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Moral y Derecho: Una compleja e inevitable relación
El presente trabajo tiene por objeto abordar el siempre complejo tema de las relaciones entre moral y Derecho, puesto que resulta común que a partir de una serie de postulados muchas veces asumidos de manera acrítica, se los considere ámbitos completament


Por: Max Silva Abbott | Fuente: arbil.org



Tras hacer varias precisiones sobre los conceptos de Moral y Derecho y valorar la realidad como límite normativo se entra en los problemas originados por una moral únicamente “construida” por el hombre y tras ejemplificarlo con un caso práctico y polémico llega a algunas conclusiones.

Introducción
Moral y Derecho: Algunas precisiones
La realidad como límite normativo
Los problemas de una moral únicamente
“construida” por el hombre

Un caso práctico y polémico
Algunas conclusiones
Notas



Introducción
El presente trabajo tiene por objeto abordar el siempre complejo tema de las relaciones entre moral y Derecho, puesto que resulta común que a partir de una serie de postulados muchas veces asumidos de manera acrítica, se los considere ámbitos completamente separados. Con todo, tratándose de dos órdenes normativos, las relaciones resultan más que evidentes. De ahí que al referirse al mismo destinatario, el hombre, parezca útil adentrarse, a continuación, en algunas de sus características propias, como manera de intentar encontrar una guía para dicha normatividad, fundamentalmente por tratarse de un ser limitado o finito.

Esto es, que por mucha autonomía que exista en el sujeto, resulta evidente que las consecuencias de su actuar, motivado en parte por dicha normativa, tendrán algún efecto sobre él mismo, y por tanto, en el grupo al cual pertenece. Es este límite a la normatividad el que nos puede ayudar a encontrar alguna pauta fundamental en cuanto a dicho contenido, un punto de apoyo no dogmático, sino práctico o vivencial a este respecto, fundamentalmente ligado a la noción de derechos humanos. Por último, se intentará analizar un caso práctico –y polémico–, en que se demuestra no sólo la íntima relación entre Derecho y moral, sino además, los límites que impone la propia realidad, manifestada precisamente en los efectos que dicha normativa produce en estos mismos derechos fundamentales.
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Moral y Derecho: Algunas precisiones

Para vastos sectores del pensamiento jurídico actual, constituye casi un lugar común la creencia o incluso el dogma según el cual, moral y Derecho son dos órdenes normativos absoluta y totalmente independientes. La moral estaría constituida por aquellas prescripciones referidas a la conducta del sujeto consigo mismo (unilateral), o también a su vida privada, razón por la cual se estima que ella emanaría de la propia conciencia, siendo por consiguiente, plenamente autónoma. El Derecho, por el contrario, tendría un contenido eminentemente social (bilateral), y por lo mismo, emanaría de una fuente distinta al propio sujeto, al menos de manera directa o inmediata; esto es, de una autoridad que puede imponer dicha normativa incluso por la fuerza, gracias a su carácter coactivo [1].

La anterior visión pareciera incluso más necesaria y hasta evidente, en vista del cada vez mayor pluralismo ético existente de las actuales sociedades democráticas. En un grupo humano de grandes dimensiones, en que las convicciones y creencias de los distintos sectores son a veces tremendamente heterogéneas –cuando no incompatibles–, y existiendo además la libertad de información, de enseñanza y de conciencia, parece difícil arribar a parámetros comunes en lo que a ética se refiere, sobre todo si para vastos sectores, ella sólo incumbe, como se ha dicho, a la vida privada. De ahí que incluso para algunos sea mal visto siquiera proponer “caminos éticos” o modelos de vida, al ser cada uno completamente libre en cuanto a su propio desarrollo como persona [2].

Sin embargo –continúa esta línea de argumentación–, puesto que lo queramos o no, somos seres sociales, el Derecho vendría a ser el único modo posible de convivencia, la única pauta de conducta que puede en cierto sentido, imponerse a los diferentes credos personales y privados, para asegurar una mínima coexistencia, en atención a su carácter heterónomo y coactivo. Es decir, el Derecho se presenta aquí como la única manera de dar cierta cohesión al todo social, en lo posible respetando las diferentes “áreas de libertad” de los sujetos. Algo así como un Estado liberal clásico, una especie de “Estado mínimo”, que deja hacer a los ciudadanos lo que ellos estimen conveniente para sí mismos, mientras no se ponga en crisis la convivencia; pero en vez de referirse al plano económico, se refiere al plano ético. El Derecho se convierte –sería dable pensar– en un mal necesario pero indispensable, que puede poner ciertos límites a las convicciones éticas subjetivas y heterogéneas vigentes, cuando ellas pudieran afectar la armonía mínima para su mutua coexistencia, lo cual no es sino otra cosa que un requisito para su misma posibilidad de ser [3].

No obstante, estos contornos y ámbitos de aplicación del Derecho y la moral distan mucho de ser todo lo nítidos y tajantes que en principio parecen. En efecto, tal vez el problema fundamental sea en realidad, que la ética no se agota sólo en las conductas del sujeto consigo mismo, como suele escucharse, o si se prefiere, en el ámbito meramente “privado”. Al contrario, existen un cúmulo de acciones que revisten un innegable carácter “público” (o “bilateral”) que evidentemente también caen dentro de la esfera de la ética; esto es, acciones que no sólo afectan al sujeto ejecutor, sino a otros, que podrían ser considerados “víctimas” a su respecto. Piénsese, por ejemplo, en la mentira, el robo o el adulterio, por poner sólo algunos casos: en todos ellos, la acción realizada va mucho más allá del mero causante, y en realidad, se trata de conductas perfectamente “bilaterales”, precisamente aquellas que el Derecho cree poder monopolizar en cierta medida, a la luz de la visión que aquí se comenta. No por nada algunas de estas acciones –no todas–, a la vez que reñidas con la moral, son muchas veces castigadas por el Derecho –y a veces en forma severa–, precisamente en razón del perjuicio o daño social que ocasionan. En síntesis, razones elementales de convivencia fuerzan a concluir que existen conductas que por mucho que se diga que pertenecen al ámbito meramente privado del individuo, o que emanan de su más sacrosanta autonomía como sujeto moral, no pueden, en principio, ser toleradas por el Derecho, sencillamente, porque la coexistencia se tornaría poco menos que imposible [4].

En consecuencia, como se ha dicho, los campos jurídico y moral no son tan independientes como a primera vista parece, puesto que es perfectamente posible que algunas acciones antiéticas sean por lo mismo, antijurídicas. En cierta medida, lo que el Derecho hace es proteger de manera especial aquellas conductas éticas “bilaterales” especialmente sensibles para el todo social, vinculadas a la idea de justicia [5]. Y como la justicia es un valor, no puede quedar ajeno al criterio moral. Ahora, si puede existir esta doble regulación respecto de los mismos hechos, esto abre la puerta para encontrar otros elementos comunes a ambos órdenes normativos.

