Programa de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2004
Por: Traducción: Comisión para las relaciones interconfesionales CEE | Fuente: www.vatican.va
ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS 2004
Mi paz os doy (Jn 14, 27)
A todos aquellos que organizan la Oración por la unidad de los cristianos
Adaptar los textos
Estos textos que han sido propuestos, cada vez que sea posible, se procurará adaptarles a las realidades de los diferentes lugares y países. Al hacerlo, se deberá tener en cuenta las prácticas litúrgicas y devocionales locales así como el contexto social-cultural. Tal adaptación deberá comportar normalmente una colaboración ecuménica.
En muchos países, las estructuras ecuménicas existen y permiten este género de colaboración. Esperamos que la necesidad de adaptar la «Oración» a la realidad local pueda animar la creación de esas mismas estructuras allí donde éstas no existen todavía.
Utilizar los textos de la Oración por la unidad de los cristianos
Para las Iglesias y las Comunidades cristianas que celebran juntas la «Oración» durante una sola ceremonia, este folleto propone un modelo de celebración ecuménica de la Liturgia de la Palabra.
Las Iglesias y las Comunidades cristianas pueden igualmente servirse para sus celebraciones de las oraciones y de otros textos de la Celebración ecuménica de la Liturgia de la Palabra, de los textos propuestos por el Octavario y del surtido de oraciones presentes en el apéndice de este folleto.
Las Iglesias y Comunidades cristianas que celebran la «Oración por la unidad de los cristianos» cada día de la semana, pueden encontrar sugerencias en los textos propuestos para el Octavario.
Si se desea realizar estudios bíblicos sobre el tema del año 2004, pueden servir de apoyo igualmente los textos y las reflexiones bíblicas propuestas para el Octavario. Los comentarios de cada día pueden concluir con una oración de intercesión.
Para las personas que desean orar en privado, los textos de este folleto pueden animar sus oraciones y su llamada a la comunión con todos aquellos que oran en todo el mundo por una mayor unidad visible de la Iglesia de Cristo.
Buscar la unidad durante todo el año
Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos sigue siendo ampliamente celebrada en el hemisferio norte del 18 al 25 de enero. Así pues, en diferentes países un creciente número de cristianos utilizan el folleto en privado durante el mes de enero y se reúnen para importantes celebraciones en torno a Pentecostés, en una época en que normalmente el clima es muy favorable. En el hemisferio sur, donde el mes de enero es un periodo de vacaciones de verano, se prefiere adoptar igualmente una fecha en torno a Pentecostés, o uno o dos meses más tarde.
Sin embargo, la búsqueda de la unidad de los cristianos no se limita a una semana del año. Os animamos a encontrar otras ocasiones, durante el año, para expresar el grado de comunión que las Iglesias ya han alcanzado y para orar juntos con vistas a llegar a la plena unidad querida por Cristo.
Texto bíblico para la Oración por la unidad de 2004
Mi paz os doy (Jn 14, 23-31)
«El que me ama de verdad, se mantendrá fiel a mi mensaje; mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. Por el contrario, el que no hace caso de mi mensaje, es que no me ama. Y este mensaje que os transmito no es mío; es del Padre, que me envió. Os he dicho todo esto durante el tiempo de mi permanencia entre vosotros. Pero el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis cuanto yo os he enseñado y os lo explicará todo. Os dejo la paz, mi propia paz. Una paz que no es la que el mundo da. No estéis angustiados, no tengáis miedo. Ya habéis oído lo que os he dicho: «Me voy, pero volveré a estar con vosotros». Si de verdad me amáis, debéis alegraros al oírme decir que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, por adelantado, para que, cuando suceda, tengáis una razón más para creer. Ya no me queda mucho que hablar con vosotros, porque se acerca el que tiraniza a este mundo. Cierto que no tiene ningún poder sobre mí, pero tiene que ser así para demostrar al mundo que yo amo al Padre y que cumplo fielmente la misión que me encomendó. Levantaos. Vámonos de aquí»
Traducción ecuménica del Nuevo Testamento
Introducción teológica y pastoral
Mi paz os doy (Jn 14, 23-31)
Rara vez oramos por causas que no nos atañen y oramos con mucho más fervor por lo que nos afecta profundamente, que atañe a las personas y a las partes del mundo que conocemos. Por ello la oración predispone el corazón humano a la acogida del otro. San Isaac el Sirio habla del corazón misericordioso como de un corazón encendido de una infinita compasión por todos los seres humanos, por todas las cosas de la creación. Sobrecogido por una «fuerte y vehemente misericordia» por una compasión «sin límites según la imagen de Dios», el corazón alza su oración en medio de todos los sufrimientos, eleva su oración misma a favor de los que hacen el mal, por «los enemigos de la verdad» (Homilía 81). El mundo de hoy tiene necesidad de estos corazones así de misericordiosos, de esta oración que alza los gemidos de la humanidad, de toda la creación.
La búsqueda de la paz en el Oriente Medio, que es el deseo de numerosos pueblos de diversas partes del mundo, es el telón de fondo de la celebración y de las meditaciones de la Semana de oración por la unidad de los cristianos de 2004. Es sabido que la paz en el mundo es un bien que se nos escapa, y que encuentra constantemente obstáculos la búsqueda de la paz y la inmensa esperanza que constituyen una parte vital de la oración que sube hoy de nuestros corazones hacia el corazón misericordioso de Dios.
Todos aspiramos hacia la paz. Es humano tener la serenidad y aspirarla desde el fondo del corazón. Sin embargo, el camino que nos conduce a la paz no es fácil de encontrar, ni fácil de recorrer. Esperamos que el tercer milenio sea un milenio de paz, un milenio de retorno a la fe en Dios. En árabe paz se dice salaam. En hebreo, lengua de la misma familia semítica, paz se dice shalom. En Oriente Medio como en otras regiones del mundo donde los miembros de diversas religiones viven al lado unos de otros, las relaciones constructivas entre las tradiciones religiosas –fundadas en el diálogo y en la búsqueda común de la paz y de la justicia, enraizadas en un mismo reconocimiento de la dignidad de todo ser humano- son una condición esencial para que nos sea concedida la gracia de recibir el don de la paz. Igualmente, en la búsqueda de la paz es fundamental que los cristianos y las comunidades cristianas vivan en un espíritu de reconciliación y de misión común. Nuestra preocupación común a favor de la paz deberá servir para acercarnos unos a otros en comunión.
