Carta del director general de la Legión de Cristo y del Regnum Christi para la Cuaresma 2010
Por: P. Álvaro Corcuera, L.C | Fuente: http://www.regnumchristi.org

Miércoles de ceniza, 17 de febrero de 2010
A los miembros y a los amigos del Regnum Christi con ocasión del inicio de la Cuaresma
Muy estimados en Jesucristo:
Les escribo con mucho gusto, aprovechando este momento para agradecerles de corazón sus oraciones, su cercanía, su testimonio de vida cristiana y su entrega a Dios y al prójimo, que son un signo de la presencia del Espíritu Santo en sus almas. Es una bendición estar con cada uno de ustedes y compartir, como hermanos de una misma familia, las experiencias que nos van uniendo al amor de Jesucristo que guía nuestras vidas.
El inicio de la Cuaresma me ofrece otra oportunidad para escribirles sobre las diversas virtudes que encontramos en el evangelio y que van configurando nuestras vidas. Este período litúrgico es un momento de oración, penitencia y obras de misericordia según la tradición de la Iglesia. Acompañamos a Cristo que sube a Jerusalén y nos tiene tanto amor y confianza que nos invita a seguirlo íntimamente por el camino de la cruz, mirando siempre hacia la Resurrección. Nuestra vida es un continuo via crucis, en el que vamos recorriendo con Él cada estación de la cruz, acompañándolo paso a paso, movidos por la fuerza del amor.
En este contexto, quisiera aprovechar para reflexionar con ustedes en un aspecto central de la espiritualidad cristiana: la misericordia. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Yo creo que esta quinta bienaventuranza es un resumen de todo el evangelio.
La fuente de la misericordia
Dios es la fuente de la misericordia. El Padre se ha compadecido de nuestras miserias y nos ha enviado a su Hijo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Y Jesucristo fue el rostro mismo de la misericordia durante su vida terrenal: perdonaba, curaba, daba de comer, y sobre todo murió en la cruz y resucitó por nosotros. De este modo podemos contemplar cómo «en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia» (Juan Pablo II, Dives in misericordia,n. 2).
















