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La familia acoge y anuncia la Palabra
np 16729


Por: Consejo Pontificio para la Familia | Fuente: Biblioteca Electrónica Cristiana -BEC- VE Multimedios




La Familia acoge y anuncia la Palabra

Por su parte la familia cristiana est?nsertada de tal forma en el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la misi?e salvaci?ue es propia de la Iglesia: acoge y anuncia la Palabra de Dios. Se hace as?cada d?m? una comunidad creyente y evangelizadora.

Tambi?a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia a la fe (cf. Rm 16, 26), ya que son llamados a acoger la Palabra del Se?que les revela la estupenda novedad -la Buena Nueva- de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho santa y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden descubrir y admirar con gozosa gratitud a qu?ignidad ha elevado Dios el matrimonio y la familia, constituy?olos en signo y lugar de la alianza de amor entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya.

La misma preparaci?l matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario de fe. Es, en efecto, una ocasi?rivilegiada para que los novios vuelvan a descubrir y profundicen la fe recibida en el Bautismo y alimentada con la educaci?ristiana. De esta manera reconocen y acogen libremente la vocaci? vivir el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado matrimonial.

En la vida diaria de cada jornada

El momento fundamental de la fe de los esposos est?n la celebraci?el sacramento del matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es la proclamaci?dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra de Dios que -revela- y -culmina- el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre los esposos, llamados a la misteriosa y real participaci?n el amor mismo de Dios hacia la humanidad. Si la celebraci?acramental del matrimonio es una proclamaci?e la Palabra de Dios, hecha dentro y con la Iglesia, comunidad de creyentes, ha de ser tambi?continuada en la vida de los esposos y de la familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos «al» matrimonio, contin? llamarlos «en el» matrimonio. Dentro y a trav?de los hechos, los problemas, las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada d? Dios viene a ellos, revelando y proponiendo las «exigencias» concretas de su participaci?n el amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la particular situaci?familiar, social y eclesial- en la que se encuentran.

En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora. La familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde ?e se irradia. Dentro pues de una familia consciente de esta misi?todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no s?comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido. Una familia as?e hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive.

En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acci?vangelizadora de la familia. En efecto, la futura evangelizaci?epende en gran parte de la Iglesia dom?ica. Esta actividad apost?a de la familia est?nraizada en el Bautismo y recibe con la gracia sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe, para santificar y transformar la sociedad actual seg?l plan de Dios. El porvenir de la humanidad est?n manos de las familias que saben dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.

Signo de la Alianza Pascual

La Iglesia profesa que el matrimonio, como sacramento de la alianza de los esposos, es un «gran misterio», ya que en ?se manifiesta el amor esponsal de Cristo por su Iglesia. Dice san Pablo: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo am?la Iglesia y se entreg?s?ismo por ella, para santificarla, purific?ola mediante el ba?el agua, en virtud de la palabra» (Ef 5, 25-26). El Ap?l se refiere aqu?l bautismo, del cual trata ampliamente en la carta a los Romanos, present?olo como participaci?n la muerte de Cristo para compartir su vida (cf. Rm 6, 3-4). En este sacramento el creyente nace como hombre nuevo, pues el bautismo tiene el poder de transmitir una vida nueva, la vida misma de Dios. El misterio de Dios-hombre se compendia, en cierto modo, en el acontecimiento bautismal: «Jesucristo nuestro Se? Hijo de Dios -dir??tarde san Ireneo, y con ?varios Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente- se hizo hijo del hombre para que el hombre pudiera llegar a ser hijo de Dios» (cf. Adversus haereses III, 10, 2: PG 7, 873).

Cristo Esposo de la Iglesia

Hay ciertamente un nuevo modo de presentar la verdad eterna sobre el matrimonio y la familia a la luz de la nueva alianza. Cristo la revel? el evangelio, con su presencia en Can?e Galilea, con el sacrificio de la cruz y los sacramentos de su Iglesia. As?los esposos tienen en Cristo un punto de referencia para su amor esponsal. Al hablar de Cristo esposo de la Iglesia, san Pablo se refiere de modo an?go al amor esponsal y alude al libro del G?sis: «Por eso dejar?l hombre a su padre y a su madre y se unir? su mujer, y se har?una sola carne» (Gn 2, 24). ?te es el «gran misterio» del amor eterno ya presente antes en la creaci?revelado en Cristo y confiado a la Iglesia. «Gran misterio es ?e -repite el Ap?l-, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 32). No se puede, pues, comprender a la Iglesia como cuerpo m?ico de Cristo, como signo de la alianza del hombre con Dios en Cristo, como sacramento universal de salvaci?sin hacer referencia al «gran misterio», unido a la creaci?el hombre var? mujer, y a su vocaci?ara el amor conyugal, a la paternidad y a la maternidad. No existe el «gran misterio», que es la Iglesia y la humanidad en Cristo, sin el «gran misterio» expresado en el ser «una sola carne» (cf. Gn 2, 24; Ef 5, 31-32), es decir, en la realidad del matrimonio y de la familia.