El concepto bíblico de paz es rico y abarca múltiples facetas. Puede significar plenitud y bienestar, bondad y seguridad, integridad y justicia. Nuestra fe cristiana nos dice que la verdadera paz no puede ser concedida si no seguimos los caminos de Dios, como nos enseñan las Escrituras, sino solamente si recorremos el camino de la paz proclamado y vivido por Jesucristo. «Él es nuestra paz» (Ef 2,14) y en cuanto discípulos de Cristo, nuestra unidad debe ser una reconciliación en Él. El testimonio en pro de la paz de una Comunidad cristiana dividida está cargada de ambigüedades. Esta contradicción interna disminuye nuestras posibilidades de difundir la paz de Cristo. Al contrario, la unidad entre las Iglesias da fuerza y credibilidad a nuestro testimonio, proponiendo de manera convincente al mundo la visión de una reconciliación universal en Cristo. La reconciliación entre las Iglesias es una manera de alcanzar la paz y dar un carácter de integridad a su proclamación. Todos somos corresponsables de la búsqueda de la unidad que ofrecerá un testimonio auténtico de la paz de Cristo. Paralelamente, todos estamos llamados, de maneras diferentes pero inspirados y animados por el mismo Espíritu, a ser artesanos de su paz y de su reconciliación en el mundo.
Las Iglesias orientales han atravesado periodos históricos difíciles que no pueden ser comparados con otros. Estas antiguas Iglesias y los países que son la cuna del cristianismo han conocido muy raramente la paz. De generación en generación, han aspirado y han orado fervorosamente por la supervivencia. Hoy más que nunca, estas Iglesias desean la paz y poseen un patrimonio, una herencia, tradiciones y ritos que las incitan a implorar fervorosamente esta paz en sus oraciones. Por eso han escogido el tema de la paz para la Semana de la oración por la unidad de los cristianos de este año.
Efectivamente, para las Iglesias orientales que viven unas al lado de las otras y son minoritarias en el seno de su cultura, teniendo en cuenta su diversidad y los numerosos matrimonios mixtos que han tenido lugar entre sus fieles, la obra ecuménica no es un ideal abstracto sino una necesidad vital. Sólo la promoción de un espíritu ecuménico puede dar sentido a su existencia. La unidad y la paz son su gran aspiración, su sueño supremo. Un desafío común las ha reunido y su aspiración por un futuro mejor las une. La paz es su preocupación y sueño cotidiano, su constante esperanza.
Al principio del cristianismo la Comunidad cristiana esa «Una» y, aunque la encarnación de esta unidad nunca ha sido fácil, la Iglesia primitiva aparece a lo largo de los siglos como un modelo fundamental de una comunidad que quiere vivir en paz y proclamar esta paz de manera eficaz. En la actualidad no es así: todavía no estamos totalmente unidos y nuestro testimonio a favor de la paz está sufriendo. Los que la desean deberán rezar por la unidad y su búsqueda. Consciente de esta relación, la Iglesia está llamada a orar por la paz en la unidad y por la unidad en la paz.
La elección del tema de este año ha sido igualmente dictado por el hecho de que las Iglesias del Medio Oriente están convencidas de que si los cristianos del mundo se reúnen para esta oración ecuménica, serán solidarios con las esperanzas y sufrimientos de las poblaciones de esta región. Esta espera nos recuerda al apóstol San Pablo quien, durante sus viajes, recolectaba dones para la Iglesia-madre de Jerusalén. En la actualidad el don que estamos buscando es el de la oración y del apoyo espiritual a nuestras hermanas y hermanos unidos en un común deseo de paz.
La paz vuelve a colocar las cosas según su orden natural, el que Dios les da. Esto afecta a todas las relaciones y a todo tipo de relaciones. El paraíso ha sido presentado frecuentemente como un lugar donde reina la paz entre Dios y su pueblo, entre cada individuo y su prójimo, entre el género humano y la creación. La paz no existe sin la justicia. A la inversa, el pecado está en el origen de los desacuerdos. Él dispersa, la justicia une. Nuestras acciones cotidianas y nuestras opciones tienen repercusiones sobre nuestra vida ya que nos hacen optar por el bien o por el mal. Inevitablemente esto nos aleja o nos acerca a Dios y a nuestro prójimo. Encontramos la paz y la compartimos, o la desperdiciamos y la destruimos. En el Oriente, las personas se saludan deseándose la paz puesto que éste es el mejor deseo que se puede intercambiar, la mejor relación que se puede mantener con su prójimo, el derecho que se debe defender más decididamente.
Dios Padre es el Dios de la paz que nos ha reconciliado mediante la sangre de su Hijo único (2 Co 13,11). En la anáfora eucarística de las Iglesias orientales, los fieles proclaman «la misericordia de la paz, sacrificio de alabanza», invocan de este modo la misericordia de Dios que se nos ha manifestado por la revelación y el don de sí mismo a través de Cristo, quien nos concede la paz que sólo Dios puede dar. Jesús vino para edificar su paz sobre la tierra y para dárnosla (Jn 14, 27) e invita a su Iglesia a ser levadura de un nuevo paraíso en la que la verdadera paz se desea profundamente dar al mundo. Todos los ritos y las celebraciones litúrgicas y de adoración en su inmensa variedad aspiran a la reconciliación del ser humano con Dios, con el prójimo, con el universo y consigo mismo. La oración por la paz implica una fuerte dimensión interior: llama a la conversión y a la apertura del corazón, para que cada uno pueda ser portador de la misericordia de Dios; invita a la conversión y a la confianza de que Dios cumple para y por nosotros lo que no podemos realizar nosotros mismos; es portadora de frutos a través de obras de caridad realizadas como actuación de la gracia de Dios y para favorecer la reconciliación y la vida pacífica con nuestros prójimos; invita a la perseverancia en el ascetismo y en la purificación interior. Finalmente, según ya hemos dicho, la oración por la paz está necesariamente ligada a la búsqueda de la unidad en todas las esferas de la vida humana.
La oración por la paz nos prepara igualmente, como cristianos y como Iglesia que somos, a emprender la misión profética intrínsecamente unida al cuerpo de Cristo: ser instrumentos y artesanos de paz y de justicia, de una humanidad nueva en nuestro mundo desgarrado por las guerras. El compromiso activo en favor de la paz y de la justicia es fruto del Espíritu Santo que actúa en nosotros. No se trata de un proyecto humano sino de la obra de Dios y tal como las Escrituras nos lo dicen ardientemente, la paz de Dios no es la paz del mundo. Los profetas Isaías (2, 4) y Miqueas (4, 3) nos hablan de su tiempo o de las naciones que «de sus espadas harán azadas y de sus lanzas harán hoces». Esta visión de la transformación de armas en utensilios que servirán a la edificación de la comunidad, sigue incitando a los cristianos a aprender con habilidad los instrumentos del diálogo y de la solución no violenta de los conflictos en la búsqueda de la paz y de la justicia, sin recurrir más que a los medios perfectamente coherentes con la finalidad que se quiere alcanzar, como lo hizo Cristo. Miqueas y Jeremías testimonian igualmente la tradición profética de levantarse contra la hipocresía y la falsa retórica de la paz, injuriando los que dicen «¡paz, paz!, cuando no hay paz» (Jr 6, 14), los que «muerden con sus dientes mientras claman: “paz” y al que no les pone algo en la boca, le declaran la guerra santa» (Miq 3, 5). Hoy día, numerosos cristianos y comunidades cristianas toman parte en el debate público sobre los medios de preservar la paz, desafiando de este modo las plataformas políticas e ideológicas y las políticas de “paz” pasadas en la violencia, la injusticia, la opresión de los demás. En ciertas partes del mundo, el testimonio profético, que consiste en una confrontación de definiciones estrechas o falsas respecto de la paz con la visión bíblica, es imposible o puede correr riesgos muy elevados para las personas como para las comunidades. Estas regiones ocupan un lugar especial en nuestra oración por la paz.
