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La Autenticidad Cristiana
Vivimos en tiempos duros, quien quiera permanecer fiel y vivir con autenticidad su fe cristiana ha de estar dispuesto a jugarse todo por Cristo


Por: Álvaro Corcuera, L.C. | Fuente: Catholic.net



¿Qué es la autenticidad cristiana?

La autenticidad es vivir (en pensamientos, palabras y obras) la verdad de nuestro propio ser; verdad que encontramos en Dios, nuestro Creador y Redentor. La razón humana iluminada por la fe me descubre la verdad objetiva de mi identidad: soy creatura redimida por Cristo; soy cristiano, llamado a vivir como Cristo dentro de su Cuerpo místico que es la Iglesia y a ser apóstol; tengo una misión en la vida que consiste en servir y amar a Dios a través del cumplimiento de su santa voluntad, manifestada principalmente en la ley moral natural y en los criterios del Evangelio. La autenticidad, en resumidas cuentas, exige conciencia de lo que debemos ser por voluntad de Dios y coherencia con lo que debemos ser. Esta coherencia, lo sabemos muy bien, exige una lucha continua contra todo lo que nos aparta del cumplimiento fiel de la voluntad de Dios.

Es importante aclarar que la autenticidad no es lo mismo que la espontaneidad. Lo verdaderamente auténtico no consiste en el hecho de decir o hacer algo sin trabas ni represiones. Algunas escuelas psicológicas y métodos pedagógicos promueven la idea de que para llegar a ser auténtico y realizarse en la vida hay que liberarse sistemáticamente de todo impedimento o freno a la propia libertad (entendida ésta, de manera equivocada, como capricho o autonomía absoluta). En cambio el Evangelio nos dice, y nuestra experiencia lo confirma, que cumplir mi deber en contra quizá de lo que me dictan mis sentimientos o las circunstancias no es signo de hipocresía o falsedad, sino, por el contrario, una señal magnífica de coherencia.

Queridos amigos, yo les invito a dejarse cautivar por la autenticidad que brilla en la vida de Jesucristo y en la fidelidad heroica de José Luis y de todos los mártires. Seamos auténticos, seamos hombres y mujeres que, con toda verdad y sin engaños, cumplamos en todo la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. Que nuestro amor al querer de Dios sea tan fuerte que superemos el respeto humano, la doblez y el disimulo en nuestro comportamiento. «Nadie puede servir a dos señores» (cf. Mt 6,24).

Jesucristo nos dejó páginas muy claras sobre este tema. Basta contemplar un Crucifijo para creer en ello. Eran las palabras que tanto nos recordaba Juan Pablo II: ¡siempre fieles!, en cualquier circunstancia, ante cualquier estado anímico, en la adversidad o en la bonanza, en el sufrimiento y en todo momento. Siempre nos ayuda recordar, meditar y aplicar ese extraordinario discurso que nos dirigió en su primer viaje apostólico a México y que pronunció en la misa de la Catedral metropolitana el 26 de enero de 1979. Ahí habló de los pasos de la fidelidad, que implican, coherencia y constancia. Nos decía: «no negar en la oscuridad, lo que hemos visto en la luz».

2. Implicaciones de una vida cristiana auténtica.

a) La oración como un medio para descubrir lo que Dios quiere de mí.

La oración es un elemento imprescindible para cultivar la conciencia clara y habitual de lo que Dios, fuente de toda autenticidad, quiere de mí en cada momento. Es más, la oración no sólo me ilumina sino que me proporciona también la fuerza, los motivos, para amar ese querer divino y llevarlo a su realización. ¡Cuánto nos estimula contemplar a Jesús absorto tantas veces en oración durante amplios ratos! Ante las grandes decisiones, en las horas de oscuridad de su Pasión, en todo momento Cristo supo descubrir en la oración la luz y la fuerza necesarias para perseverar en el cumplimiento de las «cosas de su Padre» (cf. Lc 2,49). ¡Todo cambia con la oración! No podemos imaginar la fuerza transformadora que tiene. Las penas las convierte en gozo, las tristezas en consuelo, la debilidad en fortaleza, la preocupación en paz. Cristo se retiraba a orar. Ahí decidía, ahí suplicaba al Padre, desde ahí nos enseñó el camino, el mejor camino de todos. Orar, orar, orar. No cabe duda que aquí está el camino para todo. No hay que olvidar que, junto con el cultivo de la oración, también el sabio consejo del director espiritual puede ayudarnos a conocernos y a discernir mejor las manifestaciones concretas de este querer de Dios.

b) Mantener una recta jerarquía de valores.

