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Iglesia en Misión Permanente I
Primera parte de un interesantes análisis sobre el documento de Aparecida y el significado de la permanencia de la Gran Misión.


Por: Leonardo Biolatto | Fuente: Catholic.net



Del 13 al 31 de mayo de 2007, en Aparecida, Brasil, el Episcopado Latinoamericano y del Caribe se reunió para llevar adelante la Quinta Conferencia General. Diversos fueron los temas tratados en vistas a elaborar líneas pastorales que sirviesen de guía a la Iglesia americana en su peregrinar. Pero en esa variedad, un tema transversal cruzó la Conferencia y se llevó la atención principal: la misión permanente. Dirá el Documento de Aparecida (DA) en su número 551: “Este despertar misionero, en forma de una Misión Continental, […] buscará poner a la Iglesia en estado permanente de misión”.

Mucho se habló al respecto de esta Misión Continental. Los detractores la han tildado de injusta cruzada que busca pisotear la identidad cultural latinoamericana a través de la imposición de un sistema de creencias europeo. Y todo este prejuicio por la siguiente declaración: “Es el mismo Papa Benedicto XVI quien nos ha invitado a una misión evangelizadora que convoque todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño que es pueblo de Dios en América Latina y El Caribe” (DA 550). Los detractores consideran este llamado a las fuerzas vivas como un reclutamiento de soldados que servirán a los intereses papales para destruir lo originario y autóctono. Y si bien es entendible el recelo latente e inconsciente que ha quedado en las mentes americanas por los abusos de la colonización, también es cierto que eso ha ocurrido quinientos años atrás y que el pensamiento teológico sobre las culturas e inclusive sobre las otras religiones, ha avanzado en profundidad.

El Concilio Vaticano II ha sido gran muestra de eso, el gigantesco movimiento ecuménico con sus múltiples diálogos bilaterales (con luteranos, baptistas, ortodoxos) también lo es, las beatificaciones y santificaciones de cristianos nacidos y criados en culturas aborígenes, los llamados de la Santa Sede ante las Naciones Unidas para abogar por el respeto de las tierras que por siglos han pertenecidos a tribus desplazadas por el capitalismo.
Sería más provechoso para todos, Iglesia y mundo al mismo tiempo, encontrar en el Documento de Aparecida la verdadera preocupación y no desviarnos en suposiciones o contrasentidos. ¿Y cuál esta verdadera preocupación? El sentido permanente de la misión.

La realidad que requiere lo permanente

El capítulo 2 del Documento de Aparecida se titula “Mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad”. Una serie de elementos resaltan de la lectura del mismo. En la primera parte, en el análisis de la realidad del mundo, podemos leer: “Esta cultura se caracteriza por la autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable. Se prefiere vivir día a día […]. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo” (DA 46). Esta primera realidad, la del individualismo reinante, es algo que necesita y pide a gritos lo permanente.

El mundo vive carente de relaciones duraderas, ya no son buscadas, no se les ansía. El sueño del casamiento para toda la vida fue suplantado por la ley de los divorcios express1 , la amistad es una moneda de cambio, la familia no se constituye más por lazos fuertes, sino por un vínculo lábil que no sobrepasará los siete años, en el mejor de los casos. El hombre trabaja para éxito personal, para acumular riquezas, para superar al compañero, robarle el puesto o quitarle el ascenso. Se vive para uno, se ignora al resto, excepto cuando el otro nos interesa como medio para otros intereses.

La Declaración de los Derecho Humanos2 , a pesar de dejar sentado y bien en claro que las personas no son medios, sino un fin en sí mismas, parece estar guardada en el cajón de algún cínico. Y no podemos afirmar que el individualismo está sacando a la humanidad adelante, no podemos mentir a los niños inculcándoles lo bueno del egoísmo, aún cuando lo practiquemos a menudo. El individualismo mata al hombre, lo sabemos, pero parece vencernos con su tentación de vanidad. En la otra orilla, en la oposición, está la permanencia. El mundo necesita relaciones permanentes, necesita familias duraderas, amistades que no se venden, compañeros de trabajo que se ayudan siempre, hombres que ven al otro como ser digno en cualquier situación, ayer y hoy, mañana de igual forma, pobre o rico, niño o anciano, varón o mujer, siempre digno.

También dice el Documento: “Conducida por una tendencia que privilegia el lucro y estimula la competencia, la globalización sigue una dinámica de concentración de poder y de riquezas en manos de pocos, no sólo de los recursos físicos y monetarios, sino sobre todo de la información y de los recursos humanos” (DA 62). Segunda realidad del mundo que ansía la permanencia. La globalización ha sido analizada desde muchos aspectos, así como muchas son las aristas que la componen, pero todos coinciden en la brutal diferencia, la brecha entre ricos y pobres que ha acentuado y que sigue acentuando. Como bien recalcan los Obispos, no es sólo en el aspecto económico. La información, tan necesaria para tomar decisiones, se concentra en algunos, en los que acceden a un estudio, en los que fueron habituados a la lectura, en los que pueden poseer los adelantos tecnológicos y saben usarlos. Los recursos humanos se subordinan al empleador de turno, al poderoso que contrata y oprime con salarios mínimos basados en la necesidad de empleo ante la creciente desocupación.

