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Homilía para la celebración de las exequias XV: Jn 17, 24-26
Por Vicente Díaz-Pintado, sacerdote en las Parroquias de Villarrubia y Las labores (Ciudad Real)


Por: Vicente Díaz-Pintado | Fuente: iglesiaendaimiel.com



(Puede ser acompañada por 2Mac 12,43-46; Sal 102)

La oración por los difuntos

Acogemos en nuestro templo el cuerpo de nuestr@ herma@ N, y os acogemos a vosotros, familiares y amigos que habéis compartido con él/ella su peregrinación Estamos aquí para orar con recogimiento, para ofrecer a N un último testimonio de amor. El/ella, como todos nosotros, sintió la necesidad de ser amad@ y de amar, de corresponder al amor, al ansia de vivir, de descubrir el horizonte de alegría y de paz; su historia ha sido una historia fundamentalmente de amor, de amor a su familia y de amor y simpatía hacia los demás.

Orar, confiada y humildemente, es un modo real de acompañar a nuestros seres queridos más allá de la muerte. Porque la oración es la que nos pone en comunión con Dios; un Dios de vivos y no de muertos.

Eso es lo que hizo aquel israelita por sus compañeros: los encomendó a la misericordia de Dios para que los perdonase y así pudiesen participar un día de la resurrección gloriosa. Lo hemos escuchado en la primera lectura.

Esto es también lo que hizo Jesús la noche antes de su muerte. Pidió al Padre por todos los hombres para que pudiésemos estar con Él, más allá de la frontera de la muerte que Él mismo iba a vencer con su muerte y resurrección. Cuando nosotros ahora rezamos por nuestr@ herman@ difunt@, estamos actualizado aquella oración de Jesús que hemos escuchado en el evangelio: queremos que esté para siempre en la gloria de Jesucristo, ya que desde el comienzo de su vida fue de Jesús, por la fe y el bautismo.

Jesús sólo habla del descanso y del perdón, de la puerta abierta: “Yo soy la resurrección y la Vida”; “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. “Yo soy el buen Pastor y conozco a mis ovejas”. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino prometido”. “Nosotros hemos de gloriarnos-decía San Pablo- en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En él está nuestra salvación, nuestra gloria para siempre”.

Hace falta escuchar los versos de los místicos para percibir aquellas hermosas palabras: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero” afirmaba Santa Teresa. ¿Por qué no pensar que Dios Padre sale al encuentro de su hij@ y le abraza y le coloca el anillo y celebra un banquete en su honor?

Al final de nuestro camino –como también al principio- está Dios. Un Dios que nos acoge, un Dios que nos recibe en Él. Un Dios Padre que nos ha creado por amor y nos salva, en Cristo su Hijo, también por amor. “El nos amó primero y entregó a su Hijo por nosotros para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”.

Esta es la fe de los cristianos. Allí donde algunos sólo descubren el final y la corrupción de la muerte, nosotros descubrimos, con los ojos iluminados del corazón, el inicio de una Vida nueva, glorificada y resucitada en Cristo Jesús.

Oremos, pues, familiares, amigos, fieles presentes. Es un gesto noble, es un gesto cristiano, es un acto de fe, de amistad y de amor para con nuestr@ herman@ N a quien despedimos. Encomendémoslo con confianza a las manos del Padre del cielo, que lo ha amado desde siempre y sigue amándolo en el seno de su Reino.

Es precisamente la fe en Cristo, muerto y resucitado la que da sentido a esta eucaristía que estamos celebrando. La presencia de Jesús resucitado nos da también la presencia misteriosa de todos los que están con Él, como pedimos que esté también nuestro herman@: “Que así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo, comparta también con él la gloria de la resurrección”.

Que la Virgen María, madre de los llenos de fe, interceda por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


Textos para la celebración de las exequias:


 

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