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Las Tentaciones de Jesús.
«No tentarás al Señor, tu Dios»(Mateo 4,7).


Por: André Manaranche | Fuente: Libro preguntas jóvenes a la vieja fe.



Boletín ¡Ser discípulos! Aprende a defender tu fe
Tema: Preguntas jóvenes
Fuente: Libro preguntas jóvenes a la vieja fe. Autor André Manaranche,

II. Tus preguntas sobre Jesús


Las Tentaciones de Jesús

¿Cómo y de qué fue tentado Jesús?

En algunas de tus preguntas me interrogas sobre la película de Scorzese de una forma lacónica. Pero mi respuesta no se centrará en el film, sino en el problema que plantea y que resuelve mal. Ahora bien, a pesar de la indignación que la susodicha producción ha suscitado «por principio», estoy seguro de que muchos cristianos piensan lo mismo que el cineasta, con la única excepción de que no pondrían sus pensamientos en imágenes. No hace mucho tiempo, una mujer muy tradicionalista me hacía partícipe de sus ideas realmente sorprendentes sobre la sexualidad de Jesús.

¿Zarandeado por la prueba o seducido por el mal?

La palabra griega, que en el Nuevo Testamento es traducida a menudo por «tentación», puede tener dos sentidos.

En primer lugar, significa poner a prueba a alguien y testar su resistencia a través del sufrimiento físico o moral. Seguramente Jesús pasó por ello: «Por cuanto no tenemos un Pontífice incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas; antes bien, a excepción del pecado, ha sido en todo probado igual que nosotros» (Hebreos 4,15). La culminación es, evidentemente, la Pasión. En Getsemaní sobre la cruz, Cristo «ofreció plegarias y súplicas con vehemente clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte; y fue atendido a causa de su abnegación. Aún con ser Hijo, aprendió con la experiencia del sufrimiento la obediencia» (Hebreos 5,7-8). La misma idea es la expresada por el grito de Jesús en el Calvario: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15,34).

Pero si bien Dios nuestro Padre nos puede hacer pasar por la prueba siempre ayudados por su gracia, nosotros, en cambio, no debemos poner a prueba su eficacia, dándole un ultimátum, para ver cómo reacciona. Es lo que Jesús responde a Satanás para rechazar la película que le presenta: «No tentarás al Señor, tu Dios» (Mateo 4,7). No se puede probar a Dios, como se prueba la solidez de un puente o se verifica la firmeza de carácter. Hacer eso con Dios sería intentar burlarse de El. La fe confía y se abandona en los brazos de una persona en vez de verificar la mecánica de un motor.

El segundo sentido de la palabra «tentación» significa ser empujada al mal por una seducción que viene del exterior o del interior y que encuentra en nosotros complicidad. Evidentemente, de esta manera Dios no tienta a nadie (Santiago 1,1215). En el Padre Nuestro (tan mal traducido, por cierto) no le pedimos que «no nos someta a la tentación» (como si fuera Él el que nos diese males ideas), sino que le suplicamos que no nos deje caer en ella. «No nos dejes caer en la tentación.» Le pedimos, asimismo, que nos libre del mal, es decir, del Maligno, de Satanás.

Pero, ¿cómo es posible que Jesús, el Hijo de Dios, haya podido sufrir una agresión de este tipo, aunque fuese así de sutil? ¿Por dónde ha podido introducirse la tentación en su conciencia?

¿De qué fue tentado Jesús y cómo?

En el desierto (Mateo 4, 1 -11; Lucas 4,1-13) el diablo no propone el pecado a Jesús: sería algo demasiado evidente. ¡Poner el fruto del paraíso ante las narices de Eva para tentarla, sin respetar la prohibición divina y sin temer el castigo, es una estrategia demasiado grosera y evidente para almas mal convertidas, a quienes el pecado les gusta tanto, que están dispuestas a jugarse el infierno! Con Cristo, Satanás utiliza una técnica mucho más sutil. Diciéndole «si eres el Hijo de Dios», el tentador presenta las cosas de una manera tremendamente hábil; se disfraza de padre espiritual, e incluso de exégeta bíblico o de «ángel de la luz» (2 Corintios 11,14). Pero sin éxito alguno. Jesús recibe la tentación de frente y sin encontrar en el la menor complicidad. Jesús es capaz de descubrir al primer golpe de vista los sofismas más verosímiles. Por eso responde al diablo en los mismos términos y sin dudar ni un segundo. La respuesta es inmediata y fulgurante.

