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La función de los nuncios apostólicos
La diplomacia de la Santa Sede es una búsqueda incesante de vías justas y humanas, teniendo en cuenta, a la vez, los derechos y las responsabilidades de las personas y de los Estados


Por: Card. Tarcicio Bertone | Fuente: www.revistaecclesia.com



Hablar de estos argumentos no es sencillo, y ustedes sin duda lo comprenden muy bien. No son pocas las cuestiones que atañen a la llamada “diplomacia vaticana”, que históricamente ha recibido distintos calificativos, algunos de ellos dictados con cierta precipitación.

Para algunos es como una reliquia del pasado llamada a desaparecer. Otros ven en ella un reflejo de una Iglesia marcada por unas opciones que no responderían a la realidad o a las exigencias de nuestro tiempo. En ocasiones, se la contempla más con la imaginación que con un auténtico conocimiento de la Iglesia y del papel fundamental que, en su corazón, desempeña el Santo Padre, así como sus colaboradores en la Secretaría de Estado y en las Nunciaturas Apostólicas, para hacerse intérpretes y portavoces de aquellas causas que salvaguardan la dignidad humana, la concordia entre las naciones y el justo progreso de un orden mundial que tiene sus bases más sólidas en la paz, la justicia y la solidaridad internacional.

En realidad, la diplomacia de la Santa Sede es una búsqueda incesante de vías justas y humanas, teniendo en cuenta, a la vez, los derechos y las responsabilidades de las personas y de los Estados; el bien de cada hombre que sólo se consigue salvaguardando el bien común. La acción diplomática desplegada por el Papa y sus colaboradores debería ser considerada como una forma privilegiada de comunicación, cuyo fin es favorecer de la mejor manera posible ese bien común y el entendimiento de la comunidad internacional.

Suele ocurrir que al hablar de los representantes pontificios no se tenga suficientemente en cuenta lo poliédrico de su quehacer. Con frecuencia, las opiniones se quedan en lo que concierne a su actividad ante los gobiernos, sin reparar que tienen otros cometidos. Por ejemplo, una de sus misiones básicas es ser heraldos de la palabra y la cercanía del Sumo Pontífice, haciendo presente en todo el orbe su paterna solicitud, estrechando también los vínculos entre el Obispo de Roma, Sucesor de san Pedro, y las Iglesias particulares peregrinas en el mundo, sin olvidar la tarea, cada vez más urgente y decisiva, del diálogo ecuménico e interreligioso.

A este respecto, quisiera citar a un periodista. Me refiero a Joseph Vandrisse, religioso de los Padres Blancos, presentes, sobre todo, en África, el cual fue durante muchos años corresponsal en Roma del diario “Le Figaro”. Decía en una de sus crónicas que la diplomacia del Papa es sencillamente una necesidad, de tal manera que —cito textualmente— “si no existiera, habría que inventarla”.

En efecto, el servicio diplomático de la Santa Sede, fruto de una praxis antigua y consolidada, ha ido vertebrándose paulatinamente a lo largo de las centurias para ser un instrumento que actúa a favor de la libertas Ecclesiae, así como para la defensa de la dignidad de la persona humana y de una sociedad que refleje los más nobles valores de la misma. En este sentido, me place recordar aquí que España es la nación cuya embajada ante la Santa Sede constituye la misión diplomática permanente más antigua del mundo y que su Palacio de la romana Plaza de España, situado frente a la columna de la Inmaculada (verdad que esta nación tanto contribuyó a definir), es, en la Ciudad Eterna, un emblema permanente de dicha realidad histórica.

Para captar de modo genuino la función de los nuncios apostólicos, bien definida en los últimos tiempos por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, es preciso resaltar que no es la propia de unos tecnócratas, ni ha de confundirse con la de los políticos. Los nuncios o los delegados apostólicos —en países que no tienen relaciones diplomáticas plenas con la Santa Sede— son pastores, hombres de Iglesia, formados humana, académica y sacerdotalmente para poder realizar con altas miras su tarea en todos los frentes que la misma abarca.