La voluntad de Dios debe ser la norma suprema, por encima de las pasiones y caprichos, de las modas y costumbres del mundo, de las solicitudes del diablo. Es bueno lo que me ayuda a cumplir la voluntad de Dios, y malo lo que me estorba. Los santos nos dan un maravilloso testimonio de lo que significa vivir con coherencia esta recta jerarquía de valores. «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», confesaron valientemente Pedro y los demás Apóstoles ante el Sanedrín (Hch 5,29). ¡Cuántas oportunidades tenemos en nuestro trabajo y en general en nuestras relaciones sociales, para dar testimonio valiente de esta verdad que en ocasiones puede implicar tomar decisiones difíciles o contra corriente! José Luis tenía muy clara su jerarquía de valores: «Primero muerto, antes que traicionar a Cristo y a mi patria», repetía a sus verdugos. Tenía bien puesto su corazón en la patria eterna, en las palabras que Jesucristo nos dice en el Evangelio: «¡ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor!» (Mt 25,21).

Para vivir con coherencia según la norma suprema de la voluntad de Dios hemos de ser fieles a la voz del Espíritu Santo en nuestra conciencia.

«La conciencia –nos recuerda el Concilio Vaticano II- es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Gaudium et Spes, n. 16).

En ella resuena con fuerza la ley moral fundamental: hay que hacer el bien y evitar el mal (bonum est faciendum, malum vitandum). Es ahí, en la conciencia, donde estamos a solas con el Amigo, que a fin de cuentas sólo quiere nuestro bien, ¡nuestra felicidad verdadera!

Créanme, queridos amigos, que una de las cosas más terribles que nos pueden suceder es perder la sensibilidad de conciencia, porque mientras ésta exista siempre habrá posibilidad de rescate, Dios nos podrá dar la mano para sacarnos adelante. Hemos de cuidar, más que la propia salud del cuerpo, la salud de nuestra conciencia; llamar siempre al bien, «bien» y al mal, «mal»; que nos preocupe más una deformación de conciencia que una herida o un comentario molesto.  ¡Qué reso-lución tan útil podríamos sacar para nuestras vidas: nunca acostarnos sin hacer un breve examen de conciencia para ver cómo estamos respondiendo al querer concreto de Dios en nuestra vida, para agradecerle lo bueno que hayamos hecho y rectificar cualquier indicio de engaño o deformación!

Hacer de la voluntad de Dios la norma suprema de vida es, además, fuente de felicidad y de profunda paz, porque el alma busca agradar a Dios en todo momento movida por el amor y no por el temor. Como bien dice La imitación de Cristo: «La gloria del hombre bueno está en el testimonio de una buena conciencia. Ten una conciencia recta y tendrás siempre alegría» (libro II, c. 6, n. 1-2).

Ayuda mucho repasar, sobre todo con el corazón, las palabras del salmo 118: «¡cuánto amo tu Voluntad, Señor, pienso en ella, todo el día!». Es lo mismo que nos ocurre cuando amamos a una persona: la queremos tanto y nos quiere tanto, que el gozo de nuestro corazón es hacer lo que a Él le agrada, verle feliz y saber que nuestra gratitud a Él se manifiesta más que en palabras, en obras de fidelidad a su Voluntad. Por eso decimos su santa voluntad y por eso le pedimos todos los días en el Padrenuestro que se haga SU voluntad. No hay petición mejor en nuestra vida.

c) Huir de la mentira en la vida, y por lo mismo, buscar ser buenos y no sólo aparentarlo.

Hemos de procurar actuar siempre de cara a Dios y no sólo de cara a los demás. Un gran enemigo de la autenticidad es la vanidad, el respeto humano, el miedo a lo que los demás puedan pensar o decir de nosotros. A veces es necesario cuidar la propia imagen y tener en cuenta las posibles repercusiones de nuestros actos ante los demás. Pero cuando esto me lleva a silenciar mi conciencia, a dejar de cumplir mi deber y omitir el bien, entonces preferimos traicionar a Dios antes que quedar mal ante los hombres.