En 2004, los cristianos del mundo entero van a celebrar nuevamente la fiesta de la Pascua en la misma fecha. El misterio pascual es fuente de nuestra esperanza y de nuestra misión, promesa de una paz que es posible. Nos recuerda que si la violencia, la injusticia y el odio pueden aumentar, es el poder de Dios el que transforma la muerte en vida y el que trae la reconciliación entre los que parecen aniquilar esta vida que en definitiva vencerá. Ya que este año celebraremos juntos la Pascua, procuraremos que nuestras celebraciones sean durante este santo tiempo un empeño para compartir profundamente la esperanza y el gozo, así como la misión que brota del sepulcro con nuestro Señor resucitado. El año 2004 se encuentra por lo demás en pleno Decenio «Vencer la violencia» promovido por el Consejo Ecuménico de las Iglesias, iniciativa que nos invita a la oración y nos llama al compromiso en la búsqueda de la paz.
Mediante la celebración ecuménica y gracias a los textos bíblicos y a las meditaciones del octavario, resaltamos la visión bíblica de la paz y nuestras reflexiones sobre este tema desde diversos ángulos, en la esperanza de reunir a los cristianos para descubrir juntos los tesoros infinitos de nuestra herencia común a fin de servir mejor a la paz renovada de Cristo en el mundo. El pasaje del Evangelio elegido para la celebración es Jn 14, 23-31, que es parte del discurso de despedida de Jesús a sus discípulos antes de someterse a la muerte. En este contexto pascual, se garantiza que si se guarda su palabra, Él y el Padre morarán entre ellos. Ofrece el don y la promesa de la paz: «Os dejo la paz, mi paz os doy». Preguntado por sus discípulos, Jesús les dice cómo deben ser portadores de esta paz en el mundo, guiados por el Espíritu Santo.
El mismo texto de Juan nos ofrece un punto de partida para las reflexiones del Octavario. Nos expone y nos permite, en efecto, reflexionar sobre las implicaciones de la comprensión cristiana de la paz. Toda paz, en el seno de la Iglesia y en el mundo, se funda sobre el amor creador y vivificante de Dios para nosotros (día 1º). En nosotros se manifiesta el amor del Padre, Jesús promete a sus discípulos la paz interior y la serenidad misma de cara a las dificultades (día 2º). Los que escuchan las palabras de Cristo y las interiorizan en sus corazones llegan a ser portadores de su paz (día 3º). Esta es la obra del Espíritu Santo que trae la paz y el perdón y que nos impulsa a introducir nuestro espíritu y nuestro corazón al servicio de un mundo que aspira a la paz (día 4º). Mientras el mundo busca la paz y la seguridad por el uso de la fuerza y el ejercicio del poder, la paz de Cristo desciende en nosotros gracias a la humildad y a través del servicio a los demás, cuando buscamos combatir el mal haciendo el bien (día 5º). Seguir el camino los discípulos de Cristo quiere decir liberarse siempre más del miedo y de la inquietud, tener siempre más conciencia que el amor de Dios es más grande que todo lo que se nos opone (día 6º). En la confianza en la resurrección de Cristo y en la espera de su retorno en la gloria, el cristiano debe vivir con la mirada puesta en un horizonte de esperanza y mostrarse solidario con los que viven en la duda, el miedo y la pena (día 7º). La paz auténtica, la paz que Dios quiere darnos, nos trae el gozo pero nos obliga también a dedicarnos a otros fines para que cada uno tenga parte en esta paz (día 8º).
Preparación de la Oración por la unidad de los cristianos 2004
Este año, el proyecto inicial de textos para la Oración por la unidad de los cristianos nos vienen de nuestros hermanos que viven y dan testimonio de Cristo en la antigua ciudad de Alepo, en Siria.
Quisiéramos agradecer muy sinceramente a todos los que han aportado su contribución en nombre de las Iglesias de Alepo (ortodoxos, católicos y protestantes) para la preparación de estos textos en su forma inicial: Mons. Gregorios Youhanna Ibrahim (Metropolita de la Iglesia siria ortodoxa), Mons. Boulos Yazdji (Metropolita de la Iglesia greco-ortodoxa), Mons. Antonio Odo (Obispo de la Iglesia Caldea) y Mons. Boutros Marayati (Arzobispo de la Iglesia católica armenia. Mons. Marayati, entre otras cosas, se ha ocupado de la coordinación del grupo local y lo ha representado en el encuentro del grupo preparatorio internacional.
El grupo preparatorio internacional nombrado por el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos (Iglesia católica) y la Comisión Fe y Constitución (Consejo Ecuménico de las Iglesias) ha dado a los textos propuestos su forma definitiva en su reunión anual. Ésta tuvo lugar en el Secretariado pastoral de la Conferencia Episcopal de Sicilia. Queremos agradecer de modo particular a Mons. Carlo Di Vita y al equipo de personal por su cálida hospitalidad y asistencia fraterna que nos dispensaron a lo largo de una semana de trabajo.
Los miembros del grupo agradecen igualmente la visita expresamente organizada para ellos cerca del Centro Paolo Borsellino, lugar donde ha estado presente la importante labor social-educativa que se ha cumplido.
La celebración ecuménica
Mi paz os doy (Jn 14, 23-31)
Introducción
El tema de la oración por la unidad de los cristianos de este año 2004 y esta celebración ecuménica son propuestas por las Iglesias cristianas de Alepo, en Siria. Las relaciones ecuménicas son vivas, y frecuentes son las ocasiones de reuniones conjuntas.
Doxología de apertura, parte penitencial, importancia que se concede al estudio bíblico, gran intercesión cantada e invocación del Espíritu Santo... Esta celebración toma efectiva y voluntariamente un modelo de celebración ecuménica que reúne regularmente a las Iglesias cristianas de Alepo, a ortodoxos, católicos y protestantes.
Las oraciones que componen esta celebración y las que están propuestas en el capítulo «Oraciones suplementarias» proceden de diversas tradiciones litúrgicas de estas Iglesias orientales. La mayor parte de las oraciones utilizadas en el proyecto de celebración provienen de la tradición litúrgica siria.
