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Huellas en la playa
Cristiano de hoy
Dios ha dejado tantas huellas... Quizá me falta vista para verlas, o un corazón sencillo, como el de un niño.


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Un día tibio, de paseo por la playa. Las olas besan la orilla, mientras la arena acoge mil suspiros.

El lugar, solitario, sereno. Empiezo a caminar. Junto al mar, unas huellas. Alguien ha pasado. Tiene los pies pequeños. Algo puedo saber del caminante, por sus huellas, por lo que ha dejado con su cuerpo entre la arena.

Luego, nada. No hay señales. Sólo brilla el mar, juega a los espejos. Un rumor inquieto llena el ambiente, mientras el sol calienta aguas, tierra y pensamientos.

¿Nada? ¿No hay nadie aquí? ¿Estamos solos? ¿Es la vida un surco en la playa, un dejar huellas fugaces, borradas por el viento y por las olas?

Busco otras huellas. No de hombres, no de niños, no de pájaros. Busco huellas que me digan si alguien hizo el mundo y las estrellas. Huellas que me expliquen el motivo de la vida, de la muerte, de la esperanza y de las lágrimas de los inocentes.

Si Dios existe, si el mundo es bueno, si la vida es regalo, si el amor es eterno, tendré que descubrir señales. En las olas o en la gaviota, en el delfín o en el cangrejo, en la libélula o en la concha.

Un puñado de arena resbala entre mis dedos. El viento acaricia la cara, gime por momentos. Luego, nada. Sólo olas que vienen y van, inquietas. Parecen buscar conquistas imposibles, plasmar esculturas entre rocas y romper castillos de ensueño.

Busco huellas. Dios no puede esconderse mucho tiempo. Tengo que descubrirlo, sentir sus sueños, respirar su aire, tocar su imaginación infinita, su capacidad incansable de hacer lo nuevo.

Dios tiene que aparecer. Quizá sostiene esas huellas, de un niño y de su madre, que han pasado. Quizá ama junto a esos novios que se comprometen, para siempre, a darse y a acoger, un día como esposos, cada vida que Dios quiera regalarles. Quizá mira, con esos ojos de un anciano, cómo el sol se zambulle, entre las olas, mientras el viento cesa y las golondrinas vuelven a un tejado.

Dios ha dejado tantas huellas... Quizá me falta vista para verlas. O un corazón sencillo, como el de un niño, que mira mil reflejos en las olas y exclama: ¡qué bello!

 

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