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25. Formación Intelectual: Capacidad y hábitos intelectuales
25. Formación Intelectual: Capacidad y hábitos intelectuales (21 de marzo)


Por: Instituto Sacerdos | Fuente: Instituto Sacerdos



PREGUNTAS PARA ORIENTAR LA DISCUSIÓN EN EL FORO

Nota:
no es necesario responder a todas las preguntas, cada uno es libre en eso. Se sugiere responder sobre todo a aquellas en las que uno tenga alguna idea o experiencia interesante que pueda enriquecer a los demás, que es de lo que se trata. Incluso puede comentar una pregunta que corresponda a otro grupo, u otro asunto relacionado con el tema que estemos viendo.


Sacerdotes
- Cursar los estudios eclesiásticos es un requisito para la ordenación.
¿Es proporcionado el esfuerzo y el tiempo dedicado a este campo con su importancia y con su necesidad para el ministerio sacerdotal?
- Los jóvenes que llegan al seminario, ¿cuentan con buenos hábitos de estudio? ¿o hay que empezar a construir desde la base?


Seminaristas
- ¿Qué actitudes tienes frente a la necesidad de formarte intelectualmente? ¿Resignación: “hay que estudiar”? ¿Profunda conciencia de tu misión?


Otros participantes
- ¿En qué circunstancias se percibe y valora más la altura de la formación intelectual de un sacerdote?

 

 

 

 

25. Formación Intelectual: Capacidad y hábitos intelectuales
Importancia de la formación intelectual

 


Sin duda el rasgo más importante del sacerdote es que sea hombre de Dios. Es también verdad que la formación humana del sacerdote resulta en muchas ocasiones determinante -sobre todo en los primeros contactos- para el acercamiento a Cristo y a la Iglesia de numerosos hermanos nuestros. Pero no basta. El sacerdote católico, por su función profética, está llamado a ser "maestro". Es el mismo Maestro quien lo envía: «Enseñad a todas las gentes» (cf. Mt 28,19). Por eso conviene detenerse a considerar su formación intelectual como uno de los campos fundamentales de la preparación del seminarista.

Hoy, más que en el pasado, se pedirá al sacerdote que esté siempre dispuesto a dar respuesta a todo el que le pida razón de su esperanza (cf. 1 Pe 3,15). Dispuesto y preparado, naturalmente. Los hombres acudirán a él para pedirle la luz de Dios sobre los problemas que los angustian. Esperarán de él respuestas claras basadas en la fe y en el conocimiento profundo del corazón humano.

En una civilización como la nuestra, tan desarrollada en las ciencias y en la técnica, el sacerdote afronta, dentro y fuera de la Iglesia, circunstancias muy complejas, y ambientes frecuentemente hostiles o indiferentes. El sacerdote es llamado hoy a ser pastor de hombres y mujeres más adultos, más críticos, más informados; inmersos en un mundo ideológicamente pluralista donde el cristianismo está expuesto a múltiples interpretaciones y sospechas por parte de una cultura cada vez más extraña a la fe (cf. Congregación para la Educación Católica, La formación teológica de los futuros sacerdotes); un mundo con numerosos problemas morales intrincados, permeado por abundantes sectas que ofrecen soluciones fáciles e inmediatas a las necesidades religiosas de la persona, desconcertado por desviaciones doctrinales. Todo esto exige del sacerdote actual una ciencia y una cultura apropiadas, que hagan posible el contacto con los hombres de su época, y eficaz la transmisión del Evangelio.

No está de más recordar a los formadores y a los alumnos que la falta de preparación intelectual no se suple con nada: ni con fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con vastos planes de apostolado. De ordinario, la gracia actúa a través de la calidad de los instrumentos y no suele hacer fecunda la acción del apóstol que, por pereza, cobardía o irresponsabilidad ha descuidado su preparación intelectual.

La formación intelectual no se reduce al cumplimiento de un currículum académico. Además de adquirir ciertos conocimientos, el alumno debe potenciar y afinar sus capacidades intelectuales, y lograr aquellas disposiciones y hábitos que harán de él una persona intelectualmente madura. Es entonces cuando dará todo su fruto la asimilación de un bagaje de contenidos, que debe ser lo más amplio y profundo posible, en los campos de la filosofía, la teología y la cultura general. Finalmente, podemos considerar también parte de esta área la capacidad de comunicar eficazmente a los demás esos contenidos.



Formación de las capacidades y los hábitos intelectuales

En el apartado sobre la formación humana hemos tratado con cierto detenimiento lo que atañe a la educación de las facultades interiores. Bastará por tanto aquí recordar que los formadores deben tener en cuenta siempre esa dimensión interior del formando cuando piensan en la formación intelectual. Al dar una clase, al orientar al formando en su preparación académica, etc., no deben contentarse con que el estudiante asimile unos conocimientos. Lo principal es que desarrolle su capacidad de adquirirlos y de manejarlos eficazmente. El enfoque y estilo que se dé a la enseñanza y al estudio pueden influir notablemente sobre la maduración de la inteligencia, la memoria, la imaginación, etc.

Es también importante que los formadores se preocupen por ayudar al formando para que vaya forjando ciertas disposiciones y actitudes que harán de él un hombre intelectualmente maduro. Con cierta frecuencia llegarán al seminario jóvenes que no saben lo que es estudiar en serio. Si no se logra que tomen una actitud positiva y responsable ante el deber de formarse intelectualmente, su inteligencia, memoria, imaginación, y todas sus cualidades, por muy brillantes que sean, quedarán inútilmente sepultadas, como el talento del siervo temeroso.

Es preciso, por tanto, saber motivar, orientar, incentivar continuamente a los estudiantes. Hay que lograr que quieran de verdad estudiar, aunque no les agrade naturalmente el estudio. No sólo, es también necesario que a base de esfuerzo y dedicación continua lleguen a formar buenos hábitos de vida intelectual: que sepan concentrarse rápida y establemente en la lectura de un libro, que puedan seguir activamente una clase o una conferencia, etc. Esos hábitos, además de producir abundantes frutos en el aprovechamiento de los cursos del seminario, serán la mejor garantía de que, dejado el centro de formación tras la ordenación sacerdotal, seguirán preparándose intelectualmente, como una de las facetas de su formación permanente.



LECTURAS RECOMENDADAS

MISA DE INAUGURACIÓN DEL AÑO ACADÉMICO
EN LAS UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS PONTIFICIAS
HOMILÍA DEL CARD. ZENON GROCHOLEWSKI
Prefecto de la CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccatheduc/documents/rc_con_ccatheduc_doc_20051027_anno-accademico_sp.html



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