Éste será un acto ecuménico espiritual que utiliza las oraciones propuestas sin modificarlas, de entrar en el movimiento de esta celebración siguiendo su desarrollo y seleccionando sus elementos litúrgicos esenciales. Será igualmente ocasión, si es posible en la situación ecuménica local, de invitar miembros representantes de las Iglesias ortodoxas y orientales a participar en el culto y reflexionar juntos sobre la manera de adaptar esas propuestas.
Sin embargo, las comunidades experimentarán ciertamente una dificultad al apropiarse juntas de oraciones propuestas y hacer suyas ciertas expresiones. Proponemos entonces, como solución alternativa, más que recomponer las oraciones orientales, la utilización de estas oraciones abreviadas, o el cambio por otras que se presentan en el anexo final, o que también que se utilicen las oraciones de una tradición litúrgica muy familiar.
Cualquier elección adoptada, si se guarda la estructura, el movimiento y cada elemento del culto, el espíritu de la celebración será percibido y el objetivo espiritual alcanzado: permitirá que la asamblea entre con fe en la experiencia espiritual de nuestros hermanos y hermanas de Oriente y no impondrá las oraciones de una sola tradición litúrgica. De este modo se manifestará y se realizará la unidad espiritual de todos los cristianos que desean en este año 2004 orar por la paz del mundo y por su comunión en la fe de Cristo resucitado, que es su fuente.
He aquí el desarrollo de la celebración y relación de estos diversos elementos con el tema:
§ La asamblea canta al Señor su acción de gracias y se prepara para escuchar la palabra de Dios mediante una oración penitencial. Ésta dispone los corazones para la paz interior, fruto de la misericordia de Dios, y para la escucha de su Palabra.
§ La liturgia de la Palabra es la parte más amplia. Es una proclamación de la paz como don de Dios a la humanidad, como promesa de Jesús a los suyos realizada en el Misterio de su cruz y de su resurrección, y cumplida por el don del Espíritu Santo a la Iglesia. Según la enseñanza de Pablo a los Efesios y a ejemplo de su solicitud pastoral de Apóstol hacia los miembros de las Iglesias locales nacientes, estamos llamados a amarnos los unos a los otros en la comunión del Espíritu Santo. Este amor mutuo entre los cristianos y entre las Iglesias, donde el ecumenismo es una dimensión esencial, acredita nuestro testimonio y nuestro compromiso específico de cristianos a favor de la paz del mundo.
§ El gesto de la paz, trasladado al centro de la celebración entre las lecturas bíblicas y el credo seguido de una gran intercesión, evidencia particularmente también la renovación del compromiso de todos y de todas de «guardar la unidad del espíritu por la unidad de la paz, para ser un solo cuerpo...». Para expresar y animar a los miembros de la asamblea a esta renovación sincera a favor de la reconciliación de los cristianos y de la paz, proponemos lo siguiente:
Se puede intercambiar un signo de paz como encender cirios, presentar ramos de olivo, una paloma... y el arco iris preferentemente. Este signo resalta la finalidad de la oración. Es deseable evocarlo en la homilía, hacerlo un elemento principal de la celebración y que sea retomado en el envío.
También es posible invitar a personas a dar testimonio sobre su servicio a la paz. La misma situación positiva del ecumenismo en Alepo es un testimonio a recibir durante la celebración.
§ Iniciada la acción de gracias al Dios de la paz, la celebración continúa con la invocación al Espíritu Santo, tesoro de todos los bienes y fuente de la paz.
§ Los celebrantes de las Iglesias locales presentes, que han sido solicitados o no durante el desarrollo de la celebración, podrán dar juntos la bendición final. El envío podrá, entre otras cosas, ayudar a resaltar que la oración en común encuentra su finalidad en el corazón de la vida. Nuestras celebraciones ecuménicas y sus frutos en la vida del mundo hacen crecer la comunión entre los cristianos: el anuncio profético del Don de la Paz.
Desarrollo de la celebración ecuménica
Apertura
Es recomendable que al principio de la celebración se vaya presentando brevemente su esquema de desarrollo, los cánticos, la música y la proclamación de los textos de la Palabra de Dios.
Para las oraciones alternativas celebrante-pueblo, es recomendable acudir a más celebrantes.
El arco iris puede ser realizado por la comunidad local según una imaginación artística.
La colecta, según parezca en el momento más oportuno, puede ser presentada como signo de la unidad eclesial y de la paz compartida en la justicia.
C: Celebrante
A: Asamblea
L: Lector
C: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
A: Amén.
Canto de entrada (Cántico de acción de gracias)
Una parte de la asamblea, por ejemplo los diversos lectores y celebrantes precedidos de niños, pueden entrar en la procesión detrás de la Biblia llevada en cabeza. La procesión pasa en tal caso por debajo de un posible arco iris colocado en el espacio.
Oración de acción de gracias de la liturgia siria
(a utilizar tal como está o en parte, o cambiarla por otra)
C: Por Tu Luz vemos la Luz, oh Jesús Luz inmaculada. Tú eres la Luz verdadera que ilumina a todas las criaturas; ilumínanos con el esplendor de Tu Luz, ya que tuyo es el reino del Padre celestial.
Tú, el Justo y Santo, que habitas en moradas de luz, aleja de nosotros las malas pasiones y los pensamientos infames y haznos dignos de cumplir obras de justicia en pureza de corazón.
Te pedimos en este santo día que nos has reunido que te imploremos en favor de la unidad de tu Iglesia: guárdanos en la plenitud de tu paz.
A: Amén.
C: Damos gracias a Dios Padre, Señor de todas las cosas, adoramos a su Hijo único y glorificarnos su Espíritu Santo, confiando en Él nuestra vida. E imploramos su misericordia.
A: Ten piedad de nosotros, Dios de bondad y misericordia.
Oración penitencial de la liturgia siria
(a utilizarla tal como está o en parte, o cambiarla por otra)
C: Ten piedad de nosotros, Dios todopoderoso. A ti te alabamos, te bendecimos, te adoramos. Te suplicamos, Señor: muéstrate benigno, Dios de bondad y amigo de los hombres, ten misericordia de nosotros.
A: Señor, ten piedad.
C: Recordamos tu muerte, Señor Jesús, proclamamos tu Resurrección, celebramos tu venida en la gloria. Ten misericordia de todos.
A: Señor, ten piedad.
C: Por todo esto, te pedimos que nos muestres tu bondad, Amigo de los hombres, concédenos proseguir este santo día y todos los días de nuestra vida en plena paz y confianza. Quita de nosotros, de todo tu pueblo y de esta Iglesia toda envidia, toda tentación, toda obra diabólica; líbranos del complot de los malhechores, de la adversidad de los enemigos visibles e invisibles. Y concédenos en abundancia las buenas obras y provechosas porque Tú nos has concedido el poder pisar serpientes, escorpiones y toda potencia enemiga. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal, por tu gracia, tu bondad y tu amor a los hombres manifestado en tu Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien pertenece la gloria, el honor, el poder y la adoración, junto con el Espíritu Santo dador de vida e igual a tí, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
A: Amén.
