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Los puntos sobre las íes
La verdad y la razón. Nueva, serena y completa lectura de los discursos del Papa en Brasil


Por: Jesús de las Heras Muela | Fuente: www.revistaecclesia.info



Algo –o, mejor dicho, mucho- de los discursos y homilías de Benedicto XVI ha tenido que “escocer” a determinada opinión pública, excesivamente escorada hacia posiciones ideológicas y políticas bien conocidas, cuando ha arreciado la crítica y la descalificación. Uno tiene la duda de si estas voces críticas habrán leído estos textos papales o hablarán y escribirán de “boquilla” y con resquemor.

¿No les habrá molestado que Benedicto XVI haya los puntos sobre las “íes” en recurrentes, periclitados y tópicos temas como la valoración negativa de la obra evangelizadora en América Latina, el análisis puramente materialista y dialéctico de la realidad y de las estructuras sociales y el posicionamiento político y partidista de la Iglesia para cambiar el mundo y, de este modo, haya demostrado la verdad de la posición de la Iglesia y la mentira de otros planteamiento?

Benedicto XVI fue al fondo de estas cuestiones y lo hizo de la libertad y la altura del intelectual excepcional y, sobre todo, desde la fidelidad al Evangelio y al Magisterio eclesial, fuentes de la auténtica liberación cristiana. Retomemos, pues, sus palabras. Hablan por sí solas.


Marco general

El Papa Benedicto XVI ha completado una extraordinaria, festiva, serena y densa visita apostólica a Brasil con ocasión de la apertura de la V CELAM. Ha sido un viaje marcadamente misionero y religioso. Su copioso y espléndido magisterio pontificio deberá ser ahora adecuadamente leído, releído y trabajado en las catequesis y en los distintos ámbitos de formación, tanto en América Latina como en el resto de la Iglesia.

El lema del V CELAM Aparecida 2007 -"Discípulos y misioneros de Cristo para que nuestros pueblos en Él tenga Vida"- ha sido el hilo conductor de las intervenciones del Santo Padre. Benedicto XVI ha vuelto a dirigir la atención a la esencia del cristianismo y a su racionabilidad y necesidad. Asimismo ha trazado un encendido y sin complejos elogio y defensa de la obra evangelizadora en América Latina y ha diagnosticado las sombras que ahora se ciernen en su horizonte y que son muy similares, por ejemplo, a las de la Iglesia en España.

¿Qué es lo que ha dicho el Papa en Brasil? Que Dios es Amor y que su rostro y su mismo amor se han encarnado para siempre en Jesucristo. Que Él -Cristo- y su Iglesia son el centro de la misión evangelizadora. Que es preciso recomenzar desde el Señor en todos los ámbitos de la misión. Que esta misión de la Iglesia no es ni está al servicio de ninguna ideología política, de ningún movimiento social, de ningún sistema económico. Y que así y sólo así la Iglesia será fiel, creíble y fecunda.


Discípulos y misioneros

Para ello, todos los miembros del Pueblo de Dios deben fieles discípulos de Jesucristo para a continuación convertirse en eficaces y ardientes misioneros. Sólo desde el discipulado es posible la misión. Sólo desde la escucha atenta, constante y orante de la Palabra de Dios, esta Palabra se hace vida en el discípulo y semilla de evangelización para los demás. De ahí, la necesidad de una constante, correcta, completa y capilar catequesis y educación de la fe dirigida a todas las edades y a todos los sectores eclesiales. Una educación en la fe que ha de encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la Doctrina Social, con sus respectivos Compendios, sus fuentes habituales y saciadoras.

Junto a la Palabra de Dios, la Eucaristía ha de ser el alimento del discípulo y el motor del misionero. "Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará el mundo! Se trata de una Palabra de Dios y de una Eucaristía -al igual que el resto de los sacramentos- vivida, sentida y celebrada en la comunión de la Iglesia y en la fidelidad a sus normas y Tradición. Así y desde estas premisas bien fundamentadas en Jesucristo, la Iglesia dará respuestas a sus desafíos actuales y será signo de paz, de reconciliación y de justicia.