El número de países representados se duplicó durante el Pontificado del Beato Juan Pablo II, porque en mil novecientos setenta y ocho —al comienzo del ministerio petrino de ese amado Pontífice— eran sólo ochenta y cuatro las naciones que mantenían relaciones con la Sede Apostólica, siendo ahora ciento setenta y nueve. De este modo, la diplomacia del Papa ha alcanzado, en las relaciones internacionales, a una posición de verdadera universalidad.

En este ámbito, la función de la Secretaría de Estado, primera institución en colaborar con el Papa, para asistirlo en su suprema misión, tiene un doble aspecto. Por una parte, su labor tiende a resolver lo que se refiere al servicio cotidiano del Santo Padre; a examinar también los asuntos que trascienden la competencia ordinaria de los Dicasterios de la Curia Romana, fomentando las relaciones con ellos y coordinándolos; y a dirigir la actividad de los Legados de la Santa Sede, en particular en lo que concierne a las Iglesias particulares.

Por otra parte, está al lado del Romano Pontífice en su tarea de continuar, desarrollar e intensificar las relaciones de la Sede de Pedro con los Estados y las Organizaciones internacionales, “para el bien de la Iglesia y de la sociedad civil”, como lo precisa la Constitución apostólica Pastor bonus, de Juan Pablo II, en su artículo cuarenta y seis. De ahí que la Santa Sede se esfuerce cotidianamente en ofrecer su apoyo a la vida internacional, según su propia especificidad, con el fin de que, en todas partes, se respete la dignidad del hombre y se intensifique el diálogo, la solidaridad, la libertad, la justicia y la fraternidad, tanto en el seno de las naciones como en su proyección exterior.

Les puedo asegurar que la diplomacia del Papa trabaja, de forma discreta pero constante, al servicio de muchas realidades, y para salvar vidas y hacer más humana y más llevadera la situación de muchas personas. Esto se hace sin ninguna discriminación, como un servicio para el bien de todos aquellos que solicitan la intervención —o incluso a veces la mediación— del Papa y de sus diplomáticos. Les confieso asimismo que el trato asiduo con los Representantes pontificios y sus colaboradores, muchos de ellos jóvenes sacerdotes, me ha llevado a admirar su entrega generosa, su abnegación y dedicación a cuanto se les encomienda, así como su firme voluntad de tender puentes y facilitar soluciones, en ocasiones a arduas problemáticas y en situaciones tremendamente complejas.

Renuevo aquí lo que dije a los diplomáticos al inicio de mi servicio en la Secretaría de Estado: “Tenemos necesidad de un compromiso universal en favor de los más desheredados del planeta, de los más pobres, de las personas que buscan, a menudo en vano, aquello que necesitan para poder vivir ellos y sus familias. La dignidad, la libertad y el respeto incondicional de todo ser humano en sus derechos fundamentales, en especial la libertad de conciencia y de religión, han de estar entre estas preocupaciones primordiales, pues no podemos en modo alguno desinteresarnos de la suerte y del futuro de nuestros hermanos de toda la humanidad, ni quedar impasibles ante los sufrimientos que desfiguran a la persona humana y que cada día tenemos ante nuestros ojos”.

Se trata de edificar un mundo cada día más humano y fraterno, y, como es propio del espíritu evangélico. Hay que construir un mundo en el que se refleje mejor la compasión hacia el débil o el desprotegido, según la tradición cristiana y las mejores tradiciones religiosas y humanísticas de las diversas culturas. Por ello, el Papa Benedicto XVI no duda en subrayar que “la vida, que es obra de Dios, no debe negarse a nadie, ni siquiera al más pequeño e indefenso, y mucho menos si presenta graves discapacidades”. Por lo mismo, no podemos “caer en el engaño de pensar que se puede disponer de la vida hasta legitimar su interrupción, enmascarándola quizá con un velo de piedad humana. Por tanto, es necesario defenderla, tutelarla y valorarla en su carácter único e irrepetible” (Discurso en la Jornada por la Vida, 4 febrero 2008).

