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Cuarto Concilio de Letrán. Año 1215
XII concilio ecuménico. Papa Inocencio III. Contra los Albigenses y los Valdenses


Por: n/a | Fuente: www.mercaba.org



Papa Inocencio III. Por la fe y la moral. Conden?los albigenses y a los valdenses. Decidi? organizaci?e una cruzada.

Revis?fij? legislaci?clesi?ica sobre los impedimentos matrimoniales y, en fin, impuso a los fieles la obligaci?e la confesi?nual y de la comuni?ascual. Es uno de los m?importantes.

Se conden? herej?de los Albigenses y de los Valdenses. Hubo importante definiciones sobre la Trinidad, la creaci?Cristo Redentor, los Sacramentos y otros errores.

El emperador Federico Segundo fue al principio obediente y sumiso al Papa Inocencio III, que hab?actuado como tutor del joven pr?ipe, incluso particip? una Cruzada a Tierra Santa, por la ambici?ol?ca se opuso a la Iglesia y tuvo que ser condenado.

Los griegos, que en el siglo once formaron parte del bloque oriental que se separ? la Iglesia, dos siglos m?tarde, deseaban se reanudaran la relaciones con el Papado. Para concretar la doctrina en discusi?uvo lugar el concilio.


Magisterio del C.E IV de Letr?/b>


  • De la Trinidad, los sacramentos, la misi?an?a, etc.



  • Cap. I. De La fe cat?a

    [Definici?ontra los albigenses y otros herejes]
    Firmemente creemos y simplemente confesamos, que uno solo es el verdadero Dios, eterno, inmenso e inconmutable, incomprensible, omnipotente e inefable, Padre, Hijo y Esp?tu Santo: tres personas ciertamente, pero una sola esencia, sustancia o naturaleza absolutamente simple. El Padre no viene de nadie, el Hijo del Padre solo, y el Esp?tu Santo a la vez de uno y de otro, sin comienzo, siempre y sin fin. El Padre que engendra, el Hijo que nace y el Esp?tu Santo que procede: consustanciales, coiguales, coomnipotentes y coeternos; un solo principio de todas las cosas; Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo cre? la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la ang?ca y la mundana, y despu?la humana, como com?compuesta de esp?tu y de cuerpo. Porque el diablo y dem?demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos, por s?ismos, se hicieron malos. El hombre, empero, pec?r sugesti?el diablo. Esta Santa Trinidad, que seg?a com?sencia es indivisa y, seg?as propiedades personales, diferente, primero por Mois?y los santos profetas y por otros siervos suyos, seg?a ordenad?ma disposici?e los tiempos, dio al g?ro humano la doctrina saludable.

    Y, finalmente, Jesucristo unig?to Hijo de Dios, encarnado por obra com?e toda la Trinidad, concebido de Mar?siempre Virgen, por cooperaci?el Esp?tu Santo, hecho verdadero hombre, compuesto de alma racional y carne humana, una sola persona en dos naturalezas, mostr?s claramente el camino de la vida. ?, que seg?a divinidad es inmortal e impasible, ? mismo se hizo, seg?a humanidad, pasible y mortal; ? tambi?sufri?muri? el madero de la cruz por la salud del g?ro humano, descendi?los infiernos, resucit? entre los muertos y subi? cielo; pero descendi? el alma y resucit? la carne, y subi?ntamente en una y otra; ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno seg?us obras, tanto a los r?obos como a los elegidos: todos los cuales resucitar?con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir seg?us obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aqu?os, con el diablo, castigo eterno; y ?os, con Cristo, gloria sempiterna.

    Y una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se contiene verdaderamente en el sacramento del altar bajo las especies de pan y vino, despu?de transustanciados, por virtud divina, el pan en el cuerpo y el vino en la sangre, a fin de que, para acabar el misterio de la unidad, recibamos nosotros de lo suyo lo que ? recibi? lo nuestro. Y este sacramento nadie ciertamente puede realizarlo sino el sacerdote que hubiere Sido debidamente ordenado, seg?as llaves de la Iglesia, que el mismo Jesucristo concedi?los Ap?les y a sus sucesores. En cambio, el sacramento del bautismo (que se consagra en el agua por la invocaci?e Dios y de la indivisa Trinidad, es decir, del Padre y del Hijo y del Esp?tu Santo) aprovecha para la salvaci?tanto a los ni?como a los adultos fuere quienquiera el que lo confiera debidamente en la forma de la Iglesia. Y si alguno, despu?de recibido el bautismo, hubiere ca? en pecado, siempre puede repararse por una verdadera penitencia. Y no s?los v?enes y continentes, sino tambi?los casados merecen llegar a la bienaventuranza eterna, agradando a Dios por medio de su recta fe y buenas obras.