Pero, ¿de qué fue tentado Jesús? ¿Cómo es posible tal cosa? ¿Dónde se encuentra su punto débil, si se puede hablar así?...

1. Jesús nunca ignoró quien era. En Él, su conciencia se confunde con su misión: Él es el Hijo que el Padre ha enviado a salvar el mundo. Cuando dice «Yo», añade inmediatamente, «Yo he venido para...” (Juan 9,39; 10,10; 12,27...). Él es Aquel que ha venido a darnos la vida, y es perfectamente consciente de ello. Su persona es inseparable de su misión. Sobre este punto no hay duda alguna. Jesús tiene una conciencia clara de su identidad y no necesita informarse para saber quién es.

2. Jesús nunca quiso hacer lo contrario de su misión. Nunca se preguntó si debía o no llevarla a cabo, y todavía menos si podía desviarse de la línea trazada por la voluntad de su Padre. Él «poder pecar» no tiene cabida en su libertad: Él es muchísimo más libre que nosotros. No estuvo sometido al poder del mal, lo que no quiere decir que no haya tenido mérito alguno.

3. Porque, a pesar de que tenía siempre clara su misión, Jesús tiene que buscar el cómo realizarla en el detalle y en lo concreto, con la libertad que le es propia y sin la cual no sería realmente un hombre. Por eso, la idea de evitar la humillación de la cruz se le presenta como un atajo humanamente plausible, e incluso seductor. Las sugerencias que le hace el Maligno, con gran profusión de textos de la Escritura, se reducen a utilizar los medios fáciles para conseguir una mayor eficacia, preparar el terreno con profusión de pequeños regalos, el recurso a las técnicas de mercadotecnia. Pero Jesús huele desde el primer momento la enorme falsedad que le presenta el Mentiroso (Juan 8,44), susurrándole al oído que la cruz no merece la pena, cuando será el polo de atracción por excelencia (Juan 12,32). El Tentador se aleja entonces, antes de volver a la carga (Lucas 4,13). Más tarde utilizará la ingenuidad de Pedro para disuadir a Jesús de aceptar la Pasión, y el pobre Apóstol será tratado de Satanás (Mateo 16,22-23). El diablo se introducirá, asimismo, en las burlas de los fariseos, retando al Crucificado, en un odioso chantaje: «Baja de la Cruz y creeremos en Ti» (Mateo 27,42). Esta es la verdadera tentación de Jesús, la primera y la última, la de toda su vida. No hay otra. Lucas afirma explícitamente que Satanás agotó todos sus recursos. Esta tentación procedía, sin duda, también del mesianismo político de los zelotas, gentes que desenvainaban fácilmente la espada, luchando por la liberación del territorio de Israel. No olvidemos que, en el grupo de Jesús, había cinco o seis miembros de ese grupo.

No hay nada que buscar en la sexualidad

Vivimos una época en la que la sexualidad se exhibe sin recato alguno. Es, pues, comprensible que algunos proyecten mis fantasmas sobre Jesús para justificar sus prácticas. Al hacer esto, no se dan cuenta hasta qué punto su conducta contradice la Encarnación. En efecto, el Hijo se hace hombre para revelar al hombre a sí mismo. El hombre no puede, pues, pretender revelar a Cristo atribuyéndole problemas que no son suyos. No pongamos el mundo al revés.

Señalemos, en primer lugar, que, en los Evangelios, los escribas, que no cesan de hostigar a Jesús, nunca lo cogieron en flagrante delito de irregularidad sexual, a pesar de su inmejorable servicio de espionaje. Se acusó a Cristo de ser un glotón y un bebedor (Mateo 11,19), se le reprochó el que frecuentaba a los pecadores, pero nunca se interpretaron sus relaciones con las mujeres como faltas de impureza, a pesar de que algunos de sus encuentros con ellas fueron insólitos, e incluso escabrosos. Sin embargo, Simón el fariseo no se escandaliza de los besos de la pecadora. De esta promiscuidad consentida deduce que su huésped seguramente no es un profeta, pues no sabe quién le está tocando (Lucas 7,39). De lo que realmente se escandaliza Simón es del perdón que Cristo concede a la prostituta (Lucas 7,49). De la misma manera, en el pozo de Siquém, los Apóstoles, que vuelven a buscar vituallas, no imaginan nada dudoso al encontrar a Jesús con la Samaritana. De lo único que se sorprenden es que el rabí puede hablar con una mujer que, además, es extranjera (Juan 4,27). Nadie reprocha tampoco a Cristo que permanezca sólo -aunque sea en público- con la mujer adúltera. Lo que les escandaliza es que haya impedido que sus acusadores la lapidasen, como lo exigía la ley (Juan 8, 1 -1 l). Por eso, Jesús pudo lanzar este desafío increíble: « ¿Quién de vosotros me acusará de pecado?» (Juan 8,46). Al no poder acusarle de impureza, sus enemigos le dieron la vuelta al argumento y le trataron de impotente y de eunuco (Mateo 19,12). Una buena ocasión para que Jesús precisase: «Eunuco, si queréis, pero por el Reino, voluntariamente, y no por malformación o por mutilación.»

