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Nupcias, bodas y casorios
Lo que se prometen mutuamente merecería algo más solemne


Por: Enrique Monasterio | Fuente: www.monasterix.com



Hacía calor, y la directora del telediario concluyó la edición con una noticia que definió como "refrescante" además de romántica: en los Estados Unidos, una pareja ha celebrado su boda en el fondo del Océano, entre sonrientes delfines e inquietantes tiburones.

Las imágenes nos mostraban a la novia en bañador blanco y escafandra a juego. El novio portaba traje de buzo convencional. El ministro de la ceremonia, un juez sonrosado de ojos bovinos, se comunicaba por radio con los contrayentes. El "sí, quiero" fue oído nítidamente en la playa, entre gritos de gaviotas argénteas, y aplausos de unos rollizos invitados vestidos de color fresa.

Ya lo dijo Kloster: "la epidemia de cursilería es uno de los signos más preocupantes de la modernidad."

Todos mis lectores han visto o leído noticias semejantes. Hay quien se ha casado en globo, en submarino, en carro de combate, en camello o en ardoroso correteo por la playa. Y seguro que habrá bodas en lo alto del Everest, en los atascos de la carretera, a bordo de un parapente, o en el búnker del hoyo quince.

Astrid Washington López, que, aunque no se llama así, se lo merecería, reservó para su boda –civil, por supuesto– la terraza de un hotel en la isla más oriental del Pacífico. Se casaría en el momento preciso de la salida del sol el 1 de enero del año 2000.

— Será tan romántico, ¿te imaginas? –contaba a su cuñada–. En el mismo instante del alumbramiento del tercer milenio, mi Paco y yo uniremos para siempre nuestras vidas.

Y aunque la cosa luzca menos si amanece nublado, siempre puede improvisarse un decorado de emergencia, mayormente para las fotos.

Me pregunto qué está ocurriendo. ¿Hemos perdido todos definitivamente la chaveta o hay una explicación racional para todo esto?

La respuesta es simple.

Que el matrimonio tiene carácter sagrado no es sólo una convicción de los cristianos. Desde que los humanos poblaron este planeta, todos los pueblos han considerado que casarse no es un contrato trivial, una mera cuestión de papeles, sino una entrega íntima y solemne a la vez que alcanza al cuerpo y al espíritu, es decir a la persona entera y a su núcleo más secreto, sagrado e inviolable.

El que se casa no regala algo, un objeto de más o menos valor: se da a sí mismo. Y no recibe un precio por esa entrega, porque el amor no se vende: recibe el don, que sólo puede ser gratuito, de otra vida que será para siempre de los dos. Por eso los hombres de todas las épocas se han casado ante Dios.

Podría decirse que en todo matrimonio hay una cierta sacramentalidad natural. Así lo expresan los teólogos. De ahí que, desde el Himalaya a las praderas del Oeste americano, pasando por los desiertos de arena o de hielo y las selvas tropicales, las parejas hayan contraído matrimonio siempre frente a un representante de la divinidad: brujo o hechicero. Y los cristianos, ante el sacerdote. A nadie se le había ocurrido la idea de sellar tan importante compromiso ante un funcionario…, hasta que llegó la Revolución francesa.

La Revolución francesa aportó a la civilización algunas cosas buenas, algunas terribles y unas cuantas cursilerías. Entre las cosas terribles, destaca la guillotina, y entre las cursilerías, la manía de llamarnos ciudadanos y ciudadanas venga o no a cuento, y, por supuesto, el matrimonio civil.

Conste (de verdad) que no tengo nada contra las parejas que se casan en el juzgado. Seguro que la mayor parte tienen buenas razones para hacerlo. En todo caso no pretendo abordar hoy esa cuestión. Pero cada vez que, en una película americana, oigo decir a un funcionario esa presuntuosa tontería de "os declaro marido y mujer", y encima lo remata autorizando al varón a besar a la novia, me da la risa. Y comprendo que a los pobres novios todo esto les sepa a poco. Ellos, en el fondo, se dan cuenta de que un matrimonio es otra cosa; que lo que se prometen mutuamente merecería algo más solemne. Para ese viaje, ni siquiera hacía falta vestirse de fiesta. De ahí que algunos se vistan de buzo y se echen al mar.

En Bilbao, los juzgados donde se celebran estos eventos están en los Jardines de Albia. Y el espectáculo es tan conocido que ya no llama la atención: los novios salen del despacho del juez, reciben la correspondiente granizada de arroz, y se hacen la foto…, con la fachada de la iglesia de San Vicente como fondo.

Al menos les sale más barato que la boda submarina.

P. Enrique Monasterio



Comentarios al autor: emonasterio@monasterix.com

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