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Bio-terrorismo: ¿qué podemos hacer?
Cada uno está llamado a ocupar su lugar para conseguir el desarrollo de la paz


Por: Alberto Villar |



La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.

En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera previsibles.

Ha nacido así una mentalidad contra la vida, como se ve en muchas cuestiones actuales...


Estas palabras de Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris consortio, vienen hoy a nuestra mente ante la amenaza del bio-terrorismo o guerra bacteriológica. El horror que todo esto representa sólo se ve superado por la posibilidad de que individuos o naciones tomen en consideración estos recursos para atacar a otros.

En los pasados días, todas las noticias nos han hablado de la probabilidad de una guerra silenciosa, con armamentos biológicos, es decir, bacterias, virus y otros agentes vivos que pueden ser contagiosos y reproducirse, convirtiéndose así en una forma masiva de exterminio. Después de la firma del desarme nuclear, se ha evidenciado la creciente preocupación por normar al respecto y combatir este nuevo estilo de terrorismo: el bio-terrorismo.

El bio-terrorismo parece tener sus bases en las grandes diferencias étnicas que existen en el mundo, las diferentes guerras internacionales y por ser una nueva y lucrativa forma de conseguir grandes sumas de dinero, sin olvidar que el fin último del terrorismo es mejorar el poder de destrucción masiva de sus armas para lograr imponer o hacer surgir sus ideologías. (bioplanet)

No se puede justificar la violencia de estos actos, aún cuando la violencia esté justificada en caso de guerra justa o defensa personal (Catecismo de la Iglesia Católica, 2307 ss.). Por más silenciosa que sea, es un acto externo de fuerza sobre los demás, en el que se ejerce más violencia de la necesaria, realizado por odio, ira o venganza. No es un acto de legítima defensa, ni el que lo utilice un inocente.

La Iglesia tiene también confianza en el hombre, aún conociendo la maldad de la que es capaz, porque sabe bien que hay en la persona humana suficientes cualidades y energías, y hay una "bondad" fundamental, porque es imagen de su Creador, puesta bajo el influjo redentor de Cristo, "cercano a todo hombre", y porque la acción eficaz del Espíritu Santo "llena la tierra".

Por tanto, no se justifican ni la desesperación, ni el pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza conviene decir que, así como se puede pecar por egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede faltar también por temor, indecisión, y en el fondo, por cobardía. Todos estamos llamados, más aún obligados, a afrontar este tremendo desafío...

Y ello porque unos peligros ineludibles nos amenazan a todos: una crisis económica mundial, una guerra sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante semejante amenaza, la distinción entre personas y países ricos, entre personas y países pobres, contará poco, salvo por la mayor responsabilidad de los que tienen más y pueden más.

Pero éste no es el único y principal motivo. Lo que está en juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia. El panorama actual -como muchos ya perciben más o menos claramente-, no parece responder a esta dignidad. Cada uno está llamado a ocupar su lugar en esta campaña pacífica que hay que realizar con medios pacíficos, para conseguir el desarrollo de la paz, para salvaguardar la misma naturaleza y el mundo que nos circunda. También la Iglesia se siente profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito final espera.
(Carta encíclica Sollicitudo rei socialis, del Papa Juan Pablo II, 30 de diciembre de 1987).

¿Cómo poner esto por obra? Con la educación de los hijos en la paz y en la concordia, con el estilo personal de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas, con la propia actuación a nivel nacional e internacional -en la medida de lo posible- y con la oración personal y en familia.




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