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Al laicista profesional le encanta despedazar a católicos apocados
El periodista Javier López autor de Soy católico: ¿pasa algo? pide coraje


Por: Carmelo López-Arias | Fuente: Religión en Libertad



Periodista vinculado fundamentalmente a ABC en su trayectoria profesional, Javier López, jiennense de Villanueva del Arzobispo, es de esas personas que hacen gala de su fe sin alharacas, pero con convicción. Con prólogo de Hermann Tertsch, acaba de publicar una recopilación de los artículos de su blog, cuyo nombre a título a la obra:Soy católico, ¿pasa algo?
Manual de autodefensa para creyentes vilipendiados (Enfoques Educativos, 2013). No hay asunto de actualidad directa o indirectamente concernido con la religión que no reciba en estas páginas un juicio tan certero como equilibrado, con matices de desenfado y espíritu alegre. un perfecto cóctel para dar ánimos y -sobre todo- argumentos a quien tenga decaídos unos u otros.

-Dice el CIS que un 70% de españoles se declaran católicos. ¿Cómo es que nos hace falta un "manual de autodefensa"?
- Hace años leí un artículo de Ignacio Ruiz Quintano en ABC en el que aludía a un hecho real que sirve para contestar a su pregunta. Escribía Quintano que en un pueblo de la España republicana, recién decretado el laicismo radical, llamaron a las cuatro de la mañana a la casa del alcalde para decirle que un vecino estaba en las últimas: “Vaya, lo siento mucho, pero ¿qué queréis que haga?” “Que vaya usted a darle la extremaunción por lo civil”. España es católica hasta las trancas, pero los católicos, por lo general, o no son conscientes de su condición o intentan ocultarla.

-¿Por qué?
-El laicismo les ha colado el cuento de que persignarse es un acto íntimo y ahí radica el problema. Católico es una palabra expansiva, significa universal. El catolicismo propone un horizonte. Para recordárselo a los creyentes he publicado este libro.

-¿Qué ha fallado, por qué hemos llegado a esa situación?
-En el fútbol hay laterales toscos que intimidan a delanteros con talento. En la vida, el católico, que suele ser hombre de paz, se ha dejado comer terreno por el laicismo agresivo, que gusta del juego sucio, de la marrullería. Y que impone su punto de vista, como el de disociar la fe de la razón, con la aquiescencia del católico. El problema es que el católico, al aceptar este punto de partida, juega en desventaja. Esto ocurre porque no siente la fe como una consecuencia de su encuentro con la Gracia.

-¿No podemos, no queremos o no sabemos?
-Es un problema de percepción. La mirada católica es una mirada inteligente. Tanto más cuanto que abarca el origen de las cosas.

-¿A qué se refiere?
-El católico sabe, por ejemplo, que la naturaleza no es un tratado de botánica, no es un documental de La 2, sino el regalo de bautizo que Dios hizo al hombre. Si lo entiende así, no deja que nadie la maltrate. En otras palabras, evangeliza cuando retira una lata oxidada del monte. Y también, por supuesto, cuando no es el monte la víctima, sino la Iglesia.

-Usted se define como un converso. ¿Qué aporta esa perspectiva?
- He sido la oveja número cien. La que se le perdió al buen pastor. De modo que conozco los desfiladeros, el pecado, y, eso, una vez retornas al camino correcto, te proporciona una visión de conjunto. Los conversos somos muy útiles al catolicismo porque conocemos a fondo la casa. Sabemos que el cuarto oscuro es la zona de las emboscadas, de modo que, como manejamos muy bien las armas, podemos adiestrar a los que han vivido siempre junto a los ventanales.

-Y ¿cómo arrebatar a los laicistas el dominio del discurso público?
-En mi caso, mantengo casi a diario discusiones con el laicismo, que, aunque parezca lo contrario, se siente incómodo en el terreno de la polémica porque su objetivo es imponer la uniformidad en el discurso. Al laicista profesional le encanta despedazar a católicos apocados.

-Es decir, nos dejamos intimidad por su prepotencia...
-Hay una frase de Virgilio que cito a menudo: al lobo no le importa saber cuántas ovejas se va a encontrar. Es cierto. El laicismo ha impuesto su modelo por la misma razón que el alumno matón impone sus reglas en clase: por el temor que inspira. De modo que para desactivar su posición dominante primero hay que perderle el miedo a su discurso anticatólico.

-¿Y eso es fácil o difícil?
-Es fácil porque está trufado de lugares comunes, de clichés.

-¿Está la Red, que los laicistas no dominan, posibilitando ese cambio?
-Sí, pero con matices. Recuerdo que, cuando moceaba, intentaba impresionar a las chicas con conversaciones serias. Es posible que desde entonces nueve de cada diez psicólogos recomienden mi hombro, pero más allá de que me contaran sus penas no surtía efecto. Creo que les gustaba más mi variante jocosa. Quiero decir que es preciso que los católicos ofrezcamos en la red un discurso divertido, complementario al solemne, que también es necesario. La red es un lugar magnífico para reivindicar el humor y la ironía como señas de identidad.

-¡Como señas de identidad cristianas!
-Al fin y al cabo, es una tradición que, como poco, viene de Santo Tomás Moro pasa por Chesterton y desemboca en el Papa Francisco.

-¿Cuál es la principal batalla que vamos a librar los católicos en los próximos años?
-Quienes acusan a la Iglesia de no estar con los tiempos deberían de recordar que siempre se la ha acusado de lo mismo. Y han sido las civilizaciones, no la Iglesia, las que han desaparecido.

-¿Cuál es el motivo de esa constante histórica?
-La razón es que mientras una está edificada en Cristo, que es el camino, la verdad y la vida, otras juegan a perpetuarse sin los mimbres de la resurrección. De modo que también caerá esta civilización, no sin antes intentar inútilmente arrastrar a la Iglesia.

-¿Concretando más?
-Intentarán contraponer la ciencia a la fe. O, lo que es lo mismo, utilizar el big bang contra el dueño de la pirotecnia.

-¿Cuál de los prejuicios anticatólicos le irrita más?
- El que confiere a la vida de no nacido un carácter secundario, sin duda alguna. Es un prejuicio que comparten incluso numerosos católicos. Cada vez que en las presentaciones del libro aludo al aborto noto cierta incomodidad en parte de las asistentes.

-Curioso... y preocupante.
-Es un prejuicio incongruente, puesto que ninguna de ellas abortaría, pero denota que el laicismo ha hecho bien su trabajo. Aunque no siempre: una mujer que, en contra de lo que le aconsejaban, parió a un niña con una grave deficiencia psíquica, me preguntó si había hecho bien. Le contesté que cuando Jesús pidió a los apóstoles que dejaran que los niños se acercaran a él no puntualizó que lo hicieran sólo los que tenían un coeficiente intelectual superior a cien. Me dio las gracias.
 

 

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