C: Escúchanos, Señor Dios nuestro, ayúdanos y sálvanos. Dígnate recibir nuestras oraciones y súplicas y aleja de nosotros, por tu misericordia, toda condenación, todo castigo y toda ira. Concédenos la seguridad, la paz y un final tranquilo y feliz que das a los fieles de la paz. Danos el final cristiano que tú deseas para nosotros y que es digno de tu majestad divina, a fin de que te demos gracias y alabanza, ahora y siempre.
A: Recibe, Señor, nuestra petición de perdón y nuestra penitencia.
C: Recibamos de Dios el perdón de nuestras faltas y de nuestros pecados, ahora y por los siglos de los siglos.
A: Ten piedad de nosotros, Señor Dios, perdona las faltas nuestras y ajenas, las negligencias nuestras y ajenas, los errores cometidos voluntariamente o no, conscientemente o no. Amén.
Lecturas bíblicas
Isaías 57, 19-21; 60, 17-22.
Salmo 72 (71), 1-8.
Romanos (15, 30-33; 16, 1-16 ó Ef 2, 13-18).
Evangelio según san Juan 14, 23-31.
Homilía
(momento de silencio)
Oración por la paz y gesto de paz de la liturgia siria
(utilizarla tal como está o cambiarla por otra)
C: Haznos dignos, Señor Dios nuestro, encontrar la paz de nuestras almas y de colmar espiritualmente nuestros corazones con el vino nuevo de tu Paráclito.
A: Escúchanos, Señor.
C: Alumbra nuestros corazones con la luz de tu gracia y líbralos de las tinieblas del pecado; ilumina nuestros espíritus con los rayos espirituales de tu Espíritu Santo.
A: Escúchanos, Señor.
C: Haznos dignos, Padre todopoderoso, de intercambiar mutualmente la paz, cada uno con su prójimo, en un beso santo y divino, por el amor de nuestro Señor y Dios nuestro.
A: Ante Ti, Señor Dios, inclinamos nuestras cabezas como signo de adoración.
Canto (durante el mismo los participantes intercambian la Paz)
Credo (Símbolo Niceno-Constantinopolitano)
C: Escuchamos a Dios y con valentía proclamamos...
A: Creo en un solo Dios...
Intercesiones de la liturgia siria de Antioquía
(a utilizar tal como está o en parte, o cambiar por otra. Se puede dedicar un momento a intenciones espontáneas)
L: Dirigimos nuestras peticiones a Dios todopoderoso, Padre de nuestro Dios y Salvador Jesucristo:
Te pedimos Señor: en tu bondad, Amigo de los hombres, acuérdate de tu Iglesia una, santa, católica y apostólica.
A: Te pedimos por la paz de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
L: Bendice estas criaturas dispersas de cualquier parte del mundo, a todos los pueblos y a todos los grupos. Haz descender de los cielos la paz en todos los corazones, la paz a esta generación y cólmanos de tus favores. A nuestro gobierno, al ejército, a los jefes de Estado y a los pueblos, a nuestros vecinos, a los emigrantes y a los expatriados, revístelos de tu paz, oh Rey de la Paz. Concédenos tu paz, ya que de Ti provienen todas las cosas. Haz que seamos poseídos por Ti, oh Dios Salvador nuestro, porque no conocemos a otro más que a Ti. Tu nombre santísimo, es al que proclamamos. Que nuestras almas vivan de tu Espíritu Santo. Que el poder mortal del pecado no venza más sobre tus siervos, ni sobre ningún pueblo de la tierra.
A: Kyrie eleison.
L: Pedimos a Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Suplicamos tu bondad, Amigo de los hombres. Ten presente nuestras reuniones en beneficio de tu Iglesia santa, bendícelas y haz que ellas se difundan por el mundo entero.
A: Te pedimos por esta Iglesia
L: Tú has reconciliado los seres de la tierra con los del cielo y les has reunido en una sola cosa. Tú has cumplido tu designio en la carne y en tu ascensión a los cielos con tu cuerpo, Tú has llenado el universo de tu divinidad y has dicho a tus discípulos y a los santos apóstoles: «La paz os dejo, mi paz os doy». Ahora, Dios de la paz y de la seguridad, dígnate recordar estos beneficios, purifícanos de toda mancha, de todo engaño, de toda hipocresía, de todo mal, de toda trampa y del mal que esconde la muerte. Revístenos de tu paz perpetua porque guardamos el depósito de la fe apostólica y permanecemos unidos por los vínculos de la caridad.
A: Kyrie eleison.
L: Haz que reine sobre toda la tierra una seguridad y una prosperidad sin fin, ordenando tu paz para nosotros, a fin de que consigamos a llegar, en la unidad de la fe, al Hombre Perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo.
A: Kyrie eleison.
L: Bendice Señor la paz de tu Iglesia, de tu pueblo y de tus criaturas. Pacifica y reconcilia a todos los adversarios y a todos los beligerantes a fin de que sus espadas se transformen en rejas y sus lanzas en hoces, y que nunca jamás emprendan la guerra. Y guárdalos en tu nombre.
A: Kyrie eleison.
L. Señor, salva a tu pueblo, bendice tu heredad, vela sobre él y protégelo siempre. Conserva la recta fe, en la gloria y en la dignidad durante todos los días; establécele en el amor que supera todo y en la paz que es la base de todo entendimiento.
A: Kyrie eleison.
L: Oh Espíritu Santo, haznos dignos a contribuir a la santificación de tus tesoros celestiales y a presentarte, en pureza y santidad, una adoración verdadera, aquí y en todo lugar, ahora y durante todos los días de nuestra vida, para que tu Buena Noticia sea anunciada hasta los confines del mundo.
A: Kyrie eleison.
Oración dominical: Padre nuestro que estás en el cielo...
Renovación de nuestro compromiso
A: Señor, como tú nos has enseñado, nos inclinamos ante ti con toda humildad, dulzura y paciencia, nos apoyamos unos en otros con amor y nos esforzamos en guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz, para llegar a ser «un solo cuerpo y un solo espíritu», según nuestra vocación en la esperanza de nuestra única llamada. Con una sola voz, arrepentidos por nuestras divisiones, nos comprometemos a trabajar juntos por la reconciliación, la paz y la justicia, y juntos te imploramos: ayúdanos a vivir como discípulos tuyos, para vencer el egoísmo y la arrogancia, el odio y la violencia; concédenos la fuerza de perdonar. Inspira nuestro testimonio en el mundo, para que sepamos promover una cultura de diálogo y para que seamos portadores de la esperanza que tu Evangelio hizo germinar en nosotros. Haz de nosotros instrumentos de tu paz para que en nuestros hogares y comunidades, en nuestras parroquias, nuestras iglesias y nuestras naciones resuene cada vez más el eco de la paz, que tu largamente deseas concedernos. Amén
Símbolos y expresiones de la paz recibidos de Cristo
Testimonios
Las personas avanzan unas detrás de otras para dar su testimonio. De forma narrativa, comentan cómo ellas son o han sido testigos de hombres y mujeres al servicio de la paz o cómo ellas mismas tuvieron en Cristo la fuerza para reconciliarse o de contribuir para la paz entre los hombres, entre las Iglesias.