De lo que no se puede dudar es que Cristo fue un hombre sexuado (Lucas 2,23; Apocalipsis 12,5). Pero su afectividad no se puede comparar totalmente con la nuestra. Tuvo necesidad de amigos, como Lázaro y sus hermanas de Betania; fue feliz acariciando a los niños; sufrió la indiferencia y la traición..., pero su vida afectiva se desarrolló en un nivel distinto al nuestro, un nivel que pueden entender un poco mejor que los demás los célibes consagrados.

No es bueno que el hombre esté solo, dice el Creador a Adán antes de darle una esposa (Génesis 2,18). Pero a Jesús no le falta nada: como Hijo único está plenamente satisfecho por su Padre, que jamás le deja sólo (Juan 8,29; 16,32). No necesita, pues, compañía. Es plenamente feliz con la ternura que recibe de su Padre y a la que corresponde a corazón abierto. Su relación trinitaria le basta: se empapa en ella sin necesitar ningún otro complemento. Y, como siempre, el cuerpo sigue al corazón.

Jesús viene como el Esposo (Marcos 2,19-20), pero de otra manera. En efecto, no necesita a su Iglesia como Adán deseaba a Eva, para servirle de ayuda y de complemento. Él es la Plenitud (Colosenses 1,19; 2,9) y nos la comunica generosamente, pero sin fondo para apagar la sed de la Samaritana. No está casado con una Diosa como los Dioses paganos de la antigüedad. Ciertamente, no es indiferente a nuestra respuesta, pero, pidiéndonosla, es Él el que nos la concede como una gracia.

Jesús tiene muchos hijos, pero no bajo el impulso del instinto (Juan 1,13), ni en la cópula, ni para conjurar la muerte. Nos ofrece un nuevo nacimiento, un nacimiento de lo alto, absolutamente gratuito. Inaugura un nuevo Reino en el que los hijos tic la Resurrección no podrán morir jamás y donde el matrimonio habrá prescrito (Lucas 20,35-36).

Jesús nos ama con todo su corazón. Su ternura alcanza el punto culminante cuando en la Cena nos dice: «Tomad y comed: este es mi cuerpo entregado por vosotros.» Renueva incesantemente esta donación en la Eucaristía, entregándose en nuestros labios como el beso del Esposo. Pero esta comunión sacramental, que toma su simbología del matrimonio, nos introduce en otra realidad, más allá de nuestras bodas y de nuestra tierra.

Jesús inaugura un Reino en el que las relaciones familiares saldrán de su estrecho círculo (Marcos 3,31-35) y romperán todas las barreras (Gálatas 3,28). No se puede encerrar a Jesús en una familia, que siempre constituye un límite, aunque las relaciones que en ella se establezcan sean tremendamente generosas. ¿No tuvo que tomar distancias con su clan de Nazaret, que se estaba convirtiendo para el en una carga pesada?

Por todas estas razones, la psicología de Cristo no es igual que la nuestra. Moon, el dirigente de la secta que lleva su mismo nombre, lo ha entendido muy bien; y para evitar el, en su opinión, «fracaso» de un Jesús virgen y crucificado, ha preferido vivir como un esposo prolífico y colmado de bienes para instaurar el Reino en la tierra.

La tentación de Cristo no es, pues, moral (no se basa en un posible pecado), sino mesiánica, porque plantea la cuestión del verdadero Mesías. Es una tentación teologal, porque pone en juego (durante una fracción de segundo solamente) la legitimidad del plan del Padre, aparentemente inhumano e ineficaz. En este nivel es en el que Cristo ha tenido que elegir libre y amorosamente para no «avergonzarse del Evangelio» (Romanos 1,16). Esto es todo, amigo mío. No busques en otra parte.


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