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Vida de las pequeñas comunidades
Todas las comunidades y grupos eclesiales darán fruto en la medida en que la Eucaristía sea el centro de su vida y la Palabra de Dios sea faro de su camino y su actuación en la única Iglesia de Cristo.


Por: Leonardo Biolatto | Fuente: Catholic.net



Las pequeñas comunidades pueden llegar a ser una gran fuente de vitalidad en la Iglesia latinoamericana cuando se mantienen en comunión con sus obispos y se insertan en la vida de las parroquias, teniendo a la Eucaristía como centro y la Palabra como alimento.

Cuando surgieron las Comunidades eclesiales de base, tristemente algunas de ellas se vieron infiltradas por ideologías marxistas y muchos partidos políticos vieron en ellas una oportunidad de multiplicar esfuerzos fácilmente y de tergiversar el Evangelio en ideología.

Por estas razones Aparecida nos dice: “Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructuración eclesial y foco de fe y evangelización. Puebla constató que las pequeñas comunidades, sobretodo las comunidades eclesiales de base, permitieron al pueblo acceder a un conocimiento mayor de la Palabra de Dios, al compromiso social en nombre del Evangelio, al surgimiento de nuevos servicios laicales y a la educación de la fe de los adultos, sin embargo también constató que no han faltado miembros de comunidad o comunidades enteras que, atraídas por instituciones puramente laicas o radicalizadas ideológicamente, fueron perdiendo el sentido eclesial” (DA 178).

Ante ésta pérdida del sentido eclesial, Aparecida aporta como solución: “Manteniéndose en comunión con su obispo e insertándose al proyecto de pastoral diocesana, las CEBs se convierten en un signo de vitalidad en la Iglesia particular” (DA 179).

Las CEBs no deben considerarse a sí mismas una iglesia paralela, sino insertarse en la única y verdadera Iglesia. Deben mirar más allá de sus fronteras, más allá de su pequeñez, proyectándose parroquial, diocesana y universalmente. Esa mirada creará un equilibrio, y un equilibrio de comunión, porque la CEB verá en la parroquia a la comunidad mayor que la congrega junto a otras comunidades y movimientos, verá en el Obispo a su pastor particular, verá en el plan pastoral diocesano líneas de acción que la involucran, y verá en la Iglesia universal al Cuerpo de Cristo del cual forma parte, un Cuerpo inmenso, con muchos miembros, diverso y único, múltiple y unido. Esa mirada que la quita de sus fronteras en pos de la comunión, hará que su vitalidad intrínseca se comparta y se contagie, se regale como don, se comunique.

Hay un punto que destaca Aparecida: “Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la Palabra de Dios como fuente de su espiritualidad” (DA 179).

Las Escrituras son centro y motivo de congregación para estas pequeñas comunidades, porque en torno a la Biblia comparten la cotidianeidad, la confrontan con la Palabra, se dejan iluminar, se dejan examinar, escuchan a Cristo y le responden desde la oración comunitaria. En la Palabra, las pequeñas comunidades no se desentienden del mundo que está fuera de la casa donde se reúnen, sino todo lo contrario, unifican Palabra y vida, encarnan las Escrituras como el Verbo también se hizo carne.

Son Iglesia que, alimentada del Maestro, concretan su misión en el mundo del trabajo, en la familia, en las amistades, en los momentos de ocio, en las instituciones sociales, en la política, en la cultura misma. La Palabra es para las CEB la alegría actual de ser discípulos misioneros.

La relación tan íntima que forjan estas pequeñas comunidades con la Biblia no les permite separar, luego, el discipulado de la misión; escuchan al Maestro y anuncian lo que han escuchado. La misma comunidad, como grupo que se reúne entre vecinos, es foco de luz para su barrio, es la Verdad de la Palabra que se manifiesta entre los hombres y mujeres. Son comunidades vivaces y dinámicas cuando se mantienen en comunión con los obispos e insertos en la pastoral diocesana, porque en la Eucaristía y en la Palabra de Dios encuentran la Buena Nueva de la vida plena, la vida abundante, el manantial de la vida en Cristo.

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