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Segunad Parte: Experiencias Misioneras
Segunda Parte del libro Hacia la Santidad


Por: P. Ángel Peña O.A.R. | Fuente: Catholic.net



EXPERIENCIAS MISIONERAS

En esta segunda parte, quiero transmitir algunas de mis experiencias misioneras, durante los 34 años de misionero en el Perú y durante los quince meses de capellán militar en el Norte de Africa. Quiero hacerlo con la intención especial de animar a tantas religiosas, especialmente contemplativas, a ser misioneras y para que estén convencidas de que los frutos de los misioneros de vida activa se deben, en su mayor parte, a sus oraciones y sacrificios, y nunca desconfíen de la validez y de la eficacia de su vocación. Personalmente, me siento apoyado por muchas de ellas, que me escriben y son mis hermanas de oración.

A ellas les dedico especialmente estas páginas misioneras.

VIDA MISIONERA

A lo largo de mi vida misionera en el Perú, he podido acumular mucha experiencia en relación con las almas. He podido sentir el hambre y la sed de Dios en mucha gente humilde y pobre, para quienes el sacerdote es verdaderamente un enviado de Dios. Y he visto sus rostros curtidos por el sol y el aire de los Andes y los he visto sufrir y morir, pero también los he visto rezar con fe y confiar en Dios como no lo he visto tan palpablemente en otros lugares donde he podido vivir. Su vida de trabajo y sacrificio han sido para mí una escuela mejor que todas las escuelas de teología del mundo para vivir mi voto de pobreza. De ellos he aprendido mucho, quizás más de lo que yo les he enseñado. Aquellos campesinos pobres, catequistas, hermanos del apostolado... me daban lecciones de teología sin palabras bonitas, sino con su propia vida de fe, fuerte y robusta.

Por supuesto que estoy pensando en los mejores, porque también el misionero debe sufrir al ver la indiferencia de otras ovejas. Algunos lo rechazan, porque les invita a dejar sus vicios; otros lo rehúyen por temor, debido a su ignorancia y pobreza; otros quizás no tienen ningún interés en las cosas de Dios y quieren vivir su vida “a su manera”. Pero el sacerdote se siente Padre de todos y por todos debe orar y encomendarlos en la misa diaria. Tampoco faltan, lobos rapaces que se llevan sus ovejas a otro redil y los convierten a otras sectas, porque están abandonadas como ovejas sin pastor. Es triste, pero real, que la falta de sacerdotes en aquellos lugares alejados de la civilización les hace fácilmente presas de las sectas o de los vicios.

Durante mi estancia en los Andes peruanos, tenía mi residencia en un pueblecito llamado Pimpincos, a 2.400 metros sobre el nivel del mar. A muchos lugares y caseríos, sólo podía ir una sola vez al año, normalmente para las fiestas del lugar, aunque procuraba ir en otros momentos en que estuvieran más tranquilos y menos preocupados por la fiesta. En algunos lugares, cuando llegaba, hacía varios años que no los visitaba ningún sacerdote. Eran caseríos pequeños y no tenían ni siquiera capilla para ir a rezar.

Yo pensaba: “Hay tanto que hacer, tanta gente hambrienta de Dios y yo soy un pobre hombre con mi tiempo tan limitado, con distancias tan largas, con caminos llenos de barro...” Y le decía: “Señor, te encomiendo a mis ovejas, cuídalas tú, porque yo no puedo llegar a todas”. Por eso, pienso en la gran importancia de la oración de las misioneras contemplativas. Ellas sí pueden llegar hasta los más recónditos lugares con su oración y sacrificio. Hay que orar mucho. El mundo necesita de Dios y nosotros no podemos dejar abandonados, sin sacerdotes y sin fe, a tantos hermanos que nos necesitan.

CORRERÍAS APOSTÓLICAS

En mula o a caballo, raras veces a pie, con sombrero de paja o sin él y siempre vestido con mi hábito negro de agustino recoleto. En mi equipaje no podía faltar el poncho de aguas para la lluvia ni la alforja de cuero en la que llevaba lo necesario para la misa. Subiendo o bajando los enormes cerros de los Andes. Con frío o con calor; a veces, sudando la gota gorda, o con lluvia por caminos llenos de barro. Siempre acompañado de un catequista que me guiaba y me ayudaba en cualquier dificultad. Casi siempre silbando o cantando, cuando el clima era bueno, para manifestar mi alegría interior al Dios del Universo que ha creado tantas maravillas de la naturaleza.

Cuando llegaba a un caserío, salían muchos a recibirnos con alegría, a no ser que fuera un caserío distante, donde se iba después de varios años. Normalmente, en casi todos los lugares, la llegada del sacerdote era un día de fiesta. Por la noche nos reuníamos para la misa y allí, niños y viejos, hombres y mujeres (y hasta perros y gatos) todos unidos cantábamos alabanzas al Señor.

Yo los encomendaba y pedía por ellos por intercesión de María, la buena Madre, a quien siempre hacía referencia. Y, por supuesto, en compañía de los ángeles, que siempre están por todas partes.

¡Qué gozo siente el misionero al ver la alegría y la sonrisa en aquellos rostros de gente humilde, que lo aprecian y lo escuchan con atención! Al día siguiente, era el día de los bautismos, matrimonios, confesiones, visita a los enfermos y otras diligencias antes de emprender el camino hacia otro lugar, pues no había tiempo para descansar, ya que otros estaban esperando y ya estaban avisados de mi llegada. Y así una semana, o quince días, o un mes.

Por fin, llegaba a mi parroquia de nuevo y descansaba y me aseaba y podía comer un poco mejor. Y, de nuevo, después de un mes, planear otra nueva gira, porque lo pedían y había muchas personas sedientas de la Palabra de Dios. Pero, primero, había que tomar fuerzas físicas y espirituales para poder comenzar de nuevo, pues en las correrías apostólicas no me dejaban ni a sol ni a sombra y uno no tenía tiempo ni para rezar.

“¡Qué hermosos son sobre los montes, los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae las buenas nuevas y anuncia la salvación!” (Is 52,7).

LA MISA

Las mejores y más hermosas experiencias de mi vida sacerdotal han sido las misas. Muchas veces, la celebración de la misa ha sido para mí un verdadero gozo. He celebrado misa en catedrales y hermosas iglesias, pero las que recuerdo con más cariño son las que celebraba en aquellas capillitas o chozas de barro con techo de paja, rodeado de niños.

Cuando las celebraba por la noche a la luz de las lámparas Petromax, tenían un sabor especial y un misticismo extraordinario ante la atención de los presentes y el poder de Dios, que se hacía presente. No faltaban días en que llovía y el ruido de la lluvia y el frío molestaba un poco, pero todo se podía superar por la alegría de estar reunidos después de tanto tiempo.

¡Cuántas veces, al celebrar la misa, invitaba a los ángeles de los presentes y a todos los ángeles del Universo a unirse a nuestra celebración! ¡Es hermoso celebrar la misa rodeado de ángeles, aunque sean invisibles!

