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El medio es el mensaje
Hugh McDonald retoma el postulado de Marshall McLuhan para hablar de la necesidad de devolver a los medios un rostro humano en el que sus contenidos y no la forma sean el verdadero mensaje evangelizador.


Por: Hugh McDonald | Fuente: VE-MULTIMEDIOS




Todo lo que actúa, actúa con un fin. Es fácil reducir todas las acciones del hombre al deseo de felicidad. El motivo último de nuestras acciones da sentido a todos los motivos intermedios.


Para entender el significado de la frase de McLuhan "el medio es el mensaje", tenemos que recurrir a la filosofía de Aristóteles y Santo Tomás. Marshall McLuhan escribió lo siguiente en una carta a J.M. Davey, asesor del Primer Ministro Trudeau:

«Se ve entonces que mi teoría de la comunicación es tomista hasta lo más profundo. Tiene adicionalmente la ventaja de ser capaz de explicar a Santo Tomás y a Aristóteles en términos modernos. Estamos contentos con cualquier cosa que usemos, tan sólo porque estas cosas son extensiones de nosotros mismos». (15)

El acto del conocimiento humano está ante todo y objetivamente dirigido a conocer las formas de las cosas materiales. Éste es el realismo fundamental del conocimiento humano.

El conocimiento de los conceptos no es el motivo primero del acto de conocer, sino que es a través de los conceptos que conocemos las cosas. Sólo después que conocemos las cosas, podemos reflexionar y preguntarnos cómo conocemos.

Es entonces que tomamos conciencia del rol intermediario del concepto. El concepto es algo que necesariamente se encuentra entre el objeto de conocimiento y el juicio del entendimiento. ´Encontrarse entre´ es ser un medio. Hay más de un medio entre el objeto mismo y el acto de juicio que es la meta final del conocimiento o "mensaje".

En la visión corporal, la luz misma hace de intermediaria, luego la impresión sensorial en el ojo, y finalmente un acto de percibir conscientemente lo que el sentido físico está proveyendo.

En la visión mental, la luz de la mente haciendo conocer las cosas es un medio, como lo es el concepto o la especie en el entendimiento, y luego la mente entabla una relación entre la especie o concepto y la realidad en un acto de juicio.

En este proceso la mente actúa como espejo de la realidad, lo que constituye otro sentido en el que se da un medio en el acto de conocer (16). Es común que estos medios permanezcan ocultos durante el acto objetivo de conocer.

Si alguien dice "Hay fuego en el edificio", no dirigimos nuestra atención al rol intermediario de las palabras y los conceptos, sino al peligro real e inminente, y actuamos consecuentemente.

Sin embargo, cuando conocemos algo, simultáneamente sabemos que sabemos. Esto es lo que se denomina reflexión concomitante, lo que significa que es un acto de reflexión que siempre y necesariamente acompaña el acto objetivo de conocer.

Es el elemento esencial de la conciencia. Normalmente esta reflexión forma el trasfondo del acto de conocer. Normalmente no nos recordamos a nosotros mismo o a otros lo implícito, como al decir "Sé que hay fuego" en vez de "Hay fuego".

La mente o el alma no está siempre consciente de sí misma como separada o distinta de las otras cosas (17). El conocimiento de uno mismo no existe siempre en acto (con la atención dirigida al alma), sino que, a través de la reflexión concomitante, existe siempre en potencia. Cuando el alma ve su acto, se ve a sí misma. Cuando me veo a mí mismo pensando, me veo a mí mismo.

De esta manera, el medio se convierte en el mensaje. Esto nos lleva más lejos al movernos, desde el conocimiento de uno mismo como imagen, hacia el conocimiento de Dios como Aquel a cuya imagen somos creados. A través del acto de reflexión los medios mismos se convierten en el mensaje, y así tenemos las semillas de la teoría de McLuhan sobre la comunicación y sus efectos en las enseñanzas de Santo Tomás.

Marshall McLuhan fue más lejos al afirmar que sin un acto de reflexión no somos conscientes de los diversos medios artificiales de comunicación. La palabra impresa "bandera estadounidense" y la bandera en sí son ambos medios de comunicación.

La palabra impresa, sin embargo, no evoca una reacción emocional en un estadounidense, mientras que la bandera real, o una imagen de ella, sí lo hace. Los medios de comunicación afectan la manera en que recibimos la comunicación, y así los medios mismos portan un mensaje. Podemos encontrar algunos precedentes de esta observación de McLuhan en la tradición filosófica.