    Cap. 2. Del error del abad Joaqu?/i>

    Condenamos, pues, y reprobamos el op?lo o tratado que el abad Joaqu?ha publicado contra el maestro Pedro Lombardo sobre la unidad o esencia de la Trinidad, llam?ole hereje y loco, por haber dicho en sus sentencias: "Porque cierta cosa suma es el Padre y el Hijo y el Esp?tu Santo, y ella ni engendra ni es engendrada ni procede". De ah?ue afirma que aqu?no tanto pon?en Dios Trinidad cuanto cuaternidad, es decir, las tres personas, y aquella com?sencia, como si fuera la cuarta; protestando manifiestamente que no hay cosa alguna que sea Padre e Hijo y Esp?tu Santo, ni hay esencia, ni sustancia, ni naturaleza; aunque concede que el Padre y el Hijo y el Esp?tu Santo son una sola esencia, una sustancia y una naturaleza. Pero esta unidad confiesa no ser verdadera y propia, sino colectiva y por semejanza, a la manera como muchos hombres se dicen un pueblo y muchos fieles una Iglesia, seg?quello: La muchedumbre de los creyentes ten?un solo coraz? una sola alma [Act. 4, 32]; y: El que se une a Dios, es un solo esp?tu con ? [1 Cor. 6, 17]; asimismo: El que planta y el que riega son una misma cosa [1 Cor. 3, 8]; y: Todos somos un solo cuerpo en Cristo [Rom. 12, 5]; nuevamente en el libro de los Reyes [Ruth]: Mi pueblo y tu pueblo son una cosa sola [Ruth, l, 16]. Mas para asentar esta sentencia suya, aduce principalmente aquella palabra que Cristo dice de sus fieles en el Evangelio: Quiero, Padre, que sean una sola cosa en nosotros, como tambi?nosotros somos una sola cosa, a fin de que sean consumados en uno solo [Ioh. 17, 22 s]. Porque (como dice) no son los fieles una sola cosa, es decir, cierta cosa ?a, que sea com? todos, sino que son una sola cosa de esta forma, a saber, una sola Iglesia por la unidad de la fe cat?a, y, finalmente, un solo reino por la unidad de la indisoluble caridad, como se lee en la Ep?ola can?a de Juan Ap?l: Porque tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre y el Hijo y el Esp?tu Santo, y los tres son una sola cosa [1 Ioh. 5, 7], e inmediatamente se a?: Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Esp?tu, el agua y la sangre: y estos tres son una sola cosa [1 Ioh. 5, 8], seg?e halla en algunos c?es.