Los primeros viernes eran días de fiesta parroquial. De todos los rincones de la parroquia, a veces, desde distancias a cuatro o cinco horas de camino, venían unos trescientos campesinos para cumplir la “promesa”, es decir, a cumplir con la misa y comunión de los primeros viernes. A estos hermanos, se les llamaba los hermanos del apostolado. Eran los más fervorosos y daban ejemplo de vida cristiana. Llegaban el primer viernes al pueblo hacia el mediodía y se confesaban durante toda la tarde. A las 7 p.m. tenía lugar la misa, bien cantada por ellos, y todos nos sentíamos verdaderamente alegres. Después de la misa, todos a cenar, donde podía cada uno, en las casas de amigos del pueblo. Y después de cenar, un buen grupo iba a dormir a la parroquia, sobre tablones de madera; los demás se buscaban un lugar en las casas del pueblo. Pero, antes de dormir, tenía lugar la tertulia, conversación con el sacerdote para contarle las últimas novedades de los distintos lugares. Al día siguiente, de nuevo a la misa muy temprano y, después, corriendo a sus casas para comenzar a trabajar. Era admirable verlos con qué devoción comulgaban, algunos descalzos, otros con sus pobres sandalias, muchas mujeres con sus hijos a cuestas... Pero todos con alegría y fe.

¡Cuántas gracias le he dado a Dios en mi vida por haberme hecho misionero! ¡Valió la pena haber nacido y dedicarme a llevar a Dios a mis hermanos!

Pero no todos los años vividos en el Perú he estado en la Sierra, en las montañas de los Andes. La mayor parte del tiempo lo he pasado en las grandes ciudades de Lima y Arequipa. También aquí he celebrado muchas misas con inmensa alegría. Quizás las misas más íntimas han sido las que he celebrado yo solo en la intimidad con Jesús. A veces, la debilidad me quitaba la concentración y celebraba con esfuerzo. Otras veces, sentía al Señor de modo especial, como aquella noche de Navidad de 1998 en que estaba muy enfermo; había salido hacía dos días del hospital y mientras mis hermanos de Comunidad, celebraban la misa de Nochebuena en dos lugares distintos, yo celebraba solo en la capilla de la Comunidad. Me sentía tan débil y pequeñito que le ofrecí al Señor mi debilidad ¿qué más le podía ofrecer, además de mis pecados? Creo que en cuestión de eficacia espiritual fue de las mejores de mi vida.

Por supuesto que he gozado mucho en misas de ciertos días de fiesta, sobre todo, el día de Jueves Santo y en las fiestas de Jesús y de María, que he procurado siempre celebrar con especial interés, rodeado de ángeles y santos, y orando por todo el mundo, incluidas las almas del purgatorio. Solamente en los primeros tiempos de mi vida sacerdotal, llegué a celebrar casi por compromiso y sin fe ni devoción, porque estaba perdiendo la fe por mi falta de oración personal. Felizmente, eso pasó y ahora siento la grandeza de la vocación sacerdotal y no olvido que la misa es lo más grande que se celebra cada día en la tierra y trato de celebrarla, como si fuera mi única misa o mi última misa. La misa es el centro de mi vida de cada día y cada día me preparo unos minutos antes de celebrar; voy con tiempo a la sacristía, y, después de la misa, me recojo unos momentos para poder decirle de todo corazón: “Gracias, Señor, por ser sacerdote y por esta misa que acabo de celebrar”.

LA CONFESIÓN

Después de la santa misa, mis mayores alegrías las he recibido al administrar el sacramento de la confesión, sobre todo, al confesar a personas después de cuarenta o cincuenta años que no se confesaban. Muchas de estas confesiones han sido para mí de una experiencia inolvidable. Se siente una inmensa alegría al oír: “Parece que se me ha quitado un gran peso de encima, he rejuvenecido veinte años, gracias, Padre”. Por eso, algunas veces, he pensado: “Hubiera valido la pena haber nacido, haber confesado a esta persona y, después, haber muerto. Habría valido la pena ser sacerdote sólo para esto”.

Y ¡qué alegría ver sonreír con sinceridad y desde el fondo del alma a aquellos hombres después de años de tristeza y de estar cargando un fardo tan pesado! En ocasiones, eran mujeres que habían abortado varias veces y durante años no habían podido vivir tranquilas; otras veces, eran hombres que habían vivido en el ateísmo muchos años o volvían a la Iglesia católica después de haber deambulado por varias sectas, buscando la verdad. O simplemente, lo que era más frecuente, personas que habían vivido durante años sin poder comulgar, porque eran convivientes o casadas solamente por lo civil. ¡Qué felicidad para ellas regularizar su situación y casarse por la Iglesia y poder comulgar!

Recuerdo el caso de aquel viejecito que, al ir a darle la unción de los enfermos, después de confesarse, con la alegría del perdón recién estrenado, me decía entre lágrimas: “Padre, la ignorancia, la ignorancia me hizo cometer tantos pecados”. Así explicaba él, el porqué de los pecados de su juventud. Nadie le había orientado y había ido por el camino fácil del vicio y de la mala vida.

Tampoco olvidaré el caso de algunos alcohólicos, hombres o mujeres que se confesaban y entraban en grupos de “alcohólicos anónimos”, y cambiaban de vida. En concreto, recuerdo aquel esposo que le pegaba a su esposa y ella vino a hablar conmigo, porque quería divorciarse. Pude hablar con los dos y fueron a un “Encuentro matrimonial” y después se casaron por la Iglesia y él entró en el grupo parroquial de alcohólicos anónimos y su vida cambió hasta el punto de ser actualmente uno de los mejores dirigentes de la parroquia. Pero tampoco puedo olvidar algunos casos, en que algunos drogadictos o personas muy deprimidas llegaron al suicidio. Sólo me quedó rezar por ellas y confiar en la misericordia de Dios.

Hay personas que dicen que “para qué me voy a confesar con un hombre que es más pecador que yo”. Felizmente, es Jesús quien perdona y no el sacerdote, el sacerdote es solamente un instrumento del perdón de Dios. Si él es pecador, Dios lo juzgará. Pero a través de la confesión, Dios puede derramar en nuestras vidas abundantes bendiciones que, de otro modo, no podremos recibir. Por eso, yo siempre recomiendo la confesión, al menos, mensual, y procuro tener tiempo para confesar y ayudar en dirección espiritual a quienes me lo solicitan.

SACRIFICIOS

La vida misionera, sobre todo, en lugares alejados de la civilización es muy sacrificada. Además, hay que tener buena salud para soportar las privaciones. A título personal puedo decir que una de las cosas que más me hacían sufrir eran las comidas. Por mis males de estómago, del que me operaron siendo joven seminarista, debo guardar dieta todos los días. En aquellos lugares, preparaban la comida con manteca de cerdo y eso me sentaba mal. Muchas veces, me preparaban cosas con picante o con mucha grasa... Y tenía que decirles que no podía comerlo, lo cual era siempre desagradable, pues no hubiera querido rechazar lo que me preparaban con tanto cariño. A veces, tenía que comer menos de lo que hubiera deseado y pasaba hambre, aunque normalmente siempre estaba previsto de gran cantidad de plátanos, con los que suplía las deficiencias alimentarias.

