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P. Agustín Agustinovich, un enamorado de los Cursillos de Cristiandad
Dedicó buena parte de su vida a Cursillo como director espiritual, además de legarnos una cuantiosa bibliografía formativa


Por: Antonio Gucek | Fuente: MCC Los Teques



Hablar de este santo varón realmente me llena de emoción sincera, porque además de unirnos lazos de amistad, nos unen asimismo lazos de sangre al ser paisanos (mis padres también son de Croacia, y yo fui criado totalmente en una atmósfera croata, aunque nunca conocí la tierra de mis padres, muchos nacido allí consideraron que yo era tan oriundo de aquellas tierras como ellos). En esa afinidad de costumbres, de comidas, de folklor, de canciones y de idioma, conocí a mi llegada a Venezuela (1977), al padre Agustín Augustinovich, del cual mis paisanos croatas me explicaban que era el que le daba unos “Retiros Espirituales” a obispos, curtas y que se yo a cuantas personas más. Lo conocí en una misa dedicada al hoy Beato croata Cardenal Alojzije Stepinac, mártir de la iglesia durante los crueles años de la Yugoslavia de Tito y sus secuaces comunistas. El Padre Agustín realmente me conmovió con sus referencias al Cardenal Stepinac, y su conocimiento profundo del personaje ya que el llegó a tratarlo en los años previos a la segunda guerra mundial.

Nació el P. Agustín en un pueblito croata llamado Gornja Skakava, en el año de 1917.(plena primera guerra mundial). Su formación escolar se desarrolló en lo que en aquel entonces se denominaba Reino de Servios, Croatas y Eslovenos, posteriormente Yugoslavia(que significa solamente “Países Eslavos del Sur”) una unión política forzada por los vencedores de la primera guerra mundial en su desmembramiento del Imperio Austro-Húngaro.

Su vocación sacerdotal nació a muy temprana edad, ya que ingresa al seminario a la edad de doce años. Con el tiempo se va afirmando esa vocación y cursa estudios junto a los Franciscanos en Bosnia, pasando luego a estudiar en la provincia franciscana croata de Dalmacia.

Una curiosidad, descrita por el propio P. Agustín en uno de sus libros, De Orilla a Orilla (una especie de autobiografía sumamente agradable en su lectura), es la referencia a como llaman los Bosniacos a “sus” franciscanos. Mientras en muchas partes de Europa se los llama “Fray” o “Fra”, al igual que a otros sacerdotes se les antepone el “Don”, a los frailes bosniacos se les dice “Tío”. Esta singularidad tiene su razón de ser en que durante la dominación otomana en Bosnia y Herzegovina, (que duró algo así como 500 años),no se permitía la difusión de la fé católica, y los únicos que asumían el riesgo de evangelizar fueron precisamente los franciscanos, disfrazados a la usanza turca y con sendos bigotes mostachos o barba y turbante o un “fez” en la cabeza. Así iban de casa en casa propagando la Palabra de Dios. Cuando en alguna ocasión los soldados turcos allanaban una vivienda, y se encontraban con algún tipo extraño, los residentes de la vivienda decían que era su “Tio”(cura franciscano camuflado), y así quedó con el correr de los siglos el cariñoso y “Salváje”(como diría el P. Agustín), apelativo de ”tío”(y así lo fue para mi).

Una vez ordenado sacerdote, y con muchos estudios a cuestas, es enviado en plena segunda guerra mundial (ya para ese entonces existía la República Independiente de Croacia), a Roma donde continúa entre bombas y cañones y todo el horror que esto significó para millones de personas, sus estudios donde se graduó con honores, obteniendo su doctorado en Teología. Permaneció en Roma desde 1942 hasta 1947.

En 1947, y a raíz de haberse impuesto “La Yugoslavia de Tito”,(en la cual se persegúia a los sacerdotes) emigra a Tierra Santa donde enseña en el Instituto Bíblico Franciscano de Jerusalén., de allí nace su inmensa pasión por conocer “in situ” todo lo relativo a “Jesús” al cual amó hasta el último momento de su existencia. Allí recorrió paso a paso todos los lugares santos y escudriñó cual ratón de biblioteca todo lo referente a nuestro Salvador, convirtiéndose (quien lo duda), en una autoridad sobre la materia.

Pero la mala suerte lo persigue…nace durante una guerra, padece durante la guerra de liberación de Croacia, se cala la segunda guerra mundial, luego la guerra entre israelíes e ingleses, y finalmente la guerra árabe-israelí.

Poco antes de 1952 decide que su vida debe dar un rumbo, se acrecienta en el deseo de servir “a la franciscana” o sea de una forma mas personal y efectiva a sus semejantes y luego de mucho pensar, consigue un destino misionero en Venezuela, en un pueblito denominado Capaya en el Barlovento venezolano (tierra ardiente y del tambor, dice la canción). Barlovento es un lugar poblado mayoritariamente por buenas gentes de ascendencia africana, con un mezclote de costumbres que se remontan a su pasado especialmente africano, con una ligazón de costumbres indígenas y españolas. A ese pueblo se dirigió vía Beirut, el P. Agustín.