Un celebrante puede, en tal caso, comentar el símbolo escogido, concluyendo brevemente los testimonios e introducir un canto al Espíritu Santo, dispensador de la paz.
Cántico (sobre la paz en el Espíritu Santo)
Invocación al Espíritu Santo
Dios Consolador, Espíritu de la Verdad, tesoro de todos los bienes y fuente de la vida, Tú que distribuyes los dones y concedes tus gracias divinas, Tú Dios de la paz y de la seguridad, ven, habita entre nosotros, purifícanos de toda mancha. Crea en nosotros un corazón puro, renueva en nosotros un espíritu decidido. Espíritu de paz y caridad, Espíritu de castidad y pureza, Espíritu de piedad y santidad, Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu Santo misericordioso y bueno, concédenos esta fuente de lágrimas que lave nuestros corazones de sus impurezas, para que te dignes construir tu morada. Sí, ven y enciende en nosotros el fuego de tu amor divino; reaviva en nosotros el espíritu de las buenas obras, para que vivamos en Ti para siempre. Amén.
Bendición dada por los ministros de las Iglesias
Canto final
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Textos bíblicos, meditaciones y oraciones para el Octavario
Día primero
El que me ama de verdad, se mantendrá fiel a mi mensaje y mi Padre le amará (Jn 14, 23)
El amor de Dios, fundamento de la Paz
Dt 7, 7-11 Es un Dios fiel, que tiene misericordia por mil generaciones...
Sal 25 (24), 2-10 Acuérdate Señor de que tu ternura y tu amor son eternos
1 Ju 4, 7-12 Dios es amor
Lc 15, 1-2; 11-32 Salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos
Meditación
En la parábola del hijo pródigo, el amor del padre hace retornar al joven hijo a su condición primera. Ese mismo amor serena los pensamientos agitados y pacifica el corazón turbado del hijo mayor. Los dos comprenden el deseo de reconciliación en el amor paternal y su obediencia a este deseo concederá a su hogar un fundamento de Paz.
El profundo deseo de los cristianos es el de aceptar la invitación de Cristo a la confianza y a la paz basadas en el amor del Padre. Este amor, que su herencia común, es igualmente el cimiento de su unidad.
Como los hijos de la parábola, cada uno conserva la identidad que su historia ha forjado, no cesa de ser renovada por la fidelidad a la Palabra del Padre. Viven en la búsqueda común de la paz divina que ellos quieren compartir y que se difunde por medio del Hijo Único a toda la humanidad.
Cuando los cristianos establecen su morada en Dios, profundizan su Palabra que llega a ser viva y eficaz. Entran en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, descubriendo de este modo el fruto del amor de Dios.
Oración
Te damos gracias, Señor, por el amor con que nos has amado.
Concédenos acoger este amor en la confianza de llegar a ser fuente de paz para la Iglesia y para el mundo, y que sea reconocido por toda la humanidad. Amén.
Día segundo
Vendremos a él y viviremos en él (Jn 14, 23)
La Paz interior, la calma y la serenidad
Cant 3, 3-5 No molestéis ni despertéis a mi amor hasta que ella quiera
Sal 3, 3-7 Me despierto: el Señor me sostiene
Ef 4, 1-6 Sólo un Dios, que es Padre... que en todos actúa y en todos vive
Mc 6, 45-51 Luego subió a la barca
Meditación
La paz en el corazón de los discípulos proviene de la presencia del Señor Jesucristo en la barca. Es esta presencia la que aporta esta calma y serenidad a toda la Iglesia como también a los que llevan a cabo su propia vocación combatiendo solos en el desierto de la contemplación, o de otros que sirven en el mundo hasta entregar su propia vida por el prójimo.
Por el aspecto radical del compromiso en la acción o en la contemplación, los que parecen alejados de la vocación común de los cristianos, se acercan a la asamblea de fieles en el corazón mismo de la celebración. Ni pasivos ni soñadores, aportan a su Iglesia y a la Iglesia el honor de su lucha espiritual.
Con sus hermanos y hermanas bautizados, encuentran la fuerza de testimoniar serenamente la presencia prometida de Cristo que les hace entrar en la comunión trinitaria.
La humanidad logra la presencia de hombres y mujeres de paz. Los cristianos están llamados a dar testimonio de la paz con dulzura, con humildad y paciencia ante el Dios presente en la vida de cada ser humano.
Todo aquel que vive estas palabras de Dios - «vendremos a él y viviremos en él» -, puede llegar a ser por medio de la paz artífice privilegiado de la unidad de los cristianos.
Oración
Señor, afianza mi corazón conmovido sobre la roca de tus mandamientos y, así como tú has calmado la tempestad por la fuerza de tu presencia, tranquiliza las olas de mi vida agitada y condúceme en la barca de tu Iglesia. Dame esta fe que me recuerda que tú estás presente entre nosotros hasta el fin de los tiempos. Amén.
Día tercero
Este mensaje os transmito (Jn 14, 24)
Cristo, palabra del Padre
Dt 30, 11-14 La palabra está muy cerca de ti...
Ps 85 (84), 2-14 [El Señor] dijo: «La Paz a su pueblo y a sus fieles»
2 Co 1, 18-22 Todas las promesas de Dios se han hecho en Él realidad
Lc 10, 38-42 [Ella] escuchaba su palabra
Meditación
El Hijo no cesa de recibir del Padre. Su voluntad busca la del Padre para pronunciar un «sí» que concede la Paz al mundo. Lo que Dios quiere para la humanidad, es la Paz. Y cuando Jesús recorría los caminos humanos, los que le escuchaban recibían la palabra misma de Dios: «La Caridad y la Verdad se encuentran, la Justicia y la Paz se abrazan». A la enemistad de los hombres, La Palabra responde con el amor de Dios a la humanidad. Mediante el silencio de la cruz, ha unido a todos los pueblos en sí mismo y nos ha introducido en la Paz de Dios.
Esta Palabra que se hace muy próxima a los humanos penetra muy profundamente los corazones de los que se arriesgan a recibirla. Así como Marta y María le recibieron en su hogar, ellas aceptaron esta Palabra y lograron una gran paz: «este mensaje que os transmito no es mío; es del Padre que me envió». Esta «mayor parte» deberá fructificar en herencia y los apóstoles, a su vez, en Cristo y por Él, estarán llamados a ser artífices de la reconciliación y de la paz.