En muchos lugares, había que soportar las pulgas y los chinches que no te dejaban dormir, en otros eran las ratas. Nunca me olvido del día que visité Cuica, donde había una plaga de ratas. Durante la misa, las veía correr por la Iglesia y me llamaban la atención, porque muchas eran medio blancas. Por la noche, tuve que dormir en una habitación con latas de kerosene encendidas para que no se acercaran. Pero había lugares que parecían tranquilos y, a media noche, escuchaba ruidos, encendía la linterna y allí aparecían las ratas, que subían por las paredes.

Otras veces, eran los fríos que hacían sufrir, o los calores que hacían sudar la gota gorda. Con frecuencia, llovía mucho y los caminos estaban llenos de barro, de modo que en algunos trechos ni la mula podía pasar, porque se hundía, y tenía que caminar a pie, lo cual para mí era una especial mortificación. No faltaban accidentes; algunas veces, la mula se caía o se resbalaba con peligro de caer y lastimarme, pero, gracias a Dios, mi ángel siempre estaba atento para cuidarme.

Para dormir, unas veces me preparaban sitio en la escuela del lugar o en las casas, rodeado de gente que dormía en el suelo alrededor de mi cama; o preparaban un colchón encima de una mesa o en el suelo. Dependía de los lugares, pero faltaba la privacidad, que es tan importante, y uno no se podía ni duchar, porque allí no había esas comodidades.

Tampoco faltaban los peligros de serpientes, donde menos se esperaba. En una oportunidad, estaba conversando tranquilamente con dos amigos y, al mirar a mis pies, vi que una serpiente roja, pequeña, de las más venenosas, estaba pasando por encima de mi zapato. Me aparté y trataron de matarla, pero ya se había ido.

Una vez, cuando desperté por la mañana, sentí que mi labio inferior estaba muy hinchado. ¿Qué había pasado? No lo sé, pero algo me había picado en la noche. Tuve que celebrar la misa con media lengua. Pero así es la vida del misionero, y tuve que continuar el recorrido previsto, porque en otros lugares me estaban esperando. Gracias a Dios, no fue cosa grave.

En aquella época de los años setenta, en el pueblo donde residía, no había ni agua ni luz ni carretera, Los lunes esperaba con ilusión al cartero a ver si traía algunas noticias del exterior. Mi única distracción era la radio. Por las noches, a la luz de la lámpara, leía algo de la Biblia o de los cuatro únicos libros que tenía o rezaba un poco y, a dormir, en mi cama de paja. No faltaban ocasiones en las que el sacerdote debía poner orden en las peleas de las fiestas y debía llamar la atención a algunos profesores o policías borrachos. También el misionero, muchas veces, debe hacer de arquitecto o constructor de obras. En Pimpincos, recogiendo limosnas y trayendo cemento desde las ciudades de la costa, pude mejorar la Iglesia y el atrio del templo, que da a la plaza del pueblo. En Arequipa, con ayuda extranjera, pude construir un gran complejo parroquial, donde actualmente viven unas religiosas, y mejorar los salones parroquiales. En otros lugares, los misioneros son los que procuran llevar a esos pueblos agua y desagüe, luz, carretera y hasta puentes, hacen obras sociales como la colocación en las casas de servicios higiénicos con pozos ciegos. Y dan charlas de salud y de todo lo que sirva para promover el desarrollo humano y espiritual de la gente, incluidas las clases de religión en los colegios.

ALEGRÍAS

Nunca me olvidaré de aquellos viajes en mula o caballo de hasta diez horas al día. Recuerdo que, muchas veces, iba cantando, porque me sentía feliz al ver aquel maravilloso panorama de las montañas.

Todavía conservo algunas fotos de aquellos lugares. Me impresionaban especialmente las bandadas de huacamayos, especie de loros grandes y de vivos colores, muy hermosos. Aunque hablando de panoramas, nunca olvidaré los días que estuve en la Selva central del Perú. Fuimos desde San Ramón en una avioneta hasta Satipo y todo el trayecto era volar sobre una sabana inmensa verde. Es una vista emocionante ante la que uno no puede hacer otra cosa que alabar a Dios, autor de tantas maravillas. Después de varias horas, descendimos en un pequeño campo y de allí tuvimos que ir en mula otras cinco horas para llegar al lugar donde nos esperaban para casar a una pareja de jóvenes novios. Él era descendiente de los austríacos del Tirol, que habían llegado a aquellas tierras hacía unos cien años atrás, ella era nativa de la Selva. Todo fue muy hermoso y confesé a algunos antes de la misa y pude disfrutar en grande con aquellos hombres; muchos de ellos rubios y otros quemados por el sol.

Y, hablando de panoramas, tampoco puedo olvidar mis tiempos de capellán militar en el Norte de Africa, en el Peñón de Vélez de la Gomera, una pequeña islita española en las costas de Marruecos. Solamente estábamos allí cien soldados con el capitán y tres suboficiales. Por las tardes, me iba a la parte posterior de la isla y allí me divertía cantando y mirando el horizonte. De vez en cuando, se veía saltar a los delfines, pero, sobre todo, el espectáculo más maravilloso eran las puestas de sol. Eran extremadamente bellas y yo solamente podía agradecer a Dios por tantas maravillas y por tanto amor que había derramado en sus criaturas. Por supuesto que no faltaban días de tempestad en que el mar se alborotaba y las olas se alzaban majestuosas al chocar contra las rocas de acantilado. Daba miedo ver al mar tan embravecido y eso me ayudaba también a meditar en el poder de Dios y en la fragilidad humana. De vez en cuando, me ponía a escribir mis impresiones, mirando a las gaviotas volar raudas sobre el litoral. Me gustaba escribir.

En mi vida misionera he ayudado a toda clase de personas: jóvenes, esposos, ancianos, enfermos, pero de quienes he recibido mayores alegrías ha sido de los niños. Ellos han sido siempre mis amigos predilectos. Hasta ahora, todos los domingos, al salir de la misa, les reparto caramelos y chocolates y me siento feliz de verlos felices y me alegro, cuando me sonríen y me dicen con toda su inocencia “Gracias, Padre” con un beso o con un abrazo. Pero no solamente los domingos, también entre semana llevo siempre mi bolsillo lleno de caramelos y, cuando veo a los niños por la calle, ellos se acercan a saludarme y yo les doy un caramelo. Por eso, muchos me llaman el “Padre de los caramelos”. Es muy hermoso sentirse querido por los niños y, a la vez, es una buena pastoral, pues muchos de ellos atraen a sus padres a la Iglesia para verme y recibir su caramelo. ¡Es bello hacer felices a los niños! A veces, compro muñecas u otros juguetes para hacerlos felices. Otras veces, les compro víveres para sus familias o les doy ropa o dinero para sus estudios. Lo importante es hacerlos felices y verlos sonreír. Y así yo me siento feliz al verlos felices ¿Puede haber en el mundo algo más bello que la sonrisa de un niño que ríe feliz?

