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Entrevista a un Pastor de muchas ovejas
Cristiano de hoy
El Buen Pastor es la imagen misma del amor y de la entrega.


Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net



Acercarnos a Jesús en el cielo nos va siendo relativamente más fácil cada día porque los porteros se van acostumbrando a nuestras visitas, a nuestros cuadernos de notas y a las grabadoras portátiles.

Esta vez nos llamó la atención tantos nombres que la Escritura y los hombres le han dado a Cristo, o que él mismo se ha inventado: camino, verdad, vida, pimpollo, retoño, rostro de Dios, monte, rey, Hijo, Verbo, salvador, esposo, amado, príncipe de la paz, profeta, oveja, pastor, redil, puerta, pasto y así hasta el infinito. Por eso me atreví a interrogarle porqué se llamó a sí mismo pastor y sobre todo BUEN PASTOR.

Él amablemente, como siempre, me respondió: “Esa figura es sumamente atrayente, mis contemporáneos eran muchas veces pastores que cuidaban con cariño y con delicadeza a todas sus ovejas, de las que obtenían grandes beneficios, su leche, su carne, su piel y por eso se establecía una relación muy estrecha entre el pastor y cada una de sus ovejas, a las que conocía y llamaba por su nombre. Si algún día pasas por las catacumbas de la antigua Roma o de otras comunidades antiguas, te darás cuenta que en muchas de las tumbas aparece mi figura bajo la forma de un pastor que toma a la oveja sobre sus hombros, o la lleva en su regazo, entre sus brazos, de la misma manera que una madre acaricia a su hijo sobre sus brazos o sobre sus rodillas. Es la imagen misma del amor y de la entrega. Todavía te voy a decir más, si me permites. Tú sabes que en las pequeñas comunidades, tenían un solo corral para todas las ovejas, que eran custodiadas por turnos, y por las mañanas cada uno de los pastores silbaba y las ovejas que conocían su voz, iban saliendo una a una y se colocaban tras el pastor rumbo a los pastos y a las aguas, es decir rumbo a la vida.

En el monte, el pastor se entretenía tocando alguna flauta, mientras las ovejas pastaban, o se dedicaba a platicar ocasionalmente con algún viandante. Y cuando alguna oveja se perdía, por entre los montes, el pastor dejaba en lugar seguro al resto de las ovejas e iba en busca de la perdida, hasta encontrarla, y luego la cargaba sobre sus hombros, e incluso hacía fiesta con sus amigos por haber rescatado con vida a su ovejita.

Muchas veces el pastor tenía que luchar contra los lobos, que hacían presa del rebaño. El pastor tenía que estar prevenido, con un buen bastón, para aporrear a los lobos y defender a su querido rebaño. Y había que curar a la oveja herida, y vendarla y entablillarla cuando se rompía una pata, y atender a las que daban a luz, y ordeñarlas por las tardes para el queso de la familia. En fin, que el trabajo del pastor era variado, además de que tenía muchas recompensas.

Era como un pequeño parentesco entre las ovejas y el pastor, casi casi eran sus hijas. Y no te he hablado de otros pastores, falsos por supuesto, que pretendían atraer la mirada y los oídos de las ovejas, para atraerlas hacia sí, desviándolas del único redil”.

Con todo eso que me fue diciendo Jesús, entendí porqué él se llamó a sí mismo Pastor, el Buen Pastor, pues él da la vida por sus ovejas, las cuida, las alimenta con su propio cuerpo y las hace beber de su propia sangre, las cuida de los lobos rapaces, les tiene un cariño muy especial a cada una de ellas, las llama por su nombre, tiene mucho cariño por las más débiles y a las errantes o perdidas o rebeldes, las atrae con la promesa de una nueva vida que no han podido lograr por sus desvaríos. San Pedro llegó a decir que por las llagas de Cristo el Buen Pastor, nosotros hemos sido curados desde el momento en que hemos vuelto, desde ser ovejas descarriadas, a los brazos del pastor y del guardián de nuestras vidas.

