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9. Las negaciones de Pedro
La Pasión de Jesús
La Pasión de Jesús. Las negaciones fueron tres, en tres circunstancias distintas ante personas diferentes.


Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net



La reacción de Pedro

Cuando Judas llega acompañado por una turba numerosa para detener a Jesús, Pedro se despierta. Su primera reacción es la de tomar la espada lleno de ira. Los discípulos dicen a Jesús, quizá por boca de Pedro: "¿acometemos con la espada?. Entonces Simón, que tenía una espada, la desenvainó e hirió al siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha"(Jn). Jesús cura al herido y rechaza la violencia, le detienen y "todos los discípulos huyeron". Pedro también, a pesar de las promesas. La huída dura poco. Se dispersan los discípulos. Juan y Pedro permanecen juntos y hablan con agitación sobre los hechos. Juan debió proponer acudir a la casa de Caifás donde sabían estaba Jesús. Y van allí. ¿Para qué? Ni ellos mismos lo sabían muy bien. Al menos pueden acompañarle lo más posible. Su irreflexión bienintencionada les lleva a ponerse en una situación peligrosa.

Tres negaciones

Las negaciones fueron tres, en tres circunstancias distintas ante tres personas diferentes. La progresión en la intensidad de la negación desvela mejor la gravedad de la caída de Pedro. No fueron sus negaciones una evasiva ante una pregunta indiscreta, sino una negación que incluirá juramentos, es decir, poner a Dios por testigo de una falsedad. Al menos las dos últimas negaciones fueron claramente pecados graves.

La primera negación fue así: "Y seguía a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este otro discípulo era conocido del pontífice y entró con Jesús en el palacio del pontífice mientras que Pedro se quedaba fuera, en la puerta. salió el otro discípulo, conocido del pontífice, habló con la portera e introdujo a Pedro”(Jn). Y dice la portera a Pedro "mirándole fijamente" y comentando que estaba con Jesús el galileo: ´¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?´ Él respondió: ´No soy´. Los siervos y los guardias que habían hecho fuego, pues hacía frío, estaban calentándose. Estaba también Pedro con ellos y se calentaba"(Jn). Pedro inquieta añade: "No sé lo que dice", "ni sé ni entiendo lo que tú dices", "mujer, no lo conozco"(Lc).

Es posible reconstruir con un cierto orden los hechos. Juan marcha a conseguir un permiso para entrar en el atrio del palacio del pontífice, Pedro permanece en la puerta. En lugar de callar es indiscreto y habla con aquella mujer, la cual, como suele suceder en su oficio, era curiosa y percibe tanto el nerviosismo y agitación de Pedro como su inconfundible acento galileo. Pedro no piensa que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. La primera negación es fruto de imprudencia y de irreflexión. Juan habla con la portera y garantiza la personalidad de su amigo.

La portera abrió la puerta al desconocido con una cierta desconfianza. Le nota nervioso y huidizo. Y decide no perderle de vista. Pedro piensa que la mejor manera de pasar inadvertido es hacer lo que los demás hacen: se acerca al fuego, y allí se produjo la segunda tentación. Pedro se coloca a plena luz ante el fuego, un poco por frío, y otro poco para aparentar naturalidad. Cuando Pedro sintió la mirada de la criada que le examinaba fijamente, desvió la vista algo asustado. Lo lógico era percibir un peligro, huir o declararse discípulo de Jesús, pero no hizo ni lo uno, ni lo otro. Y llega la negación previsible, pero imprevista. Se desentiende de lo que más entiende, no sabe lo más sabido, niega ser discípulo del Maestro amado. Hacía sólo unas cuatro horas que había asegurado que estaba dispuesto a morir por Él; pero una simple pregunta bastó para que negase conocer a Jesús.

Cuando quiso reflexionar ya estaba consumada la negación. Pedro se va asustando de un modo poco lógico para un hombre realmente valiente. Se levanta del grupo, y se esconde en el pórtico que rodea el patio cuadrangular. La portera no se conforma con la contestación, habla con otras, le miran y le observan, hasta que otra criada "dijo a los presentes: éste estaba con Jesús el Nazareno", ha conseguido centrar la atención de todos que miran al desconcertado Simón, e insiste: "éste es uno de ellos"; uno de los presentes le dice directamente: "tú eres de ellos"(Lc).