¡Que Dios bendiga a todos los niños del mundo! “De los que son como ellos es el reino de los cielos” (Mc 10,14).

LOS POBRES

Vivir en un país pobre puede ayudar a sentirte más solidario con los pobres, al ver tantas necesidades materiales, cuando uno lo tiene todo. En Arequipa, organicé un comedor para los alcohólicos, que deambulaban por las calles y que se dedicaban a robar para vivir. Eran unos cuarenta y les hacía cantar y rezar. Ciertamente, tenían un fondo bueno, pero había que corregirles muchas cosas y debíamos tener mucho cuidado, porque, si nos descuidábamos, nos robaban hasta los platos y cubiertos.

Incontables veces he repartido ropa, víveres, medicinas y otras cosas a gente pobre, aunque muchas veces también, tratan de engañar para que se les dé más. Pero hay que aceptarlos con sus defectos y quererlos y ayudarlos a amar más a Dios y a ser más responsables en su vida privada, con su propia familia. Muchas veces, he visto a niños pequeños trabajar, vendiendo caramelos, limpiando coches o limpiando zapatos.

Y, cuando les compraba algo o les ayudaba y les sonreía, veía en sus rostros una alegría nueva y me decían invariablemente: “Gracias, Padre”. Muchos de ellos, son de familias muy pobres, algunos se han escapado de su casa, porque les pegaban. Uno de estos niños se dedicaba a cantar en los autobuses públicos, y, después, les vendía caramelos a los pasajeros. Le ayudé mucho a superarse y nos hicimos muy amigos. Otro día vino a verme un limpiabotas y le di una ayuda. Él se quedó tan contento que me dijo: “Voy a ir a mi tierra y, cuando vuelva, le voy a traer un queso de los buenos”.

En otra oportunidad, iba en coche por la ciudad de Lima y vi en la acera a un hombre pobre, con la cabeza baja y que parecía muy triste. Yo lo miré y le dije, sonriendo: “Que Dios te bendiga, hermano”. Él me miró y me contestó: “Gracias, Padre”. No hubo tiempo para más, el coche arrancó y lo perdí de vista, pero me sentí muy contento y todo el día pensé en él y recé por él.

Mucha gente viene a la parroquia casi todos los días a pedir algo, sobre todo en Navidad, que es el tiempo en que más víveres repartimos a las familias y juguetes a los niños. Y da gusto ver sonreír a los niños pobres, aunque sea con un chocolate o con un caramelo. Algunos días viene a vender caramelos a la puerta del templo una mujer, que tiene cinco hijos. Siempre procuro ayudarle y le recomiendo que no los deje sin estudiar y de darles buen ejemplo.

Los campesinos pobres que viven en la Sierra, lo que más sienten es no tener un futuro prometedor en su tierra y tienen que emigrar a las grandes ciudades con todo lo que ello supone. Muchas veces, se alejan de la Iglesia o se dedican a los vicios, si no les va bien y no encuentran un trabajo. Otros se quedan en las montañas, pero tienen que sufrir muchas penurias, sobre todo, en los años en que hay sequía o hay demasiada lluvia y los ríos se desbordan y se interrumpen las carreteras...

Personalmente, quiero agradecer a Dios por tantas experiencias que me han hecho madurar y me han abierto al amor de mis hermanos. En este momento, estoy pensando en tantos campesinos que he conocido y que me han querido y me ofrecieron su amistad sincera. Campesinos comprometidos, hermanos del apostolado y tantos otros en los diferentes grupos de las parroquias donde he trabajado en Lima y Arequipa. Hermanos de la Legión de María, carismáticos y neocatecúmenos, cursillistas de cristiandad, de encuentros matrimoniales, de grupos juveniles o de adultos o de ancianos o de novios o de niños. A todos va mi agradecimiento sincero y mi oración.

LOS ENFERMOS

También los enfermos han sido siempre una de mis preocupaciones sacerdotales. A lo largo de mi vida he celebrado muchas misas “de sanación” por los enfermos, casi siempre en grupos carismáticos. En una ocasión, oramos por un chofer que tenía cáncer y, mientras todos rezábamos, empezó a sentir un fuerte calor por todo el cuerpo. Después, el médico certificó su curación. Y lo vi trabajar por muchos meses después hasta que lo perdí de vista. ¡Son las maravillas de Dios!

Cuando era capellán del hospital materno infantil “Santa Rosa” en Lima, todos los días visitaba a los niños y a las señoras después de celebrar la misa en la capilla de las religiosas que atendían el hospital. Pero, otras muchas veces, he acudido hospitales o a las casas, cuando nos llaman de urgencia para dar la unción a los enfermos. Siempre la presencia del sacerdote da paz, porque no va como un simple amigo a conversar o contar chistes, sino a orar y consolar.

Actualmente, en todas nuestras parroquias tenemos postas médicas para la atención a los enfermos, donde les damos medicinas gratis o a muy bajo costo. Y llevamos la comunión a los enfermos los primeros viernes de mes.

En la Sierra de los Andes, con unas distancias tan grandes, parecía que estaban esperando al sacerdote, pues algunos, una vez que recibían el sacramento de la unción de los enfermos, morían ese mismo día o al día siguiente. Como si Dios les hubiera dado esa gracia especial, de morir bien preparados.

Todos ellos me enseñaron con su pobreza y su espíritu de sacrificio a amar más a Dios. Allí he visto muchos niños desnutridos y enfermos, que podrían haberse curado fácilmente en la ciudad, pero por falta de dinero, sus padres no podían llevarlos al hospital y se morían. Recuerdo a un joven enfermo, que no podían llevarlo al hospital y estaba resignado a morir. Murió después de tres meses de haberlo conocido y me dio pena al pensar en tanta gente que se moría por no tener las medicinas o no poder llevarlos al hospital. En mi Parroquia de Pimpicos había una familia pobre, la más pobre del pueblo. La mamá estaba enferma y no podía caminar. Varias veces, la visitaba para consolarla y me lo agradecía mucho. Yo les ayudaba con lo poco que tenía, pero su fe, a pesar de su pobreza, me conmovía y hacía madurar mi propia fe.

De todos modos, yo mismo soy un enfermo entre los enfermos. De joven era el seminarista más enfermo del seminario, y de adulto sigo en el mismo camino, pero he comprendido que el dolor y la enfermedad, en vez de alejarnos de Dios puede acercarnos más a Él, y que, en vez de ser un castigo, muchas veces es más bien, un regalo de Dios.

LOS PROTESTANTES

Una de las preocupaciones actuales de todo sacerdote, en especial en América Latina, es la propagación de las sectas protestantes. Hay un dicho que dice: “Católico ignorante, seguro protestante”. Pues bien, muchos católicos ignorantes, que no conocen ni viven su fe, se cambian fácilmente de religión y abandonan nuestra fe. Por eso, edité un librito Católico conoce tu fe y otro Católico, defiende tu fe, para poder aclarar dudas y poder defenderse de los ataques de los hermanos separados que, a veces, con insistencia malévola hablan de que los católicos son idólatras, porque tienen ídolos, como ellos llaman a las imágenes religiosas.