En este mismo orden de ideas, es también un lugar común para muchos sectores que la moral se refiere sólo al ámbito interno del sujeto, a su conciencia, de manera más importante que las acciones emanadas del mismo O como ha dicho Bobbio, “los valores últimos no se justifican: se asumen” [6]. Es decir, que la acción en cuestión debiera ser catalogada sobre todo –o incluso sólo– por la intención o representación interior del individuo, más que por los hechos efectivamente realizados, puesto que lo que realmente importa es que el sujeto actúe “en conciencia”, esto es, de acuerdo a sus convicciones. La “conciencia” así entendida, se transforma, por tanto, en una especie de “santuario” del hombre, y por lo mismo, en un reducto intocable, en el cual nadie tendría, en principio, derecho a inmiscuirse, o si se prefiere, a criticar. Cada situación sería de este modo, única, en un sentido radical, o si se prefiere, la acción realizada o por realizar podría reducirse “al sujeto y sus circunstancias”, motivo por el cual estaría más allá de cualquier injerencia heterónoma, salvo, por supuesto, que él mismo la pida o eventualmente acepte [7].

Sin embargo, este planteamiento choca abiertamente con lo antes expresado. En realidad, y por mucho que se defienda la autonomía de los sujetos para decidir por sí mismos, de manera inapelable y autónoma la moralidad de sus acciones, algo nos dice que no basta para la calificación moral de una conducta, la mera intención o idea que de la misma se ha representado el hechor. Y lo anterior se hace patente, precisamente por el eventual carácter bilateral de la acción ética, esto es, por el posible efecto que sobre otros tendrá dicha forma de proceder. Resultaría, por decir lo menos, demasiado simple, cuando no arbitrario y hasta peligroso, justificarlo todo de acuerdo a lo que haya dictado este “santuario” del sujeto, precisamente porque al menos parte de sus resultados pueden atentar de manera más o menos grave contra otros sujetos y por tanto, contra otros “santuarios” tan valiosos como el suyo propio. Nuevamente razones de elemental convivencia, más aún, de respeto mínimo hacia los demás, demuestran que la moral no se agota en el solo sujeto, lo que hace imperioso que el Derecho tome algunas de estas conductas y las regule de manera especial. En efecto, desde el momento en que existe “otro” vinculado a dicha acción, su bondad o malicia no puede quedar entregada sólo a la mera decisión de una de las partes.

Pero las cosas son más complicadas, porque aún respecto de aquellas acciones que pertenezcan al más puro o estricto ámbito privado, pareciera que no todo uso de la libertad es indiferente, fundamentalmente por dos razones. La primera, porque es muy raro, en realidad, que las acciones “mueran”, por así decirlo, únicamente en el propio sujeto. En muchos casos, ellas repercutirán en otros, sea porque han requerido de la participación de terceros para llevarlas a cabo, sea porque el propio sujeto se irá transformando a sí mismo por medio de sus propias acciones, y a la postre, terminará siendo “otro” (aún cuando se trate de la misma persona) quien acabe tratando con sus conocidos. Esto es, el individuo podría llegar a cambiar tanto, que sus propias acciones no dejarán de tener efectos en los demás.

Sin embargo, no es éste el motivo último por el cual ni aún respecto de aquellas acciones que eventualmente quedaran sólo en el ámbito privado, no todo uso de la libertad es indiferente. En realidad, la razón última (y la segunda razón anunciada) pareciera deberse a que puesto que las acciones del sujeto repercutirán inevitablemente en él, existirían ciertas conductas que por muy queridas que sean para él mismo, por mucha autonomía que se le reconozca, parecieran indeseables en atención al perjuicio, a veces irreversible, que le ocasionan. En cierta medida, podrían ser consideradas acciones degradadoras, incluso autodestructivas de la persona, lo que al menos haría desaconsejable su realización, puesto que, por decirlo de algún modo, la persona no se está respetando a sí misma, o si se quiere desde otro ángulo, está llamada a más [8].

Y esto no es perfeccionismo, ni paternalismo, ni un intento por coaccionar las conciencias: es sencillamente la objetiva constatación de los hechos, que una vez observados, no pueden menos que hacer reflexionar sobre la torpeza, mala suerte o los errores cometidos. Piénsese, por ejemplo, en el consumo desmesurado de drogas o de alcohol, y la piltrafa humana en la que puede quedar convertida una persona debido a ello, para darse cuenta que no cualquier uso de la libertad es beneficiosa de por sí, por mucha euforia que eventualmente haya existido para el sujeto durante ese proceso de degradación. O si se prefiere, parece evidente que un individuo que a lo largo de su vida ha logrado convertirse en una persona honesta, generosa, trabajadora, cariñosa y valiente, ha logrado consigo mismo algo mucho más valioso que aquel otro que terminó, por el contrario, siendo un individuo tramposo, egoísta, flojo, envidioso y cobarde, por ejemplo.

Ahora bien, resulta obvio que fruto de la libertad humana, y por mucho que lo sepamos, es perfectamente posible actuar malamente, porque no basta con saber qué está bien o mal, para proceder de esa manera. O si se prefiere, y desde una perspectiva opuesta, no porque una acción sea posible, es por eso mismo, correcta, tanto a nivel individual como social. Habría así, acciones que en sí mismas son malas de suyo y viceversa, de manera independiente al propio sujeto.

En realidad, es precisamente este hecho (que no siempre se hace lo que se debe, o si se prefiere, que no todo uso de la libertad es indiferente) una de las razones medulares que explican la existencia misma de la ética y del Derecho: esto es, que aún cuando sea posible actuar de muchas maneras diferentes, no todas son equivalentes, o como se ha dicho, no dan lo mismo las diversas alternativas factibles, tanto por el efecto que sobre otros tendrán dichas acciones, según se ha visto, como también y de manera inevitable, sobre el propio sujeto. Precisamente, uno de los grandes aportes de la sicología ha consistido en demostrar lo receptivos o influenciables que somos, de cómo las circunstancias de la vida nos van moldeando, razón por la cual es dable sostener que en buena medida, con sus acciones y experiencias, uno va haciéndose a sí mismo. De alguna manera, la vida es un desafío, una incógnita, un camino que hay que trazar por sí mismo. Con todo, también parece de la más elemental lógica que no cualquier camino es necesariamente el camino que debe ser tomado [9].

Muy unida a esta creencia del carácter meramente “interna” de la moral, existe otra según la cual, el Derecho se referiría sólo a la conducta exterior del ser humano, a aquello que puede ser percibido por los sentidos, sin importar sus disposiciones interiores, lo que daría al Derecho un cierto carácter “amoral”: lo importante es que se cumpla la ley, sea de buen grado o a regañadientes –eso sería irrelevante–, puesto que, como se ha dicho, la conciencia del sujeto es su santuario.

