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La religión Judía (Nostra aetate 4)
La Iglesia deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y de cualquier persona contra los Judíos


Por: Declaración Nostra aetate | Fuente: Concilio Vaticano II



4. Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda los vínculos con que el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham.

Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los Cristianos, hijos de Abraham según la fe[6], están incluidos en la vocación del mismo Patriarca y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de la esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los Gentiles[8].

La Iglesia tiene siempre además ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, "a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también los Patriarcas, de quienes procede Cristo según la carne" (Rom., 9, 4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.

Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita[9], y gran parte de los Judíos no aceptaron el Evangelio e incluso no pocos se opusieron a su difusión [10]. No obstante, según el Apóstol, los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación[11]. La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y "le servirán como un solo hombre" (Sofon., 3, 9)[12].

Siendo, pues, tan grande el patrimonio espiritual común a Cristianos y Judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.

Aunque las autoridades de los Judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo[13], sin embargo, lo que en su pasión se hizo, no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los Judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los Judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis, ni en la predicación de la Palabra de Dios.

Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los Judíos, e impulsada no por razones políticas sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y de cualquier persona contra los Judíos.

Por lo demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente, movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.

Paulo obispo siervo de los siervos de Dios,
junto con los padres del sacrosanto concilio, 28 de octubre de 1965




Notas

6. Cf. Gal. 3, 7.
7. Cf. Rom. 11, 17-24.
8. Cf. Ef. 2, 14-16.>
9. Cf. Luc. 19, 42.
10. Cf. Rom. 11. 28.
11. Cf. Rom. 11, 28-29: "Es verdad que en orden al Evangelio, son enemigos por ocasión de vosotros; más con respecto a la elección de Dios son muy amados por causa de sus padres, pues los dones y vocación de Dios son inmutables. Cfr. Const. dogm. "Lumen Gentium", A.A.S. 57 (1965) p. 20.
12. Cf. Is. 66, 23; Salm. 65, 4; Rom. 11, 11-32.
13. Cf. Jn. 19, 6.

 





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