En Arequipa, a través de los 17 grupos de la legión de María, íbamos a visitar a los enfermos a los hospitales, a visitar a las familias casa por casa y teníamos 10 cuadros hermosos de la Virgen María que iban visitando las casas y producían muchos frutos. Estábamos convencidos de que, donde había amor a la Virgen, no entraban los hermanos separados. Recuerdo a una señora, que se había hecho evangélica y asistía a su iglesia, pero que secretamente conservaba amor a la Virgen y se iba, de vez en cuando, a una Iglesia católica a rezar delante de una imagen de María. Un día, sus hermanos de religión fueron a su casa y encontraron una imagen de la Virgen y le dijeron que tenía que tirarla y destruirla, pero ella dijo que NO. Ellos le hablaron del infierno, de que era idólatra, etc., pero ella dijo que NO tiraba a la Virgen. Eso fue motivo suficiente para dejar su iglesia y acercarse a nuestra parroquia. Actualmente, es una buena cristiana, comprometida con la pastoral parroquial.

En otra familia, se convirtió el papá a los evangélicos y ellos fueron a la casa y destruyeron todas las imágenes. La mamá se indignó, porque le habían destruido su imagen de la Virgen a quien ella amaba mucho y por más que asistían a su casa a hacer reuniones y le daban charlas, no pudieron convertirla por su amor a la Virgen.

Otro caso, entre muchos, fue el de aquellos esposos evangélicos de Arequipa, que regresaron a la Iglesia católica, cuando yo les aclaré lo que significaba María para los católicos, y cómo Ella nos lleva a amar a Jesús y no a alejarnos de Él. Sí, María es el mejor camino para llegar a Jesús.

Por eso, fomentábamos el amor a María y el rezo del rosario en la parroquia, que era eminentemente mariana, no sólo por los grupos de la Legión de María, sino también, porque tenía por titular a la Virgen de Chapi, patrona de la ciudad. Todo el día teníamos el templo abierto para dar oportunidad a que muchas personas de distintos lugares pudieran venir a visitar a la “Mamita”, como llaman a María. En los programas de televisión, que tuve durante cinco años en Arequipa, de vez en cuando, aclaraba la doctrina católica sobre las imágenes y sobre la Virgen y otras verdades fundamentales de nuestra fe. Entonces, me di cuenta de cuánto bien se puede hacer a través de los medios de comunicación social. Por eso, algunas veces he seguido asistiendo a algún canal de televisión a grabar algún programa y lo mismo a emisoras de radio. También publiqué en Arequipa muchos artículos católicos en el periódico de la ciudad. Actualmente, cada año procuro editar un libro para aclarar algún punto importante de nuestra fe y así ayudar a los fieles a que se sientan orgullosos de ser católicos.

PROMOCIÓN VOCACIONAL

Estoy convencido plenamente que vale la pena ser sacerdote y, si mil veces naciera, mil veces me haría sacerdote. El sacerdote no es un hombre cualquiera, porque nadie puede celebrar la misa ni absolver los pecados, por más que haga las mismas cosas y diga las mismas palabras. Él ha sido escogido por Dios para ser su instrumento y ningún otro puede hacer que Cristo le obedezca y se haga presente en el pan y el vino ante las palabras de la consagración. Por eso, Hugo Wast decía: “Un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él”. Y el santo P. Pío decía muchas veces: “Es más fácil que el mundo viva sin el sol que sin la misa”. Y no hay misa sin sacerdote. Por eso, en mi vida sacerdotal me he preocupado mucho de promover las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Pero ¡qué tristeza se siente al ver tantos lugares alejados sin sacerdotes o parroquias de cuarenta, o cincuenta, o cien mil habitantes con un solo sacerdote! ¡Y pensar que en el mundo hay unos cien mil sacerdotes que abandonaron su ministerio sacerdotal en los años de crisis!

Por eso, hay que orar mucho por esta intención del aumento de las vocaciones. Sin sacerdotes, la moral de los pueblos se va deteriorando. Recuerdo que en una ocasión, visité un caserío que hacía unos diez años que no lo visitaba ningún sacerdote. Me recibieron con mucha consideración, pero veía con tristeza que muchos eran indiferentes y no acudían a la misa. Por eso, hice el propósito de rezar todos los días en la misa por las vocaciones sacerdotales y religiosas y lo estoy cumpliendo después de muchos años.

Con frecuencia, les pregunto a los niños si quieren ser sacerdotes o religiosas y, cuando veo a alguno más dispuesto le digo: “Yo estoy viejo y necesito repuesto, ¿quieres ser mi sucesor?” Esta costumbre la he adquirido, porque cuando era un joven seminarista, un sacerdote me dijo a mí: “Yo pronto voy a morir y quisiera que tú fueras mi sucesor en el sacerdocio, ¿aceptas?” Y yo le dije que sí.

Por supuesto que lo que más anima a seguir este camino es el buen ejemplo de los propios sacerdotes, verlos alegres y entregados a su vocación. Pero no faltan muchos padres de familia que prefieren que sus hijos sean barrenderos antes que sacerdotes. Me he encontrado con personas que sentían en su vida un gran vacío por no haber seguido la vocación sacerdotal o religiosa, a la que se sentían llamados en su juventud. No puedo olvidarme del caso de aquel joven que tenía las maletas listas para irse al seminario, pero su padre le lloró y le pidió que no se fuera. Y para no darle un disgusto y para que no “muriera” de pena, no se fue, a pesar de ser mayor de edad. Hasta ahora se lamenta.

Otros casos he conocido de mujeres que tampoco siguieron su vocación y después se han casado con un buen hombre, pero siguen con un gran vacío interior y desean que alguno de sus hijos pueda seguir este camino.

Oremos mucho por las vocaciones y animemos a los jóvenes que veamos bien dispuestos. Una de las cosas que más me ayudó, cuando era niño a escoger este camino, fue el leer libros de Tierras lejanas, libros en los que se relataban aventuras de misioneros en tierras de misión. Pidamos a Dios que escoja a algún miembro de nuestra familia y colaboremos en esta tarea con nuestro dinero y con nuestra oración, especialmente el día del DOMUND (domingo mundial de las misiones) o los días especiales de oración por las vacaciones.

Que Dios los bendiga por esta buena acción.

SER SACERDOTE

Realmente, ser sacerdote es una gracia inmensa que nunca podré valorar lo suficiente y lo mismo puedo decir de la vida consagrada.

Por eso, es realmente penoso, cuando uno encuentra algún sacerdote tibio o que da que hablar a sus feligreses. Una vez, me hablaron de un sacerdote que era alcohólico y era párroco en un pueblecito de las alturas de Arequipa. Daba pena escuchar cómo descuidaba su ministerio y que, a veces, celebraba la misa sin devoción, teniendo la iglesia sucia y el sagrario lleno de hormigas. Y que hasta la gente le faltaba el respeto, porque parece que tenía un hijo con una mujer del lugar.