Familia, gran misterio

La familia misma es el gran misterio de Dios. Como «iglesia dom?ica», es la esposa de Cristo. La Iglesia universal, y dentro de ella cada Iglesia particular, se manifiesta m?inmediatamente como esposa de Cristo en la «iglesia dom?ica» y en el amor que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y materno, amor fraterno, amor de una comunidad de personas y de generaciones. ¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el esposo y sin el amor con que ?am?imero hasta el extremo? S?si participan en este amor y en este «gran misterio» los esposos pueden amar «hasta el extremo»: o se hacen part?pes del mismo, o bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la radicalidad de sus exigencias.

Comunidad de vida y amor

Si la familia cristiana es comunidad cuyos v?ulos son renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participaci?n la misi?e la Iglesia debe realizarse seg?na modalidad comunitaria; juntos, pues, los c?ges en cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe «un coraz? un alma sola» (Hch 4, 32), mediante el com?sp?tu apost?o que los anima y la colaboraci?ue los empe?n las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica adem?el Reino de Dios en la historia mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condici?e vida. Es por ello en el amor conyugal y familiar -vivido en su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad- donde se expresa y realiza la participaci?e la familia cristiana en la misi?rof?ca, sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida constituyen por lo tanto el n?o de la misi?alv?ca de la familia cristiana en la Iglesia y para la Iglesia.

Familia, sujeto de evangelizaci?/b>

Lo recuerda tambi?el Concilio Vaticano II cuando dice que la familia har?art?pes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. As?s como la familia cristiana, cuyo origen est?n el matrimonio, que es imagen y participaci?e la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestar? todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la aut?ica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperaci?morosa de todos sus miembros.
Participando as?n la vida y en la misi?clesial, la familia est?lamada a desempe?su deber educativo en la Iglesia. ?ta desea educar sobre todo por medio de la familia, habilitada para ello por el sacramento, con la correlativa «gracia de estado» y el espec?co «carisma» de la comunidad familiar.

La educaci?eligiosa

Uno de los campos en los que la familia es insustituible es ciertamente el de la educaci?eligiosa, gracias a la cual la familia crece como «iglesia dom?ica». La educaci?eligiosa y la catequesis de los hijos sit?a la familia en el ?ito de la Iglesia como un verdadero sujeto de evangelizaci? de apostolado. Se trata de un derecho relacionado ?imamente con el principio de la libertad religiosa. Las familias, y m?concretamente los padres, tienen la libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de educaci?eligiosa y moral, de acuerdo con las propias convicciones. Pero incluso cuando conf? estos cometidos a instituciones eclesi?icas o a escuelas dirigidas por personal religioso, es necesario que su presencia educativa siga siendo constante y activa.

Sacerdocio bautismal y catequesis familiar

Aqu?s donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en la recepci?e los sacramentos, en la oraci? en la acci?e gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras. El hogar es as?a primera escuela de vida cristiana y escuela del m?rico humanismo. Aqu?e aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perd?eneroso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oraci? la ofrenda de su vida.

La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular fuerza en determinadas situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en diversos lugares: en los lugares donde una legislaci?ntirreligiosa pretende incluso impedir la educaci?n la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado el secularismo hasta el punto de resultar pr?icamente imposible una verdadera creencia religiosa, la «Iglesia dom?ica» es el ?o ?ito donde los ni?y los j?es pueden recibir una aut?ica catequesis.

Apertura a los lejanos

La familia es la Iglesia dom?ica llamada tambi?a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los «alejados», para las familias que no creen todav?y para las familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Est?lamada con su ejemplo y testimonio a iluminar a los que buscan la verdad. As?omo ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila (cf. Hch 18; Rm 16, 3-4), as?a Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia de c?ges y familias cristianas que, al menos durante un cierto per?o de tiempo, van a tierras de misi? anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre por amor de Jesucristo.

Muchas personas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situaci?eg?l esp?tu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al pr?o de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias dom?icas» y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos est?«fatigados y agobiados» (Mt 11, 28).

Jes?ermanece con ellos

El don de Jesucristo no se agota en la celebraci?el sacramento del matrimonio, sino que acompa? los c?ges a lo largo de toda su existencia. Jesucristo permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como ? mismo am?la Iglesia y se entreg?r ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, est?fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misi?onyugal y familiar, imbuidos del esp?tu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez m?a su propia perfecci? a su mutua santificaci?y, por tanto, conjuntamente, a la glorificaci?e Dios.

La vocaci?niversal a la santidad est?irigida tambi?a los c?ges y padres cristianos. Para ellos est?specificada por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar. De ah?acen la gracia y la exigencia de una aut?ica y profunda espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la creaci?de la alianza, de la cruz, de la resurrecci? del signo.

Testigos del «Evangelio de la familia»

Y como del sacramento derivan para los c?ges el don y el deber de vivir cotidianamente la santificaci?ecibida, del mismo sacramento brotan tambi?la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo sacrificio espiritual. Tambi?a los esposos y padres cristianos, de modo especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se aplican las palabras del Concilio: tambi?los laicos, como adoradores que en todo lugar act?santamente, consagran el mundo mismo a Dios.