Platón cuenta una fábula acerca de la invención de la escritura (18). Cuando el dios egipcio Thot inventó la escritura, presentó su invento al rey de Tebas, esperando ser alabado por un invento que ampliaría el poder de la memoria.

El rey de Tebas, por el contrario, dijo que esta invención provocaría que los hombres pierdan su memoria, pues simplemente escribirían las cosas y se las olvidarían. Asimismo, las palabras impresas pueden caer en poder de cualquiera, quien puede luego repetirlas y aparentar sabiduría sin saber lo que significan.

La palabra hablada viene de la mente del maestro, y cuando el mensaje del maestro no está claro, el discípulo puede preguntarle. Las palabras escritas, sin embargo, no hablan cuando les hacemos preguntas.

Santo Tomás se pregunta si acaso las realidades divinas deban estar veladas por medio de palabras oscuras y nuevas (19). Al enseñar, el maestro debe procurar que el discípulo no aprenda cosas antes de estar listo para ello.

Sus palabras deben ser medidas más bien para ayudar que para estorbar a sus estudiantes. Él tiene además la responsabilidad de evitar que gente de malas intenciones reciba el conocimiento de materias difíciles de entender.

Como dice el Señor: "No deis a los perros lo que es santo" (Mt 7,6). Se puede ser discretos al hablar. Podemos decir cosas al entendido que no le mencionaríamos a las muchedumbres.

Un libro escrito, sin embargo, puede caer en manos de cualquiera, y por eso no es posible evitar por medio del silencio que la verdad sea distorsionada o mal usada. Se pueden expresar realidades difíciles por medio de palabras nuevas, para que incluso si la persona equivocada lee el libro, no haga ningún progreso.

Santo Tomás aborda también la pregunta de por qué Nuestro Señor no puso su doctrina por escrito (20). Dos de los más grandes maestros entre los gentiles, Pitágoras y Sócrates, no escribieron nada.

Lo que se escucha queda grabado en el alma del oyente, y lo que se escribe está para ser leído. Nuestro Señor enseñó como quien tiene autoridad (ver Mt 7,29), no como los escribas y fariseos. Asimismo, la excelencia de la doctrina de Cristo no podía ser contenida en meras palabras escritas, como recuerda San Juan Apóstol cuando dice que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran para contar lo que Cristo hizo (ver Jn 21,25).

Si Cristo hubiese puesto por escrito algo, muchos habrían pensado que no habría más en su doctrina que lo que está contenido en lo escrito. Podría hacerse notar también que no es meramente el número de cosas que Cristo hizo y enseñó lo que no puede ser contenido en meras palabras escritas, sino además la calidad.

Cuando ocurre algo totalmente distinto a cualquier cosa anterior, descubrimos que las palabras que usamos son inadecuadas, pues las palabras evocan imágenes tomadas de la experiencia común.

Con una argumentación similar, Santo Tomás nos enseña que la Nueva Ley no es una ley escrita (21). La Ley de Moisés fue escrita en tablas, pero la Ley de Cristo está escrita en los corazones de los hombres.

La Nueva ley es principalmente la gracia del Espíritu Santo que es dada al fiel de Cristo. Esta ley no es otra cosa que la presencia misma del Espíritu Santo. Las cosas que están escritas en la Sagrada Escritura no son la Nueva Ley en sí, sino que nos disponen a creer en la Nueva Ley, o que nos dan indicaciones específicas acerca de cómo aprovechar la gracia que constituye la Nueva Ley.

McLuhan conjetura que la idea protestante de la sola Scriptura fue el resultado de los nuevos medios de la imprenta. Cuando las Escrituras eran transmitidas en documentos escritos a mano, era fácil entender que el documento es un medio.

Cuando miles de libros podían ser impresos exactamente de la misma manera, este poder técnico impresionó tanto a la gente que idolatraron la tecnología, de modo que el poder de la imprenta parecía tener más autoridad que la autoridad viviente del Magisterio.

Finalmente, Santo Tomás consideró el rol de la música en la comunicación (22). Unas mismas palabras tienen un efecto diferente cuando son habladas que cuando son cantadas.