Sin embargo, nuevamente las apariencias engañan. En realidad, no es para nada infrecuente que el Derecho, pese a que efectivamente siempre requiere de acciones externas, perceptibles y comprobables, no se dé por satisfecho sólo con ellas. Esto es, que de manera inevitable, muchas veces tenga por fuerza que inmiscuirse en ese “santuario” del sujeto, siendo éste un dato de extrema importancia, sin el cual podría llegarse a un resultado absolutamente ajeno a la real situación que pretende corregir. Piénsese, por ejemplo, en los vicios de la voluntad, dentro de la teoría del acto jurídico, en las causales modificatorias de responsabilidad penal (sean agravantes, atenuantes o eximentes), en la buena fe necesaria en el cumplimiento de los contratos, en el dolo eventual, en la tentativa y el delito frustrado o en el abuso del Derecho, por poner sólo algunos casos. En todos estos eventos, el Derecho no sólo puede, sino que debe imperiosamente inmiscuirse en dicha conciencia de los sujetos, a fin no sólo de hacerse una correcta idea de lo que realmente ocurrió, sino además, para sancionar de manera adecuada, si cabe, a los responsables. Por tanto, podría concluirse que el Derecho es prioritariamente externo (puesto que siempre se requiere de acciones, hechos), no pudiendo nunca castigar aquello que sólo ha quedado en el fuero interno del sujeto; pero una vez producidos éstos, en muchos casos requiere de manera inevitable inmiscuirse en dicho fuero interno, sencillamente, por razones mínimas de justicia.

Por lo mismo, también hay que llamar la atención en cuanto a la sanción moral, por oposición a la sanción jurídica y su carácter coactivo. Mucho se ha dicho que la primera estaría constituida sólo por el “remordimiento” de conciencia, por el malestar que ella ocasiona [10]. Aún cuando esto en principio es verdad, no dejan de existir paradojas respecto de esta manera de entender las cosas. En efecto, si para el planteamiento moderno la ética emana del propio sujeto y sus circunstancias, en principio habría que concluir que cualquier acción que acabe realizándose, será siempre considerada “buena”, puesto que por algo se hizo. Esto es, pareciera bastante absurdo que si el sujeto es libre para decidir autónomamente sobre su actuar, si obra “en conciencia”, tenga luego “remordimiento”, porque aún en el caso en que a posteriori se diera cuenta de su eventual error, si todo emana de sí mismo, no costará mucho encontrar alguna explicación o justificación, incluso como una excepción a la regla general. O si se prefiere, se daría el sinsentido, como se ha dicho, de que toda conducta, por el sólo hecho de haber sido realizada, sería correcta o buena. Mas, como igualmente es posible actuar contra la conciencia –porque en verdad remuerde, según se desprende de la más vital experiencia–, no puede ser ella misma el origen último de la moralidad, porque en este caso, el remordimiento sería algo así como una patología suya. Es decir, si podemos contravenir nuestra conciencia, ella no puede ser, por lógica, la fuente última de la moralidad, porque en este caso, se daría una especie de esquizofrenia. Al contrario, se nota, a la luz de este simple hecho, que ella sólo refleja otra cosa, da testimonio de algo que en el fondo, escapa a su mero capricho. Por lo mismo es que cabe el error en esta materia.

Pero nuevamente el tema de la conciencia es más complejo. En efecto, como se ha dicho, las acciones dejan huella en su autor, o si se prefiere, no podemos desentendernos de las mismas. De este modo, lo queramos o no, nos vamos acostumbrando a nuestras propias acciones, o si se prefiere, nos vamos habituando a ellas. De este modo, este acostumbramiento podría hacer que acciones que en un principio hirieran nuestra conciencia, a la postre, fruto de su repetición, vayan adormeciéndola, al ir habituándose a ellas. Se daría así un oscurecimiento de la conciencia (que de acuerdo a la concepción moderna que se está comentado, vendría a ser una “modificación” suya, una “adaptación” a las circunstancias), con lo que parece difícil sostener que la “sanción” a una acción inmoral sea el “remordimiento”. En efecto, puesto que aquí la acción sigue siendo la misma, se da la paradoja de que sin mediar cambio en dicha acción, antes, cuando aún remordía la conciencia, era considerada “mala”, y posteriormente, una vez acallada ésta, es tomada por “buena”. Incluso es perfectamente posible que la conducta haya ido empeorando, pero como la conciencia se ha ido adaptando a esta nueva situación, el sujeto la “sienta” cada vez menos, al punto de no tener remordimiento alguno a la postre. Por tanto, propiamente, no puede ser ésta la “sanción” en caso de incumplimiento de la norma moral –al menos la sanción última–, porque se podría dar el absurdo de que mientras más se perseverara en el mal, menos “sanción” existiría para el infractor [11].

Piénsese, por ejemplo, en la pedofilia: es perfectamente posible que el sujeto se haya acostumbrado tanto a ella, que si antes existía algún malestar causado por la conciencia, con el tiempo desaparezca (y probablemente, la conducta empeore), motivo por el cual, de ser cierta esta concepción, dejaría de tener sanción, pese a actuar peor que antes, lo cual a lo menos puede ser catalogado de absurdo.

También muy unido a esta idea del remordimiento de la conciencia, suele decirse que incluso en este caso de “adormecimiento”, todavía queda el resguardo del todo social, que vendría a ser un ente sancionatorio subsidiario en evento de que alguna de sus partes se descarriara mucho. Aún cuando esta segunda posibilidad en parte choca con las múltiples opciones de vida que existen en una sociedad democrática, no cabe duda que subsisten aspectos muy fundamentales en que por lo general hay aspiraciones comunes, como el respeto a la vida o, para recordar el último ejemplo dado, la condena a la pedofilia. Mas, en el fondo, esta especie de “conciencia colectiva” está formada en última instancia por conciencias individuales. Y si estas últimas pueden sufrir la modificación u oscurecimiento antes señalado, es perfectamente posible que ello ocurra también a nivel general. De esta manera, conductas que en una época pueden haber sido consideradas antiéticas, posteriormente, fruto del cambio de dichas conciencias individuales, es dable que sean tenidas por correctas, sin haber mediado cambio (y por lo general, habiendo un deterioro) en dicha conducta. En consecuencia, se presenta la misma incongruencia: que mientras más se incide en dicho comportamiento, menos “sanción” (y por tanto, “remordimiento”) existe, e incluso, podría darse la paradoja que dicha acción sea hasta incentivada por el todo social, o al menos por una mayoría. Piénsese, por ejemplo, en la corrupción. Puede ser que en un primer momento ella sea ampliamente rechazada por una sociedad, que remuerda las conciencias en extremo; mas, si a fuerza de reincidir en esta práctica, ella se vuelve común, podría darse perfectamente la situación en que se convierta en la norma, en lo “correcto” al momento de actuar, o si se prefiere, en lo socialmente aceptado.