Como inmigrante sé lo difícil que puede ser adaptarse a otro país (y eso que yo emigré de Argentina para Venezuela, o sea sin problemas de idioma – salvo los “localismos” típicos de cada pueblo -). El P. Agustín (dominaba para ese entonces los idiomas Croata, Italiano, Francés y Alemán, además del latín y conocimientos del Hebreo y del idioma Árabe, ya que por sus investigaciones en Tierra Santa hubo de recurrir muchas veces a estos dos idiomas). Este “intelectual” de ley, llegó a este pueblito perdido de la mano de Dios (como dirían muchos), allí poco a poco se fue aclimatando y recién al año de su estancia en Capaya, logra dar su primer sermón (antes de esto los leía de un librito preparado para tal fín). Su aprendizaje del “idioma venezolano” con tintes barloventeños, tuvo mucha influencia “tomando el té” en las tardes con la madre del telegrafista local, una señora muy aficionada a tal infusión, y con la cual con franciscana paciencia aprendió poco a poco el idioma.

Hablar de todo lo que pasó el P. Agustín en Capaya no es necesario ya que en su autoiografía “De orilla a orilla”, está todo bien explicado y quien desee puede consultar en ese pequeño libro. Pero es interesante resaltar el tremendo choque cultural y las gigantescas diferencias del entorno, con lo que hasta entonces el P. Agustín había vivido y conocido.

Posteriormente y gracias a su labor incansable, es trasladado a la parroquia de Caucagua, cercana a Capaya y por la misma zona de Barlovento. Allí ejerce su ministerio hasta 1969, año en el cual Mons. Bernal (su obispo para ese entonces, lo traslada a un hermoso pueblo en los “Altos Mirandinos”, llamado Carrizal.


CURSILLOS

Mención especial y profundo cambio en su vida pastoral cotidiana, representaron los Cursillos de Cristiandad para el P. Agustín Augustinovich. Lo digo y lo sostengo, porque en sus últimos años de vida, y en sus últimos años como párroco, mi esposa Mirjana y yo formamos parte de un Equipo (grupo) en la parroquia San Juan Bautista, donde nuestro P. Agustín era Párroco. Vivía, sentía, y respiraba cursillos. Dedicó buena parte de su vida a Cursillo como director espiritual, además de legarnos una cuantiosa bibliografía formativa, mucha de la cual fue traducida a otros idiomas. La mayoría de estas obras fue publicada por Ediciones Trípode, contándose entre sus obras solo por citar algunas: La Historia de Jesús (volúmenes 1 y 2), Líneas bíblicas del Movimiento de Cursillos, El Hombre roto, Rabunni, y últimamente el Diccionario de los Evangelios, el Diccionario de los Hechos de los Apóstoles, y prácticamente acabado poco antes de su muerte (no llegó a verlo publicado) el Diccionario del Apocalipsis.

Cito aquí extractos del capítulo que en su libro “De Orilla a Orilla hace el P. Agustín en relación a Cursillos:

...Yo había oido hablar de los Cursillos de Cristiandad como de algo nuevo y muy raro en la vida de la Iglesia, pero como estaba ocupado con tantas cosas, no me interesé en el asunto.

Fue en enero de 1965: se me presentó una pareja que quería hacer Cursillo, pero que en Caracas no los aceptarían si su párroco no se comprometía a hacerlo. Era comprensible: no se podía dejarlos solos a la intemperie.

...Yo lo hice en febrero de 1965. Como rector estuvo Ernesto Faría y como irector Espiritual mi querido P. Hermógenes Castaño. Todavía conservo la foto de aquel cursillo, ya amarillenta.

...Sali fascinado.

...Y comprendí que se trata de un valioso instrumento de apostolado en nuestro medio. Ya se sentpía la necesidad – y a raíz del Concilio se sentirá imperiosamente . de pequeñas células vivas dentro de la Iglesia, de seglares concientizados y comprometidos, que desde su propio sitio de vida fueran penetrando en la gran masa informe de bautizados.


Mas adelante cita: El nivel intelectual era proporcionado al ambiente general, así que su principal efecto apostólico era el testimonio de vida... En un pueblo donde todo el mundo está emparentado o empadronado, donde todos se conocen , era insólito ver que una gente que nunca antes iba a misa, ni se confesaba, cumplía ahora estrictamente sus deberes religiosos...

...Sobre todo una nueva vivencia de pertenencia a la Iglesia.

...Desde el principio y hasta hoy, quedé ligado al Movimiento de Cursillos y a todas sus actividades, dentro de mis posibilidades.


Varias fueron (y siguen siendo) las razones de esta inclusión.

-Desde lo afectivo, mi gratitud al Movimiento por todo lo que he recibido de él como persona, como sacerdote y como párroco. ¡Mucho!...