La música tiene un efecto emocional, tanto para el cantor como para el oyente, y por eso por medio de la música nuestros corazones son remitidos a Dios. Diversas melodías tienen efectos diferentes en las emociones de los que cantan y de los que escuchan, un hecho conocido ya por Pitágoras. La melodía y el modo de cantar es meramente un medio, pero el medio mismo porta un mensaje.




Habetudo sensus y la necesidad de ascetismo
Mientras más necesario sea para la vida humana el objeto de un apetito, más fuerte será tal apetito. Mientras más fuerte sea el apetito, más necesitará el control de la razón. El ascetismo apunta a restaurar la armonía interna del hombre, la que se conoce como la virtud de la templanza.

A su vez, la virtud de la templanza preserva en buen estado la virtud de la prudencia, que es la capacidad de tomar decisiones correctamente.

La prudencia requiere de un conocimiento verdadero de cómo son las cosas, y por ello requiere de la memoria, y a partir de la memoria la prudencia llega a una comprensión correcta de cómo son las cosas.

Estos son elementos cognoscitivos de la prudencia. La prudencia tiene también un elemento volitivo, que es la capacidad de tomar una decisión ni muy precipitadamente, ni muy dubitativamente. La interferencia de apetitos descontrolados puede opacar la memoria y el entendimiento, y puede influenciar indebidamente la acción de la voluntad (23).

Tradicionalmente el énfasis en el ascetismo ha estado en los dos apetitos más íntimamente relacionados con la existencia humana, el apetito por la auto-preservación, que tiene su exceso en la gula, y el apetito por la preservación de la especie, que es deformado en el exceso de la lujuria. El apetito por el conocimiento puede también exceder sus límites racionales y adecuados.

Esto encierra una paradoja. El apetito por el conocimiento parecería ser la razón misma. ¿Cómo podría alguien actuar en contra de la razón al tratar de ser más razonable? La primera consideración que hay que hacer es que el deseo de conocimiento es en un sentido el más fuerte de los deseos humanos.

Analicemos la filosofía eudemonista de Aristóteles, su doctrina de que toda acción humana tiene a la felicidad por causa final. La felicidad no puede ser la mera posesión de algo, pero implica que conozcamos con plena conciencia que poseemos lo que nos hace felices (24).

Aristóteles hace notar también que todos los hombres por naturaleza desean el conocimiento. No tenemos un deseo de conocer simplemente como medio para un fin que no es el conocimiento, sino que la sensación misma nos es placentera. De entre todos los sentidos, dice Aristóteles, la vista es el que nos brinda mayor placer en tanto nos provee de los mayores detalles acerca de las cosas (25).

¿Pero cómo puede el deseo de conocimiento llevarnos por mal camino? San Agustín cuenta la historia de cómo su amigo Alipio asistió a los juegos de gladiadores en Roma, y estaba decidido a cerrar sus ojos en el momento de la muerte del perdedor (26).

Había decidido que incluso si sus amigos habían traído su cuerpo a los juegos, no podrían forzar su mente a disfrutarlo. Cuando la muchedumbre aclamó con voz potente, no pudo resistir, y abrió los ojos, diciéndose a sí mismo que aunque viese el espectáculo, aún así estaría por encima de él y lo despreciaría en su corazón. Sin embargo, en contra de lo que se había propuesto, terminó disfrutando en su corazón del espectáculo.

La verdad es un bien en sí misma. Incluso la verdad acerca de un mal es un bien. La mente busca conocer la verdad, y la relación de la mente con la realidad que se denomina verdad es también el primer y más esencial elemento del conocimiento moral. Como escribió Karol Wojtyla en 1958, cuando era profesor de filosofía:

El principio de que uno debe permanecer en armonía o de acuerdo con la realidad, tanto la realidad objetiva como la subjetiva, en la propia actividad, es la medida del realismo en el conjunto de la filosofía práctica, y en particular en la ética. Las normas éticas se basan en la realidad. La misma facultad de la razón, que a través del conocimiento llega a la realidad misma, define también los principios de la actividad (27).

Cualquier cosa que atropelle nuestra relación cognoscitiva con la realidad objetiva reduce asimismo nuestra capacidad de actuar como agentes morales. Si el uso de los medios electrónicos de comunicación, o incluso de medios más antiguos como los medios impresos, cambia de alguna manera nuestra relación con la realidad objetiva en el acto de conocer, nos encontramos ante una cuestión de índole moral.

