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La homosexualidad
Debe afrontarse sin temor, con delicadeza, con exquisito respeto por la dignidad de las personas y con la verdad como primera norma de comunicación.


Por: Dr. J.Mª Simón Castellví | Fuente: Dr. J.Ma Simón Castellví



La homosexualidad

Se trata de un tema recurrente en los medios de comunicación. Y debe afrontarse sin temor, con delicadeza, con exquisito respeto por la dignidad de las personas y con la verdad como primera norma de comunicación. Una persona está enferma -y ser o estar enfermo no es ninguna indignidad- si la Medicina, la sociedad o ella misma la confirman como tal.

La homosexualidad estaba considerada como enfermedad en el primer manual para el diagnóstico y estadística de trastornos mentales (DSM I): "una desviación de la sexualidad encuadrada dentro de las conductas sociopáticas". Este manual se redactó para normalizar el caos de criterios y nomenclaturas que existía en Psiquiatría hasta entonces. Es innegable que representó un gran paso en la consolidación de la Medicina mental como una ciencia precisa.

En 1968, el DSM II la etiqueta como trastorno de la personalidad con conducta desadaptada. En 1973, se cambia el término "homosexualidad" por el de "trastorno de la orientación sexual", considerando patológica la tendencia molesta para el individuo. El DSM III (1980) la incluye dentro de los trastornos de la identidad sexual. El DSM IIIR (1987) y el DSM IV (1994) suprimen todo diagnóstico referente a la homosexualidad. Y ello después de grandes presiones por parte de los lobbies gay. Alguno se atribuye precisamente el haber suprimido esta tendencia de los manuales de Psiquiatría.

La sociedad muestra todo un abanico de opiniones diversas sobre la consideración de la homosexualidad como enfermedad o trastorno. Van desde la ofensa con la utilización de palabras soeces hasta la argumentación seria a favor o en contra.

Pero lo que es innegable, y así lo confirman aquellos profesionales que atienden homosexuales y lesbianas, es que estas personas sufren y muchas presentan trastornos neuróticos. Y sufren precisamente por presentar esta tendencia a pesar de una gran aceptación social y de una amplia libertad de movimientos. Como quien sufre mucho y de manera crónica puede considerarse afectado de un trastorno, no es ninguna tontería hablar de atención psicológica o incluso pastoral hacia estas personas.

Pese a quien pese, muchos homosexuales son ayudados a recobrarse y a alcanzar la felicidad. Sin embargo, quedan aún muchas cosas por hacer. El estudio serio de la cuestión no puede seguir boicoteándose como hasta ahora. No podemos seguir sin saber a ciencia cierta el porcentaje de población homosexual en nuestro país. No podemos seguir investigando con presiones externas a la ciencia. No es científico que cualquiera pretenda opinar con autoridad sobre si el homosexual se hace o así nace. No es justo que la pastoral de gays y lesbianas continúe haciéndose en secreto y que aquellas personas que libremente lo quieran no puedan acceder a ella porque no saben muy bien a dónde dirigirse.

La firme postura de muchos médicos y de la misma Iglesia es, en el fondo, la garantía de que, cuando la opinión social cambie (la Historia se repite), los cristianos comprometidos seguiremos tratando a los homosexuales como hermanos nuestros
 


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