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Animador del servicio
El diácono lleva a cabo una evangelización capilar, anunciando a cada persona concreta que Cristo la ama y está cerca de ella para servirla


Por: Card. Jaime Ortega Alamino |



Homilía pronunciada por el
Emmo. Sr. Card. Jaime Ortega Alamino,
Arzobispo de La Habana,
con ocasión del Jubileo de los Diáconos


S.M.I. Catedral de La Habana
20 de febrero del 2000




Queridos hermanos y hermanas, queridos diáconos y sus familias:

En la profecía de Isaías proclamada hoy en la primera lectura, el profeta invita al pueblo a no mirar únicamente hacia atrás: "No recuerden lo de antaño" -les dice Isaías- "no piensen en lo antiguo." Al comienzo de un nuevo milenio, en plena celebración del Año Santo Jubilar, tiene un valor personal y social innegable el llamamiento del profeta.

Es verdad que, como dijera el sabio antiguo, la historia es maestra de la vida, pero la función del maestro, es enseñar a vivir el presente y a preparar el futuro. Por esto la advertencia profética tiene un valor hondo y práctico: no podemos quedar atrapados en los recuerdos, porque esto haría de nosotros hombres y mujeres vueltos hacia el pasado. Los recuerdos pueden ser buenos o malos. Los primeros, idealizados por el tiempo transcurrido, embellecen la realidad vivida y nos pueden llenar de falsas nostalgias, los otros recuerdos, los malos, pueden llegar a torturarnos. De ahí el consejo profético: "No piensen en lo antiguo." Conozcamos sí la historia y sus enseñanzas, asimilemos pedagógicamente la parte de historia que nos ha tocado vivir personalmente, pero sin permanecer envueltos en las redes de acontecimientos pasados.

Esta disposición nos confiere la libertad de espíritu necesaria para contemplar a nuestro alrededor lo nuevo, lo diverso, e interpretarlo con sentido de esperanza. Sólo así seremos capaces de captar lo que nos dice el profeta: "Miren que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?"

Nuestra ceguera para descubrir lo nuevo que Dios hace cada día, paso a paso, en nuestro entorno, está ligada al modo propio de considerar la historia, cuando mantenemos una actitud fijista, que nos ancla en el tiempo pasado, sembrando nostalgia, pesimismo o escepticismo en nuestra mirada.

La promesa del Señor, anunciada por el profeta, constituye un canto de esperanza: "Abriré un camino por el desierto, ríos en lo árido, para apagar la sed del pueblo."

El requisito para que se cumpla esa promesa y se destierre de nosotros la apatía es que hagamos oración y nos arrepintamos de nuestros pecados. La queja del Señor acerca de nosotros es muy clara: "Tú no me invocabas, ni te esforzabas por mí..." "Yo, yo era quien por mi cuenta... no me acordaba de tus pecados." Ese es el reproche de Dios que nos transmite Isaías.

La ceguera del corazón que no nos permite ver lo que Dios hace, y la fijación estéril en el pasado, sólo pueden borrarse si oramos con confianza al Señor y rechazamos decididamente el pecado. Por eso le hemos pedido al Señor en el Salmo responsorial que nos sane, porque hemos pecado. Así le suplicó el ciego, al borde del camino a Jesús: Señor, que yo vea y el Señor le dijo: ve, y pudo mirar lo nuevo que Dios realiza.

San Pablo nos dice en su 2° Carta a los Corintios que en Jesucristo todas las promesas que Dios nos hizo por los profetas "han recibido un sí." Dios Padre ha puesto en nuestros corazones el Espíritu Santo para que también nosotros con Cristo, podamos darle un sí a Dios con toda nuestra vida.

Vayamos, pues, a Jesús, como el paralítico del relato evangélico de este domingo. Quizás hará falta que otros nos ayuden a llegar hasta Él, a introducirnos a su presencia. Siempre habrá quien esté dispuesto a prestar ese servicio. A Cristo llevamos también nuestras preocupaciones y nuestros males corporales. Pero lo primero que Jesús dijo al paralítico fue: "tus pecados quedan perdonados."

El pecado es el mayor mal del hombre y causa de muchos otros males. Es verdad que Jesús curó al enfermo de su parálisis; pero al perdonar sus pecados lo libró de su postración espiritual. Echar a andar, cargar con su propia camilla, es adueñarse de su vida, es emprender con libertad el camino alegre de la esperanza viendo lo nuevo que Dios obra cada día

El año Santo Jubilar debe ser un tiempo propicio para reconciliarnos con Dios y con los hermanos, para confesar nuestros pecados y recibir el perdón de Jesucristo, Hijo de Dios, aquel que "tiene potestad en la tierra para perdonar pecados." La celebración del Jubileo debe ser una oportunidad no desaprovechada para renovar nuestra vida cristiana y mirar confiados hacia delante.

Hoy con acción de gracias y en clima de renovación, celebramos el Jubileo de los Diáconos. Queridos diáconos, no me fue difícil identificarlos a ustedes en el relato del evangelio de San Marcos de este domingo. En él aparece la gente agolpada dentro y fuera de la casa donde está Jesús en Cafarnaum. En la escena aparecen también unos letrados, sentados, analizando doctoralmente el comportamiento de la gente y el de Jesús.

