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Conversión pastoral
El Documento de Aparecida insta a una transformación misionera de la pastoral


Por: Leonardo Biolatto | Fuente: Catholic.net



El subtítulo 7.2 del Documento de Aparecida se llama “Conversión pastoral y renovación misionera de las comunidades”, dentro del gran contexto del capítulo 7 titulado “La misión de los discípulos al servicio de la vida plena”. El sentido de este llamado a la conversión proviene, indudablemente, de una realidad eclesial que necesita transformarse, en vistas a la transmisión de la fe y la evangelización. Porque más allá de la conversión personal de cada hombre y mujer que acepta, libremente, la Buena Noticia y la pone en práctica, hoy se vuelve necesaria una conversión comunitaria que modifique algunas disposiciones generales de la Iglesia y de la concepción grupal de la misión. La Palabra de Dios es, y será siempre, una invitación a la revisión y al cambio, como lo fue para los primeros patriarcas, como lo fue para Israel, como lo fue para las primeras comunidades cristianas, como lo es para nosotros y como será en los próximos años. En cada época, el Pueblo de Dios está llamado a descubrir los signos de los tiempos para que su comunicación de la vida en Cristo no sean ideas descabelladas e intransferibles a las personas, sino que, penetrando las culturas, el Evangelio se arraigue y el Reino se haga presente bajo signos concretos, reales y efectivos.

El llamado a la conversión implica cambios dolorosos y renuncias. Estar dispuestos a cambiar es estar dispuestos a dejar que la Palabra inunde nuestro sentir y nuestro actuar; y a nivel eclesial, dispuestos a dejar que el Espíritu Santo nos lleve por donde Él considere conveniente, aunque eso signifique desprenderse de modelos a los que estamos acostumbrados. Quizás, el mayor problema de la conversión pastoral resida en desacostumbrar a los agentes de pastoral, moldeados bajo una forma de hacer las cosas que ya no es cuestionada ni revisada, sino que se realiza porque sí, bajo el pretexto de que lleva años sucediendo de la misma manera. Que Aparecida inste a la conversión no es un dato menor, ni mucho menos que la conversión esté dirigida, con gran énfasis, a la renovación misionera. ¿Qué nos ha estado sucediendo para que los Obispos recalquen tanto la necesidad de la misión? ¿Qué nos estuvo faltando para que la V Conferencia incluya en sus prioridades el ser misioneros?

En el punto 365 del Documento de Aparecida se encuentra la introducción y plan programático de objetivos para la conversión pastoral. Podemos leer en él:

a) “Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, y de cualquier institución de la Iglesia”. No hay parte ni porción de la Iglesia que no quede afectada en la conversión pastoral y la renovación misionera. La propuesta debe impregnarlo todo, como un agua viva que moja, pero no sólo exteriormente, sino que empapa, llegando a la médula de los hombres y mujeres, a la médula de las planificaciones, a la médula de las estructuras eclesiales. Así se trate de una enorme Diócesis o de una pequeña comunidad eclesial de base, todos se ven afectados, porque la misión es responsabilidad de la totalidad del Pueblo de Dios, receptor de la vida en Cristo y transmisor de la misma. Aquí juega un papel importantísimo la tarea de animación misionera, con el objetivo de despertar en los bautizados la conciencia de comunión misionera, de relación íntima tanto con la catequesis de la parroquia como con los misioneros desconocidos en tierras extranjeras. Una constante animación misionera redundará en mayores vocaciones a la actividad ad gentes, aumento de la cooperación espiritual y económica para el sostén de las misiones, comunidades más participativas y más acogedoras, procesos reales de inculturación y preocupación por acceder a los espacios donde aún la Iglesia no ha hecho patente su mensaje. ¿Cómo hacer que todos los hombres reciban el Evangelio si no toda la Iglesia es misionera?

b) “Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera”. La renovación misionera es un proceso, no sucede como un corte transversal que elimina todo lo “viejo” y trae cosas absolutamente nuevas. El proceso implica el cambio gradual, pero firme, que analiza lo que está sucediendo actualmente para rescatar lo bueno y eliminar lo no tan bueno, suplantándolo por algo mejor. Es una tarea de discernimiento comunitario, donde la prioridad está en los receptores de la evangelización, bajo la pregunta sobre qué es lo mejor para ellos, cuál es la mejor manera de transmitirles el Evangelio, cuáles son los lenguajes adecuados para cada cultura. El proceso no puede realizarse sectorizado, determinando un área parroquial misionera y las demás estancadas en su pastoral de conservación, sino que el completo de la Iglesia debe animarse en la misión, reflejando al mundo su vida de comunión y el deseo de participar a todos de esa vida. Así mismo, el proceso de renovación es constante, nunca acaba, y más profundidad adquirirá en la medida en que mayor sea la relación del Pueblo de Dios con la Palabra que lo interpela.

c) “Abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe”. Lamentablemente, y por más doloroso que resulte asumirlo, nuestra Iglesia cuenta con estructuras caducas, vencidas para esta época, estructuras que no permiten la transmisión de la fe, sino que la ralentizan y hasta obstaculizan. La conversión pastoral y renovación misionera, sin dudas, son una llamada a juzgar evangélicamente las estructuras y modificarlas de ser necesario, inclusive eliminándolas cuando el juicio evangélico así lo disponga. La renovación es movimiento, es vida, y la transmisión de la fe también es movimiento y vida, por ende, la quietud o estancamiento no hacen más que detener la cadena de la fe que se transfiere de boca en boca, de acción en acción, de mirada en mirada, de catequesis en catequesis, de liturgia en liturgia, de acción social en acción social. Las estructuras que ayer transmitían la fe, quizás hoy ya no lo hacen, y permanecer en ellas por el capricho de no cambiar o por la inocente concepción de que la transformación de lo tradicional es una especie de pecado, no es en absoluto interpretar los signos de los tiempos. Aparecida propone un cambio, cambiar es difícil, pero nada es imposible para Dios. Si verdaderamente creemos que el Espíritu Santo ha inspirado a los Obispos en la V Conferencia, creemos que es Él quien nos impulsa a la misión, quien nos está solicitando un cambio, quien grita a viva voz que no nos interpongamos a la Palabra, sino más bien que seamos como “una voz que grita en el desierto: preparen el camino del Señor” (Mt. 3, 3).

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