Ciertamente, es muy triste escuchar estos casos u otros parecidos, que aprovechan los periodistas para desprestigiar a todos los sacerdotes por unos pocos que siempre hay en todas partes. Por eso, yo me hice el propósito, desde mis años de estudiante, de ser sacerdote, pero de los buenos; porque malos ya había bastantes.

Siempre, en mis oraciones personales, hay un lugar para mis hermanos sacerdotes. E invito desde aquí a todos los que lean estas páginas a orar por ellos. No juzguemos, Dios juzgará. Procuremos respetarlos, invitarlos a mejorar, démosles nuestro apoyo y nuestra amistad. Pero, sobre todo, oremos por los sacerdotes, a quienes Dios ha escogido para ser sus ministros en el mundo.

Y en este momento, quisiera decir con palabras del sacerdote y periodista español José Luis Martín Descalzo:

“Me hice sacerdote para hablar a los hombres de Dios y a Dios de los hombres, para ser intermediario entre Dios y los hombres. Me hice sacerdote para enseñarles a mirar al cielo, para explicarles que el mundo es muy hermoso y que no es preciso romperse la cabeza en busca de la felicidad por el mundo, cuando el paraíso está dentro de nosotros, si queremos mirar”.

Sí, vale la pena ser sacerdote. Dios me ha escogido y yo debo darle cuenta de mis hermanos. Quiero llevarlos al cielo y quiero ser una luz que ilumine su camino. ¡Ojalá que lo consiga!


RELIGIOSAS MISIONERAS

En mi vida misionera he tenido, algunas veces, el apoyo de religiosas misioneras. En mi parroquia de los Andes no había religiosas, pero en las otras parroquias de Arequipa o Lima tenemos varias comunidades de religiosas. Ellas son un apoyo fundamental en la vida parroquial. Pero quiero recordar en este momento a aquellas religiosas que me acompañaron en una gira apostólica por la selva. Fueron días en los que estaba de vacaciones y fui a visitar la selva y, en una de sus salidas, las acompañé para ayudarlas con mi ministerio sacerdotal. Después de varias horas, llegamos a un caserío perdido en medio de la floresta. Solamente una vez al año iba el sacerdote a visitarlos.

Se celebraba la fiesta patronal y tuve que celebrar varias misas, muchos bautismos y algunos matrimonios. Pero me encantaba conversar con la gente sencilla. Entonces, me di cuenta de que las religiosas eran muy queridas por todos y que, hasta los indígenas de las tribus alejadas de la civilización, venían a buscarlas para pedirles ayuda. A veces, era ayuda material; porque eran muy pobres. Otras veces, era ayuda para sus enfermedades, porque en aquellos lugares no hay médico ni enfermeros. Las religiosas eran como mamás, que a todos daban cariño, ayuda y consuelo.

¡Cuánto bien hacen las religiosas en aquellos lugares! Yo las admiraba por su entrega y dedicación. Y se daban tiempo para atenderme, haciéndome mi dieta especial para mi estómago delicado. Y tenían tiempo para estar pendientes de cualquier cosa que pudiera necesitar. Eran también para mí como madres, que me atendían.

Todavía las recuerdo, caminando entre al barro y sudando; y haciendo parada para descansar en la casa de un buen hombre a medio camino, donde pudimos tomar un buen refrigerio. Y no olvidemos que los mosquitos y el calor y el sudor, donde no hay ninguna clase de facilidades, eran un tormento permanente. Pero siempre se las veía alegres. Incluso, aprovecharon mi estadía para confesarse y tener alguna misa a solas con Jesús, porque ellas también necesitan de la oración para tomar fuerzas para continuar el camino de su entrega.

En este momento, quiero agradecer también a tantas religiosas contemplativas, que con su vida, su oración, sus sacrificios y su amor, son la retaguardia de apostolado sacerdotal. ¡Cuántas bendiciones habré recibido de Dios y las habrán recibido todos mis feligreses a través de las religiosas, que rezan por mí y por quienes Dios me ha encomendado. Ellas son misioneras desde su convento.

A todas ellas mi admiración y mi agradecimiento.

EL AMOR A MARÍA

En todos los lugares, donde he ejercido mi ministerio sacerdotal, he procurado inculcar un gran amor a María, sabedor de que María nos lleva a Jesús y que Ella es el camino más rápido, más fácil y más seguro para llegar a Jesús. Desde que era muy niño me consagré a María. En el Seminario vivía con especial ilusión el mes de mayo, mes de María. Y siempre he tenido alguna imagen de María en mi habitación. Durante los dos años que estuve en crisis, dejé de rezar el rosario, que creía era una repetición monótona de Avemarías. Pero, cuando superé esta crisis, mi amor por María aumentó, pues creí que Ella había salvado mi sacerdocio a través de la oración de las religiosas.

Desde entonces, siempre he rezado el rosario completo. Nunca me olvidaré de los dos viajes que hice a Fátima (Portugal), uno de seminarista y el otro después de haber vivido cinco años en el Perú. En este último, celebré la misa con especial fervor, renovando mi consagración a Ella. Por algo mi nombre religioso es Fray Angel Peña de la Virgen de Fátima. Algo parecido puedo decir de mi visita al santuario de Lourdes en Francia. Me entusiasmó la procesión de las antorchas y la misa por los enfermos. Volví renovado y con más amor a María. Otra experiencia, que siempre recuerdo, fue mi visita al santuario de El Pilar de Zaragoza, en España, celebrando la misa en el altar de San Antonio de Padua y besando el pilar bendito.
Durante mi estancia de 16 años en Arequipa, fundé la Legión de María, que con 17 grupos era el grupo más fuerte y dinámico de la parroquia. Por ser una parroquia eminentemente mariana, fomentaba el amor a María con el rezo del rosario y repartiendo estampas, medallas, revistas, etc. El primero de mayo era el día de fiesta parroquial; ese día venían de distintos lugares de Arequipa, quizás unas treinta mil personas. Y muchas otras durante todo el mes de mayo.

En mis tiempos de misionero en la sierra peruana construí, en la casa parroquial, una gruta a la Virgen de Lourdes, y en mis correrías apostólicas les hablaba de mis tres amores: Jesús Eucaristía, María y el Ángel custodio. En el templo parroquial coloqué una imagen nueva de María. Y, antes de las misas de la noche, les enseñaba a los niños diversas canciones entre las que no podían faltar canciones a María. María siempre me acompañaba en las correrías apostólicas por medio de alguna estampa y, sobre todo, siempre la llevaba en mi corazón. Ella me cubría con su manto y me cuidaba como buena madre de las tentaciones y a Ella le debo todos mis éxitos misionales, pues todo se lo encomendaba y todo se lo ofrecía, ya que estar consagrado a María significa ser de María y, por María, ser de Jesús. ¡A Jesús por María!

Cuando escribí el libro Apariciones y mensajes de María se lo dediqué especialmente a Ella y compuse en su honor la canción que está al final del libro. En esta canción se dice: “Soy de María, soy de Jesús y quiero serlo por siempre jamás”. Amén.

