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Construir la paz
El punto 542 del Documento de Aparecida es una reflexión sobre la paz, pero no en un plano intelectual, sino más bien pastoral


Por: Leonardo Biolatto | Fuente: Catholic.net



El primer día de cada año, 1 de enero, la Iglesia vive dos fiestas o celebraciones: María, Madre de Dios y El día mundial de la Paz. La primera es la fiesta más antigua de la liturgia romana, la segunda es relativamente nueva, con poco más de un cuarto de siglo de vida, instituida por el Papa Pablo VI como día especial de oración universal por la paz mundial. En su documento Marialis cultus nn. 5 nos dice, relacionando ambas fiestas: “Es una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido Príncipe de la Paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz”. Así, la Iglesia asume desde la oración y la contemplación, el desafío de construir la paz en el mundo, fruto de la Creación de Dios. Pero la Iglesia no ora solamente para pedir el don de la paz, sino que se compromete con su construcción, como condición necesaria del Reino de Dios. Allí donde hombres y mujeres sufren las consecuencias de la guerra, donde los conflictos sociales aumentan la inseguridad, donde el clima de tensión altera los estados de ánimo, donde el desempleo preocupa al padre y madre de familia, donde los niños reciben el peso de las discusiones de pareja, allí está Jesús a su lado, pidiéndonos el compromiso de hacer un mundo más humano, más justo y más acorde al proyecto de amor del Padre.

El punto 542 del Documento de Aparecida es una reflexión sobre la paz, pero no en un plano intelectual, separado de la tierra, desencarnado. Se trata más bien, de una mirada y propuesta pastoral para aplicar creativamente en las parroquias y Diócesis de América Latina, generando así un movimiento pacificador que provenga de Jesucristo, Príncipe de la Paz. Vamos a desmembrar poco a poco el punto 542:

a) “La paz es un bien preciado pero precario que debemos cuidar, educar y promover todos en nuestro continente”. Una Iglesia que asume el reto de la paz debe asumirlo desde sus agentes de pastoral. Ellos son los primeros responsables de cuidar la paz, que como don de Dios, es querido por la comunidad de discípulos para el mundo. Cuidar no es sólo construir donde no existe, sino también preservar donde hay. Aquellos pequeños espacios de paz en la familia, en la sociedad, en el seno eclesial, deben ser protegidos de las situaciones que buscan derribarlos. Para cuidar y construir la paz, los agentes de pastoral necesitan ser educados en la paz, y ser ellos educadores de la misma. La mejor educación en este campo es la vivencia, la experiencia, que puede expresarse en las reuniones de consejo pastoral, en las planificaciones anuales, en los proyectos que la comunidad lleva adelante. Se aprende la paz y se la vive, para así promoverla y defenderla siempre.

b) “Como sabemos, la paz no se reduce a la ausencia de guerras ni a la exclusión de armas nucleares en nuestro espacio común, logros ya significativos, sino a la generación de una cultura de paz”. Las comunidades cristianas deben abogar por una cultura de la paz, o sea, una conciencia y un espíritu de paz que penetre todas las estructuras, empapando a todos de un estado permanente de serenidad, responsabilidad, compromiso y amor. Los esfuerzos aislados por la paz poco pueden hacer si todos los hombres y mujeres siguen creyendo que la violencia es el mejor método para resolver las cuestiones, si el clima siempre es de tensión. Ante la cultura violenta actual, los agentes de pastoral son invitados a algo más que poner paños fríos; son invitados a imitar al Príncipe de la Paz, Jesucristo, como modelo de Maestro que, sin renunciar a elevar la voz contra las injusticias, e inclusive a expulsar los vendedores del Templo, nunca suscitó violencia, sino que todo lo contrario.

c) “Enfrentar conjuntamente los ataques del narcotráfico y consumo de drogas, del terrorismo y de las muchas formas de violencia que hoy imperan en nuestra sociedad”. Los enemigos de la paz, en algunos casos, tienen rostros concretos. El narcotráfico y sus intérpretes, los narcotraficantes, el terrorismo y sus ejecutores, los terroristas, la violencia familiar, los ladrones y homicidas. La violencia, opuesta a la paz, tiene múltiples formas, y todas deben ser combatidas. Los agentes de pastoral deberían especializarse en alguna de las distintas realidades violentas para conocerla a fondo y para poder elaborar una respuesta pastoral adecuada. Desde los problemas gigantescos hasta la intimidación cotidiana en los hogares, la Iglesia tiene una palabra para decir, y esa Palabra es Jesucristo. Siempre desde su ser cristiano, el discípulo de Jesús puede aportar algo a las realidades concretas de violencia.

d) “La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, desea que los discípulos y misioneros de Cristo sean también, ahí donde se encuentren, constructores de paz entre los pueblos y naciones de nuestro Continente”. La Iglesia anhela construir la paz. No es una tarea accesoria, sino inherente al Reino de Dios. El concepto de constructores de la paz es un concepto muy fuerte y comprometedor. La Iglesia toda es constructora de la paz, pero todos y cada uno de los discípulos misioneros de Jesucristo está llamado a ser constructores donde se hallen, en el trabajo, en las actividades de ocio, en el deporte, en las instituciones en las que participe, en la política, en el arte o en la investigación científica. Y aumentando la apuesta, Aparecida quiere que seamos constructores de la paz entre los pueblos y naciones, traspasando la barrera de nuestro hogar o nuestro barrio para que la realidad internacional de la paz sea también nuestro querer, nuestro obrar y nuestro orar.

e) “La Iglesia está llamada a ser una escuela permanente de verdad y justicia, de perdón y reconciliación para construir una paz auténtica”. Paz y justicia van de la mano, se interconectan y se necesitan. Es tarea de la Iglesia proclamar la Verdad que ha recibido de Jesucristo, hacerla saber, predicar el Reino, hacer sentir su voz entre las múltiples voces del relativismo. ¿Cómo construir la paz sin construir la justicia? Y no en el sentido de enjuiciamiento, sino trayendo al mundo el perdón y la reconciliación del Cristo. El agente de pastoral debe acompañar a todos para que cada uno enfrente la injusticia buscando perdón y perdonando, para incorporar el pasado al presente y aprender de él, sanando las heridas propias y sanando las heridas del prójimo, del que yace al costado del camino, el asaltado por los ladrones, el crucificado.

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