Me atreví entonces a preguntarle a Jesús por qué siendo él el Hijo de Dios necesita de la ayuda de los hombres, que como nuevos pastores cuiden del rebaño que él formó a costa de su vida, dejada en lo alto de la cruz. Y fue respondiendo: “Yo siempre necesité la ayuda de los hombres, de entre los que voy suscitando pastores para guiar y conducir a mi pueblo, aunque a decir verdad, todos los que se incorporan a mí por el bautismo, se convierten en pastores de sus propios hermanos. Y entre los pastores, unos me han salido buenos, buenos, pero otros han sido grises, blandengues y otros definitivamente muy malos. A últimas fechas ahí tienes a Juan Pablo II, que hombrazo, que pastor me resultó. No dejó nación ni barrio por visitar, supo usar de los medios de comunicación, logró atraer las miradas de los jóvenes, se hizo amigo de los estadistas, y logró romper la incomunicación que se había establecido en varios lugares del planeta. Supo ser pastor, pero también oveja, fue imitador mío, y con sus sufrimientos, sus dolores, sus achaques, supo decirle a mi mundo, que si bien yo llamo a los hombres, no por eso los libro de responsabilidad y de seguir a costa de su propia vida, perteneciendo a mi redil, a mi Iglesia, a mi comunidad. De los malos pastores, tu mismo te dará cuenta dónde andan”.

Sin embargo, a pesar de tu entrega y tu generosidad, Jesús, tienes que darte cuenta que muchas gentes no siguen tu “pastoreo” y prefieren mil veces a otros pastores, quizá artistas de cine, o cantantes, o deportistas, o gente que se cree iluminada, que se presentan como “rayitos de esperanza”, o que declaran guerras “santas” , para “protegerse del terrorismo”. A lo que Jesús me respondió: “Si, es verdad, a las nuevas generaciones no se les puede hablar de responsabilidad, o de responsabilidad continuada, los padres no educan para la responsabilidad. Todo se lo quieren dar hecho al niño, sin exigirle nada a cambio y los van haciendo atenidos o exigentes o definitivamente irresponsables. Por eso muchos jóvenes le temen al matrimonio, y prefieren ir aplazando el compromiso y como no hay una verdadera y propia unión, ni se aman del todo, ni se entregan fielmente y en cualquier momento dejan todo por la “paz” y se van a buscar otro amor y otro cariño, aunque dejen truncas las vidas y las ilusiones de ambos, y lo que es peor, de los propios hijos que se quedan como ovejas sin pastor”.

En ese sentido, ¿Tus pastores sí tienen la valentía de guiar, de custodiar el rebaño que les has confiado? ¿Su predicación, su voz, su “silbido” es eficaz para orientar y conducir?, Le pregunté a Jesús. Y su respuesta fue clara: “Yo los quisiera más claros, más directos, más valientes, más generosos. Mons. Romero a quien me mataron en América Central, comentando sobre la valentía de Pedro en su discurso del día de Pentecostés decía: “Pedro denunció y les espetó a los que me mataron: “Ustedes lo mataron” y los corazones de aquéllos hombres se sintieron conmovidos. ¿Qué haremos, hermanos?”. Eso quiere la Iglesia: inquietar las conciencias, provocar crisis en las horas que vive. Una Iglesia que no provoca crisis, un Evangelio que no inquieta, una palabra de Dios que no levanta ámpulas, una palabra de Dios que no toca el pecado concreto de la sociedad en que está anunciándose, ¿qué evangelio es ése? Consideraciones muy piadosas, muy bonitas que no molestan a nadie, y así quisieran muchos que fuera la predicación. Y aquellos predicadores que por no molestarse, por no tener conflictos y dificultades evitan toda cosa espinosa, no iluminan la realidad en que se vive, no tienen el valor de Pedro de decirle a aquella turba donde están todavía las manos manchadas de sangre que mataron a Cristo: “¡Ustedes lo mataron”. Aunque le iba a costar también la vida por esta denuncia, la proclama. Es el evangelio valiente, es la buena nueva del que vino a quitar los pecados del mundo”.

 

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