En este contexto, la otra cara de la medalla es más dolorosa. Se trata de poner de relieve cuanto es contrario a la vida, de hacer que desaparezcan esos flagelos que azotan a la humanidad, como la pobreza, el narcotráfico, el terrorismo, la extorsión, la inseguridad ciudadana o cualquier otra clase de violencia. En estos ámbitos, las intervenciones de la Santa Sede han sido y son copiosas y claras. Se pretende verter luz sobre lacras que hieren lo más profundo de la condición humana, ante las que no se puede callar. El elenco es variopinto. A las que acabo de enumerar podríamos sumar el maltrato que la mujer sufre en muchas facetas; no ignoro tampoco los padecimientos de tantos niños o el abandono que asola a muchos ancianos. Son bastantes las regiones del mundo con carencias sanitarias enormes, en donde la miseria, el desempleo, el hambre o el analfabetismo también hacen estragos. Nunca será demasiado todo lo que se haga para que la vida de los seres humanos crezca serena e integralmente, en hogares donde familias fundadas sobre el matrimonio entre un varón y una mujer la custodien, eduquen rectamente y le abran perspectivas luminosas de futuro. Si todas estas raíces se descuidan, si se tildan de vetustas o no se alimentan vigorosamente, el hombre y su armónica convivencia perderán su real consistencia.

Y aquí quisiera salir el paso de una objeción que se suele hacer, cuando el magisterio de la Iglesia aborda algunas cuestiones tan innegociables como la protección de la vida humana, la familia cimentada en el matrimonio o el derecho inalienable de los padres a la educación religiosa de sus hijos. Rápidamente se descalifican sus propuestas, como si se pretendiera imponer la percepción eclesial a todos los ciudadanos de unas sociedades pluralistas. Lejos de eso, en la Iglesia queremos respetar a todas las personas y no tenemos la pretensión de juzgar a quien no comparte nuestra visión. Estamos abiertos a dialogar, pero nuestro servicio a la sociedad y a la verdad nos pide precisamente exponer las razones de nuestras convicciones. Y en este sentido, la Iglesia —como recuerda asiduamente Benedicto XVI— no duda en recurrir a los argumentos de razón en el diálogo con la sociedad. Así lo ha hecho siempre la mejor tradición de la Iglesia que, además de a los contenidos de fe, siempre ha recurrido a los argumentos llamados “de razón”, fundados en el orden natural e inscritos en el corazón humano.

A todo lo anterior hay que añadir los afanes de los representantes pontificios por el fomento de la paz, que sigue siendo un objetivo prioritario de la Santa Sede. Este campo específico se coloca entre el realismo y la profecía. El realismo nos invita a tomar conciencia de la creciente complejidad de las situaciones sociales y de sus conflictos. Y la profecía nos impulsa a no renunciar a lo que, en una primera instancia, podría a veces ser calificado como utópico pero, con mirada atenta y esperanzada, cabe que sea visto como posibilidad real. A pesar de tantas experiencias frustrantes, hemos de creer en una lenta pero irreversible maduración ética de la humanidad. A ella contribuye el respeto a la libertad religiosa, que es vía fundamental para la construcción de la paz, porque —en palabras del Papa— “la paz, de hecho, se construye y se conserva sólo cuando el hombre puede libremente buscar y servir a Dios en su corazón, en su vida y en sus relaciones con los demás” (Discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 10 enero 2011). A la luz de estas consideraciones, se comprende bien que el Santo Padre señale que “no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas” (Discurso al 56 Congreso Nacional de la unión de Juristas católicos Italianos, 9 diciembre 2006).

Por ello, cada día animo a mis colaboradores en la Secretaría de Estado a no desfallecer para propugnar una amplia visión de las relaciones sociales, que incluya el diálogo de la Iglesia con el Estado, que refuerce la colaboración con las instituciones civiles para el desarrollo integral de la persona y su dignidad, que facilite el libre ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia, y que señale el deber de la sociedad y de la Administración Pública para garantizar espacios donde los creyentes puedan vivir y celebrar su fe. En este contexto, la Iglesia pide, en el ejercicio de su misión en el mundo, manifestada en variadas formas individuales y comunitarias, la misma actitud de respeto y autonomía que ella muestra hacia las realidades temporales (cf. Discurso en la Conferencia Episcopal Española, 5 febrero 2009, nº 10).


Extracto del discurso del cardenal Tarcisio Bertone SDB, secretario de Estado de la Santa Sede, al recibir en Barcelona, España, de manos del rey Juan Carlos I, el Premio Internacional Conde de Barcelona. (25 de septiembre de 2012)

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