«El hombre siempre ha sentido la necesidad de la careta; para reír y para llorar. Hay muchos hombres y mujeres que la llevan. No se guíe por apariencias, hermano. Mucha gente se acicala, sonríe, guiña el ojo al espejo...; pero con la careta puesta. Quizá sólo cuando han apagado la luz, se atreven a quitársela por breves instantes, pero la dejan sobre la mesilla, al alcance de la mano, para acomodársela como primera medida del día». Lo que nos debe preocupar es la imagen que Dios tiene de nosotros, construir nuestra vida minuto a minuto de cara a Él.

Ésta es la mejor imagen que podemos dar a los demás, la más auténtica, la que mejor «vende». «No eres más santo porque te alaben, ni peor porque digan de ti cosas censurables. Eres sencillamente lo que eres, y no puedes considerarte mayor de lo que Dios testifica de ti» (La imitación de Cristo, II, c. 6, n. 12).

A Dios nuestro Señor, estimados amigos, no le podemos engañar, ya que «todo está desnudo y patente a sus ojos» (Heb 4,13). Él es quien nos ha creado y nos juzgará. No es la suya, sin embargo, la mirada escrutadora del policía o del inquisidor, sino la de un Padre que nos ama, que se preocupa por nosotros y que si a veces nos corrige es sólo por nuestro bien (cf. Heb 12,7; Job 5,17).

¡Cuánta paz y seguridad da al alma vivir esta realidad, actuar siempre de cara a Dios! No hay nada que temer, no hay por qué esconderse al escuchar los pasos de Dios en el jardín, como Adán y Eva después del pecado (cf. Gen 3,8). Se está a gusto con Él. Se dialoga con Él con franqueza y espontaneidad.

d) Volver a la Verdad: saber levantarse con humildad y reemprender el camino.

Todos podemos tener caídas y limitaciones, pero ello no nos hace incoherentes siempre y cuando reconozcamos con humildad nuestra debilidad, pidamos perdón a Dios con sinceridad y volvamos al camino recto. La confesión frecuente es el sacramento que nos vuelve a colocar en la verdad de Dios y, junto con la Eucaristía, nos da la fuerza para vivir en ella.

Es tan fácil autojustificarse, maquillar la propia imagen ante los demás y ante uno mismo con una larga letanía de excusas y lenitivos («no era mi intención, no hay que exagerar, somos humanos, los demás también lo hacen, en estas circunstancias sí se puede…»). La condición imprescindible para superarse en la vida, para ser un hombre auténtico es la honestidad con uno mismo, la sinceridad que Jesucristo «camino, verdad y vida» nos propone en el Evangelio. Hacer la verdad en el amor (cf. Ef 4,15). «Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1Jn 1,8-9). El placer más grande de Dios es perdonarnos. Pero el perdón sin amor, es decir, sin arrepentimiento, corrompe. De igual manera la autenticidad sin sinceridad es una farsa. Pidámosle a Dios que nos conceda la gracia de ser muy honestos y humildes para que nunca permita que nos separemos de Él ni desconfiemos de su amor.

Queridos amigos, ustedes saben mejor que yo que vivimos en tiempos duros. Quien quiera permanecer fiel y vivir con autenticidad su fe cristiana ha de estar dispuesto a jugarse todo por Cristo. Hoy parece más claro quizá que en tiempos pasados aquella realidad del martirio que vivieron los primeros cristianos en propia carne. La vocación cristiana es una vocación al testimonio, a ser signo de contradicción, una llamada al martirio de la fidelidad diaria. Los mártires, como José Luis Sánchez del Río, nos dan ejemplo de ello.

En María, la Virgen del sí, la mujer auténtica y coherente por antonomasia, fiel a la palabra dada a Dios y a los hombres, podemos encontrar una síntesis maravillosa de lo que he intentado decirles y un sostén seguro en nuestra lucha diaria por ser hombres y mujeres coherentes, auténticos cristianos. A Ella le pido que nos alcance de Dios, junto con la intercesión también del futuro beato José Luis Sánchez del Río, la gracia de la perseverancia final en la fe y en el amor a Dios.

Suyo afmo. y s.s. en Jesucristo,

Álvaro Corcuera, L.C.
 





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