Esta palabra se ofrece hoy a nuestras Iglesias y nosotros acogemos a Cristo vivo en nuestras liturgias comunes de la Palabra o en nuestras acciones concretas al servicio de los hombres, nos dejamos reconciliar. Nos unimos en Él bajo la bendición del Padre común y nuestras Iglesias descubren la ventaja de asumir la Palabra y el testimonio de la Paz de Dios en su obra.
Oración
Señor nuestro Dios,
en Jesucristo,
tú única Palabra,
tú has destruido el odio.
Por tu muerte, en el silencio
de la cruz,
reconciliaste a los hombres entre sí y contigo.
Convierte todas nuestras palabras de violencia en palabras de paz
y concédenos la gracia
de aceptar el precio
de esta reconciliación universal. Amén.
Día cuarto
El Espíritu Santo hará que recordéis cuanto yo os he enseñado y os lo explicará todo (Jn 14, 26)
La paz, fruto del Espíritu
Jr 31, 31-34 Pondré mi Ley en su interior
Sal 51 (50), 10-17 Renueva dentro de mí un espíritu firme
Gal 5, 22-25 El Espíritu produce amor, alegría, paz...
Jn 20, 19-23 La paz esté con vosotros (...) Recibid el Espíritu Santo
Meditación
El día en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, ellos, enfermos de miedo y sin saber qué hacer, vieron súbitamente abrirse delante de ellos una puerta nueva para comprender cómo Dios se manifestó en la carne de Jesucristo. El Espíritu Santo se les ha dado, y a nosotros también se nos ha dado para que comprendamos y recordemos.
El Espíritu hace comprender a los discípulos que la humanidad profunda se revela en la auténtica comunión con Dios. El Espíritu de paz y de reconciliación sopla sobre la Iglesia y la renueva, la misma que había pecado, para que de testimonio de esta obra del Espíritu. El Espíritu de verdad, de ciencia y de sabiduría inspira a las diferentes Iglesias las riquezas que dan a conocer han venido enseñando de la vida divina y de su fruto, la paz.
El Espíritu hace que los discípulos se acordasen no sólo de sus pecados, sino del perdón, de la paz ofrecida por Jesús a la humanidad. Todo lo que ha sido su vida, todas las palabras por las cuales ha convertido los corazones, todas las obras por que ha curado las heridas, se hacen presentes, actuales, en oferta de nueva humanidad: cada uno está invitado a la paz con Dios, a la paz consigo mismo, a la paz con el otro.
Y las Iglesias reciben esta invitación a participar en la lucha de los seres humanos por la paz, lo que les prepara para la Unidad; este es un fruto del Espíritu. La paz entre nuestras Iglesias puede dar el testimonio sobre el único Espíritu que en ellas habita, que las enseña y que las hace recordar todo lo que ha enseñado el Único Señor.
Oración
Oh Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo,
Dios único,
Dios de la verdad, de la paz y de la justicia,
abre nuestra inteligencia,
ilumina nuestro espíritu.
Haznos dignos de recibir al Espíritu de la Verdad en nuestras Iglesias,
para que nos guíe hacia la paz verdadera. Amén.
Día quinto
Una paz que no es la que el mundo da (Jn 14, 27)
Paz y violencia: La paz de Dios y la paz del mundo
Is 11, 1-17 Nadie causará ningún daño en todo mi monte Santo
Sal 119 (118), 161-165 Grande es la paz de los que aman tu Ley
Rom 12, 18-21 Antes venced el mal a fuerza de bien
Jn 12, 12-19 Bendito el que viene en nombre del Señor
Meditación
El pecado ha quebrantado la relación entre Dios y el ser humano caído. Tenemos que luchar para sobrevivir, debemos trabajar duramente y afrontar los sufrimientos, la enfermedad y la muerte. La existencia humana es frecuentemente guiada por el egoísmo y la rivalidad, y los hombres viven en el temor y la enemistad perdiendo el don de la paz. Son muchos los que niegan la existencia de Dios y que buscan controlar el mundo para sus propios fines.
En el Antiguo Testamento, leemos que los hombres, para asegurar su propia seguridad, edificaban muros y oprimían a las naciones vecinas con la espera del «Día del Señor». Según los profetas del Antiguo Testamento, la paz era el signo de los últimos días y el Mesías era considerado como el Rey de la paz. El profeta Isaías describe muy claramente al Mesías como «el siervo sufriente de Dios», el «Príncipe de la Paz» que concederá su paz eterna edificada sobre la caridad y el arrepentimiento sincero.
En el Nuevo Testamento, Jesús entra en Jerusalén montado en el asno y de este modo se manifiesta a la multitud como príncipe de la paz. Ante Pilato afirma solemnemente que su reino no es de este mundo. Cristo es nuestra paz y, por él, somos reconciliados con Dios Padre. Él nos exige amarnos los unos a otros como Él y el Padre nos aman, para que nos reconciliemos con nuestros hermanos.
Hoy podemos estar tentados de edificar nuestra propia seguridad sobre la opresión de los demás y la carrera de armamentos. Es la búsqueda ficticia de una paz totalmente opuesta a la voluntad de Dios. Debemos construir la paz buscando la reconciliación de los unos con los otros y de promover la comprensión y la justicia. No debemos buscar la venganza sino dejar el último juicio a Dios.
Si nosotros queremos llamar a esta paz a nivel internacional, este deseo debe reflejarse ante todo en la vida de nuestras Iglesias. Los cristianos deben procurar comprenderse los unos a los otros, y trabajar y orar por la unidad de la Iglesia. Esta paz y esta unidad son obra del Espíritu Santo en nosotros.
Oración
Señor, Dios de la paz, fuente de todo consuelo, concédenos el don de tu Espíritu Santo.
En un mundo que busca la seguridad a través de la violencia y la guerra,
conviértenos en mensajeros de tu paz.
Como miembros de tu Iglesia, Cuerpo de Cristo,
perdona el pecado de nuestras divisiones y concédenos la valentía de buscar la unidad
que tú nos ofreces, que es deseo y en la que descansa
nuestra paz.
En nombre de Cristo, te lo pedimos. Amén.
Día sexto
No estéis angustiados, ni tengáis miedo (Jn 14, 27)
Que nadie tenga miedo
Is 43, 1-7 No temas, que yo estoy contigo
Sal 23 (22), 1-6Ningún mal temeré: porque tú estás conmigo
1 Jn 4, 16-21 En el amor no hay lugar para el temor.
Mt 8, 23-27 ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?