Elogio y defensa de la obra evangelizadora en América Latina

En las primeras líneas de su discurso de apertura del V CELAM, Benedicto XVI dedicó unas luminosas palabras al pasado y al presente de la fe cristiana en América Latina, cuya idiosincrasia no es comprensible sin ésta. “Del encuentro de esa fe con las etnias originarias han nacido la rica cultura cristiana de este continente expresada en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, las tradiciones religiosas”. Y dígase lo mismo de los servicios asistenciales, educativos y socio-caritativos que llegaron a América Latina, junto con el anuncio de Jesucristo hace ya cinco siglos.

“Pero –se preguntaba el Papa-, ¿que ha significado la aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe? Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente… El anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña. Las verdaderas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y en el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que pueden llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta”.


Jesucristo se hizo cultura e historia

“En última instancia –continuó afirmando luminosamente Benedicto XVI-, sólo la verdad unifica y su prueba es el amor. Por eso, Cristo, siendo realmente el Logos encarnado, el amor hasta el extremo, no es ajeno a cultura alguna ni a ninguna persona; por el contrario, la respuesta anhelada en el corazón de las culturas es lo que les da su identidad última, uniendo a la humanidad y respetando a la vez la riqueza de sus diversidades y abriendo a todos al crecimiento en la verdadera humanización, en el auténtico progreso. El Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura”.

Y finalizaba el Papa este tema con un nuevo párrafo magistral: “La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia Universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad, sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado”.

¿Por qué molestan estas frases? ¿Por qué pueden molestar a quien se llama cristiano? Lejos de acusar o condenas al Papa, como han hecho algunos, debemos darle las gracias por su clarividencia a la hora de abordar este tema. A quién le molesta que nos diga por qué y de qué va.


El análisis cristiano de la realidad

No tienen tampoco desperdicio las palabras del Papa a propósito del análisis de la realidad y de la supuesta dialéctica entre espiritualismo y encarnacionismo. “¿Qué es esa realidad? ¿Qué es lo real? ¿Son “realidad” sólo los bienes materiales, los problemas sociales, políticos y económicos? Aquí está precisamente de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad y por eso decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”.

Y ya más lejos, valiente y proféticamente Benedicto XVI: “sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis”.

Y en el análisis de esta realidad, para conocer mejor a Dios, tenemos a Jesucristo – “el Dios de rostro humano, el Dios con nosotros, el Dios del amor hasta la cruz”- y tenemos a la Iglesia. Y desde esta “fe cristológica en aquel dios que se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza”, brota la opción preferencial por los pobres. Está implícita en esta fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Dios y hombre verdadero. La opción preferencial por los pobres no es un fruto de ideologías políticas sino de análisis materialistas y parciales de la realidad. Es exigencia en la fe en Jesús y en la pertenencia eclesial.

Y así y de este modo viven y actúan la Iglesia y los cristianos en su vida religiosa y en su compromiso socio-caritativo. Y es que “la evangelización ha ido siempre unida a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana”.


La misión de la Iglesia en la sociedad

La misión de la Iglesia en la sociedad y en medio de sus problemas y realidades sociales y políticas ha sido de los aspectos que de modo más luminoso ha abordado el Papa Benedicto en su viaje a Brasil.

"¿Cómo puede contribuir la Iglesia -se preguntaba el Papa en Aparecida- a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria?" Desde el Evangelio de Jesucristo, la Iglesia se sabe concernida ante esta realidad y ante el mundo. Y su primera palabra, en la voz de Benedicto XVI, es acerca de las estructuras, de los sistemas sociales, políticos, económicos y culturales sobre los que se pretende fundamentar la sociedad.