Hay un enfermo, un pobre, el paralítico y además cuatro que lo ayudan, lo asisten lo cargan; quitan unas losas del techo y lo introducen por el boquete que quedó abierto. Jesús preside aquella asamblea, Él, como buen Pastor que cuida a sus ovejas, les explica la palabra de Dios. Lo escuchan gente de pueblo y hombres cultivados y aparecen los servidores atentos que cargan al enfermo, no sólo como un acto de misericordia corporal, sino acompañando al pobre desvalido en su fe hacia aquel Jesús que puede salvarlo. Estos cuatro que conducen hasta Jesús al hombre postrado, animando su fe, se me asemejan a los diáconos, servidores de los pobres en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II señala que los apóstoles transmitieron su ministerio a los obispos, a quienes se les da la plenitud del sacramento del orden (L.G. 20 y 21). Como cooperadores de los obispos aparecen: los presbíteros y los diáconos. A ellos se les confiere el mismo sacramento del orden, pero confiando a unos y a otros distintos quehaceres y sobre todo, poniendo de manifiesto facetas particulares del mismo orden sagrado: en los presbíteros, la faceta de la presidencia y de la guía del pueblo de Dios, y en los diáconos la del servicio.

Es hermosa la definición del ministerio del diácono que propone el motu propio "Ad pascendum" por el cual se restablece el diaconado permanente. Dice así: el diácono es "animador del servicio, o sea, de la diaconía de la Iglesia, ante las comunidades cristianas locales, signo o sacramento del mismo Cristo Señor, el cual no vino a ser servido, sino a servir."

El carisma propio del diácono, es decir, su gracia sacramental específica, es la de ser animador del servicio. No olvidemos que todo ministro sagrado representa al mismo tiempo a Cristo ante la Iglesia y a la Iglesia ante Cristo. El diácono no sólo representa a Cristo servidor ante la comunidad y ante el mundo, sino además representa a la Iglesia servidora ante Cristo.

La espiritualidad del diácono es la del servicio, que ejercitará no sólo sirviendo a sus hermanos, sino animando y promoviendo la acción y la actitud servicial en la Iglesia y en el mundo. El servicio cristiano no es únicamente una actividad humana asistencial. La diaconía de Cristo se difunde a toda la comunidad eclesial, que por gracia del Espíritu Santo debe impregnarse de la misma actitud de Cristo, el Siervo sufrido, que carga sobre sí el pecado y los males del hombre (Isaías 53, 3-5), que se inclina afectuoso sobre cada enfermo, que se preocupa por la multitud hambrienta, que se entrega hasta la ofrenda de la vida (Mateo 20, 18). Cristo, por nosotros se hizo "esclavo" dice la Carta de Pablo a los Filipenses (Flp. 2,7)

La esclavitud-por-amor del Hombre-Dios libera a la humanidad de la esclavitud-por-coacción, fruto del poder, que es característica del mundo que no conoce a Dios.

Luego, el ejercicio del carisma del diácono, que consiste en animar a la comunidad cristiana a servir a su prójimo por amor, será una manera excelente de promover hombres y mujeres que aprenden a ser libres, al no obrar por condicionamientos ni por coacción, sino a servir a sus hermanos impulsados por el amor.

El servicio cristiano encuentra su fuente en la Eucaristía, donde Cristo está presente como el amor encarnado y ofrendado. El presbítero, al celebrar la Eucaristía, incrementa el amor en sí mismo y en la comunidad. Como complemento necesario, la gracia sacramental del diácono es la de promover el servicio, que no es más que ejercitar el amor. El diácono en su ministerio está llamado a demostrar que la fuente de gracia de la diaconía cristiana, del servicio amoroso al prójimo, se encuentra en la eucaristía.

Este servicio puede brindarse a la comunidad eclesial, o a la humanidad en general, sean los beneficiarios cristianos o no. El diácono tiene un papel especial para que la Iglesia sea vista como servidora de todos los hombres. Puede tratase ese servicio de obras de misericordia personales u organizadas. Pero resalta sobre todas esas obras la diaconía de la evangelización, es decir, el servicio supremo de anunciar el Evangelio, "a toda criatura". (Marcos 16,5)

¿Qué significa que el diácono debe ser "animador" del servicio? No se trata de que sea un propagandista y menos aún un agitador. En virtud del Sacramento del Orden, el diácono es constituido representante de Cristo siervo, no es más una persona privada, sino sacramentalmente pública. Las obras que realiza y las palabras que dice en el ejercicio de su ministerio son realizadas y pronunciadas en nombre de Cristo. Son así una fuente de gracia para invitar eficazmente a la Iglesia a seguir las huellas de Cristo-siervo. El diácono está "consagrado al servicio" y comprometido, por esa consagración, en el triple campo de la palabra de Dios, de la Eucaristía y de las obras de amor, a invitar a todos los cristianos a servir al modo de Cristo. Es así como el desempeña su papel de animador del servicio en la comunidad.

