para encaminarla hacia la fe personal en el Dios vivo. Esta atención debe extenderse, en cuanto sea posible, a la promoción que las agencias turísticas hacen de estas manifestaciones. Será necesario, para ello, fomentar la colaboración con los promotores turísticos, proporcionando una información seria del sentido religioso de estas manifestaciones.

En muchos países, especialmente en Asia, el visitante se ve atraído con interés por las grandes tradiciones religiosas. Las Iglesias locales pueden contribuir a hacer que este encuentro sea de veras provechoso, implicando al turista en el “diálogo de vida y de corazón”[30] que están llamadas a promover.

Es conveniente recordar, por último, que el cristiano que visita lugares que son honrados por fieles de otras religiones, debe comportarse con el máximo respeto, con un comportamiento que no hiera la sensibilidad religiosa de quienes le acogen. Aproveche tales ocasiones, cuando sea posible, para manifestar este respeto a través de la palabra y de los gestos, y así “reconozca, conserve y haga progresar los bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que se encuentran en estas religiones”[31].



 

Notas

[20] Los primeros cristianos consideraron la hospitalidad como un deber fundamental y una de las expresiones más auténticas de la caridad. Fue señalada como una virtud humana y cristiana importante, una manifestación de la vida comunitaria, un derecho inviolable del extranjero, una vía para llegar a Dios, un don que procede del cielo, una ocasión para hacer el bien y expiar los pecados (cf. S. Gregorio Nacianceno, Orat. 8,12: SCh 405,270; S. Ambrosio, De Abrah. I, 5,32-40: PL 14,456-459; S. Máximo de Turín, Serm. 21,1-2: CCL 23,79-81; S. Gregorio Magno, Hom. in Evang. II, 23,2: PL 76,1183.

[21] Recordemos el elocuente elogio de Clemente Romano al inicio: “En efecto, ¿quién se detuvo entre vosotros y no reconoció vuestra fe firme y adornada de toda clase de virtudes, no admiró vuestra piedad sapiente y amable en Cristo, no ponderó vuestra práctica generosa de la hospitalidad?”(Ep. ad Corint. 1,2 : SCh 167,101).

[22]Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis (4.3.1979), 14.

[23] La eucaristía es “signo de unidad” y “vínculo de caridad” (S. Agustín, In Ioan. Tract. 26,13: PL 35,1613); cf. también Conc. Ecum. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 3, 11.

[24]En este contexto cabe recordar que la Institutio Generalis Missalis Romani (20.4.2000) menciona también, entre quienes desempeñan un ministerio litúrgico, las personas que acogen a los fieles a la puerta de la iglesia y les atienden (cf. n. 105 d.).

[25]Cf. CIC, cn. 225.

[26]Con. Ecum. Vaticano II, Decr. Ad Gentes,2.

[27]Cf. Pont. Cons. para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, El Santuario. Memoria, presencia y profecía del Dios vivente (8.5.1999), 6.

[28] De modo particular, se puede encontrar el rostro escondido y misterioso de Dios a través de los testigos silenciosos de Cristo, es decir los lugares y objetos de Tierra Santa, y comprender mejor la palabra de Dios. S. Jerónimo afirma: “Al igual que se comprende mejor a los historiadores griegos cuando se visita Atenas o se entiende mejor el tercer libro virgiliano [de la Eneida] cuando se viaje de Tróade… a Sicilia y hasta la desembocadura del Tíber, así también se comprende mejor la Sagrada Escritura cuando se ha visto con los propios ojos la Judea y se han contemplado las ruinas de las ciudades antiguas” (Praef. in Liber Paralip.: PL 29,423).

[29]Cf. Pontificio Consejo de la Cultura, Towards a pastoral approach to culture, (23.5.1999), 37.

[30]Juan Pablo II, Exhor. apost. Ecclesia in Asia (6.11.1999), 31.

[31]Conc. Ecum. Vaticano II, Decl. Nostra aetate, 2.





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