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Parábola de fariseo y del publicano
Parábolas
Las parábolas de Jesús.


Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net




La verdadera humildad

Los acontecimientos explican muy bien una parábola de Jesús sobre la verdadera oración, la actitud farisaica y la verdadera humildad. "Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios ten compasión de mí que soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado"
(Lc).


El orgullo del fariseo

La oración del fariseo es rechazada porque sus pensamientos son fruto del orgullo espiritual. Hace cosas difíciles y loables en sí mismas, pero con intención torcida. El fariseo se vanagloria de sus limosnas, de sus ayunos y se compara con el publicano, al que considera inferior, juzgándole. Busca el secreto orgullo de saberse perfecto. No le mueve el amor de Dios, y no es consciente de que, sin la ayuda del Señor, no puede nada. El orgullo ha tomado una apariencia espiritual que esconde un pecado de soberbia, difícil de curar, porque está llena de buenas obras no para la gloria divina. Usa a Dios para la propia gloria.


El perdón

El publicano, en cambio, dice la verdad de su propia indignidad, por eso pide perdón. No se compara con nadie, se sitúa en su sitio y Dios le mira con compasión. Le justifica. La suya es una oración humilde, y, por eso, es escuchada y arranca bendiciones del cielo.


Juicio recto

Jesús quiere que los suyos juzguen con rectitud y no se queden en las meras apariencias, sino que dejen el juicio íntimo para Dios, y ellos oren con humildad, incluso cuando las obras buenas les puedan llevar a un cierto engreimiento y vanidad.




 

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