LA PROTECCIÓN DEL ÁNGEL

Muchas veces en mi vida he estado en peligros de accidentes de coche, de caídas del caballo, en peligros de animales, de contagios al atender enfermos... Sólo Dios puede saber de cuántas me he librado con la ayuda del ángel. Pero puedo decir que mi ángel, a quien siempre he tenido una especial devoción desde niño, siempre me ha cuidado con especial esmero. Recuerdo un día en especial. Habíamos ido a bendecir la cruz de un cerro y tuvimos que subir con mucha dificultad hasta la cima. Y era muy hermoso ver en la cumbre, desde lejos, aquella cruz que habían puesto los primeros misioneros para manifestar que aquellos lugares pertenecían a Jesús. Hacía varios siglos que ya no se celebraban allí sacrificios humanos o ritos satánicos como habían hecho los “gentiles”, como así llamaban a los primeros habitantes de aquellos lugares, cuando todavía no eran cristianos.

Pues bien, era un día de viento frío, el día anterior había llovido y el terreno estaba resbaladizo. Al bajar del monte, en un cierto momento, la mula empezó a resbalarse y a dar traspiés, de modo que tuve que tirarme al suelo lo antes posible. Gracias a Dios, no pasó nada, solamente tiró por el suelo la alforja y las cosas que llevaba. Los campesinos que me acompañaban, se quedaron asustados, pensando que me podía haber pasado algo grave, si la mula se hubiera caído conmigo en aquellos precipicios o se hubiera caído encima de mí.

Pero Dios vela siempre por los misioneros y creo que mi ángel cumplió su misión y me cuidó en aquel peligro como aquel día en que una serpiente pasó por encima de mi zapato, o aquel día en que fui a visitar a un enfermo muy grave y en su casa una tarántula estuvo muy cerca de picarme, o aquel otro en que un perro bravo estuvo a punto de morderme, o aquella vez en que las espinas de una zarza casi me sacan un ojo, al pasar por una vegetación muy tupida con el caballo. ¡De cuántos peligros me habré salvado!

Yo era un inexperto para caminar por aquellos lugares llenos de barro, en que la mula caminaba al borde del precipicio con el consiguiente peligro de resbalarse y caer hasta el abismo. Yo ni siquiera sabía poner bien los arreos del caballo y debía obedecer los consejos de mi acompañante que, con frecuencia, tenía que abrirme paso a través de estrechos caminos con el machete. Yo debía estar atento, cuando las ramas estaban muy bajas y, a veces, podían golpearme. Varias veces, las ramas bajas se llevaron mi sombrero sin mayores consecuencias. Otras veces, el caballo no quería avanzar por algún motivo desconocido y había que estar atento y ver la manera de tranquilizarlo. Pero, a pesar de mi inexperiencia, confiaba en Dios y en mi ángel que me acompañaba y me cuidaba. Por eso, quiero darle gracias públicamente a Dios por este ángel, que ha colocado a mi lado para cuidarme y defenderme durante toda mi vida.

EN EL HOSPITAL

No todo ha sido color de rosa en mi vida misionera. Varias veces, he tenido que ser ingresado al hospital por motivos de salud. En esos momentos, en los que me sentía muy débil, con frecuencia, no tenía ganas de rezar y ni siquiera de sonreír.

Eran momentos en los que uno toca fondo y siente toda la debilidad de su ser humano, que puede romperse en cualquier momento y puede irse al otro mundo.

Pero, aún en esos momentos difíciles, procuraba acordarme de mi ángel para que me acompañara y me ayudara. Ofrecía mis sufrimientos a Jesús, como flores de amor, aunque quizás no siempre con la alegría que debiera. Soy consciente de que soy muy débil ante el dolor, pero sé que tiene mucho valor ante Dios. Por eso, trato de ofrecerlo, aunque, por otra parte, deseo que todo pase pronto y así recobrar lo antes posible la salud. Pero, en medio de mi debilidad, procuro ser un enfermo misionero, sabiendo que, hasta el dolor y la debilidad, ofrecidas con amor, sirven para la salvación del mundo.

Muy especialmente, me acuerdo de una vez que estuve enfermo con hemorragias de estómago y tuve que estar dos meses en descanso. Durante esos dos meses, celebraba la misa yo solo, sentado, porque no tenía fuerzas ni para celebrar de pie. Iba a la capilla a orar, aunque con frecuencia me dormía. Sentía frío, mi estómago no estaba bien y hasta me aburría estar en cama. Me sentía como un pobre inútil, mientras mis hermanos tenían que hacer solos todo el trabajo.

En otra oportunidad, fue algo totalmente diferente. Se me paralizó una cuerda vocal y no podía hablar normalmente. Sufría, porque, para hablar fuerte, me salían gritos. Tuve que buscar una señora foníatra para hacer ejercicios de voz, pero pasé dos años sin poder celebrar la misa en público y sólo me dedicaba a confesar, pues el hablar en voz baja me era más factible, aunque con dificultad. Era, pues, un cero a la izquierda en la comunidad, sólo era un enfermo misionero, cuando yo hubiera querido estar sano y fuerte para trabajar como los demás hermanos, pero los caminos de Dios son diferentes.

Por eso, he aprendido a ver la mano de Dios en todo y saber aceptar su voluntad, pues de nada sirve rebelarse contra las situaciones adversas o enfermedades, que pueden tener un valor enorme sobrenatural, si las ofrecemos con amor. Ahora ya no puedo trabajar en la Sierra o en la selva, mi trabajo especial es como enfermo misionero y hacer lo que puedo en las tareas parroquiales.

¡Dios sea bendito!

ORACIONES MISIONERAS

MISIONERO EN LOS ANDES

Señor, soy misionero y me encuentro esta tarde lejos, muy lejos de la civilización. Me encuentro en una de las montañas de los Andes y es hermoso ponerse aquí de rodillas y rezar en silencio, frente al grandioso panorama que se abre ante mí.

La tarde está en declive, comienza el ocaso del sol y veo algunas nubes paseando por aquí. Señor, el paisaje que contemplo es recio y fuerte por la gallardía con que miran las montañas. Me parece escuchar su voz a través del viento, una voz profunda y armoniosa, algo así como los acordes de la quinta sinfonía. Señor, mi caballo relincha de gozo en este instante, parece que él también siente tu presencia en las alturas.

Mi guitarra parece indicarme que la coja en mis brazos y responda con sus notas y mis cantos a ese Dios que yo siento en el aire que respiro, en el paisaje que contemplo, en el alegre relincho de mi caballo y hasta en esas nubes que pasean por el cielo.

Señor, ahora estoy sentado en lo más alto y veo barrancos y ríos y valles. Y con mi guitarra y el eco de los montes te canto, Señor, diciendo: “Gracias por la vida. Me siento feliz de haber nacido y mucho más feliz por haberte conocido. Amén”.

Después de esta canción, que era oración, me sentí descansado, sereno y feliz. Y de nuevo emprendí el regreso por entre los montes, cantando con mi guitarra y montado en mi caballo. Pronto me alejé de aquel lugar de oración, desde el que sólo se divisaba a lo lejos: un hombre, un caballo, una guitarra. Y yo me sentía contento de ser misionero del Señor.

