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¿Sobre qué tenemos que opinar?
El ritmo de la información nos condiciona, nos arrastra, nos encapsula...


Por: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net



Las noticias llegan, las noticias van. Cuando una noticia está en la cresta, cuando sale en televisión, radio, prensa y blogs, surgen opiniones, la gente busca nuevos datos, unos hablan a favor o en contra de los implicados.

No nos damos cuenta de que, en ocasiones, el ritmo de la información nos condiciona, nos arrastra, nos encapsula. Olvidamos que existen mentes “poderosas” que deciden qué sale a luz con grandes títulos, qué permanece escondido en espacios secundarios, qué queda oculto (a veces por años y años) en la lista de pendientes, de asuntos sin importancias o de “borrados”.

En realidad, más allá de lo que llega a convertirse en “la noticia”, por encima de lo que se ha convertido en centro de atención local, nacional o internacional, cada día ocurren miles de cosas importantes sobre las que no pensamos ni decimos casi nada.

Por eso, ante quienes nos preguntan qué opinamos sobre esto o sobre aquello, podemos dar nuestra opinión (si la tenemos y si vale la pena). Pero también podemos hacerles notar que existen otros temas, otras urgencias, otras “noticias” mucho más valiosas que llenan nuestro corazón y hacia las que dirigimos lo mejor de nuestro tiempo y nuestra mente.

¿Es que no nos interesa la noticia de moda? Quizá sería mejor decir que nos interesan mucho más otras cosas.

Seguramente para muchos es más importante la última aventura de un famoso (o una famosa), o el fichaje de tal jugador en un importante equipo deportivo, o el crimen truculento que llena páginas y páginas de datos reales, ficticios y supuestos. Pero ello no quita importancia a otros “acontecimientos” que ocurren a nuestro lado o a muchos kilómetros de distancia: un médico que ha tomado la decisión con la que dejará de cometer abortos, una familia pobre que no tiene comida para sus hijos, un mercader de muerte que viaja nuevamente para comprar armas que provocarán miles y miles de víctimas.

Incluso podemos dar un paso en profundidad y preguntarnos: ¿no es mucho más importante aquello que decide el destino definitivo de cada hombre, de cada mujer? A la luz de lo eterno, lo más importante no es el escándalo fácil y convertido en espectáculo, sino el gesto humilde de quien acoge a Dios en su vida, pide perdón y perdona, y cambia profundamente su propia vida, ahora y para siempre.

¿Sobre qué tenemos que opinar? Cada uno es libre. Y si entendemos correctamente esa libertad, buscaremos que no quede ahogada en temas impuestos por otros. Podremos, entonces, pensar y hablar sobre temas decisivos, esos que explican un poco el drama del vivir humano, que nos abren al misterio de la acción de Dios en el mundo, y que nos recuerdan lo que espera a cada ser humano tras la frontera de la muerte.

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