-Tenía cierta preparación para ello y me parece que todo lo que contribuya para el Movimiento en el plano nacional, o diocesano, o parroquial es un trabajo en pro de la Iglesia, esté donde esté.

-Pero creo que el factor decisivo fue siempre ese “implacable gallego”, que se llama el P. Cesáreo Gil, asesor nacional (hasta hace poco), del Movimiento. Refinado Chantajista que desde que me conoció siempre supo extorsionar lo que se proponía. Entre otras cosas, a su insistencia machacona se le deben todos mis libros en castellano.

Recuerdo de manera especial como nació el primero. Un día me dijo que necesitaba un artículo sobre las líneas Bíblicas del Movimiento de Cursillos. No había manera de evitar la promesa. Pero cuando me puse a ver un poco más de cerca el asunto, me dí cuenta que el tema no cabía en un artículo, si se quería algo medianamente decente…¿Pues nada, un libro!. Y así salió con el mismo título (Salamanca 1970). Lo terminé en Caucagua, completando solo los índices aquí en Carrizal.

Sobra decir que ahora estoy agradecido a los chantajes de mi buen amigo. (fin de las citas).

De Cursillos salió “fascinado”, y fue tal la hermandad y amistad con su Director Espiritual, el P. Hermógenes Castaño (uno de sus amigos y compañeros intelectuales hasta el último momento de su vida, ya que fue el que lo confesó en su lecho de muerte, y quien nos transmitió sus últimos pensamientos…”Quiero morir amando a Jesús, así como lo he amado durante toda mi vida…Que hermosa es la Luz que se me avecina).

Trabajando en Cursillos desarrolló (quien lo duda), junto a sacerdotes de la valía del padre Cesareo Gil Atrio (quien trajera los cursillos de cristiandad a Venezuela); al mismo P. Hermógenes Castaño, y a tantos otros santos sacerdotes y santos seglares una labor fecunda en el apostolado y en la conversión de muchas almas. Muchas personas que hicieron cursillo donde el P. Agustín actuó como instrumento de Dios, son hoy día valiosos sarmientos que dan maravillosos frutos en la iglesia católica. Muchas de estas personas marcaron incluso la vida del P. Agustín, recuerdo una vez que le pregunté como el “tan intelectual” se rodeaba de gente maravillosa, humilde y sencilla, y el me contestó que “el pueblo es sabio dentro de su sencillez” y de allí el aprendía y se nutría. Aún hoy Mirjana y yo vivimos y convivimos con esas personas que durante años compartieron con este santo sacerdote. Yo particularmente lo recuerdo en mi clausura de Cursillo, en ese encuentro jubiloso con los del cuarto día, su sonrisa y sus palabras de aliento para con nosotros.

Como buen franciscano sabía dar y compartir, así compartió sus actividades de párroco, de literato y de cursillista con una labor junto a las Hijas de la Natividad de María, Instituto Secular nacido por tierras “Galegas” en el barrio de Atocha, en la Coruña, España. Fundado por Don Baltasar Pardal (1886-1963). Muchas de las religiosas de vida consagrada de este Instituto, llegaron allá por 1956 a Caucagua, trabajando hombro a hombro con el P. Agustín quien fue un sacerdote profundamente ligado a la Grande Obra de Atocha. Precisamente esta congregación de hermanas lo cuidó y ayudó hasta su último suspiro, especialmente la Hermana Flora Rodríguez Barral (actualmente de regreso a sus tierras gallegas), una maravillosa mujer que fue como una hija para el P. Agustín. Con ellos dos puedo decir que compartimos hermosos momentos de fraternidad y cariño. Ese ser más amigos y ser más cristianos lo vivimos con toda intensidad, ya sea en paseos, en almuerzos “comiendo morcillas”(uno de los manjares predilectos del P. Agustín). Recuerdo una vez almorzando en un restaurante de carnes en la Av. Panamericana , al P. Agustín “pasándose un poco de su frugal dieta” o sea “Dándose un atracón de morcillas”, en ese momento Mirjana le preguntó ¿Dónde queda el Pecado de la Gula, Padre?, el contestó...¡Qué pecado ni que ocho cuartos!¡Cónchole!... Esto no es ningún pecado... ¡Esto lo que está es sabroso!

Dos años antes de su muerte supimos que tenía cáncer, el cual supo combatir con entereza y estoicismo, en interminables sesiones de quimioterapia y radioterapia, siempre con una total entereza, se enfrentó a la enfermedad y la venció. Lo malo es que se le manifestó nuevamente el cáncer en otra parte de su anatomía, el cual no pudo vencer, y a la edad de 81 años, un 24 de julio hace ya cinco años, este maravilloso franciscano, entregó su alma a Papa Dios con las palabras:

Qué hermosa es la luz que se me avecina


PAZ A TUS RESTOS, VIEJO QUERIDO.


 

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