EN LA SIERRA DEL PERÚ

Señor, en esta mañana lluviosa de setiembre me encuentro en un rincón perdido de los Andes y yo te alabo y te agradezco por el bonito panorama que contemplo ante mi vista. Estoy en un lugar que se llama Panamá. Desde el portal de una humilde chocita campestre estoy viendo llover a raudales. Los pollos y las gallinas se pasean ante mí. Los perros están acurrucados en la cocina. Victoria se afana preparando el desayuno. Julio, el papá de la familia, está preparando el lugar para la misa.

¡Que bueno es mi amigo Julio! Me dice: ¡Que bien viene esta agua para mi tierra! Y yo, contemplando el paisaje y escuchando el murmullo de la lluvia le hablo de Dios y de tantas maravillas que Dios ha creado para alegría de los hombres.

A lo lejos se divisan los montes altivos y orgullosos de los Andes y los campos con su caña de azúcar, el café, los plátanos y los árboles silvestres. El cielo está encapotado; pero, poco a poco, se ve en la lejanía un horizonte cada vez más claro, poniendo la esperanza de un día de sol que ha de venir.

Después del desayuno, he recibido a algunos campesinos que han venido a visitarme y a conversar de las cosas de Dios. Al atardecer, cuando ya el día estaba calmo y sereno, ha venido la gente de los alrededores para la misa, que he celebrado con todo el fervor de que era capaz, ofreciendo mi vida a Jesús por la salvación de mis hermanos. Y ellos, en silencio, me escuchaban hablarles de un Dios amigo, de un Dios cercano, que siempre nos espera en la Eucaristía. También les he hablado del ángel custodio, de ese amigo inseparable que siempre nos acompaña y que nos protege de tantos peligros y asechanzas del maligno. Y, por supuesto, les hablé de nuestra Madre María. Les conté algunos relatos sobre apariciones marianas y me he sentido feliz de verlos tan admirados y silenciosos, escuchando mis palabras.

Después de la misa y de la cena, me he retirado a descansar y, en ese momento de oración, le di gracias a mi Dios por haberme hecho misionero. Gracias, Señor, por la alegría que me das y por haberme hecho sacerdote para llevar tu mensaje de amor a todos mis hermanos.

Mañana tengo que levantarme temprano para ir a otro lugar llamado Choros, junto al río Marañón, y así seguiré predicando tu palabra y tu mensaje por los pueblos del mundo, porque ser misionero es ser misionero del mundo entero. Gracias, Señor, por ser misionero.

SIGUIENDO EL CAMINO

El día comienza. Todavía el ambiente respira la frescura de la noche y me encuentro en Choros, acompañado de dos de mis amigos. Estamos sentados en una pequeña habitación que nos dieron de posada, esperando el desayuno y temiendo la llegada del tremendo calor que hace siempre en esta tierra.

Señor, Choros es el lugar más apartado de mi parroquia, es una llanura entre montañas, a la orilla de un gran río: el Marañón. Es tierra cálida y fértil, donde los arrozales y los cocoteros se extienden a la orilla de este gran río. Solamente una vez al año la he podido visitar y quizás nunca más la vuelva a ver, pero siempre la llevaré en mi corazón y siempre estarán sus hijos en mi oración.

Señor, comprendo que al ser visitados tan pocas veces, su fe esté débil, pero siempre rezaré por ellos. Sí, haré una campaña de oraciones y sacrificios, pediré oración a todos los que pueda en todos los rincones del mundo, porque sé que no los puedo dejar solos. Son como los hijos lejanos que un padre nunca puede olvidar y, aunque no los pueda ver, siempre los lleva en su corazón y en su oración.

Cada día, al celebrar la misa, encomiendo a un ángel que lleve hasta ellos las bendiciones del Señor. No están solos, son mis hijos alejados, lejanos, pero muy queridos.

Señor, haz que en cada uno de ellos brille una luz y surja la esperanza para que, comprendiendo tu presencia entre sus almas, puedan alabarte y darte gracias.

¡Que Dios los bendiga. Nunca los olvidaré a lo largo de mi vida!

HABLANDO CON DIOS

Señor, después de una gira por los rincones más apartados de mi parroquia he vuelto mejorado a mi vida ordinaria. Nunca podré olvidar aquella noche en que, para huir del calor del día, hicimos el recorrido a la luz de la luna. La tranquilidad y el silencio nos rodeaba, solamente interrumpido por algunos animales nocturnos que gritaban desde lejos.

Tuvimos que pasar un río poco profundo, y con peligros que podían acechar, porque en aquellos lugares había pumas, esos tigres americanos que merodean las casas en busca de ovejas que matar. Pero el viaje fue tranquilo y, al amanecer, ¡qué belleza, ver el sol nacer entre los montes! Parecía que un mundo nuevo amanecía y yo sentía a Dios en las flores, en el cielo y en los árboles y hasta en el aire que tenía un olor a tierra mojada. ¡Qué maravillosos paisajes! ¿Por qué hiciste cosas tan bellas, Señor?

Y qué sencillos aquellos hombres que salieron a mi encuentro y que me buscaban para conversar. Les hablé de Dios y me escuchaban atentos y, cuando celebré la misa en aquella casa sin puertas, hasta los pequeños me miraban con ojos abiertos. Yo me sentía contento en medio de ellos y pensaba que estaba celebrando de nuevo el grandioso misterio de la Navidad. Y Dios bajó a nosotros en aquella choza y yo sonreía a aquellas gentes humildes, que me querían de verdad.

Gracias, Señor, por mi vida misionera. Gracias por ser sacerdote. Gracias por esta misa que he podido celebrar. Gracias, por tu presencia en medio de nosotros. Gracias por todo, Señor.

EN UN RINCÓN DE LA TIERRA

Señor, me encuentro en un rincón del mundo, perdido entre las montañas. Esta mañana hemos celebrado la primera comunión de unos niños muy pobres. Algunos estaban descalzos, algunos parecían desnutridos y poco desarrollados para su edad, algunos tenían los ojos tristes, otros en cambio, estaban alegres. Hemos celebrado la misa en la escuelita del caserío, que tendrá unos 50 habitantes permanentes sin contar los que viven en casas aisladas por los alrededores.

Señor, me he sentido contento de ver sonreír a estos niños. Durante la misa les he hablado de María y de que deben amarla y encomendarse a ella. Les he dicho que recen todos los días, al menos, tres Avemarías al levantarse y acostarse, y que se consagren a Ella, que como Madre cariñosa los cuidará y protegerá con su manto. Después de la misa se me ha acercado un niño, Felipe, y me ha dicho que quería que le ponga el manto de la Virgen para que su consagración a Ella sea de verdad para toda la vida. Me ha emocionado su gesto y le he puesto sobre la cabeza mi estola sacerdotal y he rezado por él consagrándolo a María y haciéndole repetir una oración. Y me sonrió con una bella sonrisa. ¡Qué bella es la sonrisa de los niños, Señor!

Creo que María habrá sonreído a Felipe, que, con sus ocho años, ha comprendido mejor que muchos “sabios” de est



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