En la historia reciente han sido y, de alguna manera, todavía hoy dos son grandes estas estructuras y sistemas: el marxismo y el capitalismo. "Ambas prometieron encontrar el camino para la creación de las estructuras justas y afirmaron que, éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas". Sin embargo, la historia y la realidad no demuestran la falsedad de estas promesas. "El sistema marxista, donde ha gobernando, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa destrucción del espíritu. Y lo mismo vemos también en Occidente -observa Benedicto XVI-, donde crece constantemente la distancia entre ricos y pobres y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad". No son, pues, estructuras ni sistemas justos.

Estas bases justas se han de hallar en el consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal. La recta razón y la ley natural son los fundamentos sobre los que se han de establecer estas estructuras, sabiendo que jamás serán completas de modo definitivo y que se han de ver iluminadas por la presencia de Dios, por la amistad con Jesucristo, que es siempre semilla y fermento de justicia y de amor en el mundo.

No compete a los pastores de la Iglesia, ni a ésta como institución, el transformarse directamente en sujeto político. "No haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos porque perdería su independencia y su autoridad moral", identificándose con una única vía política y con posiciones opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar la conciencia y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar virtudes individuales y políticas es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector".


Los laicos y la transformación de la sociedad

Pero quienes sí están llamados a una acción más directa en la política son los seglares, los laicos, quienes "deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias. Su misión es llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política... Los fieles seglares deben sentirse corresponsables en la construcción de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores".

Necesitamos, pues, cristianos en los distintos ámbitos de la sociedad en orden a su transformación. En concreto, necesitamos también cristianos en el mundo de la política: no para ser subsumidos por ella, sino gestionar la vida pública según la ley natural y según los criterios del amor y de la justicia, tan vivos y presentes en el Evangelio y explicitados y concretados por la Doctrina Social de la Iglesia.


La familia, patrimonio de la humanidad y corazón de la misión

La familia ha sido uno de los indiscutibles protagonistas del viaje papal a Brasil de hace poco más de una semana. "La familia, patrimonio de la humanidad, constituye -señaló Benedicto XVI- uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente". Ella, la familia, ha de ser ahora corazón de la misión.

Ya desde su llegada a Sao Paulo, el Santo Padre insistió en la necesidad de fortalecer la familia como "célula madre de la sociedad" y preservar su identidad y su verdad, basada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer y como sagrario de la vida desde su concepción hasta su ocaso natural.

Precisamente del fundamento de la familia, que es el matrimonio, el Papa hablaba a los jóvenes con estas palabras: "Tened un gran respeto por la institución del sacramento del matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos. El matrimonio es una institución de derecho natural que fue elevado por Cristo a la dignidad de sacramento; es un gran don que Dios hizo a la humanidad. Respetadlo, veneradlo".

Con todo, sobre la familia se abaten en Latinoamérica y en todo el mundo vientos adversos, provocados por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarios al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos, el aborto y las uniones libres, amenazan el futuro de los pueblos.


Los derechos y deberes del padre y de la madre

De ahí, la urgencia por custodiar y fomentar el bien y la verdad del matrimonio y de la familia. De ahí que deban superarse también mentalidades machistas, que ignoran la novedad del cristianismo al proclamar la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer.

"La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos". Y, en este sentido, se han de fomentar políticas que, por ejemplo, reconozcan y doten, incluso económicamente, el papel de la madre consagrada plenamente a la educación y cuidado de sus hijos. Por su parte, los padres deben asumir igualmente la totalidad de sus responsabilidades en el seno de la familia porque "los hijos, para su crecimiento integral, tiene el derecho de poder contar con el padre y la madre, para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de la vida".

La entera sociedad, comenzando por los Estados y los poderes políticos, sociales, mediáticos y económicos, deben promover iniciativas auténticas "que respondan a los derechos de las familias como sujeto social imprescindible" porque "la familia forma parte del bien de los pueblos y de la entera humanidad".


La riqueza de la juventud al servicio de todos

Los jóvenes han sido objeto de numerosas referencias del Papa Benedicto XVI en su viaje a Brasil. Con cerca de cien mil jóvenes, en el estadio municipal deportivo de Sao Paulo, mantuvo una vigilia hermosísima festiva, multicolor, orante y celebrativa. Su discurso fue memorable, valiente, cercano, afectuoso y exigente.

