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Turismo y teología
Para el cristiano el turismo entra de lleno en el dinamismo pascual de renovación


Por: Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes | Fuente: www.vatican.va



Ante un fenómeno de tanta magnitud y de tan profunda incidencia en la conducta de las personas y de los pueblos, la Iglesia no ha dudado en seguir el mandato del Señor y buscar los medios adecuados para cumplir con su misión de escrutar los signos de los tiempos y proclamar el Evangelio. Todas las dimensiones de la vida humana, en efecto, han sido transformadas por la acción salvadora de Dios y todos los hombres son llamados a acoger esta salvación en la novedad de aquella vida en que resplandece la libertad y la fraternidad de los hijos de Dios. El tiempo dedicado al turismo de ninguna manera puede ser excluido de esta historia de amor incesante en la que Dios visita al hombre y le hace partícipe de su gloria. Más aún, una atenta percepción de los valores que pueden manifestarse en la práctica del turismo, sugiere la posibilidad de comprender de manera más intensa algunos de los aspectos centrales de la historia de la Salvación.

En la práctica del turismo el cristiano es invitado a revivir de un modo especial la acción de gracias por el don de la Creación en la que resplandece la belleza del Creador, por el don de la libertad pascual que le hace solidario de todos sus hermanos en Cristo el Señor, por el don de la fiesta con la que el Espíritu le introduce en la patria definitiva, anhelo y meta de su peregrinar en este mundo. Es esta una dimensión "eucarística" que debe hacer del tiempo de turismo un tiempo de contemplación, un tiempo de encuentro, un tiempo de gozo compartido en el Señor "para alabanza de su gloria" (Ef 1,14).

La historia de la Salvación se abre con las páginas del Génesis. En el inicio, el primer gesto del amor y de la sabiduría de Dios culmina con la creación del hombre y de la mujer a su “imagen y semejanza” (Gn 1,26). Imagen y semejanza de aquel amor divino, que va derrochándose desde los mismos inicios del tiempo en fuerza creadora. El hombre y la mujer reciben la invitación a una creatividad humana que debe reconocer en amor a sus semejantes y ‘hacer habitable’ la tierra. Imagen y semejanza que se cumple también en la exigencia del reposo, que celebra el amor plasmado en la belleza de la obra creada.

La creación es el primer don que el hombre recibió para que "lo cultivase y lo guardase" (Gn 2,15). En su tarea el hombre debe considerar ante todo que esta creación "salida de las manos de Dios, lleva consigo la impronta de su bondad. Es un mundo bello, digno de ser admirado y gozado, aunque destinado a ser cultivado y desarrollado"[1] .

Esta misión incluye también el conocimiento y la experiencia de la multiplicidad y de la variedad de la creación (cf. Sir 42,24), como queda bien patente en el testimonio del viajero bíblico: “Uno que ha viajado sabe muchas cosas, hombre experimentado habla con sensatez; quien no ha sido probado sabe bien poco, el que ha viajado aumenta sus recursos. He visto mucho en mis viajes y sé más de lo que cuento; cuántas veces pasé peligros de muerte y me libró lo que sigue” (Sir 34,9-12).

La creación es dada al hombre como fuente de su sustento y medio para el desarrollo de una vida digna, de la que deben participar todos los miembros de la familia humana. En las páginas de la Biblia se recuerda de muchas maneras este sentido fundamental del mandato divino "llenad la tierra y dominadla" (Gn 1,28). Alcanza incluso al reposo del sábado, que se extiende a toda la creación con la institución del año sabático, uno de cuyos objetivos es precisamente subrayar que los bienes confiados al hombre están a la disposición de todos (cf Lv 25,6; Is 58,13-14). Por eso, el acaparamiento egoísta de bienes, la acumulación de riquezas a costa de los demás, el derroche en lo superfluo, se cuentan entre las más profundas raíces de la injusticia que ofende a Dios.

En definitiva, en ningún momento debe olvidar el hombre que toda la creación es el don que permanentemente le habla de la bondad de su Dios y Creador. En la vivencia íntima de este don, la contemplación de la creación acompaña al hombre en su experiencia religiosa (cf. Sal 104), le inspira su plegaria (cf. Sal 148) y le anima en la esperanza de la salvación prometida (cf. Rm 8,19-21; 2Pt 3,13; Ap 21,1; Is 65,17). Ese es el sentido que el hombre debe dar a este tiempo de descanso que se ha hecho mayor, gracias a la sabiduría y a la técnica que Dios le ha concedido poder desarrollar.