El Concilio Vaticano II, según la iluminada intuición del Papa Juan XXIII, debía presentar al mundo una Iglesia renovada, y puso en evidencia por ello el perfil servicial de la Iglesia, como un factor imprescindible para su renovación. No es de extrañarse que el mismo Concilio restableciera el diaconado "como grado propio y permanente de la jerarquía." (L.G. 29)

El diaconado permanente renace en la Iglesia en su forma primera y actual, después de casi quince siglos de haber quedado sólo expresado en el diaconado de los candidatos al sacerdocio, y renace como un factor de renovación. El mensaje de este domingo, precisamente, propone la renovación de la vida cristiana como exigencia perenne. El Profeta Isaías invitaba a no recordar lo viejo, a ver lo nuevo que Dios obra y, por lo tanto, a hacernos nosotros nuevos, deplorando el pecado; dándole un "sí" definitivo a Cristo, nos dice San Pablo; y hemos escuchado en el Evangelio la voz de Jesús que nos ordena: sal de tu postración, toma tu camilla y echa a andar.

La renovación eclesial está hecha de la renovación de las personas que integran la comunidad de seguidores de Jesús y no puede confundirse esa renovación con probar solamente métodos y formas nuevas. Como nos pide la palabra de Dios en la Eucaristía de este domingo, la verdadera renovación tiene que ser "conversión", claro está de cada uno, pero también de toda la comunidad. Para esta renovación tiene una importancia decisiva la gracia del diaconado, que consiste en orientar el camino renovador en la verdadera dirección de una Iglesia servidora y pobre.

¿Cómo puede dentro de una Iglesia en renovación auténtica desplegarse el diaconado permanente, que nació del proyecto renovador del Concilio Vaticano II? Debe hacerlo en la Comunidad eclesial y en la comunidad humana.

Tanto las grandes comunidades parroquiales urbanas como otras comunidades parroquiales menores, en el campo o en la ciudad, pero rodeadas de grandes territorios sin templos, deben crear comunidades "a medida del hombre." Son las que van surgiendo y consolidándose en Cuba en las casas de familia o en capillas pequeñas; las llamadas "casas de oración" o "de misión". El ministerio diaconal debe encontrar un campo muy específico en la animación de esas pequeñas comunidades en pequeños lugares de culto y, sobre todo, en casas de familia. Allí se realiza el primer "núcleo de la Iglesia": "Donde hay dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." (Mateo 18,20)

Incluso en el interior de una parroquia grande, los grupos más pequeños que encuentran una animación más personalizada renuevan desde dentro la vida parroquial. La parroquia llega a ser así "una comunión orgánica de comunidades."

En la comunidad humana el diácono está llamado a ser signo de Cristo servidor en el seno de su Familia y por medio de su familia: (esposa e hijos), en el ambiente donde vive, con las familias amigas o vecinas; en el sitio donde trabaja, en la acogida a los que sufren, disfrutan o luchan. De este modo lleva a cabo el diácono una evangelización capilar, anunciando a cada persona concreta que Cristo la ama y está cerca de ella para servirla.

Queridos diáconos: como en el relato evangélico de hoy, a ustedes corresponde en la Iglesia el trabajo servicial de atender y conducir hasta Cristo al hombre postrado para que eche a andar al escuchar la palabra del Señor. Nuestra Iglesia Arquidiocesana se enriquece con el carisma de ustedes y se ha renovado gracias a Él. En el Santo Evangelio Jesús no dejó de alabar la fe de aquellos que introducían al paralítico por un boquete. Sé sus trabajos, sus esfuerzos para, con medios muy pobres, cumplir la misión que la Iglesia y su obispo les han confiado.

Como el Señor se fijó en el paralítico y en quienes lo conducían y alabó la fe de todos, yo me fijo también en sus esposas que los acompañan en la oración y en el trabajo, que los ayudan y comparten sus preocupaciones y proyectos. Esta mirada de gratitud se extiende a los hijos, y aún a los nietos, que integran esta comunidad diaconal "sui géneris" de nuestra Arquidiócesis. Esta agradable realidad me hace volver a las palabras bellas y sugerentes del profeta Isaías: "miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?"

Sí, ya comienza a notarse lo que el Concilio Vaticano II propuso para una Iglesia renovada. De esta renovación, queridos hermanos y hermanas, debe participar toda la Iglesia, a ella nos invitan los diáconos con su entrega y Jesucristo el Señor que nos dice a todos y cada uno de nosotros: Levántate, echa a andar.

Y a ustedes, queridos diáconos corresponde conducir servicialmente hasta Cristo a hombres y mujeres que necesitan ser acompañados en su camino de fe.

La Virgen María es la servidora fiel que inspira a toda la Iglesia la respuesta decidida para que el querer de Dios se cumpla y todo se haga en la Iglesia según su palabra. Que Ella inspire ahora la renovación de sus compromisos diaconales y mantenga siempre en ustedes la decisión de servir en el amor. Que sea la virgen Madre inspiración y sostén de sus esposos y de toda su familia. Así sea.

 

 

 

 



 

 

 



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