Su hilo conductor fue el encuentro evangélico de Jesús con el joven rico. Benedicto XVI analizó las posibles causas del alejamiento de aquel joven bueno y las relacionó con los espejismos que pueden vivir también hoy los jóvenes, a quienes llamó a no caer en las seducciones de la droga, del pansexualismo o de la violencia, invitándolos a descubrir a Jesucristo y a servirle en su Iglesia a través del matrimonio, del sacerdocio o de la vida consagrada.

Los jóvenes no pueden arruinar la riqueza de su vida y de su juventud, "guardándosela" egoístamente para ellos mismos. Deben darla con generosidad. Ellos son ya el presente de la Iglesia, cuya mañana depende de ellos y de lo que ya son y hacen en el hoy. "No desaprovechéis vuestra juventud. No intentéis huir de ella. Vividla intensamente consagrada a los elevados ideales de la fe y de la solidaridad humana... Sois el presente joven de la Iglesia y de la humanidad. Sois su rostro joven. La Iglesia necesita de vosotros, como jóvenes, para manifestar al mundo el rostro de Jesucristo que se dibuja en la comunidad cristiana. Sin este rostro joven, la Iglesia se presentaría desfigurada".


Los jóvenes necesitan de la amistad con Jesucristo

Los jóvenes necesitan que se les recuerde su vocación a la amistad con Jesucristo, a ser sus discípulos y misioneros. Jesús es el único capaz de dar a los jóvenes, de darnos a todos, las respuestas definitivas de la vida y su verdadero sentido. Sólo Él nos puede garantizar la vida eterna. Jesús ayer, hoy y siempre, con Él la Iglesia, mira a los jóvenes con amor y con confianza. "Sois jóvenes de la Iglesia -les decía Benedicto XVI en Sao Paulo-, por eso os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes que andan errantes por este mundo como ovejas sin pastor. Sed apóstoles de los jóvenes... Podéis ser protagonistas de una sociedad nueva si buscáis poner en práctica una vivencia real inspirada en los valores morales universales".

Y para ello, el joven cristiano de hoy debe formarse adecuadamente, observar los mandamientos de Dios, hacer de la castidad dentro y fuera del matrimonio un baluarte, recorrer los caminos de la vida de la fe, de la oración y de la praxis sacramental como, a su vez, caminos de intimidad con Dios y ardor apostólico. Ser joven es un don -una inmensa riqueza- y una tarea en servicio de los demás y en donación a los demás de esta misma riqueza- Los jóvenes nunca pueden decir basta, pues la caridad de Dios es infinita y nos pide y nos exige ensanchar nuestros corazones para que en ellos quepa siempre más amor, más bondad, más comprensión por nuestros semejantes y por los problemas de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Ser joven es amar y contribuir en la construcción del mundo mejor que tanto necesitamos.


Los sacerdotes: estar con Cristo para ser sus enviados

Los sacerdotes son aquellos cristianos que han sido llamados para estar con Jesús para ser sus enviados y predicar el Evangelio. Ser sacerdote es hacer de Dios el fundamento y el centro de sus vidas y de este modo experimentarán la alegría y la fecundidad de su vocación. El sacerdote debe ser, ante todo, un hombre de Dios, un hombre que conoce a Dios “de primera mano”, que cultiva una profunda amistad personal con Jesús y que compare sus sentimientos.

Sólo así el sacerdote será fiel y será feliz. Sólo así será creíble y fecundo. Y sólo así será capaz de llevar a Dios –al Dios encarnado en Jesucristo- a los hombres que le han sido confiados y será representante y sacramento de su amor.

