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C - Quinto domingo de Cuaresma
Primera: Is 43, 16-21; segunda: Fil 3, 8-14; Evangelio: Jn 8, 1-11


Por: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net




Sagrada Escritura

Primera: Is 43, 16-21;
segunda: Fil 3, 8-14;
Evangelio: Jn 8, 1-11




Nexo entre las lecturas

Mirad, voy a hacer algo nuevo (Is 43, 19). La novedad es sin duda uno de los puntos salientes de los textos litúrgicos de hoy. El profeta en lenguaje poético, lleno de imágenes sorprendentes y audaces, evoca un nuevo éxodo y una nueva liberación (primera lectura). La mujer adúltera, que trata el evangelio, descubre en la actitud de Jesús una novedad nunca vista, que la libera y transforma. Pablo de Tarso se confronta con la absoluta novedad del misterio de Cristo, y por eso todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él (segunda lectura).


Mensaje doctrinal

1. La vieja novedad de Dios. Algo nuevo puede hacerlo quien tiene en sí la fuente de la novedad. Un poeta tiene en sí la fuente de la poesía, y por eso puede en cualquier momento ser poéticamente creativo. Un genio político puede sorprendernos con su creatividad en cualquier momento de su vida. Un hombre carismático del espíritu puede poner en juego su carisma, incluso cuando menos se pudiera esperar. Esto que acontece con hombres extraordinariamente dotados, ahonda sus raíces en Dios mismo, la novedad por excelencia y fuente de toda novedad. En la historia de Israel la novedad divina no se ha agotado en el gran acontecimiento del Éxodo. Siete siglos después del Éxodo egipcio Dios mueve los hilos de la historia para crear una nueva situación y hacer volver a Jerusalén a los desterrados en Babilonia (primera lectura). Para la pobre mujer sorprendida en adulterio y condenada a la lapidación, debió ser una gozosa novedad la actitud de Jesús para con ella: "¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo te condeno". No menos novedosa debió de ser para los acusadores de la adúltera el comportamiento de Jesús: "Quien de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra... Al oír esto se marcharon uno tras otro, comenzando por los más viejos..." (Evangelio). ¿Quién es éste que se atreve a ponerse por encima de la ley de Moisés? A nuestros oídos, finalmente, suena bastante conocido eso de "la novedad cristiana". Pablo, que la ha experimentado hasta el fondo, la resume así: conocer a Cristo (conocimiento que es fruto de la experiencia de fe), experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su muerte, alcanzar así la resurrección de entre los muertos (segunda lectura). Se puede decir que la historia de la salvación se resume en la historia de las nuevas intervenciones de Dios en vistas siempre de la salvación de los hombres.

2. La novedad divina no parte de cero. Es verdad que ninguna novedad religiosa, política, social o económica parte de cero. Lo nuevo hunde sus raíces en lo antiguo, sin destruirlo, pero asumiéndolo en modo creativo. Una novedad sin raíces se seca y desaparece en poco tiempo. Lo nuevo para que sea fecundo tiene su paternidad en la historia. Tampoco Dios, en las nuevas maravillas que va realizando con el correr de los años y de los siglos, actúa desde cero. Si así fuera no podríamos hablar de una historia de la salvación, sino de acciones puntuales de Dios, desligadas unas de otras, intervenciones de un Dios francotirador que actúa a impulsos, al margen de todo plan. Por eso Isaías ve en la nueva intervención de Dios en favor de los desterrados de Israel en Babilonia no una novedad absoluta, sino un nuevo éxodo, estableciendo así una pasarela entre el pasado y el presente. Jesús con su comportamiento no liquida sin más la ley mosaica, sino que se sitúa por encima de ella y la interpreta en su verdadero sentido: "Vete y no vuelvas a pecar". Las acciones nuevas de Dios en la marcha de la historia de los pueblos y en la vida de cada persona no prescinden jamás de lo que ya se ha construido. El hombre de Dios, el cristiano, es aquél que sabe leer la historia y la vida de los hombres en una continuidad constante, sin rupturas, aunque no sin sorpresas. Por ello, en la visión cristiana de la historia el presente no es sino la unión de dos riberas, la del pasado en el que está enraizada y la del futuro hacia el que se proyecta.


Sugerencias pastorales

1. Sin miedo a la novedad de Dios. El cristianismo desde sus mismos orígenes ha experimentado una sana tensión entre el pasado y el futuro, entre lo nuevo y lo viejo, entre la tradición y el progreso. Aquéllas formas de vida cristiana que logren mantener ambos polos de la tensión serán auténticas. Aquellas otras que, de tal manera acentúen uno de los polos que pierdan el equilibrio, caminan por un sendero equivocado. No tengamos miedo en modo alguno a la tradición, pero tampoco al progreso, a la novedad que Dios va creando en cada período de la historia. La novedad, si es de Dios, trae consigo siempre una superación de lo ya existente. La tradición, si es auténtica, da peso y solidez a las nuevas aportaciones. El cristiano es "como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas" (Mt 13, 52). Dos ejemplos de novedad en nuestro tiempo: la inculturación, los movimientos eclesiales. Son, en efecto, fenómenos nuevos, pero que "vienen de lejos". San Pablo es, en cierta manera, el primer campeón de la inculturación del Evangelio en categorías y mentalidad helenísticas. No cabe duda de que cada época histórica ha debido realizar esa misma labor, hasta nuestros días. Una mayor conciencia del pluralismo cultural, hoy vigente, y el desafío de iluminar con el Evangelio culturas ancestrales ajenas al cristianismo, infunden al proceso actual de inculturación un nuevo rostro. Por otra parte, los movimientos arraigan por igual en los orígenes del cristianismo. Los estudios sociológicos del Nuevo Testamento han mostrado que sea Jesús de Nazaret, sean los primeros cristianos fueron en gran parte predicadores itinerantes, al estilo de los filósofos populares contemporáneos. En la espiritualidad de muchos movimientos eclesiales se halla la intención de "volver a las fuentes", "volver a los orígenes del cristianismo". Sí, sociológica y canónicamente los movimientos eclesiales son algo nuevo en la Iglesia, pero su ascendencia no es de ayer. En la entraña misma del cristianismo está presente la osadía de insertar los nuevos esquejes en el viejo tronco.

2. La novedad siempre nueva. Las novedades humanas, como todas las cosas de este mundo, tienen su ciclo vital desde el nacimiento a la muerte. Son novedad, y dejarán de serlo. Por vía de extinción o de desgaste y decaimiento. La moda es como el escaparate en que se presenta la fugacidad de las novedades humanas. Pero hay una persona, Jesucristo, que lleva la novedad dentro de sí, que es novedad siempre presente sin desaparecer en el pasado y sin perderse en el futuro: Jesucristo, la novedad absoluta, "ayer, hoy y siempre". Vive, eternamente joven, con la vida de quien definitivamente ha derrotado a la muerte. Vive, infundiendo una pujante fuerza de novedad, en quienes le abren su corazón y asimilan su estilo de vida. Verdaderamente Cristo es en todo momento de la historia el Hombre Nuevo, que tiene el mismo mensaje eterno de Dios, pero siempre nuevo y renovador del hombre. ¿Por qué a veces los cristianos somos o nos creemos viejos? Sé siempre nuevo, siguiendo los pasos del Hombre Nuevo.





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