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El cristianismo, camino de unidad y paz
Necesitamos corazones que se unan en el trabajo por la paz, por el perdón, por la justicia.


Por: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net



La televisión nos pone continuamente ante guerras y ataques terroristas que destruyen familias, arruinan empresas, quebrantan corazones y nos dejan con una angustia profunda y un sinfín de interrogantes.

Todos deseamos un mundo mejor, donde reine la paz y la justicia. Pero nos encontramos continuamente ante el drama de la muerte de miles de personas, asesinadas simplemente por quienes quieren sembrar el pánico en el mundo entero.

Ante esta situación, no faltan voces que acusan a las religiones como fuente de división, de luchas, de guerras.

El mundo sería mejor, dicen algunos, si dejásemos de lado lo que nos separa y si construyésemos sobre lo que nos une, que normalmente coincide con la razón, con lo evidente, con lo que se puede demostrar en un laboratorio o en un discurso lleno de lógica y de sensatez. La religión, según ellos, sería algo subjetivo que nos divide. Para recuperar la unidad perdida, habría que dejarla archivada en el baúl de los objetos inútiles.

La cosa se hace más grave al constatar cómo algunos grupos que se autodeclaran religiosos empujan, por sus mismas ideas, a conflictos y enfrentamientos, grupos que son realmente peligrosos. Pero existiría un peligro común en todas las religiones, según pensadores de importancia: creer que poseen la verdad.

En efecto, muchos están convencidos de que la verdad no puede estar en dos afirmaciones contrarias. O Dios es trino, como dicen los cristianos, o Dios es no es trino, como dicen los musulmanes. De aquí surgen discusiones, conflictos y, según diversos analistas, guerras. En otras palabras, parece imposible que puedan convivir dos religiones “absolutas”, dos religiones que levanten la bandera de la verdad y que declaren equivocados a los que están bajo otra bandera distinta...

El problema es serio, y la solución puede parecer difícil. Sin embargo, no lo es si aclaramos dos ideas para no llegar a creer que las religiones son un obstáculo para la paz.

La primera: no existe el hombre “químicamente puro” ni existen discursos capaces de ponernos de acuerdo a todos. La educación, la vida familiar y una serie de decisiones personales nos hacen a cada uno diferente de los demás. Soñar que todos lleguemos a pensar lo mismo sobre los temas sociales, políticos, económicos o religiosos es una utopía. Y no han faltado quienes, por querer alcanzar ese sueño imposible, han llegado a usar la violencia que ellos mismos decían rechazar...

La segunda idea es que la diversidad en sí no es necesariamente fuente de guerra o de odios, sino que las guerras nacen a partir de ideas u opciones concretas que promueven o aceptan directamente la violencia. La diferente visión sobre Dios que tienen cristianos y musulmanes no es motivo intrínseco para crear una lucha. Lo que importa es ver qué dice el cristiano, el hebreo, el musulmán, sobre el modo de vivir en sociedad, sobre la tolerancia, sobre el amor al prójimo o al enemigo.

Desde luego, queda en pie que no todas las religiones pueden ser verdaderas al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Para el cristiano Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios. Para otros, en cambio, no. ¿Dónde está la verdad? No es justo cerrar los ojos y decir que, en el fondo, cada quien puede dar la respuesta que le parezca a esta o a otras preguntas.

Quien cree en una religión no la acepta porque sea igualmente válida que las demás religiones, sino porque está convencido de que sea la verdadera. Quien no cree en ninguna religión, piensa de la misma manera, y no por ello hay que acusarlo de integrista, de fanático o de criminal. Conviene recordar que ser religioso no es sinónimo de ser integrista, ni ser ateo es señal de ser pacifista. En otras palabras, podemos convivir con religiones distintas en el respeto mutuo, o poder vivir sin ninguna religión en un estado de lucha sangrienta de los unos contra los otros. La religión no es un impedimento para la paz. El problema está en las actitudes profundas respecto de los demás.

La paz del mundo depende, básicamente, de la respuesta que demos a una pregunta fundamental: ¿qué enseña una religión o un grupo humano sobre el amor, el perdón, la convivencia con los que son distintos, la justicia? Más aún: los que creen en esta o en aquella religión, en esta filosofía, ¿cómo viven e interpretan su propia doctrina?

A veces encontramos cristianos que recitan el “Padrenuestro” y no son capaces de perdonar a un familiar, o a musulmanes que no sólo no cortan la mano de un ladrón, sino que le ayudan a encontrar un trabajo digno, o le ofrecen una ayuda económica para su familia. Pero, está claro, en casos como estos el cristiano que recita el padrenuestro no ha comprendido, de verdad, lo que dice creer, y el musulmán ha llegado a descubrir, más allá de algunas interpretaciones del Islam, el valor del perdón.

Miremos el corazón de cada hombre. Allí están las creencias más profundas, más radicales, de las que nacen los actos de amor y de generosidad o los golpes de odio. Es importante que el corazón esté abierto al perdón y a la misericordia. Es importante tener un corazón bueno. Y, al menos así lo enseña el Evangelio, un corazón verdaderamente cristiano no puede no ser misericordioso, no puede no ser constructor de paz.

Hoy necesitamos, más que nunca, corazones que se unan en el trabajo por la paz, por el perdón, por la justicia, como deberían serlo todos los cristianos y los miembros de importantes religiones de la humanidad. De este modo el mundo puede cambiar de ruta: no se hundirá en el miedo y la desesperación que nacen de las guerras, del terrorismo y del odio planificado, sino que sabrá escribir páginas de amor, de esperanza y de alegría como lo ha hecho en tantos otros momentos (los más hermosos) de su historia.

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