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C - Segundo Domingo de Cuaresma
Primera: Gén 15, 5-12.17-18; segunda: Fil 3, 17-4,1; Evangelio: Lc 9, 28-36


Por: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net




Sagrada Escritura

Primera: Gén 15, 5-12.17-18
segunda: Fil 3, 17-4,1
Evangelio: Lc 9, 28-36





Nexo entre las lecturas


Sugiero como centro unificador de las lecturas el concepto de plenitud. Jesucristo en el evangelio revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los discípulos entre Moisés y Elías; revela igualmente su plenitud más que humana que resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega también a su plenitud la promesa extraordinaria hecha a Abrahán (primera lectura). En la segunda lectura san Pablo nos enseña que la plenitud de Cristo es comunicada a los cristianos, ciudadanos del cielo, que "transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo".


Mensaje doctrinal

1. Jesucristo, plenitud sublime. Sabemos que el término "plenitud" es relativo a la capacidad del objeto o de la persona a que se refiere. Por otra parte, no es sólo un término con valor cuantitativo (capacidad de un vaso o de una jarra), sino principalmente con valor cualitativo (plenitud del amor, de la salvación...). Finalmente, el concepto de plenitud no está al margen de la historia, sino que está íntimamente ligado a ella (plenitud de un ciclo histórico, de un imperio...). Todo lo dicho nos proporciona una ayuda para captar mejor lo que significa decir que Jesucristo es plenitud sublime. Ante todo, su plenitud humana ha llegado al grado máximo en la transfiguración, en la que el resplandor de la divinidad ha penetrado toda su humanidad, y una voz del cielo le confiesa su "Hijo predilecto". En esa misma experiencia de la transfiguración, Jesús alcanza la plenitud de la revelación, concentrada en dos figuras del Antiguo Testamento, representantes de las dos grandes partes en que se dividía la revelación divina: la Ley o tradición escrita, cuyo representante es Moisés, y la profecía o tradición oral, representada por Elías. Jesucristo es el vértice hacia el que se orientaban tanto la Ley como la profecía. Cristo es también la plenitud de la promesa hecha a Abrahán: bendición, tierra, fecundidad. En efecto, el Padre nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en Cristo, nos ha hecho partícipes de un cielo nuevo y una tierra nueva, ha hecho de nosotros un pueblo nuevo fecundado con su sangre redentora. Jesucristo es, igualmente, plenitud de la historia. La marcha de la historia ha llegado a la terminal en la vida histórica de Jesús de Nazaret. Antes de su presencia histórica, todos los acontecimientos marchaban y miraban hacia Él; después de su partida de este mundo, Jesús es el portaestandarte de la historia y los hombres marchan tras él con la conciencia de no poder sobrepasarle en su plenitud humana y divina. Jesucristo, finalmente, llena con su plenitud no sólo la historia, sino también el más allá de la historia. En efecto, la plenitud de Cristo, de la que ya participamos en el tiempo por la gracia, nos inundará y nos dará la plenitud correspondiente a nuestra capacidad de ser hijos en el Hijo. El cielo en realidad no es otra cosa sino la plenitud de Cristo presente en cada uno de los salvados.

2. La plenitud de Cristo nos interpela. Interpela al mismo Abrahán, porque la promesa y la alianza de Dios para con él sólo tendrá el cumplimiento pleno en Jesucristo. Abrahán creyó en Dios, le obedeció y de esta manera abrió las puertas de la historia a Cristo. Interpela a Moisés, cuyo Decálogo anhela, por así decir, su plenitud en la Ley de Cristo, coronamiento del decálogo y de toda ley humana. Interpela a Elías, el fiel intérprete de la historia, como lo serán todos los verdaderos profetas, cuyo sentido más genuino y definitivo será dado por Cristo desde el madero de la cruz y de la salvación; Cristo, en efecto, no es un intérprete más de una parcela de la historia, sino el intérprete último y definitivo de la historia, de toda la historia humana. Interpela a Pedro, Juan y Santiago, a quienes fue concedida una experiencia singular del misterio de Cristo en orden a su misión futura; en ellos nos interpela a todos los discípulos y apóstoles. Interpela a Pablo y a los cristianos que, habiendo sido elevados por Cristo a ciudadanos del cielo, han de vivir en conformidad con lo que son, y no convertirse en "enemigos de la cruz de Cristo". Cristo, de cuya plenitud todos hemos recibido, interpela a todo hombre, porque él es el hombre en plenitud y él es a la vez la plenitud del hombre.


Sugerencias pastorales

1. De su plenitud todos hemos recibido... La plenitud total de Cristo y la participación de todo hombre a esa plenitud no se la han inventado ni el Papa ni los obispos; forma parte de la revelación cristiana. Si a un budista, a un judío, a un musulmán se le pidiese renunciar a parte de sus libros sagrados, o a una doctrina que ellos consideran revelación divina, ¿cómo reaccionarían? ¿Se puede renunciar a algo en lo que el mismo Dios está comprometido? A nosotros, cristianos, se nos pide ser los primeros en mostrar coherencia con la revelación cristiana, que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento. Nosotros, cristianos, por coherencia con nuestra fe, hemos de ser respetuosos con los creyentes de otras religiones, pero hemos de pedir también a los no cristianos el respeto debido a nuestra fe. Sería una buena iniciativa por parte de los cristianos explicar, de modo sencillo y convincente, la pretensión cristiana de la plenitud de Jesucristo: qué es lo que significa, cómo influye en la relación con las otras religiones, en qué manera explica la salvación universal querida por Dios, cómo podemos conocernos mejor unos a otros para evitar así malentendidos, confusión, manipulación... Se habla de diálogo ecuménico, interreligioso, y esto es estupendo, pero, es bien sabido que la base de todo diálogo no puede ser otra sino el respeto de la persona y de la identidad del interlocutor. Digamos la verdad cristiana con caridad, con respeto. Sólo entonces podrá comenzar el diálogo auténtico y fructuoso con quienes busquen y amen la verdad.

2. Una vida transfigurada. La experiencia de Pedro, Juan y Santiago duró sólo un rato. Sus efectos, sin embargo, permanecieron a lo largo de toda la vida. ¿No fue algo inolvidable y eficazmente transformante? En nuestra vida ha habido y podrá haber momentos también de "transfiguración", de experiencia viva y gratificante de Dios. A veces esa experiencia de Dios se prolonga por un tiempo o incluso una vida, pero con no poca frecuencia la intensidad con que se ha experimentado a Dios pasa. Debe, sin embargo, dejar su huella. A esta huella llamo yo "vida transfigurada". En otras palabras, vida de quien ha visto y ve el rostro de Dios en las realidades y acontecimientos de la existencia. Ve el rostro de Dios en ese niño sonriente y activo, como lo ve igualmente en ese otro pequeño minusválido. Mira a Dios en los ojos transparentes de una joven limpia de alma, que ha consagrado a Dios su vida entera; pero lo mira también en los ojos de una prostituta, obligada a ese trabajo forzado para sobrevivir y sostener a sus padres y hermanos. Descubre al Viviente en las especies del pan y del vino, no menos que en las chispas de redención que saltan del pedernal de una conciencia endurecida y pecadora. Todo está transfigurado, porque todo porta consigo de alguna manera la marca original: made in God.






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