En nuestra ?ca, como en el pasado, no faltan testigos del «evangelio de la familia», aunque no sean conocidos o no hayan sido proclamados santos por la Iglesia. Es sobre todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se conf?el tesoro de la familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a trav?de la familia han encontrado el camino de su vocaci?umana y cristiana, la dimensi?el «hombre interior» (Ef 3, 16), de la que habla el Ap?l, y han alcanzado as?a santidad. La Sagrada Familia es el comienzo de muchas otras familias santas. El Concilio ha recordado que la santidad es la vocaci?niversal de los bautizados.

Ra?y fuerza de la alianza conyugal

La Eucarist?dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es tambi?el ant?to m?natural contra la dispersi?Es el lugar privilegiado donde la comuni?s anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a trav?de la participaci?ucar?ica, el d?del Se?se convierte tambi?en el d?de la Iglesia.

El deber de santificaci?e la familia cristiana tiene su primera ra?en el bautismo y su expresi??ma en la Eucarist? a la que est?ntimamente unido el matrimonio cristiano.

La Eucarist?es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucar?ico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la cruz (cf. Jn 19, 34). Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los c?ges cristianos encuentran la ra?de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representaci?el sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucarist?es manantial de caridad. Y en el don eucar?ico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comuni?y de su «misi? ya que el Pan eucar?ico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un ?o cuerpo, revelaci? participaci?e la m?amplia unidad de la Iglesia; adem? la participaci?n el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo apost?o de la familia cristiana.

Potencia educativa de la Eucarist?

La Eucarist?es un sacramento verdaderamente admirable. En ?se ha quedado Cristo mismo como alimento y bebida, como fuente de poder salv?co para nosotros. Nos lo ha dejado para que tuvi?mos vida y la tuvi?mos en abundancia (cf. Jn 10, 10): la vida que tiene ?y que nos ha transmitido con el don del Esp?tu, resucitando al tercer d?despu?de la muerte. Es efectivamente para nosotros la vida que procede de ? Cristo est?erca. Y todav?m? ?es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando os acerc? a la mesa eucar?ica. Puede suceder que, como en Ema?se le reconozca solamente en la «fracci?el pan» (cf. Lc 24, 35). A veces tambi??est?urante mucho tiempo ante la puerta y llama, esperando que la puerta se abra para poder entrar y cenar con nosotros (cf. Ap 3, 20). Su ?ma cena y sus palabras pronunciadas entonces conservan toda la fuerza y la sabidur?del sacrificio de la cruz. No existe otra fuerza ni otra sabidur?por medio de las cuales podamos salvarnos y podamos contribuir a salvar a los dem? No hay otra fuerza ni otra sabidur?mediante las cuales vosotros, padres, pod? educar a vuestros hijos y tambi?a vosotros mismos. La fuerza educativa de la Eucarist?se ha consolidado a trav?de las generaciones y de los siglos.

Conflictos y reconciliaci?n familia

La comuni?amiliar puede ser conservada y perfeccionada s?con un gran esp?tu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensi?a la tolerancia, al perd?a la reconciliaci?Ninguna familia ignora que el ego?o, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comuni?de aqu?as m?ples y variadas formas de divisi?n la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia est?lamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliaci? esto es, de la comuni?econstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la participaci?n el sacramento de la reconciliaci? en el banquete del ?o Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda divisi? caminar hacia la plena verdad de la comuni?uerida por Dios, respondiendo as?l viv?mo deseo del Se? que «todos sean una sola cosa» (Jn 17, 21).

Sacramento de la Penitencia y paz en familia

El arrepentimiento y perd?utuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental espec?co en la Penitencia cristiana. Respecto de los c?ges cristianos, as?scrib?Pablo VI en la enc?ica Humanae vitae: «Y si el pecado les sorprendiese todav? no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia» (n. 25).

Hay que descubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra su coraz?isericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. ?te es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir tambi?a trav?del sacramento de la penitencia que, para un cristiano, es el camino ordinario para obtener el perd? la remisi?e sus pecados graves cometidos despu?del Bautismo.

La celebraci?e este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren c?el pecado contradice no s?la alianza con Dios, sino tambi?la alianza de los c?ges y la comuni?e la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), el cual, infundiendo su amor m?fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comuni?amiliar.

Esta capacidad depende de la gracia divina del perd? de la reconciliaci?que asegura la energ?espiritual para empezar siempre de nuevo. Precisamente por esto, los miembros de la familia necesitan encontrar a Cristo en la Iglesia a trav?del admirable sacramento de la penitencia y de la reconciliaci?

La oraci?bre al amor hacia los hermanos

En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los c?ges y para la familia el fundamento de una vocaci?mediante la cual su misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo» (cf. 1 Pe 2, 5). Las comunidades cristianas tienen que llegar a ser aut?icas «escuelas de oraci? donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petici?e ayuda, sino tambi?en acci?e gracias, alabanza, adoraci?contemplaci?escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato» del coraz?Una oraci?ntensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el coraz?l amor de Dios, lo abre tambi?al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia seg?l designio de Dios.



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