La historia del hombre es un tiempo liberado y a liberar. La presencia del pecado en el mundo, la negativa a dar una respuesta de amor al diálogo iniciado por Dios, ha herido de muerte la creatividad humana, la que se despliega en el trabajo y en el tiempo libre. Rota la comunión con Dios, con los otros, con la naturaleza misma, el hombre reconoce como poder absoluto su egoísmo y se entrega así a una esclavitud que le impide disponer de tiempo para Dios, para los otros, para la belleza.

Pero, Dios no cesa de ofrecer su alianza a los hombres. Es Dios mismo quien, fijándose en los sufrimientos de su pueblo, “baja” a liberarlo (cf. Ex 3,7-10) y lo conduce a una patria donde la fecundidad de la tierra será el marco simbólico de una vida de justicia y de santidad. El código de conducta de este pueblo escogido arranca por entero de este mandato: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). El sábado, el día del reposo, es instituido como celebración de la libertad recibida y memorial de la solidariedad (Dt 5,12-15).

A través de esta historia, la humanidad es conducida hacia los tiempos definitivos, pues sólo quien “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Fil 2,7), Cristo, el Señor Resucitado, puede conceder al hombre la libertad plena. En él, “humanidad nueva” (cf. Ef 2,16), el hombre es creado de nuevo en la libertad y en el amor, para que en la “obediencia de la fe” (Rm 1,5) sea santo en toda su conducta (cf 1Pe 1,16).

Éste es un don que cada uno recibe y que “sirve a la vez a los demás, construye la Iglesia y las comunidades fraternas en las varias esferas de la existencia humana sobre la tierra”, porque “Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio”[2]. La entrega de sí es lo que da fuerza transformadora a la acción del cristiano en su vida familiar, en su actuación social, en su ocupación laboral, en su reposo y en su tiempo libre. En el tiempo libre, en efecto, este don de sí adquiere un significado de mayor gratuidad, puesto que dispone a una mayor entrega del propio tiempo.

“La Pascua posee y confiere la libertad que anima el tiempo libre como su principio más íntimo” y éste, a su vez, “deberá permitir al hombre realizar el humanismo auténtico, el del ‘hombre pascual’”[3]. Para el cristiano, pues, el turismo entra de lleno en el dinamismo pascual de renovación: es celebración del don recibido, es viaje de encuentro hacia los demás con quienes celebrar la alegría de la salvación, es tiempo a compartir en la acción solidaria que nos acerca a la restauración de todas las cosas en Cristo (cf. Hch 3,21).

En la confesión del Señor resucitado, el cristiano confiesa la certeza de que su camino y la historia toda son conducidos por el amor del Padre hacia “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21,1). Más aun, en su caminar por el mundo el cristiano vive la fiesta prometida sobre todo en la celebración dominical, en la que “la participación en la ‘cena del Señor’ es anticipación del banquete escatológico por las ‘bodas del Cordero’(Ap 19,9)”[4]. Iluminado por la certeza de esta esperanza “el descanso dominical y festivo adquiere una dimensión ‘profética’, afirmando no sólo la primacía absoluta de Dios, sino también la primacía y la dignidad de la persona en relación con las exigencias de la vida social y económica”[5].

El tiempo de descanso y el tiempo libre ofrecen la oportunidad de conocer y valorar todo aquello que en la historia pasada y presente de los pueblos va anticipando “la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros” (Rm 8,18), en toda la humanidad acogida por el Padre. De modo particular, aquellas realizaciones en las que se plasmó la búsqueda espiritual, la fe religiosa, la comprensión de las cosas, el amor por la belleza, todo eso es contemplado como “el esplendor y la riqueza de las naciones” (Ap 21,26) entregados a la nueva Jerusalén (cf. Is 60,3-7; Ml 1,11). Contemplación que, a su vez, reafirma el compromiso con la dignidad de la persona, con el respeto de la cultura de los pueblos, con la salvaguardia de la integridad de la creación.

 

 

Notas:

[1]Juan Pablo II, Carta enc. Dies Domini (31.5.1998), 10.

[2]Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis (4.3.1979), 21.

[3]Juan Pablo II, Homilía en el estadio de Funchal, Isla de Madeira, Portugal (12.5.1991), 6.

[4]Juan Pablo II, Carta enc. Dies Domini (31.5.1998), 38

[5]Ibíd. 68.





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