Lo que no interesa al mundo es el pobre, el que nació con menos posibilidades o el que se quedó sin educación. Se vive relegando, dejando a un lado, aislando. Este aislacionismo consiste en crear escuelas públicas con bajo nivel de enseñanza, como si la intención fuese mantener a los alumnos estatales en la ignorancia; consiste en admitir a las villas miserias o favelas como elementos normales de la vida ciudadana; consiste en elaborar las legislaciones laborales con el asesoramiento de los empresarios empleadores y no con la opinión de los empleados; consiste en presentar una imagen de falsa solidaridad con actos esporádicos de beneficencia. Esto exige permanencia.

Lo que el mundo necesita no es hombres ignorantes, sino un sistema de educación al alcance de todos, para todas las edades y constante en su programa educativo, de manera que no sucedan reelaboraciones anuales que experimentan con cada generación. Los trabajos deben ser estables, deben dar seguridades al trabajador, de manera que proyectar un futuro no sea utópico para una familia, sino un hecho de la vida real. Los pobres no necesitan campañas de ayuda que parecen lanzadas desde el cielo como chaparrones de lluvia; la pobreza necesita un tratamiento de raíz, en base a políticas de Estado con perspectiva, asistencia social confiable y universal, colaboración de las ONG cristianas y no cristianas, pero todo articulado y bajo la premisa de un accionar diario, sin respiro.

La Iglesia latinoamericana, en su interior, en su seno, también tiene aspectos que necesitan ser modificados por lo permanente. Dice el Documento: “Lamentamos, sea algunos intentos de volver a cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II, sea algunas lecturas y aplicaciones reduccionistas de la renovación conciliar […], nuestras débiles vivencias de la opción preferencial por los pobres […]. Constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo” (DA 100). Son estas algunas de las sombras de la comunidad eclesial americana.

El Concilio Vaticano II ha sido de gran bendición y ha creado tamaña bisagra histórica, que su mensaje en plenitud no ha sido comprendido y aplicado aún. Entre los tenaces resistentes a las modificaciones pastorales y aquellos que abusan de ellas, un gris oscuro cubre a miles de fieles que, con buena voluntad, intentan responder a los signos de los tiempos3, pero se encuentran atrapados entre estas corrientes alternas y disímiles.

Un gran problema a resolver sobre esta cuestión es la poca lectura que han recibido los documentos conciliares. Salvo los sacerdotes, muy pocos laicos han dedicado tiempo a formarse y enterarse de las palabras específicas con las que se expresó el Concilio; es así que las ideas suscitadas por el Espíritu Santo no llegan directamente al pueblo de Dios desde las letras de los documentos, sino desde otras bocas, con la consiguiente posibilidad de su desvirtuación. Así sucede, específicamente en la Iglesia americana, con los Documentos de las Conferencias Generales; se han realizado cinco, pero casi nadie ha leído todas, por lo que hablar de la opción por los pobres es decir palabras vacías, no acompañadas de la reflexión, la meditación, la oración, la base teológica y el sentir latinoamericano sobre nuestros hermanos desfavorecidos4.

Para llegar a este compromiso con el ser cristiano y con el Magisterio católico, el acompañamiento a los laicos en un proceso formativo debe estar dentro de las prioridades que se enmarcan en lo permanente. La Iglesia latinoamericana requiere una estructura diocesana orgánica que otorgue a los fieles espacios de vida constantes, para su infancia, su adolescencia, su adultez y su vejez, para los hechos trascendentales del existir como los nacimientos, la muerte, el matrimonio, los viajes, la enfermedad. El Concilio Vaticano II se hará realidad en la medida en que se den las condiciones para no abandonar a nadie, para educar en la fe, para ser comunidad constante en el creer y en el obrar.

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1 El divorcio express que cada vez gana más terreno en las legislaciones europeas y que planea expandirse al resto del mundo consiste en eliminar la necesidad de una separación previa para solicitar el divorcio y en no tener que alegar causas de demanda para promover la acción. El argumento que sostiene estas modificaciones legislativas es la disminución de la carga burocrática y de la sobrecarga de trabajo de los tribunales.

2 La Declaración de los Derechos Humanos fue proclamada por la Asamblea General de la ONU en su resolución 217A(III) del 10 de diciembre de 1948, alegando que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

3 “Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los signos de los tiempos, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús” (DA 33)

4 Al respecto, el Documento de la Conferencia de Puebla es el considerado más cercano a la idea de la opción preferencial por los pobres. Los números 92, 793 y 1134 al 1165 del Documento desarrollan la temática explícitamente.



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