Por tanto, nuevamente pareciera que el problema moral es demasiado serio e importante para que quede entregada su normativa y su sanción sólo al criterio subjetivo de cada cual. Y esto se concluye no por un dogmatismo preasumido, ni mucho menos por razones religiosas, sino simplemente, por una observación de sus consecuencias. Resulta evidente que no todo camino seguido tanto por el sujeto en particular, como por una sociedad en general, es por eso mismo, el correcto. En caso contrario, no existiría el error, y en ese evento, cualquier uso de la libertad sí nos sería completamente indiferente, y cualquier limitación u orientación, siempre y sin excepción, una completa arbitrariedad. Mas, si tenemos conciencia, y a veces ella remuerde (aún cuado hagamos lo que nos gusta, contraviniéndola), parece obvio que en nosotros mismos ya existe una estructura psicológica que nos lleva a no quedar indiferentes ante las acciones propias y ajenas, que nos hace calificar permanentemente los hechos, a no conformarnos con una simple observación de lo que ocurre. Esto es, si tenemos conciencia, parece claro, como se ha dicho, que ella simplemente muestra algo ajeno a sí misma, o como se dice, es un reflejo de la moralidad, no su autora. En caso contrario, se insiste, no “molestaría” jamás, y a la postre, toda acción, absolutamente toda conducta, nos sería completa y totalmente indiferente [12].

En consecuencia, parece razonable suponer que en los propios efectos de las acciones humanas, en sus consecuencias, tenemos una buena pista para saber cuándo una acción es correcta o incorrecta, buena o mala, de manera independiente a nuestros gustos, pareceres o conveniencias. Esto es más fácil percibirlo respecto de aquellas acciones “bilaterales” o “sociales”, porque a fin de cuentas, hay que ser mínimamente coherentes, en el sentido de no hacer al otro lo que no nos gustaría hicieran con nosotros mismos. En el fondo, esto no es más que colocarse en el lugar del otro, o si se prefiere, dar a cada uno lo suyo, lo que merece: ser justo [13]. Mas, también respecto de las acciones propias o privadas existe un dato independiente al sujeto, cual es este mínimo “autorrespeto” que cada uno merece, incluso de sí mismo.

Y lo anterior no es coacción, ni nada que se le parezca. Resulta claro que la norma moral no es imponible por la fuerza, pero pese a que sus diferencias con la sanción jurídica son evidentes, limitar ésta a la sola conciencia equivale, en el fondo, a despojarla de toda sanción, y en el fondo, a quitarle a la moral, según se verá pronto, su carácter de norma. Por eso resulta útil apelar a la realidad misma, a las consecuencias de nuestras acciones, sea en el ámbito jurídico, sea en el ámbito moral. Y esto, se insiste, no es coacción, sino que un mínimo sentido de la realidad. Con todo, la constatación de la realidad no deja de tener sus dificultades, según se comentará en su momento.

En consecuencia, y luego de todo lo visto hasta aquí, es posible concluir que la moral no se refiere sólo a las conductas consigo mismo (no es únicamente unilateral), sino que muchas de sus conductas son bilaterales, igual que las jurídicas (que lo son siempre), motivo por el cual cabe a veces una doble normativa a su respecto; que la moral no se agota sólo en el aspecto “interior” del sujeto (ni el Derecho, en el meramente “exterior”), porque la acción se mide muchas veces más por sus efectos que por sus intenciones; y finalmente, que la sanción última por la contravención de la norma moral, si bien no es coactiva, no puede ser sólo el remordimiento de conciencia, tanto por la deformación o adormecimiento que puede sufrir, como por los efectos que dicha contravención produce en la realidad [14].
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La realidad como límite normativo

Resulta evidente que la normativa ética o jurídica que se aplique a una conducta determinada, tenga éxito o fracase en su aplicación (esto es, se acate o no), tendrá efectos prácticos bastante notorios. Esto significa, por ende, que existe un vínculo evidente entre normas y hechos: si lo que pretenden las normas es precisamente regular hechos, parece obvio que también aquí existe una mutua e inevitable relación.

Más aún: no sólo son las normas las que influyen en los hechos, sino que también, se quiera o no, los hechos mismos ya marcan un límite en cuanto a las posibilidades normativas, sea en el campo jurídico, sea en el campo moral, según se verá. Lo anterior contrasta con otra idea bastante asumida hoy, en particular por el positivismo jurídico de corte normativista. Nos referimos a la conocida separación Ser-Deber Ser, o si se prefiere, la división Sein-Sollen. Aún cuando se trata de una materia que por su envergadura sobrepasa con mucho los límites de este trabajo, no deja de ser curiosa esta contraposición. En efecto, para el positivismo, de los hechos sólo pueden surgir hechos, y los valores sólo pueden provenir de otros valores [15]. Y aún cuando la llamada “Ley de Hume” en la cual se inspira es, en principio correcta (porque a partir de los solos hechos no es posible, salvo que se incurra en un error lógico, derivar pautas de valor), lo cierto es que da la impresión que ambos mundos casi no se tocaran, a la luz de este enfoque. Con todo –y tampoco es posible detenerse en esta cuestión–, la “Ley de Hume”, en principio lógicamente correcta, está, respecto de este tema, mal planteada, porque no es a partir de simples “hechos” que se desprenden valoraciones, sino que ya existen junto a estos hechos, que se cree “puros”, valoraciones implícitas. En consecuencia, no existe ningún salto lógico, porque al menos una de las premisas de las que se desprenden valores, también los posee; el efecto y la causa del silogismo se encuentran así, en perfecta armonía [16].

Ahora bien, esta pretendida independencia absoluta del mundo del Sein y del Sollen resulta verdaderamente paradójica. En efecto, las normas, de suyo, contienen valoraciones, porque como pretenden dirigir la conducta humana en pos de ciertos fines, se ven forzadas a optar, para lo cual se hace imprescindible valorar. En caso contrario, no podrían mandar, prohibir o permitir absolutamente nada. Ahora, si las normas (que pertenecen al mundo del Sollen) pretenden tener eficacia, esto significa que acabarán influyendo en el mundo del Sein, de los hechos (precisamente ese es su propósito, su razón de ser), según se ha mencionado. Esto indica, por tanto, que existe una relación mutua [17]. Mas, si es posible que exista en este sentido (desde los valores que influyen en los hechos), parece lógico que también los hechos influyan en estas valoraciones. Esto puede ser abordado desde muchas perspectivas; mas aquí veremos las limitaciones que el propio mundo de los hechos impone, guste o no, al de las valoraciones y por tanto, al de las normas, de cualquier especie que sean éstas.