Para cumplir su altísima misión, para ser agentes de una auténtica renovación de la vida cristiana del Pueblo de Dios, los sacerdotes deben dotarse de una sólida estructura personal, espiritual, intelectual, humana y pastoral. Deben vivir su existencia animados por la fe, la esperanza y la caridad. A través de la oración, a ejemplo de Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote, deben buscar y hallar el rostro y la bondad, cultivando asimismo su formación cultural, y, de este modo, mostrar a los demás ese Rostro del Amor, que es Dios.

Los sacerdotes, que deben recibir de modo preferencial la atención y el cuidado paterno de sus obispos, han de vivir en el gozo de la comunión eclesial, en la fidelidad a sus normas y tradiciones y han de encontrar en el celibato y en su observancia un tesoro, un ayuda y un don, “que la Iglesia recibió y quiere guardar convencida de que él –el celibato- es un buen para ella y para que el mundo".

Los sacerdotes han de ser fieles servidores de la Palabra de Dios y fieles dispensadores de sus misterios y de sus sacramentos. No les ha de basta observar la realidad desde la fe, sino que “es necesario trabajar con el Evangelio en las manos y fundamentados en la correcta herencia de la Tradición Apostólica, sin interpretaciones movidas por ideologías racionalistas”.


El necesario testimonio de los consagrados

Los religiosos son una ofrenda, un regalo, un don divino que la Iglesia ha recibido de su Señor. Ellos son testimonios de los valores del Reino y del Evangelio en medio de un mundo, que tantas veces sólo busca el bienestar, la riqueza y el placer como fines últimos y decisivos de la vida.

“Con generosidad y heroísmo, continuad trabajando para que en la sociedad reinen el amor, la justicia, la bondad, el servicio y la solidaridad, conformes a los carismas de vuestros fundadores. Abrazad con profunda alegría vuestra consagración, que es un instrumento de santificación para vosotros y para la redención de vuestros hermanos”.

América Latina, que tiene una deuda de gratitud con la vida consagrada, sigue necesitado de los religiosos y religiosas. Desde la comunión y el trabajo conjunto con los obispos y la obediencia sincera a la autoridad de la Iglesia, los religiosos han seguir trabajando en pro especialmente de los pobres y marginados para seguir ofreciendo al mundo el inagotable tesoro de su consagración y carisma.


Eucaristía, evangelización y caridad

"Para formar al discípulo y sostener al misionero en su gran tarea la Iglesia -indica Benedicto XVI-, la Iglesia, además del Pan de la Palabra, el Pan de la Eucaristía... Cada domingo y cada Eucaristía es un encuentro personal con Cristo. Al escuchar la palabra divina el corazón arde porque es Él quien explica y proclama. Cuando en la Eucaristía se parte el pan, es l a Él a quien se recibe personalmente. La Eucaristía es el alimento indispensable para la vida del discípulo y del misionero de Cristo".

Por ello, es indispensable priorizar en la vida pastoral de la Iglesia y de sus miembros la participación activa, asidua y fiel en la Eucaristía dominical, a poder ser en familia. "La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical -subraya el Santo Padre- es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Señor Resucitado... Por eso, la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana".

Y es que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida de la Iglesia y de toda la espiritualidad y acción apostólica de los cristianos. "El encuentro con Cristo en la Eucaristía -añade el Papa- suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad. Despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades, de amor amor y de justicia. ¡Sólo de la Eucaristía -enfatiza el Papa- brotará la civilización del amor"!


Sólo de la Eucaristía brotará la verdadera revolución cristiana

Numerosos son los ejemplos de extraordinarios cristianos que han sido hombres y mujeres de Eucaristía y de caridad. Precisamente en su reciente viaje a Brasil, Benedicto XVI canonizó a uno de ellos: al franciscano fray Antonio de Santa Ana Galvao, definido como "hombre de paz y de caridad", precisamente porque fue hombre de Eucaristía, "donde está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia" y toda la fuerza y el sentido de su misión evangelizadora.

De ahí -de la Eucaristía y de los santos- proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. De ahí también la necesidad de celebrar y vivir con fidelidad y respeto a las normas la Eucaristía, "centro de toda obra de evangelización" y de caridad.


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