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C - Domingo 4o. de Adviento
Primera: Miq 5, 1-4; segunda: Heb 10, 5-10; Evangelio: Lc 1, 39-48


Por: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net



Sagrada Escritura:

Primera: Miq 5, 1-4
segunda: Heb 10, 5-10
Evangelio: Lc 1, 39-48


Nexo entre las lecturas

¿Cuáles son las justas relaciones entre el hombre y Dios? Una respuesta a este interrogante nos viene de la liturgia de hoy. Los textos nos indican principalmente las relaciones de Jesús y de María. Relación de Jesús con su Padre (segunda lectura), con Juan Bautista en el seno materno (Evangelio), con la profecía (primera lectura), con el sacerdocio levítico (segunda lectura). Relación de María con el Espíritu Santo, con Isabel, su prima (Evangelio), y sobre todo con el Verbo (Evangelio).


Mensaje doctrinal

1. Relaciones de Jesús. Ser y existir como hombre es estar y entrar en relación. Las relaciones humanas pueden ser sumamente variadas, pero al final se reducen a tres fundamentales: relación con Dios, con el hombre y con el mundo que lo rodea. A la liturgia interesan las dos primeras relaciones. La relación fundamental de Jesús es con su Padre. Es una relación filial de obediencia: "Yo vengo para hacer, oh Dios, Tu voluntad" (segunda lectura). Es la obediencia de un hijo que trata de agradar en todo a su padre. Esta obediencia filial llegará hasta el extremo del sacrificio. No se puede separar, en el misterio cristiano, la Navidad de la Pasión, la Navidad de la Pascua. Jesús mantiene su obediencia al Padre mediante su relación con la profecía, una relación de cumplimiento. El profeta Miqueas apostrofa a Belén, diciéndola que no será la ciudad más pequeña de Judá, porque en ella nacerá el dominador de Israel. Jesús, naciendo en Belén, lleva a cumplimiento la profecía, en actitud de obediencia a la historia salvífica trazada por el Padre. La relación de Jesús con María es una relación oculta, extraordinaria: La de quien alimenta su fe y se alimenta de su sangre. El Evangelio nos habla, finalmente, de una relación misteriosa de Jesús, en el seno de María, con Juan Bautista, en el seno de Isabel. En la presencia de Dios en la historia, mediante María santísima, llena de gozo al último de los profetas de Israel y representante último y cualificado del Antiguo Testamento, Juan Bautista. Es el gozo mesiánico, que preanuncia la hora de la salvación. La obediencia filial de Jesús, que asume la condición del tiempo y de la historia, fructifica en la alegría redentora que aporta a los hombres.

2. Relación de María. Hay dos relaciones de María, que no aparecen en los textos litúrgicos, pero que están implícitas: la relación con el Espíritu Santo y con el Verbo encarnado en su seno. Sin estas dos relaciones no se explica el episodio de la visita de María a su prima Isabel. La relación íntima y personal del Espíritu Santo con María ha hecho posible que el Verbo de Dios asuma carne y se vaya formando hombre en su seno materno. La relación de María con el Verbo de Dios es extremamente misteriosa y delicada: Misteriosa porque la fecundación de su seno es obra de Dios mismo; delicada, porque está dando a Dios su carne y su sangre, pero sobre todo su amor, su dedicación, su entrega total. La relación de María con Isabel es de servicio. Viene a ayudarla en los últimos meses de embarazo. Viene movida por los lazos naturales, pero sobre todo por el Espíritu de Dios y por el Verbo que siente presente en su seno: un movimiento natural y pneumático, al mismo tiempo. En el canto del Magnificat, María eleva su voz a Dios para alabarle y agradecerle con gozo el misterio que encierra en su seno, a pesar de su pequeñez y de su humildad. ¿Cómo no alabar a quien se ha dignado acudir a ella para llevar a cumplimiento su designio de salvación, y la aspiración más sublime e intensa de los hombres? Por último, en María se lleva a cabo también la profecía de Miqueas: Ella es aquélla que "dará a luz cuando deba dar a luz" al Mesías. La relación de maternidad, a través de la cual se expresa toda la feminidad de María en relación con Jesús.


Sugerencias pastorales

1. Saber relacionarse. En la conversación humana es frecuente escuchar: "Hay que saber relacionarse". Con ello se quiere decir que es bueno tener muchas relaciones, y sobre todo relaciones con gente influyente. La razón es evidente: así se tiene la posibilidad de que se abran muchas puertas en los diversos ámbitos de la vida humana: político, financiero, social, profesional, educativo, religioso...Yo quiero invitar a mis hermanos en la fe y en el sacerdocio a saber relacionarse con personas de extraordinaria influencia: con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; con María santísima, nuestra madre y nuestra reina; con los santos, nuestros hermanos y protectores desde el cielo. Estas relaciones no te dan acceso, claro está, a excelente puesto de trabajo, ni a un negocio redondo. Estas relaciones, más bien ejercen su influjo en tu interior, transformándolo; en tu visión de las cosas y de la vida, haciendo que sea según Dios; en tu relación con los hombres y con las cosas, de forma que esté siempre inspirada por el amor y por el servicio; en tu relación con tu propia historia, convirtiéndola, tal vez, de una historia sin sentido a un sentido con historia. ¡Cuántos bienes nos pueden venir -y podemos obtener para los demás-, si sabemos relacionarnos con Dios, con la Virgen, con los santos! En el campo de la historia es importante saber relacionarse, ¿no lo va a ser igualmente en el campo del espíritu? Bienaventurados los que saben relacionarse, porque serán como un árbol frondoso que dé frutos en sazón: frutos de bien, de felicidad, de salvación.

2. Relacionarse por el Reino. Los cristianos vivimos en el mundo, en el reino de la historia, aunque pertenecemos al Reino de Dios. Y en el reino de la historia no poco cuentan las relaciones humanas. No tenemos por qué despreciarlas. Tampoco hemos de abusar de ellas, poniéndolas al servicio de nuestros intereses egoístas. Hemos de servirnos de ellas para la edificación del Reino de Dios. Hemos de relacionarnos con quienes tienen poder, para que nos ayuden en favor de quienes no sólo no tienen poder, pero ni siquiera alimento, casa, vestido, derechos. Hemos de relacionarnos con los necesitados, para que tomen conciencia de que el Reino de Dios les pertenece y les invita a poner todos los medios para hacer más humana su existencia, más digna, más libre, más feliz. Hay que relacionarse con las fuerzas vivas y poderosas de un pueblo, de una ciudad, de un estado, de un país, para convencerlas, si no lo están todavía, de que son hijos del Reino de Dios en la medida en que utilizan sus fuerzas y su poder en beneficio de los más necesitados. Y una vez convencidos, que pongan manos a la obra. Si todos los cristianos utilizáramos nuestras relaciones para ponerlas al servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría por derroteros más humanos, y más marcados por nuestra fe en Jesucristo. Jesucristo entró en contacto con la historia para instaurar el Reino de su Padre. Después de más de 2000 años, ¿qué hacemos nosotros los cristianos?




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