La criada era terca, y todos están pendientes de Pedro. La respuesta ya no puede ser evasiva. Vuelve a repetirse el dilema anterior, pero más claro e inevitable. ¡Qué oportunidad tan buena para declararse discípulo de Cristo y morir por Él si fuera preciso! Pero Pedro está ya interiormente desmontado, y niega, una vez más, conocer a Jesús y ser discípulo suyo. "No conozco a ese hombre"; es más, no soy discípulo suyo. La magnitud de la negativa es mayor en esta segunda negación. Poco antes, de un gallinero cercano había cantado un gallo, pero Pedro no lo oyó.


En pocas horas Pedro ha recibido muchos golpes. El miedo le atenaza, le faltan las fuerzas, actúa con imprudencia. No sabe qué hacer. Quizá en aquel momento Juan intenta llevárselo, pero no puede, o no sabe hacerlo. A una caída sigue otra, si no se sabe rectificar a tiempo o huir de la ocasión decididamente.

Esta negativa tan rotunda le da un respiro; los criados se calman. Pero no del todo. Cuando el proceso de Jesús ante Anás concluyó, el grupo que se agolpa junto a la puerta vuelve al calor del fuego. Y, junto a los soldados, vinieron los criados del pontífice que habían participado en el prendimiento de Jesús y luego en el proceso.

Uno de ellos era precisamente un pariente de aquel Malco a quien había cortado Pedro la oreja. Se le quedó mirando y volvió a inquirir si no era él uno de los discípulos del procesado: "¿No te vi yo en el huerto con Él?"(Jn). Las dudas no disipadas de los demás renacen y se vuelven contra él con fuerza: "Verdaderamente tú eres de ellos, pues tu habla te descubre"; al argumento de "que eres galileo" se une la afirmación del pariente de Malco. El grupo rodea amenazador a aquel galileo desconocido. Entonces se produce la tercera negativa y Pedro visiblemente aturdido "comenzó a maldecir y a jurar: yo no conozco a ese hombre"(Mt).

La tercera negativa carece de subterfugios; no es la evasiva de la primera cuando aduce no conocer o no entender; tampoco es el desprecio a "ese hombre" ya con juramento, es decir con pecado grave contra el segundo mandamiento de la ley de Dios; sino que, esta vez, está lleno de maldiciones.

Canta el gallo
"Y enseguida cantó por segunda vez un gallo, y se acordó Pedro de la palabra que Jesús le había dicho: ´antes de que el gallo cante dos veces me negarás tres´. Y recordándolo, lloraba". Cantó el gallo, y Pedro volvió en sí. Jesús sale entonces de la casa de Anás a la de Caifás, y en el revuelo de la salida, sus miradas se cruzan. Jesús le mira con compasión. Pedro se da cuenta de lo que ha hecho y "salió fuera y lloró amargamente"(Mt).

El pecado de Pedro

La amargura y las lágrimas de Pedro arrojan mucha luz sobre su conducta. El pecado de Pedro no fue falta de amor, sino debilidad y presunción. Acude al palacio del pontífice por amor, se queda allí por amor, pero era más débil de lo que pensaba. Su negación no es falta de fe, sino debilidad pasajera. Estaba fuera de sí cuando negó al Señor, como el hijo pródigo de la parábola. Por eso, cuando vuelve en sí, la amargura inunda su corazón.

La mirada de Jesús

Al volver en sí comienza una nueva tentación más terrible que las anteriores: la desesperación. Judas también se arrepintió de su traición y reconoció que había entregado sangre inocente, pero desesperó y se ahorcó. Cabía que sucediese algo similar a un hombre tan apasionado como Pedro. Un dolor demasiado intenso puede anular la mente o desalentar el corazón hasta extremos tan abismales que lleven hasta el suicidio. Pero una mirada le salvó. Los ojos de Jesús, que no lograron desarmar a Judas, produjeron un vuelco en el corazón de Pedro.

Jamás olvidaría Pedro esa mirada: el relámpago de aquellos ojos le dijo más que mil palabras. Y, probablemente, recordó al mismo tiempo, otras palabras recientes de Jesús: "Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú cuando te conviertas, confirma en la fe a tus hermanos"(Jn). Ahora entiende los avisos del Señor: la tentación era superior a las fuerzas humanas, era una tentación diabólica. No eran las criadas, o los soldados, los que le han asustando, sino el mismísimo Satanás con la colaboración de su imprudencia y su presunción. La oración de Cristo ha impedido que el diablo lo destrozase, y, gracias a eso, en medio de su pecado conserva la fe y se arrepiente.


 

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