En primer lugar, parece evidente que el mundo de las valoraciones (y por tanto, el ámbito de las normas) debe tomar en cuenta la realidad que pretende regular. Esto significa que tendrá que existir una idea más o menos acertada de la materia a prescribir, de los fines que persigue y los medios necesarios para ello. O como ha dicho un positivista como Bobbio, el contenido de las normas debe ubicarse entre las acciones imposibles y necesarias [18], es decir, tener una mínima idea de las cualidades y limitaciones del hombre. En caso contrario (esto es, si exigiera, prohibiera o permitiera algo que está más allá de las posibilidades humanas –lo imposible– o algo que de todas maneras ocurrirá, se quiera o no –lo necesario–), en realidad no estaríamos frente a una norma, porque es de su naturaleza que toda norma lleva implícita la posibilidad de su incumplimiento. En efecto, si la norma pretende regular la conducta humana, esto se debe precisamente a que se trata de un ser libre, no determinado; y desde este momento, la norma sólo “sugiere” conductas, incluso si amenaza con las sanciones más espantosas. Esto significa, en el fondo, que ni aún con las sanciones más terribles (puesto que una norma no puede no tener sanción [19]) está absolutamente garantizado su cumplimiento, y el sujeto puede desobedecerla siempre. Precisamente como la norma lo “sabe”, por decirlo de algún modo, establece la sanción: la sanción viene así a confirmar el carácter libre del hombre, y es una prueba de que la norma pude ser incumplida. Al contrario, si el contenido de una norma no pudiera ser desobedecido nunca (por tratarse de una conducta necesaria) o fuese inalcanzable (por ser imposible), en realidad no estaríamos en presencia de una auténtica norma, ni tampoco la sanción tendría ningún sentido [20].

Por tanto, la norma sólo puede regular conductas posibles, que estén al alcance del hombre. Mas, como se ha dicho, dentro de estas conductas posibles, no todas se encuentran al mismo nivel, o si se prefiere, no todo uso de la libertad es indiferente: no todas las opciones son igualmente defendibles, por mucho que el sujeto actúe “en conciencia”. No otra es la razón última de ser de la moral y del Derecho: dirigir la conducta humana, precisamente porque es necesario hacerlo, en virtud de los efectos que dichas acciones pueden tener. Y como se mencionó, los efectos (nada indiferentes, y que se manifestarán en hechos bien concretos) pueden repercutir en otros –casi siempre– y en el mismo sujeto –siempre–. Y es aquí donde nuevamente, tenemos una pista muy valiosa para ver cuáles son algunos de los límites a la normatividad; no por un dogmatismo, sino sencillamente, como consecuencia de la observación de la misma realidad.

Con todo, no deja de darse un fenómeno curioso en esta observación de la realidad actualmente (y que de paso, demuestra por qué por lo general la “Ley de Hume” está mal aplicada), y que en el fondo, se encuentra muy ligado a la división Sein-Sollen, entre hechos y normas, a la cual se hacía referencia. Éste consiste en una oposición radical entre el entorno natural y el hombre mismo, nuevamente dando la impresión de que son mundos independientes, por mucho que hoy aparentemente se diga lo contrario.

En efecto, durante el siglo XX ha existido una verdadera revolución en cuanto al modo de mirar la naturaleza. Ésta ya no es un simple objeto a manipular libre e impunemente, una mera res extensa, en la conocida terminología de Descartes. No sólo porque es limitada, sino además, porque tiene un orden, una manera de ser que explica su estructura, o si se prefiere, un para qué en virtud del cual posee una organización determinada. Es por eso que los hechos de la naturaleza –physis– no “suceden” simplemente, como parece desprenderse de la “Ley de Hume”, sino que tienen un sentido, una razón de ser –un principio interno de su movimiento o cambio– que hace que no sean indiferentes, sino que imprimen una armonía, y en definitiva, una bondad al orden existente: las cosas que ocurren en la naturaleza no acontecen porque sí, no son un simple hecho, un factum ciego y sin sentido, sino que poseen toda una teleología, una razón de ser, sin la cual, sencillamente, o no existirían, o sería imposible saber cuándo algo es normal o anormal. A tal punto es importante este redescubrimiento (ya los griegos aludían a esto con la noción de Kosmos), que dicho orden obliga, o si se prefiere, tiene fuerza normativa (sólo para el hombre, evidentemente, porque el resto de la naturaleza “funciona sola”, si así pudiera decirse), con lo cual se descubre que hechos y valores sí se vinculan, y entrañablemente. Es decir, a partir del orden natural de la ecología (que no se limita a un simple “hecho”, sino que guarda en sí mismo una bondad o razón de ser), se deduce que aún cuando se puede, el hombre no debe comportarse a su respecto de cualquier manera, que frente a la naturaleza que lo rodea, no todo uso de la libertad es indiferente, puesto que ello produce un daño, un desequilibrio ecológico, un mal, que no sólo perjudica al entorno, sino que a la postre también a él mismo [21].

Por otro lado, algunos movimientos ecologistas extremos han pretendido ignorar las diferencias entre el hombre y el resto de la naturaleza, igualándolos totalmente. Esto se ha intentado por dos vías, principalmente: o rebajar la condición humana a la de un mero animal (reduciéndolo a su sola corporeidad, en que, efectivamente, ambos comparten grandes similitudes), o mediante una “antropomorfización” de la naturaleza, esto es, aplicándole criterios humanos (de donde surgen, por ejemplo, los “derechos” de los animales [22]). De este modo, el hombre es considerado sólo una parte más de la naturaleza, al mismo nivel de animales, plantas o incluso seres inertes, en principio sometido a sus mismas leyes, e incluso prescindible en pos del bienestar del ecosistema [23].

Pues bien, la paradoja y en realidad, abierta contradicción a que hacíamos referencia, apunta a que si por un lado existe conciencia del desorden ecológico –y en consecuencia, del mal– del cual el hombre es responsable, sosteniendo que este orden es un límite a la libertad humana en razón de una especie de “bien común ecológico” (con lo cual se demuestra que de estos “hechos” si es posible desprender “valores”), y por otra, se considera al hombre sólo como una especie más entre tantas, llama profundamente la atención que él mismo no tenga a su vez, un orden ecológico, y por tanto, límites a su comportamiento, o si se prefiere, que pueda hacer lo que le plazca a su respecto o respecto de otros, y no se vea afectado por ello.

