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Democracia manipulada
Vale la pena que la sociedad civil organizada, los comunicadores, los analistas, los partidos políticos y las autoridades vigilen los procesos preelectorales y electorales


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net



Reducir la democracia a la emisión y conteo de votos, es una simplificación muy difundida. Hablar de votos contados a favor, es recurso muy utilizado por quienes desean declararse vencedores, independientemente del cómo se llegó a convencer o cooptar a los votantes, o a trampear los resultados.

Se supone que por el voto electoral, los ciudadanos manifiestan su voluntad: quién o quiénes los gobernarán durante determinado período de tiempo. Pero no necesariamente es la voluntad o preferencia ideológica y partidista, sino en ciertos casos es el interés momentáneo del votante, el cumplimiento de una orden o hasta una amenaza.

En otras palabras, el proceso electoral no se reduce a la votación misma y a sus resultados, reales o manipulados, es toda una serie de actividades, desarrolladas a través de semanas, meses y hasta años. En esos plazos, se supone que los aspirantes o candidatos a puestos de elección popular, en organizaciones, partidos políticos o en municipios, estados y nación, tienen oportunidades para convencer a los votantes de apoyarlos con sus votos en las urnas. Pero no es realmente así, sólo en parte.

Una muestra de cómo el voto no es necesariamente la voluntad del ciudadano, es el llamado “voto duro”, o sea el que está comprometido o forzado en determinado sentido. En muchos procesos electorales, quienes tienen poder sobre organizaciones, o el presente y futuro (próximo al menos) de los votantes, les indican por quién deben emitir el voto, ya sea bajo el concepto de disciplina, “institucionalidad” o amenaza.

Lo peor es ésta última, que puede ser la pérdida del empleo, de privilegios o de pertenencia a una organización, y hasta de daño personal, familiar o patrimonial; también del abandono de servicios públicos, cuando una comunidad o barrio vota “por quien no debe”. Cuando un grupo armado con fusiles AK-47 amenaza a una población, diciéndoles que si no gana allí tal partido, se van a morir, les funciona de maravilla.

Pero también está la compra del voto. Si una persona o comunidad vota a favor de determinado partido o candidato, recibirá beneficios inmediatos. Este voto no es la voluntad del votante, sino la explotación de su necesidad o deseos. El precio del voto no tiene que ser muy alto; en general es más bien barato, individualmente hablando: una prenda de ropa, una despensa, una fiestecita, o algunos cientos (o miles) de pesos.

Otras formas de manipulación de la intención de voto, sin amenazas ni premios o castigos, son la explotación de los sentimientos de la gente y la descalificación calumniosa o difamatoria de los contrincantes. Un grupo político puede ganar voluntades con falsas promesas, con distorsiones del sentimiento patriótico o de solidaridad comunitaria; también con la exigencia de lealtades supuestamente debidas por cuestión de origen, raza, religión, amistad y cuántas más.

Por toda esta gama de posibilidades de compra, inducción, presión o amenaza sobre el voto a emitir, el cuidado de los procesos de precampaña y campaña electoral es muy importante. Esta importancia se manifiesta cuando candidatos “con tacha” ganan elecciones internas de partidos o públicas. Gracias a la observación política, a la denuncia, o a la investigación académica o de autoridades responsables, y hasta de espionaje sobre los adversarios, la gente se entera de cómo se “orienta” el voto.

Vale entonces la pena que la sociedad civil organizada, los comunicadores, los analistas, los partidos políticos y las autoridades vigilen los procesos preelectorales y electorales, se castiguen las violaciones a la ley y se denuncien las faltas a la ética política (ya que la ley no puede cubrirlo todo); al menos para que la sociedad se entere de la verdad de los hechos sobre la expresión de la voluntad ciudadana en comicios electorales.







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