    Nosotros, empero, con aprobaci?el sagrado Concilio, creemos y confesamos con Pedro Lombardo que hay cierta realidad suprema, incomprensible ciertamente e inefable, que es verdaderamente Padre e Hijo y Esp?tu Santo; las tres personas juntamente y particularmente cualquiera de ellas y por eso en Dios s?hay Trinidad y no cuaternidad, porque cualquiera de las tres personas es aquella realidad, es decir, la sustancia, esencia o naturaleza divina; y ?a sola es principio de todo el universo, y fuera de este principio ning?tro puede hallarse. Y aquel ser ni engendra, ni es engendrado, ni procede; sino que el Padre es el que engendra; el Hijo, el que es engendrado, y el Esp?tu Santo, el que procede, de modo que las distinciones est?en las personas y la unidad en la naturaleza. Consiguientemente, aunque uno sea el Padre, otro, el Hijo, y otro, el Esp?tu Santo; sin embargo, no son otra cosa, sino que lo que es el Padre, lo mismo absolutamente es el Hijo y el Esp?tu Santo; de modo que, seg?a fe ortodoxa y cat?a, se los cree consustanciales. El Padre, en efecto, engendrando ab aeterno al Hijo, le dio su sustancia, seg?o que ? mismo atestigua: Lo que a mi me dio el Padre, es mayor que todo [Ioh. 10, 29]. Y no puede decirse que le diera una parte de su sustancia y otra se la retuviera para s?como quiera que la sustancia del Padre es indivisible, por ser absolutamente simple. Pero tampoco puede decirse que el Padre traspasara al Hijo su sustancia al engendrarle, como si de tal modo se la hubiera dado al Hijo que no se la hubiera retenido para s?ismo, pues de otro modo hubiera dejado de ser sustancia. Es, pues, evidente que el Hijo al nacer recibi?n disminuci?lguna la sustancia del Padre, y as?l Hijo y el Padre tienen la misma sustancia: y de este modo, la misma cosa es el Padre y el Hijo, y tambi?el Esp?tu Santo, que procede de ambos. Mas cuando la Verdad misma ora por sus fieles al Padre, diciendo: Quiero que ellos sean una sola cosa en nosotros, como tambi?nosotros somos una sola cosa [Ioh. 17, 22], la palabra unum (una sola cosa), en cuanto a los fieles, se toma para dar a entender la uni?e caridad en la gracia, pero en cuanto a las personas divinas, para dar a entender la unidad de identidad en la naturaleza, como en otra parte dice la Verdad: Sed... perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto [Mt. 5, 48], como si m?claramente dijera: Sed perfectos por perfecci?e la gracia, como vuestro Padre celestial es perfecto por perfecci?e naturaleza, es decir, cada uno a su modo; porque no puede afirmarse tanta semejanza entre el Creador y la criatura, sin que haya de afirmarse mayor desemejanza. Si alguno, pues, osare defender o aprobar en este punto la doctrina del predicho Joaqu? sea por todos rechazado como hereje.

    Por esto, sin embargo, en nada queremos derogar al monasterio de Floris (cuyo institutor fue el mismo Joaqu?, como quiera que en ?se da la instituci?egular y la saludable observancia; sobre todo cuando el mismo Joaqu?mand?e todos sus escritos nos fueran remitidos para ser aprobados o tambi?corregidos por el juicio de la Sede Apost?a, dictando una carta, que firm?r su mano, en la que firmemente profesa mantener aquella fe que mantiene la Iglesia de Roma, la cual, por disposici?el Se? es madre y maestra de todos los fieles. Reprobamos tambi?y condenamos la pervers?ma doctrina de Almarico, cuya mente de tal modo ceg? padre de la mentira que su doctrina no tanto ha de ser considerada como her?ca cuanto como loca.


    Cap. 3. De los herejes (valdenses)

    [Necesidad de una misi?an?a]
    Mas como algunos, bajo apariencia de piedad (como dice el Ap?l), reniegan de la virtud de ella [2 Tim. 3, 5] y se arrogan la autoridad de predicar, cuando el mismo Ap?l dice: ¿C?.. predicar? si no son enviados [Rom. 10, 15], todos los que con prohibici? sin misi?osaren usurpar p?ca o privadamente el oficio de la predicaci?sin recibir la autoridad de la Sede Apost?a o del obispo cat?o del lugar, sean ligados con v?ulos de excomuni?y si cuanto antes no se arrepintieren, sean castigados con otra pena competente.