Marshall McLuhan tomaba ideas de Aristóteles cuando observaba que la conciencia existe como una proporción o ratio entre sensaciones (28). Aristóteles citaba el saber médico de su época al observar que los estímulos sensoriales son dolorosos comparados con un estado neutral o no-sensorial (29).

Por ejemplo, cuando abandonamos un lugar oscuro, la luz repentina nos es dolorosa. Sin embargo, nos habituamos a cierto nivel de sensación, y por lo tanto caer por debajo de ese nivel o excederlo nos es doloroso. En el nivel más básico, podemos habituarnos a cierta temperatura, o a cierto nivel de sonido. En otro nivel, podemos habituarnos a cierto nivel o calidad de información en nuestra información sensorial.

Si tenemos el hábito de leer periódicos todos los días, y luego nos mudamos a un país extraño o vamos a la selva, la falta de noticias es al inicio dolorosa. Después de un tiempo nos acostumbramos, y luego cuando regresamos al mundo de la información, inicialmente encontramos dolorosa la abundancia de eventos reportados, hasta que nos volvemos a acostumbrar.

Nuestra dependencia de un flujo constante de información proveniente de todos los rincones del mundo representa un problema de adicción, y me aventuraría a decir que puede implicar los mismos mecanismos químicos que se encuentran en la adicción a las drogas.

Los efectos de los medios electrónicos en el entendimiento a través de su efecto en los sentidos pueden ser comprendidos por analogía con otro estado alterado de la conciencia: el sueño. El entendimiento es superior a los sentidos. Las potencias inferiores de los sentidos están ordenadas al entendimiento (30).

De alguna manera, el entendimiento gobierna a los sentidos, pues la voluntad es el apetito del entendimiento. Por medio de la volición, el entendimiento tiene en sí mismo el poder de dirigir su atención hacia los objetos presentados por los sentidos, o de apartarla de ellos. En otro sentido, el entendimiento depende de los sentidos en cuanto a su operación.

Éste recibe los objetos de su atención inicialmente de los sentidos, y los objetos originales en el entendimiento se basan en la cosa sensible. Por ello, cuando los sentidos no funcionan del todo bien, se dificulta la operación del entendimiento (31).

En varias etapas del sueño, la operación del entendimiento es estorbada en diverso grado, en tanto son diversamente estorbados los sentidos externos e internos. En el sueño profundo, la imaginación no funciona en absoluto. En otra etapa, el poder de la imaginación está aún dificultado, pero funciona parcialmente, y pueden aparecer imágenes distorsionadas.

Las imágenes son más regulares en tanto la imaginación funciona más. En el sueño más ligero, el sentido común o unitivo funciona parcialmente, y quien duerme empieza a distinguir entre sus sueños y las cosas reales. Es capaz de percibir la diferencia entre las imágenes del sueño y sus propios pensamientos (32).

Puede asimismo evocar imágenes diversas de las del sueño (33). Pero incluso en la etapa del sueño lúcido, el poder de juicio del entendimiento está obstruido. Una persona que estando dormida trata de razonar según los pasos lógicos de un silogismo, dice Santo Tomás, al despertar siempre reconocerá que hubo alguna falla en su raciocinio. Joseph Keogh teorizó que sus estudiantes que miraban televisión habían en realidad substituido el sueño por la televisión (34).

Cuando aparentemente estaban pensando, el proceso mental no era el proceso lineal y silogístico de un persona letrada. El niño que ve televisión podría contemplar una asociación de ideas en su mente con la misma pasividad con que vería televisión.

La principal apreciación de McLuhan fue que un medio de comunicación tiene un efecto definido en quien lo ve independientemente del contenido de sus mensajes manifiestos. Con respecto a la televisión, la observación de McLuhan fue confirmada por científicos de la General Electric, quienes descubrieron que las ondas cerebrales de un televidente se alteran de la misma forma al ver televisión, sin relación alguna con el contenido visto.

El efecto mensurable de la televisión era el mismo sea que la persona estuviese viendo la programación o los comerciales (35). Los experimentos fueron repetidos por otros que esperaban descalificar la hipótesis de McLuhan de que "el medio es el mensaje", tan sólo para encontrar confirmados los descubrimientos (36). El cerebro reacciona de la misma determinada forma ante la televisión como un medio en general. La variedad de contenido no tiene ningún efecto específico que pueda medirse.

