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Las enseñanzas de Jesús

El joven rico
La esperanza en la meta lleva a no querer tomarse anticipos de otras felicidades que, por ser terrenas, siempre son efímeras.


Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net



"Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna?" Las carreras, el arrodillarse la pregunta sobre la vida eterna, son muestra de vitalidad y la buena voluntad del joven, "Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios" Que es como decirle: ¿Te has dado cuenta de quién soy yo? ¿me reconoces como Dios además de Maestro? El silencio del joven indica que no había llegado tan lejos. Entonces Jesús añade: "ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre"(Mc). Le recuerda sólo los de la segunda tabla, la que hace referencia al amor al prójimo; ya vendrá después la primera, la del amor a Dios que lo debe llenar todo.

El joven respondió alegremente: "Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia". La reacción del Señor es también alegre "Jesús, fijando en él su mirada, se prendó de él". La mirada tiene un fuerte contenido. Se pueden decir muchas cosas con ella, incluso puede ser más expresiva que las palabras. Jesús mira aquél alma limpia, le ama, y le invita a subir más arriba; por eso le dice: "Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo; luego ven y sígueme"(Mc). Era un sígueme como el de los apóstoles. Se trataba de vivir con un amor que llevase a estar desprendido de todo lo material, a no tener donde reclinar la cabeza, a dar sus bienes a los pobres, en un acto de generosidad total. Si Jesús se lo pide es porque es lo mejor para aquel joven. le propone un amor como Él mismo vive. Se hizo el silencio en todos los que observaban la escena; "pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, pues tenía muchos bienes"(Mc). triste final, para tan buen comienzo. Se hizo el silencio entre los presentes que ven marchar al joven poco generoso.

Pobreza y entrega cristianas
"Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas! Los discípulos quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios. Y ellos se asombraron aún más diciéndose unos a otros: Entonces, ¿quién podrá salvarse?"(Mc). Saben bien lo que cuesta desprenderse de los bienes materiales, y la exclamación del Señor revela que, aunque han dejado sus trabajos y sus posesiones, quizá algunos guardaban la secreta esperanza de que aquello fuese una situación transitoria, hasta la instauración del reino que predica Jesús; pero no es así, siempre se debe vivir con ese espíritu de pobreza nada fácil. El asombro y el temor llenan sus almas. Jesús, fijándose en ellos, dijo: "Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios; pues para Dios todo es posible" (Mc). Para cumplir esa nueva ley, para seguir a Cristo de cerca, contarán con una ayuda divina extraordinaria, la gracia de Dios, un don por el cual Dios habita en el alma, sana las heridas del pecado original, y permite cumplir lo que, sin ella, sería una ley de perdición, el hombre conocería lo que es el deber, pero no lo podía hacer.

"Comenzó Pedro a decirle: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Era sincero, manifiesta su amor, su entrega real, no pide nada, pero sus palabras esconden una cierta inquietud. Por eso, Jesús respondió: "En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros"(Mc). El ciento por uno es la felicidad en la tierra, esa que la posesión de cosas no puede dar, pues el egoísmo siempre se cobra su tributo de inquietud. Pero, por si fuese poco, alcanzarán como premio la vida eterna. Vale la pena buscar de un modo decidido esa paga. Dios, que es Amor, no dejará sin recompensa a los que por amor suyo viven generosamente, pues no se deja ganar en generosidad. La esperanza en la meta lleva a no querer tomarse anticipos de otras felicidades que, por ser terrenas, siempre son efímeras, y dejan el corazón seco tantas veces, porque no incluyen el amor total y excedente.




 





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