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Homosexualidad y teología del pecado y del amor
La homosexualidad sea o no una limitación, depende única y exclusivamente del sentido que la persona le asigne a su vida


Por: Eduardo Armstrong | Fuente: Eduardo Armstrong



Homosexualidad y teología del pecado y del amor

A quienes buscan encontrar medios de ayuda ante la realidad de la homosexualidad, la teología del pecado tiene mucho que aportar con su sano conocimiento aplicado a esta circunstancia – como a otras –; Especialmente, en lo que se refiere a la comprensión de algunos alcances del “pecado original” y sus implicancias para la vida diaria de todo ser humano.

Aceptamos por pecado a aquellos actos de voluntad que constituyen faltas; que causan daños a quien los comete y a otros, como su consecuencia directa e indirecta. Es siempre una ofensa a Dios, porque es un desprecio a lo que nos ha sido dado, a lo que poseemos y no somos capaces de apreciar debidamente; también, porque siempre es una ofensa al prójimo y a uno mismo, un obstáculo para nuestro crecimiento y el de los demás; un obstáculo para alcanzar mayor felicidad.

Por “pecado original” comprendemos al conjunto de tendencias hacia el pecado que heredamos, genéticamente, de nuestros padres biológicos y ascendencias. El primer reconocimiento explícito a su causa biológica, lo realizó San Agustín (400 DC) y recientemente, esto es verificable por medio de la ciencia moderna – a través de diversos tratamientos médicos que hoy se aplican para desarrollar no sólo conductas más adecuadas, sino el desarrollo de células y neuronas, por medio de estímulos psicológicos externos a la persona (por ejemplo, con programas especializados de computación creados para ayudar a jóvenes con déficit atencional, causado por un subdesarrollo celular y neurológico en alguno de sus hemisferios cerebrales) –. Esto que podría parecer irrelevante para nuestro tema, es de la máxima importancia, ya que disponemos de pruebas donde estímulos adecuados y sostenidos (o lo que es lo mismo: actos de voluntad consecuentes y permanentes), no sólo afectan nuestro espíritu y mente, sino que, en determinadas condiciones, pueden conllevar impactos a nivel biológico mesurable. Expresado de una forma más sencilla, hablamos de que por medio de nuestros actos de voluntad no sólo podemos potenciar o inhibir determinadas tendencias, sino que alterar o cambiar nuestro código genético, el mismo que determina el punto de inicio para las futuras generaciones.

Toda persona responsable de su condición de miembro de una comunidad social – y con mayor razón aún, quien es consciente de su condición de hijo de Dios –, debe esforzarse durante su vida por crecer lo más posible como ser. Esto es, mejorar y hacer crecer aquellas tendencias positivas que ayudan a su persona y a los demás (en función del bien común y/o de la obtención de una mayor felicidad). Por otro lado, debe esforzarse también por reducir aquellas tendencias negativas que pueden dañar a su persona y a quienes lo rodean. Todos disponemos en diversos grados de tendencias positivas y negativas – que limitan –, todos nacemos con ellas, no hay excepciones.

En la situación particular de quien vive la homosexualidad, en cualquiera de sus grados, es natural por tanto que consciente de su realidad humana, trate de desarrollar todos los medios posibles para inhibir o reducir la manifestación de aquellas tendencias que pueden poner en riesgo su calidad de vida actual y futura; Y evite aquellas situaciones o condiciones que pueden potenciar conductas desviadas de la recta naturaleza humana, incluso frente a situaciones que en sí mismas pueden no tener ningún inconveniente, pero que ante su particular circunstancia pueden constituir un riesgo (por ejemplo: la convivencia, la utilización de la vulgaridad para manifestar “cercanía” con otras personas; la concurrencia a lugares o situaciones promiscuas; alejarse de los valores familiares, sociales y religiosos; etc. – válido lo anterior para todo ser humano, sin excepción –)

Disponemos de los afectos humanos para conducirnos hacia el aprecio y el conocimiento del amor, pero una expresión de afecto no necesariamente es un acto de amor; en cambio, un acto de amor siempre conlleva una expresión de afecto. La afectividad se expresa por medio de los afectos, y siempre estos se dirigen a un aspecto puntual – los motivos del afecto –, a diferencia del amor, el cual, cuando lo aceptamos es siempre integral e inclusivo; aceptando la integridad del motivo de nuestro amor, sin condiciones, con sus cualidades y defectos. Así, toda expresión afectiva, por ser producto de nuestra personalidad, lleva la carga sexual de quien la origina – una forma de expresión masculina o femenina –, pero el amor no tiene orientación sexual, no está condicionado a limitación humana alguna porque su origen y fuente siempre es divina. El amor es un don, frente al cual, por medio de nuestros actos de voluntad orientados hacia Él, únicamente podemos crear las mejores condiciones a nuestro alcance para recibirlo como una gracia de Dios – prueba de lo cual es que actuar y desearlo no es disponer de él –. Por ello, considerando la realidad de nuestra existencia humana, un consejo sabio para quienes buscan la felicidad y padecen la condición homosexual, es no preocuparse tanto de los afectos – de sentirse apreciados y queridos por alguien –, como por darlo todo para buscar el amor por medio del aprecio y el activo servicio al prójimo. Necesitamos todos liberarnos del egocentrismo que tantos daños y limitaciones nos causan; necesitamos entregarnos a la causa de vivir para y por los demás, sin esperar nada a cambio y sin condiciones; de vivir para y por Dios, como Él lo hace: sin esperar nada a cambio y sin condiciones. La felicidad existe, y está al alcance de nuestras manos. No hay por qué temer si estamos junto a Dios, quien es la única causa de verdadera realización personal que disponemos.

Amar a Dios sobre todas las cosas, es cumplir Su Voluntad. Y cumplir Su Voluntad, es dedicar nuestras vidas al servicio el prójimo y especialmente de los más necesitados – sin condiciones, sin pedir o esperar algo a cambio –. Esto es amor verdadero.

La paternidad como la maternidad, son actos de donación, no son un derecho de propiedad. Así como para nosotros la paternidad de Dios no es biológica, la auténtica paternidad a la que todos estamos invitados es aquella de quien todo lo da, sin pedir ni esperar nada a cambio. Presencia – de servicio –, eso es ser un verdadero católico y un verdadero padre de familia; algo que quizá algún día se llegue a comprender en este mundo por tantos padres y madres biológicas que no se dan cuenta de que no son auténticos padres, ni auténticas madres – porque su presencia es ausencia –. La verdadera paternidad no es biológica porque es un acto de amor, un acto responsable que implica una donación y un compromiso para toda la vida. La verdadera paternidad como la verdadera maternidad reconoce a sus hijos en todos los hijos de Dios, sin distinciones o exclusiones de ningún tipo, en todos los hijos de la humanidad. Nadie está excluido de la auténtica paternidad y maternidad en este mundo.

Las mayores limitaciones humanas no están en nuestras condiciones originales, sino, cuando no apreciamos el valor de lo que podemos hacer con nuestros actos en una vida llena de las necesidades insatisfechas en quienes nos rodean; Auténticas oportunidades para los que creen en la fuerza del amor verdadero. El que la homosexualidad sea o no una limitación, depende única y exclusivamente del sentido que la persona le asigne a su vida. No estamos aquí para que nuestra presencia sea ausencia, ni para buscar aquellos placeres que reflejan nuestra indiferencia por el prójimo, sino para encontrar las auténticas motivaciones para una vida de lucha, con sentido trascendente para todos. La persona humana siempre puede ser mucho más que su condición.

Comentarios al autor: Eduardo Armstrong

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