Los activistas muestran a menudo gran preocupación por los efectos morales del contenido de la televisión y de otros medios. Están justamente preocupados acerca de malos modelos de comportamiento y de la alta incidencia de la violencia y la sensualidad sexual.

También están legítimamente preocupados por la manera en que la opulencia retratada en la televisión puede hacer sentir insatisfecha con su condición material a la gente. Reconozco que estas preocupaciones son legítimas, pero la preocupación principal debería estar en el medio mismo.

Los medios electrónicos tienen en sí mismos un efecto narcotizante en quien abusa de ellos. Hoy, cuando los gobiernos y las corporaciones internacionales luchan contra la comercialización de estupefacientes, nadie se siente movido a contrarrestar los efectos negativos de los medios electrónicos.

Los medios electrónicos perturban las relaciones normales de la familia y de la comunidad basadas en el contacto físico y en la proximidad, conduciendo a un sucedáneo de comunidad donde la gente tiene la ilusión de ser como ángeles. La gente en sus relaciones queda reducida a ser piezas de una información desarticulada sin contexto ni substancia.

No distinguimos entre el uso de la morfina como ayuda para la inspiración (Edgar Allan Poe), y su uso como un escape de condiciones intolerables (un usuario en un barrio bajo estadounidense). El uso abundante de tales drogas es peligroso y adictivo en ambos casos. Sin embargo, no aplicamos la misma prudencia con respecto a los medios de comunicación.

El nivel de sensación presente en nuestras vidas afecta nuestro juicio intelectual. Santo Tomás de Aquino habla de dos casos relacionados de debilidad intelectual derivados de un desequilibro en el campo sensorial.

El primero es el entumecimiento del sentido intelectual (habetudo sensus), que se produce por la inmersión en los placeres de la comida. El segundo es la ceguera intelectual (caecitas mentis), que se produce como resultado de excesivos placeres sexuales (37).

El entumecimiento del sentido intelectual todavía deja en funcionamiento al entendimiento. Sin embargo, lo que un corazón puro puede percibir rápidamente, el de sentido entumecido tiene que esforzarse por verlo. Su entendimiento carece de poder de penetración. En el caso de la ceguera intelectual, el entendimiento es completamente incapaz de considerar las realidades espirituales.

Apliquemos esto al efecto de los medios de comunicación. Ellos sirven para proveernos de mayores cantidades de información. Esto se ve claramente en los medios impresos, pues la cantidad de información difundida por medio de libros y periódicos es mucho mayor que la que uno podía aprender por medio de la conversación en una sociedad pre-letrada.

Pero se ve más aún en el caso de los medios electrónicos, donde no sólo somos provistos del mundo por medio de símbolos, sino que somos provistos de las sensaciones auditivas y visuales del mundo entero. Los medios no seguirían creciendo si no se diese un inmenso apetito de conocimiento. Y tal como se da hoy en día, ese apetito se encuentra desordenado.

Si la verdad es un bien, e incluso la verdad acerca de las cosas insignificantes o malas es un bien comparado con la falsedad acerca de las mismas cosas, ¿cómo entonces puede la verdad representar un peligro? La mente humana tiene como fin conocer la verdad. Aristóteles enseñó que cuando conocemos algo, de alguna manera nos hacemos ese algo, y de alguna manera hacemos ese algo (38).

El conocimiento es la existencia del objeto conocido en el sujeto que conoce, en el cual el objeto forma o informa al sujeto como conocedor. Cada persona tiene una sola mente, y esa mente pude conocer sólo una cosa a la vez.

Si pensamos varias cosas a la vez, es tan sólo porque las hemos aprehendido como una cierta unidad, como cuando al conocer el todo de alguna manera confusa conocemos las cosas que se encuentran enlazadas en una unidad relacional (39).

En el conocimiento mismo se da una jerarquía de valores. El valor más elevado es el conocimiento de Dios, y los demás valores relacionados al conocimiento se encuentran por debajo de él. Una mente distraída en asuntos menores no puede conocer a Dios.

Podemos extraer de esto algunas conclusiones prácticas. En primer lugar, es necesario hacernos conscientes del efecto de cualquier medio en nuestra relación cognoscitiva con la realidad, y de su efecto en nuestros apetitos.

