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Un estallido literario en la Iglesia española

Un estallido literario en la Iglesia española
Fragmentos de la ponencia que el director de la BAC, pronunció en el 50 aniversario de la aparición de la Revista Estría


Por: Joaquín L. Ortega | Fuente: alfayomega.es



Estría dice tanto como huella o marca. Se aplica especialmente a ese surco o media caña que recorre de arriba abajo las columnas clásicas. Es decir, que las estrías embellecen el fuste que, como es sabido, arranca de la base y sostiene el capitel.

Un fogonazo, quizá, o un estallido definirían bien el paso del Cometa Estría por el universo estrellado de la literatura española. Un fenómeno fugaz que apenas tuvo tiempo para otra cosa que causar sorpresa en los espectadores de su eclosión. A pesar de lo efímero de su existencia, el brote o la explosión de Estría tuvo algunas consecuencias posteriores.

Primero fue Estría, la revista. Apareció como Cuadernos de poesía que edita el Colegio Español de Roma. El primer número llevaba la fecha de abril de 1951. Sólo alcanzó ocho números. El último salió en 1957 y no lo editaba ya el Colegio de Roma en solitario, sino en compañía del Colegio Español de Munich, de reciente creación y cuyo primer Rector fue José María Javierre, padre real y verdadero de la criatura romana.

Estría nació en el humus cultural y religioso de la posguerra española, con un ánimo lúcido de renovación dentro del ámbito tanto de los estudios eclesiásticos como de la propia formación humana y humanística de los seminaristas. Conectaba intensamente, como proyecto, con el que, en Salamanca y bajo la capitanía de Lamberto de Echevarría, se había consolidado unos años antes con el nombre de Incunable. En esos campos sembraron y recogieron sus mejores gavillas muchos de los primeros autores de Estría, tanto prosistas como poetas; que de todo había en la viña del Señor.

Había en el Colegio la costumbre de que los superiores desiganaran a un ángel, para ayudar a cada uno de los nuevos en sus primeros pasos tanto por la casa como por la urbe. El que a mí me cayó en suerte se llamaba José Luis Martín Descalzo. Era su último año de teología. Fue Martín Descalzo el primero que me habló de Estría y que, de acuerdo con no supe quién, me invitó a acudir a las reuniones que el grupo celebraba en el Colegio. Javierre era el alma de Estría. El padre del invento y el muñidor de su talante y de sus contenidos.

Andaban todavía por allí y por la Gregoriana nombres tan sonoros y tan entrañables como Eugenio García Amor, Manuel Revuelta, Ángel Alcalá, Ignacio Escribano, amén del citado Martín Descalzo, y con apoyos romanos tan estimables como los de García Villoslada, Alonso Schökel y José María Valverde. En Italia eran los tiempos del neorrealismo. Algunos de sus maestros, como Vittorio de Sica, pasaron entonces por el cineforum que abrimos en el Colegio para toda la colonia española. Martín Descalzo, ya era para entonces galardonado con sus primeros premios literarios, era la salsa de todas aquellas actividades literarias y creativas.

No quisiera ni debo olvidar a nadie. Pero en semejante contabilidad se me imponen con nitidez unos nombres precisos: Javierres, Montero, Cabodevilla y Martín Descalzo. Para mí todos ellos hermanos mayores, amigos del alma y maestros de muchas cosas. ¿Cuál ha sido la aportación específica de este manojo de clérigos estriados a la cultura, a la sociedad y a la Iglesia españolas de nuestro tiempo?

Cabodevilla florece siempre en primavera. Bien lo sabemos sus editores y su parroquia de papel, que le es tan fiel como lo es él con sus lectores. José María Cabodevilla sería hoy el clérigo que mejor nos representara en la Real Academia de la Lengua Española. Opinión que él no comparte y que no está dispuesto a secundar.

La presencia pública de Martín Descalzo durante casi treinta años fue densa y poderosa. Y se convirtió en la referencia de mayor autoridad para el periodismo católico en tiempos tan revueltos como los del Vaticano II y su posterior aplicación, el final del franquismo y la transición española. A pesar de su condición de hombre-orquesta en el cotarro de la comunicación, José Luis fue siempre y por encima de todo evangelizador. Hombre de fe y de Iglesia, consciente de su papel preponderante y de su misión sacerdotal. Tal faceta se reveló con prestancia en el último de sus experimentos profesionales: la televisión. Su programa –Pueblo de Dios– le hizo párroco de una parroquia virtual que seguía con afán sus enseñanzas desde la pantalla.


Al hilo del Vaticano II

Un añadido quizá innecesario, pero altamente gustoso. Toda esta tropa clerical tuvo su gloria y su corona en la celebración del Vaticano II. Sería redundante consignar aquí lo que cada uno de nosotros hizo a favor del Concilio. Baste con remachar que fue la oportunidad; la gracia, de nuestras vidas.

No me parece decente concluir estas remembranzas sin asociar a lo descrito algunos otros nombres relevantes que trabajaron en España por nuestros mismo ideales de Iglesia y sociedad en el último tramo del siglo XX. Y que, como nosotros mismos, siguen en la brecha. Sea una relación escueta, simplemente nominal. Encabezada necesariamente por dos patriarcas ya fallecidos: Jesús Iribarren y Lamberto de Echevarría. En esta lista fugaz han de entrar también nombres de clérigos como Antonio Aradillas, Bernardino M. Hernando, Antonio Pelayo, Pedro Miguel Lamet, Manuel Unciti, Manuel Alcalá o José Antonio Carro Celada. Junto a ellos, una turba de periodistas y comunicadores seglares que trabajaron a nuestra vera o bajo nuestra dirección. O bien nosotros bajo la suya.

Valga esta leve evocación para dejar en claro que no todo lo que se hizo en España en el ocaso del siglo XX lo hicimos los de Estría. Otros alumnos del Colegio Español que no comulgaban con aquel movimiento apostólico también hicieron lo suyo en otros campos. Ni había que ser romano para trabajar en las causas de nuestro tiempo ni siquiera clérigo.

Dicho y concedido lo cual, dejemos las cosas en que, a la tropa descrita en esta evocación, le sirvió de catalizador y de acicate lo vivido en Roma y lo sentido en el círculo de Estría. Con esto nos basta –y especialmente a mí– para apuntalar la tesis de que el sorprendente efecto del fenómeno Estría fue doble y beneficioso.

Joaquín L. Ortega
Director de la BAC





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