Dicho de otro modo: se da la paradoja que todo tiene un orden ecológico, una cierta manera de ser, justificada por sus finalidades, que por lo mismo, hace que sufra tales o cuales efectos nocivos, dependiendo de qué se haga a su respecto; mas, en el caso del hombre, éste pareciera no tener ordenación alguna, e incluso gozar de una curiosa “invulnerabilidad”, pudiendo por ello, hacer lo que quiera consigo mismo o con los demás. En el fondo, que no existe una “ecología humana”, lo que desde antiguo ha sido llamado “ley natural”. La ley natural (o si se prefiere, esta ecología humana) apunta precisamente a esto: a que somos limitados, que tenemos una cierta estructura, una forma de ser tal, que no cualquier uso de la libertad es indiferente, tanto para otros como para nosotros mismos. Y no por un dogmatismo, se insiste, sino por la simple observación de los hechos [24].

Esto significa que existen varias acciones que afectan al hombre en lo más profundo de su ser, algunas de manera positiva y otras de manera negativa. Respecto de estas últimas, la lista sería demasiado larga y casuística, motivo por el cual buscaremos el caso más emblemático. Y en realidad, no cuesta mucho encontrarlo. En efecto, desde el momento en que nos sabemos y reconocemos limitados (al punto que ni siquiera elegimos venir al mundo), pareciera que la vida misma es un dato lo suficientemente evidente como para no caber dudas razonables a su respecto. Es decir, no toda conducta o uso de la libertad es indiferente, en primerísimo lugar, si pone en riesgo la vida, requisito fundamental para desarrollar todas las restantes posibles actividades humanas. Se puede así concluir sin mucho temor a equivocarse, que la vida es el valor fundamental para el ser humano, derivado del simple hecho de estar vivo, puesto que gracias a ella es un ser humano, y lo posibilita para desarrollarse, desenvolverse, buscar su camino, incluso si yerra en el intento [25].

En consecuencia, y expresado en un lenguaje moderno (y que aún en una sociedad democrática, con múltiples opciones éticas, pareciera ser aún una convicción universal), se desprende que el derecho a la vida es el principal y más fundamental de los derechos humanos, y puesto que somos mortales, aquellos usos de nuestra libertad que atenten contra ella, por muy “deseados” (o incluso autorizados por el mismo Derecho) que sean, serán siempre ilegítimos, inmorales o injustos, dígase lo que se diga en sentido contrario. Es decir, la vida es algo tan radicalmente importante, que no parece posible superponer a ella otro interés, puesto que nada pareciera superior a la vida misma, motivo por el cual su respeto debe ser en principio, incondicionado, a menos que el propio sujeto se haya colocado voluntariamente en una situación tal, que pierda su propio derecho a la vida, que le sea injusto reclamarlo para sí, como ocurre, por ejemplo, con la legítima defensa. En consecuencia, sólo una contraposición entre valores análogos, existiendo además culpabilidad de una de las partes en dicha confrontación, podría autorizar (o mejor, no sancionar) el acto voluntario de poner fin a esa vida, siempre además, que no existan otros caminos menos drásticos de solución. Pero se insiste, únicamente ante el peligro real para otra vida, y siempre que se trate de un sujeto culpable de generar dicho peligro.
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Los problemas de una moral únicamente “construida” por el hombre

Como se ha dicho, y volviendo un poco al principio de este artículo, hoy se encuentra muy extendida la mentalidad según la cual, el sujeto es su propio artífice moral. De este modo, se pretende arribar a una moral totalmente “construida” por el hombre, sea de manera individual, sea de manera colectiva, mediante el consenso, manifestado éste, al menos en parte, en el Derecho existente, que por lo mismo, irá adaptándose a dichos acuerdos. El Derecho se mira así, como un mal necesario, un requisito para la convivencia, según se ha dicho [26].

De este modo, la moral y el Derecho pueden tener, en principio, cualquier contenido, puesto que toda apelación a la realidad es, por regla general, ignorada, lo cual se vincula a la división Sein-Sollen. Esta situación –cuyo origen no puede abordarse aquí, pero que se encuentra vinculado a autores como Kant o Locke, entre otros– nace de una consideración del ser humano como un sujeto absoluta y completamente autónomo, en el sentido más radical de la palabra. Casi como si se tratara de un ser “irreal”, que no tiene corporeidad y que se limitaría sólo a su intelecto o espíritu. Este modo de mirar las cosas se encuentra muy ligado, precisamente, a la división cartesiana entre res cogitans y res extensa: la res cogitans es, de manera muy simple, algo así como el propio “yo”, esto es, como la sola mente humana, que simplemente “contempla” el resto del mundo (la res extensa), constituido por una materia sobre la cual cabe una completa y libre disposición por parte del “yo”. Y esto incluye su propio cuerpo, que, efectivamente, también puede ser reducido a mera materia. Existe así, un desdoblamiento del ser humano, dejando de ser concebido como una unidad sustancial corpóreo-espiritual. Por eso no es infrecuente que el “yo” utilice su propio cuerpo como una simple posesión suya, como un objeto, sin considerar que él mismo es también, y de manera sustancial, su propio cuerpo, que la corporeidad no es una especie de “traje” del cual se puede prescindir, sino que es parte del propio “yo” [27].

Es esto lo que explica al menos parcialmente por qué el hombre no es consciente, aún con el actual despertar ecológico, de los límites que le impone su propia realidad, partiendo por su misma corporeidad, sin perjuicio que también su parte “no corpórea” (su “yo”) igualmente sufre las consecuencias de sus acciones, y en realidad, es la parte que se ve más afectada por ellas, por regla general.

Por eso se advertía más arriba que incluso en esta observación de la realidad existen dificultades, y no es casualidad que nuevamente la ecología nos preste una mano. En efecto, uno de los problemas de atentar contra la realidad de las cosas, según se verá, es que los efectos de dicha contravención no son inmediatos, o si se prefiere, en muchos casos demoran en hacerse sentir. Esto es lo que puede dar la impresión (errónea y temporal) que pese al comportamiento realizado, no existan consecuencias a su respecto, motivo por el cual se persevera en dicho comportamiento. Algo parecido a lo que ocurre en un ecosistema, el cual, en caso de sufrir una sobreexplotación de algún recurso renovable, usualmente mostrará los efectos negativos de dicho proceder en la siguiente temporada. En el caso del hombre, las consecuencias de sus acciones se demoran por regla general, bastante más en llegar, pero inevitablemente llegarán; lo cual es un problema distinto –y que aquí no se analiza– a aquél otro mucho más complejo, que consiste en estar dispuesto a ver dichos efectos, o si se prefiere, de estar abierto a aceptar la verdad de las cosas, nos guste o no, nos convenga o no, puesto que como dice el refrán, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. O dicho de otro modo, parece claro que sólo se puede querer lo que previamente se conoce; pero también parece muy cierto que no se puede conocer aquello que previamente no se quiere conocer, que no se está dispuesto a aceptar [28].