Meditación
Por segunda vez en la conversación después de la Cena, Jesús invita a sus discípulos a la confianza y la paz. Los discípulos están muy tristes, tienen miedo y quieren rehuir esta cruel realidad. Dos mil años más tarde volvemos a encontrar a los discípulos hundidos en el miedo y en la ansiedad: ¿Qué nos traerá el futuro? ¿Qué cambios y qué dificultades? ¿De dónde podremos sacar la valentía para encarar la situación? Tenemos miedo de quedar solos, de no tener a nadie a quien acudir ni a dónde ir cuando estamos en la desesperanza y cuando la tormenta de la vida parece consumirnos. Tenemos miedo de no saber amar y tememos que el amor sea una conquista y que la paz sea una recompensa. Así, si fracasamos, el amor y la paz nos serán arrebatados. Pero Jesús, por su amor y su misericordia, nos libra de este miedo. En nuestro avance en el camino de la conversión, siempre estamos muy convencidos de que su amor es más grande que todo lo que nos podría asustar. Por Jesús descubrimos y entendemos que la paz es un don gratuito de Dios ofrecido a los seres humanos, que son libres de respetarlo o rechazarlo.
Para los que aceptan que el amor incondicional de Dios llega a ser el fundamento y una realidad viva de su existencia, se convierte en una experiencia liberadora. Aunque esta liberación no significa que no volvamos a conocer otro tormento y otro sufrimiento, no quiere decir que no tengan la posibilidad de actuar y de vivir sin temor. Así describe el salmista esta experiencia existencial: «Aunque yo pase por un valle tenebroso y de muerte, yo ningún mal temeré, porque tú estás conmigo».
Cuando Dios entra en contacto con nosotros nos concede su amor y su paz, entramos también en contacto unos con otros. Estamos ligados a nuestro prójimo en él y a través de él. Somos hermanos y hermanas. La aceptación del amor de Dios no se hará visible en nuestras vidas y en nuestro mundo más que a partir del momento en que se transparente el amor de los unos por los otros. Esto no es válido sólo para cada cristiano sino también para nuestras Iglesias y nuestras diferentes tradiciones. Cada vez que resaltamos nuestra identidad los unos contra los otros, no solamente destrozamos nuestras relaciones humanas y fomentamos la división en lugar de la reconciliación, sino nos alejamos de la verdadera fuente de la vida y de la paz, nos alejamos de Dios.
Los tiempos que sacuden al mundo son muy fuertes para los cristianos y las Iglesias que no se unen entre sí para afrontarlos: somos hermanos y hermanas unidos en Cristo y guiados por el Espíritu Santo, que no es un espíritu de miedo sino de amor y fortaleza.
Oración
Señor Jesús, sobre el lago una sola palabra tuya bastó
para apaciguar el miedo de los apóstoles y calmar el furor de las olas.
En medio de las tormentas que azotan el mundo,
concede a nuestra Iglesia y a los hombres y mujeres del mundo entero
la gracia de comprender tu Palabra: «No tengáis miedo»
y haz que la misma llegue a ser coraje para que nosotros actuemos
en la paz donde hay odio y aportemos la reconciliación allí donde reina la división. Amén.
Día séptimo
Me voy, pero volveré a estar con vosotros (Jn 14, 28)
En la espera de la glorificación de Dios
Ha 2, 1-4 Yo estaré en mi puesto de guardia... y observaré qué responde a mi querella
Sal 130 [129], 1-8 Mi alma espera en el Señor, más que el alba los centinelas nocturnos
Rom 8, 18-27 El continuo anhelar de las criaturas ansía la manifestación de los hijos de Dios
Mt 25, 1-12 Velad, pues que no sabéis el día ni la hora
Meditación
Jesús habla de su partida y, al mismo tiempo, promete que volverá. Con estas palabras, Jesús anuncia a sus discípulos que su camino le llevará a través de las tinieblas de la pasión y de la muerte hasta la gloria de la resurrección. La Pascua reproduce visiblemente la revelación gloriosa de la nueva creación. Tenemos fe en la resurrección de Cristo y esperamos su última glorificación. En Él descansa nuestra esperanza de salvación y de paz para el conjunto de la humanidad y para el mundo entero. Esta esperanza nos une como cristianos y constituye para nosotros una fuente esencial de vida. Esta esperanza se fundamenta en la palabra y en la promesa de Dios. Como Habacuc, esperamos que Dios cumpla su palabra. Como el salmista, tenemos confianza en la fidelidad de Dios.
En la esperanza, somos solidarios con este mundo. Muchas personas necesitan la presencia de Dios. Están sin esperanza, agobiadas por la duda, por el temor y el dolor. Contemplan la injusticia, el sufrimiento y la violencia y no pueden creer en un futuro de justicia y de paz. Como personas de esperanza, los cristianos viven la prueba de la crisis y de los desgarros de este mundo. No nos limitamos a quedar mirando en un rincón. Palpamos a menudo nuestra impotencia y nos preguntamos sobre la presencia oculta de Dios. En las lamentaciones del mundo, comprendemos la aspiración a la paz de Dios, el deseo de libertad de los hijos de Dios. La unidad de los cristianos representa para el mundo entero un signo tangible del nacimiento de una nueva humanidad.
La promesa de Cristo nos anima a creer en su poder y en su verdad. La parábola de las vírgenes nos anima a esperar pacientemente a Cristo y a estar siempre preparados para su venida. La espera podrá ser larga pero ese día llegará cuando Cristo resucitado vuelva y nos libre de todas nuestras penas y sufrimientos. La espera de la manifestación de Cristo glorioso nos concede igualmente la oportunidad de comprometernos en el testimonio y en la misión. Es un tiempo que debemos dedicar al amor y a la paz, a la reunión y a la reconciliación. Es una ocasión para ayudarnos y apoyarnos mutuamente los unos en los otros. De este modo, la esperanza que hay en nuestros corazones llegará a ser visible y creíble: la victoria de la paz y del amor de Dios será revelada a todos.
Oración
Señor Dios, tú revelas tu gloria mediante la vida y el poder de tu Hijo resucitado.
Oramos juntos para que venga tu reino.
Esperamos con impaciencia el día glorioso de la manifestación de Cristo,
cuando termine el reino de la muerte y de las lágrimas,
y tu reino de paz, de justicia y de amor será establecido para siempre. Amén.
Día octavo
Levantaos, vámonos de aquí (Jn 14, 31)
Caminando en la paz de Cristo
Am 5, 10-15 Aborreced el mal y amad el bien y haced justicia
Sal 16 (15), 8-9Tengo siempre presente al Señor
Ef 5, 8-21 Portaos como quienes pertenecen al reino de la luz
Mt 25, 31-40 Cada vez que lo habéis hecho con uno de los más pequeños... a mi me lo hacéis
Meditación
Cristo nos ha mostrado el camino que conduce a la paz aceptando la cruz, ya que sabe que el Señor de este mundo no tiene poder sobre él