    Cap. 4. De la soberbia de los griegos contra los latinos

    Aun cuando queremos favorecer y honrar a los griegos que en nuestros d? vuelven a la obediencia de la Sede Apost?a, conservando en cuanto podemos con el Se?sus costumbres y ritos; no podemos, sin embargo, ni debemos transigir con ellos en aquellas cosas que engendran peligro de las almas y ofenden el honor de la Iglesia. Porque despu?que la Iglesia de los griegos, con ciertos c?ices y fautores suyos, se sustrajo a la obediencia de la Sede Apost?a, hasta tal punto empezaron los griegos a abominar de los latinos que, entre otros desafueros que contra ellos comet?, cuando sacerdotes latinos hab? celebrado sobre altares de ellos, no quer? sacrificar en los mismos, si antes no los lavaban, como si por ello hubieran quedado mancillados. Adem? con temeraria audacia osaban bautizar a los ya bautizados por los latinos y, como hemos sabido, hay a?uienes no temen hacerlo. Queriendo, pues, apartar de la Iglesia de Dios tama?sc?alo, por persuasi?el sagrado Concilio, rigurosamente mandamos que no tengan en adelante tal audacia, conform?ose como hijos de obediencia a la sacrosanta Iglesia Romana, madre suya, a fin de que haya un solo redil y un solo pastor [Ioh. 10, 16]. Mas si alguno osare hacer algo de esto, herido por la espada de la excomuni?sea depuesto de todo oficio y beneficio eclesi?ico.


    Cap. 5. De la dignidad de los Patriarcas

    Renovando los antiguos privilegios de las sedes patriarcales, con aprobaci?el sagrado Concilio universal, decretamos que, despu?de la Iglesia Romana, la cual, por disposici?el Se? tiene sobre todas las otras la primac?de la potestad ordinaria, como madre y maestra que es de todos los fieles, ocupe el primer lugar la sede de Constantinopla, el segundo la de Alejandr? el tercero la de Antioqu? el cuarto la de Jerusal?


    Cap. 21. Del deber de la confesi?de no revelarla el sacerdote y de comulgar por lo menos en Pascua

    Todo fiel de uno u otro sexo, despu?que hubiere llegado a los a?de discreci?confiese fielmente ?solo por lo menos una vez al a?odos sus pecados al propio sacerdote, y procure cumplir seg?us fuerzas la penitencia que le impusiere, recibiendo reverentemente, por lo menos en Pascua, el sacramento de la Eucarist? a no ser que por consejo del propio sacerdote por alguna causa razonable juzgare que debe abstenerse alg?iempo de su recepci?de lo contrario, durante la vida, ha de prohib?ele el acceso a la Iglesia y, al morir, priv?ele de cristiana sepultura. Por eso, publ?ese con frecuencia en las Iglesias este saludable estatuto, a fin de que nadie tome el velo de la excusa por la ceguera de su ignorancia. Mas si alguno por justa causa quiere confesar sus pecados con sacerdote ajeno, pida y obtenga primero licencia del suyo propio, como quiera que de otra manera no puede aqu?absolverle o ligarle. El sacerdote, por su parte, sea discreto y cauto y, como entendido, sobrederrame vino y aceite en las heridas [cf. Lc. 10, 34], inquiriendo diligentemente las circunstancias del pecador y del pecado, por las que pueda prudentemente entender qu?onsejo haya de darle y qu?emedio, usando de diversas experiencias para salvar al enfermo.

    Mas evite de todo punto traicionar de alguna manera al pecador, de palabra, o por se? o de otro modo cualquiera; pero si necesitare de m?prudente consejo, p?lo cautamente sin expresi?lguna de la persona Porque el que osare revelar el pecado que le ha sido descubierto en el juicio de la penitencia, decretamos que ha de ser no s?depuesto de su oficio sacerdotal, sino tambi?relegado a un estrecho monasterio para hacer perpetua penitencia.


    Cap. 41. De la continuidad de la buena fe en toda prescripci?i>

    Como quiera que todo lo que no procede de la fe, es pecado [Rom. 14, 23], por juicio sinodal definimos que sin la buena fe no valga ninguna prescripci?tanto can?a como civil, como quiera que de modo general ha de derogarse toda constituci? costumbre que no puede observarse sin pecado mortal. De ah?ue es necesario que quien prescribe, no tenga conciencia de cosa ajena en ning?omento del tiempo.


    Cap. 62. De las reliquias de los Santos

    Como quiera que frecuentemente se ha censurado la religi?ristiana por el hecho de que algunos exponen a la venta las reliquias de los Santos y las muestran a cada paso, para que en adelante no se la censure, estatuimos por el presente decreto que las antiguas reliquias en modo alguno se muestren fuera de su c?ula ni se expongan a la venta. En cuanto a las nuevamente encontradas, nadie ose venerarlas p?camente, si no hubieren sido antes aprobadas por autoridad del Romano Pont?ce...





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