Sin embargo, no dejan de existir problemas y contradicciones, fruto de esta ética “construida”, sobre todo cuando ella trasciende la vida o quehacer individual del sujeto. En este caso, también existen “límites”, pero no se trata de los límites de la misma realidad, sino que de la propia voluntad que la ha originado. Esto es, se pretende construir una ética a partir de las convicciones personales y colectivas (todas, de paso, cambiantes), sin atender a la realidad de la cual formamos parte, pero puesto que dicha normativa emana de nosotros mismos, no puede, en último término, ir contra nosotros mismos, contra nuestra “conciencia” según se analizaba. Esto significa que esta ética y este Derecho construidos se acatarán sólo y únicamente, mientras no contravengan lo que el sujeto desea. En el fondo, que no es posible, en sentido propio, ser obligado por dicha normativa, porque el sujeto, siendo su autor, se encuentra siempre por sobre ella. En el fondo, esto se explica con el conocido aforismo jurídico que dice que “nadie puede dar lo que no tiene” [29].

Dicho de otra manera: si la normativa es sólo autónoma, nunca podrá obligarnos a nosotros mismos, nunca tendrá la suficiente fuerza para ir más allá del propio querer o capricho. Se da así el absurdo que se pretende “imponer” una normativa determinada, siempre que no contravenga las convicciones del sujeto, con lo cual, en realidad, no se está imponiendo normativa alguna. Tal vez por eso también Bobbio ha dicho, y al parecer con razón, que “nadie puede obligarse a sí mismo” [30]. Y es verdad: una normativa cualquiera que pudiera ser dejada de lado cuando ella no guste, no convenga o simplemente desagrade, no es, propiamente, una normativa, sino a lo sumo, un consejo o un ruego [31].

Se presenta así la paradoja de que el hombre se da cuenta de la absoluta necesidad de regular su conducta, al menos por razones de convivencia; mas, no está dispuesto a dejar de tener siempre la última palabra a este respecto, a tener una puerta de escape a fin de no terminar haciendo siempre su propia y libérrima voluntad.

En el fondo, y pese a todo lo que se diga, lo anterior equivale a no tener regulación alguna, salvo la suya propia, lo cual en estricto rigor, no es, propiamente, “regulación”, sino una simple apariencia de tal.

Y lo anterior, por muchas vueltas e intentos de legitimación y de heteronomía que demos a la normativa existente (tema que sólo podemos dejar enunciado): si todo emana en último término de nuestra voluntad, no hay modo de obligarnos a hacer lo que no queramos. En el fondo, el hombre pareciera querer ir más allá de cualquier ordenación “fuerte”, y en definitiva, a no tener más ordenación que la suya propia, modificable según las circunstancias, pero a la vez, poseyendo ciertas garantías de que podrá comportarse como quiera. Esta garantía pretende darla el Derecho, pero como nada puede estar por sobre el propio querer, se excluirán del mismo aquellas materias que “incomoden”, y siempre existirá una excepción a la regla general para terminar haciendo su propia voluntad. Es por eso que señalábamos que es como si el hombre existiera “en el vacío”, sin límite alguno, jugando siempre a ganador.

En el fondo, como se ha dicho, se pretende arribar a un “vacío moral” y también, a un “vacío jurídico”: esferas de libertad absoluta en que sin ceder en lo más mínimo algún grado de dicha libertad, existan garantías mínimas (en realidad, máximas) para su pleno desenvolvimiento, otorgadas sobre todo por el Derecho, pero también por la moral (al hacerse imposible dar pautas a este respecto). El problema es que se da una situación en que todos tienen derecho a todo y nadie debe nada: todos exigen un absoluto respeto para hacer todo lo que quieran, pero no están dispuestos a respetar a otros, o si se prefiere, se quieren los beneficios de esta situación, sin pagar los costos [32].

Mas, como se ha dicho, el hombre no se limita únicamente a un “yo” insustancial, su cuerpo tampoco es un mero material a utilizar impunemente, ni por último, se encuentra solo en este mundo. Esto es, que la realidad termina imponiéndose a la postre, se quiera ver o no, sencillamente por nuestro carácter limitado y finito. O si se prefiere, por mucho que queramos esferas de “amoralidad”, sectores en los cuales la moral (y el Derecho) tienen vedado el acceso (salvo con un origen autónomo), es la realidad misma la que se encargará, a la postre, de mostrarnos lo imposible de este camino.

Todo lo que venimos meditando hasta aquí es posible demostrarlo con un ejemplo práctico, a la vez que tremendamente polémico. Este ejemplo apunta, precisamente, a un sector de la vida humana en que se pretende que la moral y el Derecho no interfieran, salvo para darle plena y absoluta libertad de acción. Aquí la normativa, en vez de proponer un camino correcto o al menos mejor que otros, se limita a ser un instrumento de dicha libertad, para hacerla más amplia y en el fondo, garantizarla al límite. El problema, sin embargo, es que fruto de este ir “quitando obstáculos” a esta esfera de acciones que estarían más allá de toda regulación, se van afectando, y a veces seriamente, otros aspectos de la vida individual y social mucho más valiosos que los que se pretende defender, no siendo la vida la excepción, puesto que como se dijo, casi todas las acciones del sujeto trascienden su propia individualidad y afectan a otros. Y como se concluía que la vida es el valor fundamental, parece no sólo absurda, sino además, tremendamente injusta dicha situación.

En realidad, hay varios campos del actuar humano en que se pretende esta “desregulación” total, y en consecuencia, que las normas sólo vayan “despejando el camino” para su plena realización. Un campo en el que no se incursionará aquí es, por ejemplo, el de la ciencia. Basta con observar los actuales avances en el interesantísimo campo de la ingeniería genética, por ejemplo, para darse cuenta que al menos vastos sectores de la ciencia contemporánea, no están dispuestos a aceptar limitación alguna para su labor, al punto que se estaría imponiendo el principio según el cual, aquello que es posible hacer, debe hacerse. De alguna manera, aquí pareciera que todo uso de la libertad sí es indiferente, puesto que es cada uno el que decide qué hacer y qué no, en virtud de su “conciencia”. E incluso, se percibe el efecto de esta división a la que aludíamos entre res cogitans y res extensa, porque se manipula al propio hombre como si fuera una simple cosa. Mas, como la realidad se impone por sí misma, las amenazas que se proyectan en el horizonte no dejan, por regla general, a nadie impasible, lo cual lleva a concluir que la ciencia no puede, por lógica, quedar al margen de la moral y del Derecho.