En segundo lugar, debemos reconocer que la tecnología es algo bueno en sí mismo, pues forma parte del mandato de Dios al hombre de someter la tierra. Pero debemos reconocer que si nos vamos a fiar de la tecnología para resolver todos los problemas humanos, nos estamos convirtiendo en idólatras. La idolatría pone al hombre en un nivel inferior al del ídolo, y esto trae como resultado un desorden personal y social.

En tercer lugar, el uso correcto de la tecnología significa que debemos además contrarrestar sus atracciones. La tecnología de las comunicaciones atañe al apetito más fundamental del hombre, el apetito de su auto-realización por medio del conocimiento. Sin embargo, la mera cantidad de información puede distraernos del conocimiento que tiene verdadero valor.

La actitud más peligrosa es la de aquél que se sienta ante el televisor o la computadora sin una actitud crítica.

Puesto que la máquina está encendida, éste adopta una postura pasiva y receptiva. Las prácticas cristianas del ayuno y la abstinencia son tal vez fácilmente comparables con la limitación consciente de nuestro uso de los medios, y ésta es necesaria para la salud mental y moral.

Hugh McDonald
(http://www.vaxxine.com/hyoomik/), nacido en 1956 en Canadá, es Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Lublín (Polonia). Actualmente se dedica a la traducción al inglés de obras de la Escuela de Filosofía de Lublín, a la enseñanza en la Universidad de Niágara y a la reflexión filosófica.
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Notas

15. Letters of Marshall McLuhan, seleccionadas y editadas por Matie Molinaro, Corinne McLuhan, William Toye; Oxford University Press, 1987. El trasfondo tomista y aristotélico del trabajo de McLuhan es tratado brevemente en Brigid Elson, In Defence of the Human Person: The Christian Humanism of Marshall McLuhan, en The Canadian Catholic Review, mayo de 1994.

16. Ver Santo Tomás de Aquino, De veritate, q. 18, a. 1, ad 1.

17. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, q. 93, a. 7, ad 4.; ver también de él mismo, Expositio super librum Boetii de Trinitate, q. 1, a. 3.: Santo Tomás enseña que los medios en el acto de conocer no están en sí mismos, aparte de los demás objetos, abiertos a la inspección directa. Nadie entiende que entiende a menos que primero entienda alguna otra cosa que es inteligible. No podemos conocer acerca de la luz de nuestra mente a menos que primero estemos viendo algo más en esa luz.

18. Ver Platón, Fedro, 274-275.

19. Ver Santo Tomás de Aquino, Expositio super librum Boetii de Trinitate, q. 2, a. 4.

20. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 42, a. 4.

21. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 106, a. 1

22. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 91, a. 2.

23. Ver Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976

24. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, III, c. 25-37; Summa theologiae, I-II, q. 1-4; Aristóteles,

25. Ver Aristóteles, Metafísica, I, i. 980a 22 - 980b 1.

26. Ver San Agustín, Confesiones, VI, 8.

27. P. Karol Wojtyla, Elementary Etyczny [Introducción a la Ética], Znak, Cracovia 1979, una colección de artículos que aparecieron en el Tygodnik Powszechny [Semanario Católico entre 1957 y 1958. La traducción al inglés es del autor.

28. Ver Aristóteles, De Anima, II, ix-x. 422a 20 - 424a 35; McLuhan, Understanding Media, cap. 4 "The Gadget Lover".

29. Ver Aristóteles, Ética a Nicómaco, VI, xiv. 1154b 6-10.

30. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I, q. 65, a. 2.

31. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 8, ad 1.

32. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 8, ad 2.

33. Ver Aristóteles, De somniis, I, 458b 15-20.

34. Ver Barrington Nevitt y Maurice McLuhan (eds.), Who Was Marshall McLuhan, Comprehensivist Publications, Toronto 1994, p. 63.

35. Ver Letters of Marshall McLuhan, seleccionadas y editadas por Matie Molinaro, Corinne McLuhan, William Toye; Oxford University Press, 1987: "Letter to Hugo McPherson, Professor of English at McGill", 1970. En la carta, McLuhan se refiere a descubrimientos que fueron publicados luego en el Journal of Advertising Research, Vol. II, n. 1, febrero de 1971, "Brain Wave Measurement of Media Involvement".

36. Ver The Global Village, cap. 3 "Plato and Angelism".

37. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 15, a. 1-3; q. 46, a. 1-3.

38. Ver Aristóteles, De anima, III, v-vi, 430a 10-20.

39. Ver Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 4






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