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C - Domingo 3o. del Tiempo Ordinario
Primera: Neh 8, 2-4a.5-6.8-10; Segunda: 1Cor 12, 12-31a; Evangelio: Lc 1, 1-4; 4, 14-21


Por: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net



Sagrada Escritura:

Primera: Neh 8, 2-4a.5-6.8-10;
Segunda: 1Cor 12, 12-31a;
Evangelio: Lc 1, 1-4; 4, 14-21


Nexo entre las lecturas

Tanto la primera lectura como el Evangelio hablan del libro de la Escritura. Esdras, en la primera lectura, lee el libro de la Ley ante todo el pueblo, "aclarando e interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura". En la sinagoga de Nazaret, Jesús se levanta, un día de sábado, para hacer la lectura del volumen del profeta Isaías, que le fue entregado por el sacristán de la sinagoga (Evangelio). Para dar vida a la Escritura y hacerla real, Dios puso en la Iglesia los apóstoles, los profetas, los maestros, el don de lenguas, el don de interpretación..., de modo que la Palabra de Dios sea viva, vivifique y permanezca para siempre.


Mensaje doctrinal

1. La Escritura, libro del judaísmo. Se puede decir que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo son en cierta manera las religiones del Libro. Los judíos tienen la Torah (Revelación de Dios en el AT), los cristianos el Evangelio (Antiguo y Nuevo Testamento), los musulmanes el Corán. Para un pío judío del tiempo de Jesús dos eran sus puntos fundamentales de referencia religiosa: el templo y la Torah. En ambos está presente Yavéh con su benevolencia y su amor. En ambos dialoga con el hombre como un amigo con sus amigos, como se ve en la primera lectura en que el pueblo entero hizo un gran festejo "porque había comprendido las palabras que les habían enseñado". Ambos son camino de salvación no sólo para los judíos, sino para todas las naciones. En el templo estaba permanentemente encendido el candelabro de los siete brazos para señalar la providencia de Yavéh sobre su pueblo. Cada día, cuando el judío oraba, cubría su frente y sus brazos con filacterias para tener siempre presente algunos textos fundamentales de la Torah: Ex 13, 1-10 (ley de la Pascua); Ex 13, 11-16 (consagración de los primogénitos); Deut 6, 4-9 (amor a Dios sobre todas las cosas); Deut 11, 13-21 (cumplimiento de los mandamientos). Cuando en el año 70 d.C. fue destruido el templo de Jerusalén, el pueblo judío se quedó únicamente con la Torah como punto de referencia religiosa y como centro de unificación y de identidad de los judíos dispersos. La Escritura es libro del judaísmo, porque es Palabra de Dios, y porque es el código fundamental de su identidad religiosa y cultural.

2. Jesús, el Libro y el cristiano. Jesús, como buen judío, escuchó y leyó la Torah, escrita y oral, en múltiples ocasiones y celebraciones religiosas. Estaba familiarizado con ella, porque en ella se había educado durante treinta años y en ella se veía reflejado, en virtud de la conciencia que tenía de sí mismo. Por eso, podrá decir sin titubeo alguno en la sinagoga de Nazaret: "Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír" (Evangelio). Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los primeros cristianos, gracias a la mayor comprensión del misterio de Jesús por obra del Espíritu, hicieron de Jesús el libro viviente, el evangelio de nuestra salvación. De este modo, el cristianismo no es principalmente la religión del libro, sino la religión de la persona de Jesucristo, libro siempre vivo que revela a los hombres las vicisitudes y los tortuosos caminos de la historia. En la Escritura cristiana (Antiguo y Nuevo Testamento), se hace presente y viva la persona de Jesús para todos los creyentes. Por eso, los primeros cristianos, tanto provenientes del judaísmo como del mundo pagano, no predican la Torah, sino el Evangelio. Por eso, desde los inicios del cristianismo hay carismas relacionados con el libro de la Escritura: los apóstoles que predican el Evangelio que es Jesús, los maestros que enseñan la continuidad, discontinuidad y superación del Evangelio respecto al libro de la Torah, los profetas que leen los acontecimientos de la vida y de la historia a la luz del Evangelio, libro viviente de Jesús, etc. (segunda lectura). A lo largo de los siglos y milenios, los cristianos se han inspirado y continúan inspirándose en el Evangelio (AT y NT), libro viviente de Jesús, que es para ellos la guía inequívoca de su ser y de su actuar como creyentes.


Sugerencias pastorales

1. Lectura cristiana de la Biblia. Toda la Biblia es cristiana. El Antiguo y el Nuevo Testamento son los dos pulmones con los que respira la fe, la moral y la piedad de los cristianos. Marción, en el siglo II, quiso suprimir el Antiguo Testamento del cristianismo, pero su posición fue rechazada por la Iglesia como herética. En la historia del cristianismo, ha habido creyentes o comunidades cristianas que en ciertos campos de la fe y de la moral se han quedado en el Antiguo Testamento; por ejemplo, en la concepción de Dios o de la justicia, en el rigorismo de la ley, etc. Como no hay alma sin cuerpo, tampoco puede haber Nuevo Testamento sin el Antiguo. Por eso, es muy necesario que los cristianos, ya desde niños, desde la educación básica, nos familiaricemos con toda la Biblia: con el Antiguo y con el Nuevo Testamento. A la vez, es urgente que sepamos leer el Antiguo Testamento "con ojos cristianos", en cuanto que en él ya está presente, en forma velada, el Nuevo Testamento. Porque "toda la Escritura es un solo libro, y ese libro es Cristo", nos enseña Hugo de san Víctor. ¡Qué labor tan grande tienen entre manos los catequistas que preparan a los niños para la primera comunión o para la confirmación! ¡Qué importante que los catequistas de jóvenes y adultos sepan guiarlos hacia una lectura cristiana de la Biblia!

2. La Biblia me lee e interpreta. La Biblia es un libro sagrado, que norma nuestra fe y nuestra vida. Por tanto, no puede ser un libro de pasatiempo o de lectura superficial, no comprometida. La Biblia no es un libro que se lee para conciliar el sueño por la noche. La Biblia es Palabra que Dios me dirige personalmente a mí cuando la leo. Y desde el texto la Palabra de Dios me interpela, me lee y me interpreta. Me interpela, buscando una respuesta a lo que me dice mediante la lectura del texto. Me lee, desentrañando los secretos de mi corazón, y suscitando el deseo de cambio. Me interpreta, dando una orientación segura a mi existencia: a mi modo de ser, de pensar, de vivir, de actuar en el mundo, y moviendo mi voluntad a seguirla. En el supermercado de las interpretaciones, no pocas de ellas deshumanizantes, el hombre corre el riesgo de hacerse con una u otra interpretación equivocadas y dañinas. Es un imperativo, por tanto, para nosotros, los cristianos, dejarnos interpretar por la Palabra del Dios vivo, pues Ella es la interpretación más genuina y auténtica del hombre, en cualquier tiempo o lugar en que éste se encuentre. Los domingos, en la liturgia de la Palabra, ¿escucho la Palabra de Dios con la conciencia y el deseo de ser leído e interpretado por Ella? Como sacerdote, ¿me dejo interpretar por la Palabra de Dios antes de explicarla e interpretarla para la comunidad?


Fallece en Roma el padre Antonio Izquierdo García, L.C.


 

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