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La violencia infantil y juvenil, un debate social obligado
Artículo de Jesús Sánchez Martos, Catedrático de Educación Sanitaria en la Universidad Complutense de Madrid en el que habla del impacto de la televisión en los niños y jóvenes.


Por: Jesús Sánchez Martos, Catedrático de Educación Sanitaria en la Universidad Complutense de Madrid | Fuente: Telespectadores Asociados de Cataluña, Vidadefamilia.org y Taconline.net



La violencia constituye un fenómeno social y cultural que se acrecienta al final el siglo XX y que, cada vez, se hace más patente en nuestras vidas, razón por la que la sociedad le debe hacer frente con decisión y firmeza.

En la actualidad es indiscutible el hecho de que la violencia genera violencia, y que se enseña y se aprende a través de la exhibición, pero bien parece que la sociedad sólo admite este extremo cuando se producen nuevas escenas de violencia protagonizadas por niños y adolescentes.

 

Recientemente, todos los medios de comunicación social se hacían eco del desagradable incidente protagonizado por dos niños de 11 y 13 años, quienes remendando lo que bien podría ser una escena de la película Rambo disparaban contra sus compañeros de clase, cobrándose cinco víctimas mortales.

Tres días después, la sociedad americana continúa justificando el uso de armas, informando al mundo del descubrimiento de un “chip prodigioso”, uno más, que al parecer identifica las huellas dactilares del dueño del arma en la culata, lo que impediría que los niños puedan utilizar ese arma, pero no otra de similares características.

Bien podría parecer que cerraremos esta década como la de los “chips lavadores de conciencia”, al disponer de diferentes chips que limitan el acceso a algunos números telefónicos, a internet, a determinados programas de televisión y, ahora finalmente, a la utilización de armas.

Al mismo tiempo que conocíamos la violencia desatada en el colegio de Arkansas, ocurrían hechos similares en otras latitudes. En Uruguay, un niño amenazaba con una pistola a los compañeros de escuela; aunque como no hubo víctimas mortales, la noticia no tuvo carácter internacional. Mientras, en Francia, un muchacho de 18 años mataba a un compañero de un disparo en la cabeza en el mismo aula; las autoridades francesas insistieron en que se trataba de un hecho aislado que no debía preocupar en exceso. En España, un hombre disparaba con una escopeta de caza a los viandantes, desde un balcón, sembrando el pánico entre los vecinos y ocupando primera plana en los espacios informativos.

Llegados a este punto, deberíamos preguntarnos, una vez más, si realmente los más pequeños saben diferenciar entre la realidad y la ficción cuando ven escenas violentas en televisión. La mayoría de los expertos coinciden en que, para los más pequeños, las escenas que ven en televisión podrían parecer reales, por lo que en la mayoría de países, incluido el nuestro, se tiende a debatir sobre la protección del menor, en cuanto a los contenidos, y horarios de los programas de televisión, construyendo incluso convenios y rubricando códigos éticos que, después de un espacio cada vez más corto de tiempo, dejan de cumplirse.

Para darnos cuenta de que no se cumplen las normas legales, sólo hemos de observar el contenido de la mayoría de los dibujos animados y de los avances de las películas que se emitirán en horario nocturno, y todo ello sin nombrar la falta de criterio de los responsables de la programación, que se hace cada vez más patente, al emitir en horario infantil de tarde películas del estilo de Rambo, Cobra o Viernes 13. Pero, a pesar de todo, sabemos que se trata de una violencia ficticia, como la de los juegos de ordenador, y bien podríamos enseñar a los niños a ver televisión con capacidad crítica. Pero… ¿qué podemos hacer ante la violencia real que vemos diariamente en programas como Impacto TV, que se emiten a las nueve de la noche, siendo claros líderes de audiencia entre los niños y jóvenes?

Si a todo esto añadimos que el 30% de los menores españoles de 4 a 12 años ven la televisión a las once de la noche, y que el 60% de los programas tienen algún contenido violento, con el agravante de que la mayoría no muestra el dolor que lleva consigo el acto violento, entiendo obligado el hecho de que la sociedad se haga responsable de la violencia que se genera entre nuestros niños y jóvenes.

Seamos realistas: el problema no se solucionará con los “chips prodigiosos” de los americanos que todo lo limitan, a no ser que se invente el chip que pudiera “limitar” la creación de escenas violentas dirigidas a los más pequeños. Lo primero que debemos hacer es asumir que el problema existe y que las causas directas se derivan de nuestra actitud, un tanto parecida a la de la avestruz.

Hagamos frente al problema y abramos un debate social que se centre no sólo en la responsabilidad de la televisión y otros medios de comunicación social, sino también en el núcleo de la escuela y en el propio seno familiar, recordando una vez más que la prohibición y limitación a nuestros pequeños no es el mejor camino hacia un mundo sin violencia, y que la educación es la mejor forma de hablar de prevención.





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