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La Espiritualidad Cristiana
“Soy católico porque a veces voy a misa de Gallo”


Por: Marco Antonio Gracia Triñaque |



- La meta más importante en nuestra vida es alcanzar la amistad con Dios.
- “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”
- La amistad con Dios es una aventura que requiere el esfuerzo de toda una vida.

Si hoy hacemos un alto en el camino y nos preguntamos: ¿para qué vivimos? La respuesta será muy diversa: “Para trabajar”... “Para divertirme”...”Para ser feliz”... “Para ganar dinero”... “No sé”. Realmente, ¿para esto vivimos?.

Nunca debemos perder de vista que hay cosas más importantes que otras, a las cuáles debemos dar prioridad para que nuestra vida tenga sentido.

San Ignacio de Loyola, preguntó una vez a San Francisco Javier - cuando ambos eran estudiantes en París -, para qué estudiaba. La respuesta de San Francisco fue rápida: “Porque quiero ser canónigo y ocupar un puesto importante en Navarra, quiero tener títulos, ser respetado”.

San Ignacio de Loyola le sugirió que leyera cierto pasaje de la Biblia. Este pasaje cambió la vida de San Francisco Javier. Se ordenó sacerdote, junto con San Ignacio, participó en la fundación de la Compañía de Jesús; fue el primer misionero en la India y el Japón; murió cuando se dirigía a China para evangelizar.

Hoy, San Francisco Javier es el patrono de las misiones. ¿Qué dice ese pasaje bíblico para que San Francisco Javier cambiara el curso de su vida?: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mc 8, 36).
Cuántas personas pasan por el mundo como si no pasaran; su vida es estéril, sin sentido; pasan sin dejar huella. Viven como si no vivieran, sin darse cuenta de que por encima de todo está Dios.

Cuántas veces queremos construir castillos en la tierra y nos olvidamos de edificar nuestra casa celestial. Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica dice: “El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquél que es el ser en sí, sin origen y sin fin”.

Nos damos cuenta de que para que nuestra vida tenga sentido y alcance la plenitud, debemos vivir siempre de cara a Dios. Si al final de nuestra vida no hemos alcanzado esta meta, todo lo que hayamos hecho habrá sido en vano: “Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán? Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios” (Lc 12, 20-21)

Amistad con Dios, santidad y vida espiritual

Alcanzar la amistad con Dios significa lograr la santidad. Todos estamos llamados a la santidad desde el momento del bautismo. La santidad es cumplir con alegría la voluntad de Dios en la propia vida (Juan Pablo II). Santo es aquél que se esfuerza y lucha por superar los obstáculos que le impiden acercarse más a Dios y lograr parecerse cada vez más a Cristo. El hombre santo es el que más se parece a Dios, porque Dios es santo y su amistad lo ayuda a ser semejante a Él, santo. Le permite ser reflejo suyo, hijo de Dios, como su Hijo Jesucristo. La santidad nos lleva a alcanzar la vida eterna. Pero, ser santos supone un gran esfuerzo. Este esfuerzo lo llamamos vida espiritual, es decir, todas aquellas acciones y actividades que realizamos para alcanzar la amistad con Dios. Por tanto, nuestra vida espiritual dará frutos de eternidad, en la medida en que hagamos caso de los llamados y exhortaciones de Dios.


“El hombre santo es aquél que más se parece a Dios, porque Dios es Santo y su amistad lo ayuda a ser semejante a Él, santo como Él. Le permite ser un reflejo suyo hijo de Dios, como su Hijo Jesucristo.”

Nuestra vida espiritual

Actualmente, muchos católicos viven como si no lo fueran. Una vez pregunté a un señor: "¿Usted es católico?" Y la respuesta. “Sí, porque a veces voy a Misa de Gallo". Estamos mutilando el catolicismo, queremos hacer la fe a nuestra medida, a nuestra conveniencia ocasional. "Soy católico, pero critico al Papa. Soy católico, pero me confieso directamente con Dios. Soy católico, pero no me comprometo en ninguna actividad de mi parroquia. Soy católico, pero no transmito a Cristo a los demás. Soy católico, pero...” ¿Acaso es esto ser católico?

Estas actitudes denotan una carencia de vida espiritual, por lo que debemos replantearnos seriamente el lugar que ocupa Dios en nuestra vida. La Iglesia nos llama a no abandonar a Dios, a escucharle, a acogerlo en la propia vida.

San Juan Pablo II, nos invita constantemente a abrir nuestros corazones a Cristo: “Todos los fieles están llamados a la plenitud de /a vida cristiana y a la perfección de la caridad... todos los fieles están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el propio estado" (CFL nº 16).


 

 

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