Sin embargo, es otro el ejemplo que pretendemos dar, y a propósito, porque aquí se ve claramente cómo se pretende no sólo un “vacío moral” y también jurídico, sino a la vez, cómo cada uno se considera absolutamente libre para darle el contenido que quiera a esta esfera de libertad, cómo no se está dispuesto, por regla general, a aceptar limitaciones de ninguna especie, ni de otros ni de la realidad, cómo la normativa ética y jurídica se utiliza sólo para sacar obstáculos del camino y cómo, por desgracia, no es tan fácil advertir los efectos negativos de este modo de proceder, al punto que se ponen en serio peligro valores mucho más importantes que los que se pretenden defender aquí. Ahora, esta dificultad para contemplar los resultados funestos de este modo de proceder no radica en que exista una particular complejidad en esta materia: en el fondo, y por mucho razonamiento lógico y práctico que se haga, el problema fundamental pareciera ser que en algunos sectores, no se está dispuesto a aceptar la mínima posibilidad de estar equivocado, sencillamente, porque no coincide con los gustos y preferencias que se tienen, además de haber existido, por regla general, un acomodo de la conciencia a este modo de proceder, sea a nivel individual, sea a nivel colectivo.
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Un caso práctico y polémico

El ejemplo que daremos, y que muestra claramente los profundos efectos, tanto a nivel individual como social (y por tanto, en el campo ético como en el jurídico) de los valores o ideales de vida que se van asumiendo, fruto del efecto que sobre nosotros mismos producen nuestras acciones, es el de la sexualidad.

En efecto, actualmente para muchos sectores, la sexualidad es un campo en el cual no se acepta ningún tipo de injerencia que no sea la voluntad del propio sujeto. Es decir, se la pretende un sector en que se da este “vacío moral” al que se hacía referencia, apelándose a la “conciencia” de cada cual. Al mismo tiempo, la normativa, sea ética o jurídica, tiene vedada la posibilidad de limitar o dirigir esta esfera de autonomía, y si bien aún no se llega a una situación de absoluta libertad, las cada vez menores limitaciones que quedan, van cayendo una a una. Además, esta normativa se utiliza precisamente como instrumento para dar mayor impulso a esta esfera de libertad, quitando todas las trabas y limitaciones posibles. Y como resulta evidente, los resultados de este modo de proceder afectan a otros y también al propio sujeto, y en muchos casos, a valores infinitamente más importantes que los de la sexualidad, no siendo la vida misma (requisito para el desarrollo de ésta) la excepción. Por último, existe aquí, tal vez más que en ninguna otra materia, una especial dificultad al momento de intentar demostrar estos efectos, porque por desgracia, muchas veces no se está dispuesto a reconocerlos tal cual son, y se buscan todo tipo de argumentos para eludirlos.

El origen de este modo de proceder, como también se señaló, es la consideración del sujeto como un ser absoluta y totalmente autónomo, en el sentido más radical y profundo de la palabra: una mera res cogitans. De ahí que se considere que pueda hacer consigo mismo de manera general y con su sexualidad, de manera particular, todo lo que le plazca. Lo anterior se encuentra muy vinculado, por ejemplo, a las actuales teorías del “género”, que apuntan a que no existe un orden natural en la sexualidad, y que ella emana absolutamente del propio sujeto, de su decisión. Es una sexualidad plástica, construida, que incluso faculta para hacer lo que se quiera con el propio cuerpo.

Ahora, como se ha dicho, es por este origen autónomo que no pareciera existir conciencia de los efectos que sobre la propia realidad, incluido el mismo hombre, acarrea este modo de proceder. Al revés, actualmente la técnica ha ido de la mano con este modo de pensar y actuar, proporcionando los medios necesarios para hacer aún más libre esta actividad. De ahí el cada vez más intenso desarrollo de todo tipo de técnicas anticonceptivas, que pretenden precisamente, darle la mayor autonomía posible.

En realidad, en este campo no sólo se ha ignorado cualquier eventual orden natural de las cosas, sino que se ha dado la situación contraria: la tecnología ha pretendido ir contra este orden natural, aminorar y, en caso posible, eliminar completamente al menos algunos de sus efectos, que pasan a ser considerados “efectos no deseados”.

Dicho de otra manera: aquí sí existe un atento examen de la realidad, un estudio de los efectos propios de la sexualidad; pero no para intentar aprender de ellos, no para sacar las consecuencias de las cuales inferir algún patrón normativo a su respecto, sino exactamente para lo contrario: para “burlar” estos efectos, para “doblarle la mano” a la naturaleza, por decirlo de algún modo. Incluso da la impresión de que el hombre, al menos en este campo, se sintiera “prisionero” de la propia naturaleza, al punto de que pone todos sus esfuerzos en liberarse de semejante “opresión”. Todo, como puede verse, con el fin de hacer su pura y sacrosanta voluntad [33].

En este caso particular, los esfuerzos han tendido a impedir o al menos a aminorar el efecto básico y final de la sexualidad: la procreación. El asunto ha llegado tan lejos, que incluso es posible intuir en ciertos sectores una actitud completamente hostil a la maternidad, una especie de rebelión contra el atributo más esencial y digno de la naturaleza femenina; o si se prefiere, y aunque parezca increíble, un cierto sentimiento de “envidia” respecto del varón, en algunas corrientes feministas, en cuanto que él no tiene que “asumir las consecuencias” de la sexualidad, esto es, de la nueva vida concebida.

Por lo mismo, no se es consciente (o no se quiere serlo) de los efectos que en el propio ser humano puedan tener estas nada insustanciales “modificaciones” que se introducen en el orden natural de las cosas, con lo cual, como se ha mencionado, se da la impresión de que “existiéramos en el vacío”. Y esto no deja de ser paradójico, se insiste, si se considera que al mismo tiempo, existe un poderoso despertar ecológico y además, que en muchos sectores tiende a considerarse al hombre sólo como una parte más de la propia naturaleza, porque como también se advertía, él mismo no parece tener ningún “orden ecológico”. Esto es, se exalta a la naturaleza, se aboga por una “vuelta a lo natural”, pero si lo pensamos bien, no hay ningún uso más “antinatural” de la sexualidad, que aquel que pretende, por vía artificial, eliminar sus efectos mediante la anticoncepción. Más aún: dadas así las cosas, este efecto natural de la sexualidad es visto incluso como una maldición, como un “peligro” que hay que evitar a toda cosa, lo que no deja de tener otras consecuencias bastante graves, como se verá dentro de poco.

A la vez, como se decía también más arriba, puesto que se pretende que todo emane del propio sujeto, si antes existía algún tipo de reparos (de “remordimiento”) en cuanto al uso de la sexualidad en varios sectores, fruto de perseverar en la misma conducta, se ha ido perdiendo este “aviso” de la conciencia, al haberse adormecido ésta. Y lo anterior ha ocurrido no sólo a nivel individual, sino también a nivel social o colectivo. Incluso se está asistiendo actualmente a la paradoja que este nuevo modo de concebir la sexualidad, en que se miran sus efectos naturales como una la

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